06 diciembre 2024

Cosas que un catarro, dos gatos y el teletrabajo pueden enseñarte sobre la iluminación

Esta semana he alcanzado un nuevo estado de iluminación. No, no es que haya entendido el sentido de la vida ni descubierto cómo hacer desaparecer los correos de trabajo pendientes. Es una iluminación muy específica, esa que llega cuando estás acatarrado, teletrabajando y compartiendo espacio vital con dos gatos cuya única misión parece ser recordarte que, en su mundo, tú eres un subordinado con acceso a comida y mantas. Los presento:

Primero está el Sr. Coco, una bestia de proporciones casi mitológicas. Es del tamaño de un pequeño oso y tiene la sutileza de un elefante en una cristalería. Durante una importante videollamada, Coco decidió que el ratón de mi ordenador era una amenaza existencial y se lanzó contra él con toda su corpulencia. El resultado fue la desconexión inmediata de la reunión, un momento de pánico absoluto y la revelación de que quizá Coco no destruye mi trabajo: lo redefine. Él es un activista contra la productividad, un filósofo del caos, un artista abstracto que utiliza mi vida como lienzo.

Por otro lado, está la Sra. Luna, la otra cara de esta moneda peluda. Pequeña, delicada y profundamente cariñosa, parece haber nacido con el único propósito de consolar almas atormentadas. 

En cada reunión, mientras yo me debatía entre la fatiga y la desesperación, Luna siempre decidia acurrucarse en mi regazo, ronroneando con tanta intensidad que, por un instante, olvidaba todo lo que tengo pendiente. Luna no ofrece soluciones; ofrece amor incondicional y, no menos importante, la imposibilidad de levantarte a hacer pis porque, claro, no puedes molestar a la reina. Eres su trono, y ella es una monarca justa, pero inflexible.

Y luego está mi otro amigo, el café, fiel compañero en esta travesía. Porque, si ya es tu combustible habitual, en un catarro se convierte en tu sistema operativo. Cada sorbo es una promesa de que esta vez sí vas a encontrar las fuerzas para abrir ese archivo de Excel que lleva días mirándote desde el escritorio. ¿Resultado? Más café, menos Excel y un debate interno sobre si es ético mentirle a tu jefe diciendo “mi conexión está fallando” cuando en realidad lo que está fallando eres tú.

Porque el café no es solo cafeína; es una conexión directa con algo superior. Cada sorbo me susurra: "Tú puedes con esto", aunque lo único que realmente consigo es observar mi pantalla con la mente en blanco mientras finjo comprender la conversación en la que todos parecen hablar en clave. Sin café, el caos; con café, el caos con sabor.

El teletrabajo, en este contexto, se convierte en un arte de supervivencia. Mientras Coco rediseña mi espacio de trabajo derribando metódicamente todos los objetos de mi escritorio, yo me especializo en el uso de frases como: "Esto merece una vuelta más" o "Dejémoslo en stand-by", que básicamente significa: “Por favor, hablemos de esto otro día cuando no me esté hundiendo en este torbellino de tareas y café.”

Cuando todo se calma, cuando los gatos se quedan dormidos y el café se enfría, llega la gran revelación. Te das cuenta de que el catarro no es una desgracia, es una pausa cósmica. Es el universo diciéndote: "Baja el ritmo, inútil. Nada de esto es tan importante". Claro, el universo tiene un sentido del humor peculiar, porque mientras tú filosofas sobre esto, Coco probablemente está destruyendo algo valioso y Luna te observa con la mirada de quien sabe que todo está bajo su control, incluido tú.

¿La conclusión? La iluminación no está en las grandes epifanías*, sino en aceptar la ridiculez del día a día. Está en comprender que la productividad es un mito para hiperventilados, que los gatos son los verdaderos dueños de la casa, y que el café es el pegamento que lo mantiene todo junto. 

Si un catarro te puede enseñar algo, es que la vida no tiene por qué tener sentido, pero siempre será mejor si la compartes con dos maestros zen peludos que saben exactamente cuándo intervenir para recordarte que el verdadero talento está en no tomarte nada demasiado en serio.

* - Epifanía = "¡Ajá!". Un chispazo de entendimiento.


