05 mayo 2026

Bolas de papel

Hay días en los que uno se sienta a escribir sin saber muy bien por qué. Empieza una frase, casi a tientas, y lo que sale no siempre es bonito ni ordenado. Pero es verdad. Y eso, a veces, ya es mucho.

Escribir no siempre nace de algo noble, culto o refinado. A menudo surge de un nudo en el pecho que no se deshace hablando, de conversaciones que nunca ocurrieron, de cosas que ya casi se perdieron o que ni siquiera sabemos nombrar. Es quedarse a solas con eso y sostenerlo un rato más.

Creo que en el fondo escribo porque hay recuerdos que se niegan a borrarse y emociones que no caben en una frase dicha en voz alta. Porque hay pesos que no encuentran dónde quedarse. Y las palabras, entonces, no vienen a arreglarlo todo, sino a darles un sitio. Para que duelan, si tienen que doler, pero no de cualquier manera.

También se escribe por miedo. Miedo a que lo importante se disuelva con el tiempo, a que lo vivido no haya sido suficiente si no queda registrado en algún lugar. Es una forma callada de decir: esto pasó, esto me pasó a mí, y aunque todavía no sepa explicarlo del todo, tuvo un sentido.

Pero escribir es también desfacer entuertos del alma. Enderezar lo que la vida dejó torcido, reparar a escondidas las pequeñas injusticias que nos habitan: una palabra que no se dijo, un silencio que pesó demasiado, una herida que nadie vio y que solo en el papel encuentra su lugar justo. No se escribe para ganar batallas, sino para restituir, en lo posible, un orden íntimo que el mundo desordenó sin pedir permiso. A veces ni siquiera hace falta que el mundo lo sepa. Basta con que quede escrito.

Y al menos, no siempre se escribe para triunfar, ni para llegar lejos. A veces se hace sabiendo que llegas tarde, que quizá ya no serás un gran escritor, que no habrá aplausos ni nombre en letras grandes. Aun así se sigue. Porque la necesidad no entiende de edades ni de oportunidades perdidas. Yo, al menos, no he conseguido dejar de hacerlo.

Sobre la mesa se acumulan las pruebas: hojas arrugadas, frases tachadas, intentos que no llegaron a ninguna parte. Pequeñas derrotas hechas papel. Bolas de papel que aparto casi con vergüenza, como si en ellas quedara expuesta toda la torpeza, todo lo que no supe decir. Y sin embargo, quizá sea ahí, precisamente en ese montón de fracasos, donde uno más se parece a sí mismo.

Porque escribir es también esto: volver a empezar una y otra vez. No solo la frase que brilla, sino todo lo que se rompe antes de encontrar su forma, lo que decides callar porque aún no sabes cómo decirlo. Volver a la página en blanco, a la palabra torpe, al intento que no termina de encajar. No por terquedad ciega, sino porque algo sigue empujando desde dentro, algo que todavía merece ser dicho.

Y al final, sin darte cuenta, regresas siempre al mismo sitio: sentado frente a la hoja, sin tener muy claro por qué, con el peso dentro y una frase que empieza a tientas. La única diferencia es que ahora, alrededor, hay un puñado de bolas de papel que no desaparecen. Son la prueba muda de que, a pesar de todo, no has dejado de intentarlo.

Así que se vuelve a empezar. Se escribe una frase. Probablemente no sea la buena. Es muy posible que acabe también convertida en otra bola. Pero aun así se escribe, porque lo que sale no siempre es bonito ni ordenado… pero es verdad. Tu verdad.

Con el tiempo aprendes que cada bola de papel es también un pequeño aprendizaje esférico: algo que no salió bien, pero que rodó hasta encontrar su sitio en el montón. No se trata de acumular aciertos, sino de reconocer que el error, una vez arrugado, tiene su propia forma.

Y entonces vuelves al principio. Hay días en los que uno se sienta a escribir sin saber muy bien por qué. La diferencia es que ahora, mientras arrugas la siguiente hoja, sonríes. Porque ya lo sabes: no se trata de dar con la frase perfecta. Se trata de seguir aquí, sentado, a tientas, deshaciendo entuertos, sumando bolas de papel al montón.

Y eso, a pesar de todo, y quizá por eso mismo, sigue siendo mucho

04 mayo 2026

Señor Interior

Si te planteas salir conmigo —hombre, cuarenta y muchos, recién adelgazado, camisa que por fin no pide auxilio—, aviso: es una trampa.

Por fuera soy la versión actualizada: más ligero, más ágil, con ese barniz moderno que dice “he invertido en mí mismo”.

Por dentro sigue viviendo el mismo señor de siempre, sin reformar.

Un señor que lleva la riñonera cruzada por seguridad, se echa Varón Dandy como si fuera napalm y opina con la autoridad inquebrantable de quien ha visto de todo. El contraste es brutal: por fuera parezco un hombre que ha leído un libro de mindfulness; por dentro sigo siendo ese que cree que las croquetas son alta cocina.

Quedé contigo una noche.

—He preparado algo distinto —dijiste, ilusionada—. A ver qué te parece.

—Seguro que está increíble —respondí yo, con la sonrisa del hombre nuevo perfectamente ensayada.

Llegué. Dos besos. Olor a cocina seria. Todo iba según el guion.

Hasta el primer plato.

Tataki de atún con reducción de cítricos y espuma de no sé qué.

El señor interior se removió, asqueado.

—Esto está crudo, hostia puta —gruñó en mi cabeza—. ¿Ahora pagamos por comer pescado medio muerto? ¡Si quería sushi me voy al chino de abajo!

Probé. Realmente estaba bueno.

—Está muy rico —dije, intentando mantener el tipo.

—Está crudo y caro —corrigió él—. En casa con una plancha de las de siempre te comes tres raciones y te sobra dinero pa’ una cerveza.

Seguiste explicando el origen del atún y la técnica especial. Yo asentía… hasta que se me escapó:

—Con una sartén buena en casa sale lo mismo, te lo digo yo.

Tú levantaste una ceja, entre divertida y sorprendida.

Segundo plato. Risotto de setas con trufa.

—Arroz con hierbajos —diagnosticó el señor interior—. Lo han puesto en italiano para cobrarte como si fuera caviar.

Y salió solo:

—Hay que dejar reposar el arroz, coño. Si no queda una mierda pegajosa.

Tú empezaste a sonreír con esa cara de quien ya ve la película completa.

Para el postre ya no había salvación.

—Mousse de chocolate con sal y aceite de oliva —anunciaste con orgullo.

El señor interior casi explota.

—¿Sal en el chocolate? ¿Y aceite? ¡Me cago en la puta! ¿Pero tú qué coño le has hecho al pobre chocolate? ¡Eso es un sacrilegio! El chocolate se come solo, como Dios y las madres lo trajeron al mundo. Esto es cosa de modernos de mierda que no saben lo que es un Flanby.

Probé. Estaba espectacular.

—Está increíble —dije.

—Está raro de cojones —insistió él—. Yo esto lo tiro por el retrete y me hago un Cola Cao con galletas María, como la gente de bien.

Se hizo un silencio denso.

Y entonces tú te echaste a reír. De verdad. Con los ojos brillantes y lágrimas.

—Me encanta —dijiste.

—¿El postre? —pregunté, ya resignado.

—No. Tu señor —respondiste señalándome la cabeza—. Ese de ahí dentro.

Me miraste con pura diversión.

—Estás ahí todo moderno y delgado… y de repente sale el cuñado con riñonera cruzada por seguridad y apestando a Varón Dandy defendiendo el chocolate como si le hubieran violado a la bandera. Me parto de risa.

El señor interior se hinchó de orgullo dentro de mí.

Yo ya no lo negué.

—Lleva toda la vida conmigo. Pensé que adelgazando lo mataba. Pero el cabrón solo se hizo más fuerte.

Tú sonreíste.

—Pues dile que me cae bien. Muy bien.

En la puerta, antes de despedirnos, lanzaste:

—La próxima vez cocinas tú.

—Hecho.

—Pero sin modernadas.

—Tranquila.

El señor interior, desde el fondo, ya estaba organizando el menú:

—Croquetas de jamón. Tortilla de patatas con cebolla, bien jugosa. Y nada de espumitas ni mamoneos de esos. Vino tinto y punto. En tetra brik.

—Nada de espumitas —repetí yo.

Te reíste.

—Oye… ¿este señor viene siempre?

Él contestó antes que yo, con voz de bar de barrio a las tres de la mañana:

—Siempre, guapa. Y si no te gusta, peor pa’ ti.

Bajé las escaleras ligero por fuera, pero completo por dentro.

En la calle, bajo la luz naranja de una farola, el señor interior se recolocó la riñonera cruzada por seguridad, soltó un eructo imaginario y sentenció con orgullo:

—Mira, chaval… hemos adelgazado, nos hemos puesto camisas ajustadas y hemos fingido que nos gustan las espumitas de mierda… pero al final el de dentro siempre manda. Y esta vez, joder, hemos ganado los dos.

Se ajustó la riñonera una vez más, me dio una palmada mental en la espalda y remató:

—Croquetas para dos… y que traiga también un táper, que igual repetimos mañana.

Sonreí como un gilipollas en mitad de la acera.

Esta sí… esta entiende de qué va la cosa.

03 mayo 2026

Quedarse dentro



Mi mundo, desde su punto de vista, debe ser algo así.

Para mis compañeros de vida cuadrúpedos y peludos.


Somos Coco y Luna. Conviene dejarlo claro desde el principio porque, si no, la gente se confunde y acaba pensando que todos los gatos somos intercambiables, como los calcetines. Error. Yo, Coco, soy grande, blanco y, según versiones poco fiables, un poco bruto. Luna es carey, pequeña y cariñosa, con esa habilidad sospechosa para caer siempre de pie incluso cuando no hay motivo para caerse.

Vivimos con Manuel, escritor en proceso creativo: alguien que pasa más tiempo dudando de lo que escribe que escribiendo lo que duda. Nosotros lo observamos. No por ocio —aunque también—, sino porque alguien tiene que entender qué está pasando aquí.