Recordando a Cruella

Ya he contado que hace unos años trabajé en los servicios centrales de una entidad bancaria. Allí, entre balances y reuniones eternas, descubrí que el verdadero reto no estaba en los números, sino en sobrevivir a Cruella, nuestra jefa.

Era una mujer grande, fea de cojones e imponente en general, con un carácter tan oscuro que cualquiera diría que su currículum lo había firmado el mismísimo Lucifer.

Cruella no necesitaba despacho. Su maldad era lo suficientemente expansiva como para no necesitar paredes. Abarcaba cualquier espacio en el que estuviera.

Llegaba cada mañana con su bolso gigante y una expresión que parecía decir:

—Hoy os vais a acordar de mí.

Bastaba con oír sus pasos para que la oficina bajara el volumen. Las conversaciones se apagaban, las risas desaparecían y cada uno volvía la mirada hacia su pantalla con una concentración repentina y sospechosa.

Acercarse a ella para proponer algo era una actividad de riesgo. Y cuando respondía, lo hacía con una sonrisa tan cínica que uno no sabía si irse a llorar al baño o felicitarla por la precisión con la que acababa de destrozarte la mañana.

Pero lo peor no era su tono ni su mirada. Era su absoluta incapacidad para mostrar el menor rastro de humanidad.

En el departamento circulaba una frase que acabó convirtiéndose en nuestro mantra:

—Cruella no es mala. Es peor. Si alguna vez quieres conocerla de verdad, tendrás que invocarla con un pentagrama y dos velas negras.

Nadie sabía quién la había inventado. Tampoco nos importaba. La repetíamos con el fervor de un rezo desesperado.

A veces el humor negro era lo único que nos quedaba.

Un día, precisamente ese humor nos jugó una mala pasada.

Habíamos conseguido arrancar unos segundos de alivio riéndonos de lo surrealista que era nuestro día a día. Éramos varios alrededor de una mesa, intentando contener la risa, cuando ocurrió algo extraño.

El aire de la oficina pareció enfriarse.

Una de las luces parpadeó.

Un ordenador se apagó sin motivo.

Dejamos de reír.

Algunos levantaron la cabeza.

Y entonces apareció.

Cruella avanzó entre las mesas con paso lento. No tenía ninguna prisa. Nunca la tenía. Cuando llegó al centro de la sala, dejó caer su bolso sobre una mesa.

Pum.

Nos miró.

No dijo nada.

No hacía falta.

Fue recorriendo nuestras caras una por una, como si estuviera intentando identificar al responsable de algún delito especialmente desagradable.

Nadie respiraba.

Finalmente, levantó una ceja.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Nada —respondió alguien.

Cruella siguió mirándonos.

—Ya.

Y se marchó.

Eso fue todo.

No hubo gritos. No hubo amenazas. Ni siquiera una bronca.

Pero durante los siguientes diez minutos nadie volvió a reírse.

Cruella tenía ese don.

Convertía cualquier situación en una derrota.

Si algo salía bien, el mérito era suyo. Si salía mal, la culpa era tuya. Siempre había una explicación que la dejaba a salvo.

Una vez conseguimos terminar un trabajo especialmente complicado antes de la fecha prevista.

—Era lo que había que hacer —dijo.

Otra vez cometimos un error que, sinceramente, no tenía demasiada importancia.

—Esto demuestra una falta de criterio preocupante.

Entre una cosa y otra, fuimos aprendiendo.

No había que esperar reconocimiento.

No había que buscar justicia.

Y, sobre todo, no había que hacer bromas cuando Cruella estaba cerca.

Aunque, según algunos compañeros, ni siquiera hacía falta que estuviera cerca.

Decían que las impresoras se atascaban cuando pasaba junto a ellas.

Yo no creía en esas cosas.

Hasta que me ocurrió.

Al final sobreviví a aquella etapa. Salí de allí con un máster en paciencia y una colección considerable de anécdotas sobre aquella mujer que había conseguido convertir un departamento bancario en una especie de sucursal del infierno.

Con los años he conocido jefes malos, jefes insoportables y jefes que confundían dirigir con hacer sufrir.

Pero ninguno como Cruella.

Quizá porque, en el fondo, Cruella no era solamente una mala jefa.

Era una categoría profesional.

Y, por lo que sé, todavía existe.