—Mira cómo está hoy —digo, ocupando media mesa con la naturalidad de quien considera que la madera se hizo para ser ocupada—. Ha sacado el cuaderno “serio”.

—El de las expectativas —corrige Luna, acurrucada en una esquina, ocupando exactamente el espacio necesario—. Ese siempre viene con problemas.

Manuel está sentado frente a la página en blanco, bolígrafo en mano, mirada fija. La clásica escena del humano que quiere decir algo importante pero no se fía de sí mismo.

—¿Cuánto llevamos? —pregunto.

—Siete minutos sin escribir —responde Luna—. Y tres cambios de postura. Está calentando.

—Eso no es calentar. Eso es aplazar.

Luna sonríe con un parpadeo lento.

—No seas duro. Cada uno empieza como puede.

—Empezar implica empezar —respondo.

—Y quedarse también —añade ella—. No lo olvides.

Manuel suspira, uno de esos suspiros largos y trabajados, como si formara parte del texto que aún no existe.

—No sé cómo hacerlo —murmura.

—Hazlo —digo yo—. Es bastante directo.

—Coco… —suspira Luna—. A veces pareces un manual de instrucciones sin ejemplos.

—Y tú un cojín con opiniones.

—Eso es elegante —responde, sin ofenderse—. Lo tomo.

Manuel cierra el cuaderno. Error de principiante. Como si cerrar algo pudiera ordenar lo que tiene dentro.

—Ahí vamos otra vez —digo.

—Está asustado —susurra Luna.

—¿De qué?

—De acertar.

Me quedo callado un segundo. No es habitual.

—Eso no tiene sentido.

—Para nosotros no —responde ella—. Para él, mucho.

Bajo de la mesa de un salto poco refinado pero efectivo. Luna me sigue, ligera como si flotara. Nos plantamos delante del cuaderno.

—A ver, Manuel. Vamos a simplificar. ¿Qué quieres escribir?

No nos entiende con palabras, pero algo le llega. Siempre le llega algo. Abre el cuaderno otra vez.

—Estoy bloqueado —dice.

—No —respondo—. Estás esperando a no estarlo.

—Y eso no pasa nunca —añade Luna con suavidad—. Se empieza bloqueado y se sigue igual, pero con palabras.

Manuel nos mira con un cansancio honesto.

—Es que no es bueno.

—No tiene que serlo —digo—. Tiene que ser. Luego ya veremos qué es.

Se hace un silencio expectante. Manuel vuelve a mirar la página. Esta vez no la evita.

—¿Y si no vale? —pregunta.

—¿Para quién? —respondo.

—Esa es la pregunta —dice Luna—. Porque si es para otros, nunca va a ser suficiente. Y si es para ti, nunca va a estar terminado.

Manuel sonríe apenas, pero suficiente.

Sois un desastre —dice.

—Funcional —corrijo.

—Y constante —añade Luna.

Se levanta, nos aparta con cuidado y vuelve a sentarse. Abre el cuaderno. No lo cierra.

—Atención —digo en voz baja—. Ha decidido no huir.

—Eso ya es mucho —responde Luna.

Empieza a escribir. Una palabra. Luego otra. Se detiene. Borra. Sigue. No hay épica. No hay magia. Solo un hombre escribiendo como puede.

—Está feo —comento.

—Claro —dice Luna—. Está naciendo.

Nos quedamos quietos. Incluso yo. El tiempo pasa. Manuel escribe más seguido ahora, menos miedo, más ritmo.

—Ha dejado de escucharse tanto —observa Luna.

—Eso es necesario.

Manuel levanta la vista. Nos mira. Ya no parece perdido.

Cierra el cuaderno, pero no como antes. No como quien abandona, sino como quien guarda algo vivo que quiere continuar.

Se levanta y viene hacia el sofá. Nos acomodamos automáticamente: yo ocupando más espacio del razonable, Luna encajando sin molestar.

—Gracias —dice.

—Le ha dado por agradecer —comento.

—Es su manera de reconocer que no está solo —responde Luna.

—Y no lo está —digo yo—. No mientras se quede.

Miro a Manuel, que ahora parece más ligero, como si hubiera dejado algo importante sobre la página. Mañana volverá. Y pasado. Y al otro. Es su manera de seguir.

—Y nosotros estaremos —dice Luna.

—Siempre.

Asiento, pensando en voz alta:

—Qué curioso. Cree que escribe historias, cuando en realidad está aprendiendo a quedarse dentro de ellas.

Luna cierra los ojos, satisfecha. La luz se apaga. Manuel se tumba. Nosotros ocupamos nuestro sitio de siempre.

Porque al final todo vuelve aquí: yo, grande, blanco y supuestamente bruto, vigilando; Luna, pequeña y cariñosa, acompañando; y Manuel, sin darse cuenta, empezando otra vez justo donde creía que no podía.

Y así, palabra a palabra, noche tras noche, los tres seguimos quedándonos. 

Juntos.

Dentro.