03 mayo 2026

Quedarse



Mi mundo, desde su punto de vista, debe ser algo así.

Para mis compañeros de vida cuadrúpedos y peludos.


Somos Coco y Luna. Conviene dejarlo claro desde el principio porque, si no, la gente se confunde y acaba pensando que todos los gatos somos intercambiables, como los calcetines. Error. Yo, Coco, soy grande, blanco y, según versiones poco fiables, un poco bruto. Luna es carey, pequeña y cariñosa, con esa habilidad sospechosa para caer siempre de pie incluso cuando no hay motivo para caerse.

Vivimos con Manuel, escritor en proceso creativo: alguien que pasa más tiempo dudando de lo que escribe que escribiendo lo que duda. Nosotros lo observamos. No por ocio —aunque también—, sino porque alguien tiene que entender qué está pasando aquí.

—Mira cómo está hoy —digo, ocupando media mesa con la naturalidad de quien considera que la madera se hizo para ser ocupada—. Ha sacado el cuaderno “serio”.

—El de las expectativas —corrige Luna, acurrucada en una esquina, ocupando exactamente el espacio necesario—. Ese siempre viene con problemas.

Manuel está sentado frente a la página en blanco, bolígrafo en mano, mirada fija. La clásica escena del humano que quiere decir algo importante pero no se fía de sí mismo.

—¿Cuánto llevamos? —pregunto.

—Siete minutos sin escribir —responde Luna—. Y tres cambios de postura. Está calentando.

—Eso no es calentar. Eso es aplazar.

Luna sonríe con un parpadeo lento.

—No seas duro. Cada uno empieza como puede.

—Empezar implica empezar —respondo.

—Y quedarse también —añade ella—. No lo olvides.

Manuel suspira, uno de esos suspiros largos y trabajados, como si formara parte del texto que aún no existe.

—No sé cómo hacerlo —murmura.

—Hazlo —digo yo—. Es bastante directo.

—Coco… —suspira Luna—. A veces pareces un manual de instrucciones sin ejemplos.

—Y tú un cojín con opiniones.

—Eso es elegante —responde, sin ofenderse—. Lo tomo.

Manuel cierra el cuaderno. Error de principiante. Como si cerrar algo pudiera ordenar lo que tiene dentro.

—Ahí vamos otra vez —digo.

—Está asustado —susurra Luna.

—¿De qué?

—De acertar.

Me quedo callado un segundo. No es habitual.

—Eso no tiene sentido.

—Para nosotros no —responde ella—. Para él, mucho.

Bajo de la mesa de un salto poco refinado pero efectivo. Luna me sigue, ligera como si flotara. Nos plantamos delante del cuaderno.

—A ver, Manuel. Vamos a simplificar. ¿Qué quieres escribir?

No nos entiende con palabras, pero algo le llega. Siempre le llega algo. Abre el cuaderno otra vez.

—Estoy bloqueado —dice.

—No —respondo—. Estás esperando a no estarlo.

—Y eso no pasa nunca —añade Luna con suavidad—. Se empieza bloqueado y se sigue igual, pero con palabras.

Manuel nos mira con un cansancio honesto.

—Es que no es bueno.

—No tiene que serlo —digo—. Tiene que ser. Luego ya veremos qué es.

Se hace un silencio expectante. Manuel vuelve a mirar la página. Esta vez no la evita.

—¿Y si no vale? —pregunta.

—¿Para quién? —respondo.

—Esa es la pregunta —dice Luna—. Porque si es para otros, nunca va a ser suficiente. Y si es para ti, nunca va a estar terminado.

Manuel sonríe apenas, pero suficiente.

Sois un desastre —dice.

—Funcional —corrijo.

—Y constante —añade Luna.

Se levanta, nos aparta con cuidado y vuelve a sentarse. Abre el cuaderno. No lo cierra.

—Atención —digo en voz baja—. Ha decidido no huir.

—Eso ya es mucho —responde Luna.

Empieza a escribir. Una palabra. Luego otra. Se detiene. Borra. Sigue. No hay épica. No hay magia. Solo un hombre escribiendo como puede.

—Está feo —comento.

—Claro —dice Luna—. Está naciendo.

Nos quedamos quietos. Incluso yo. El tiempo pasa. Manuel escribe más seguido ahora, menos miedo, más ritmo.

—Ha dejado de escucharse tanto —observa Luna.

—Eso es necesario.

Manuel levanta la vista. Nos mira. Ya no parece perdido.

Cierra el cuaderno, pero no como antes. No como quien abandona, sino como quien guarda algo vivo que quiere continuar.

Se levanta y viene hacia el sofá. Nos acomodamos automáticamente: yo ocupando más espacio del razonable, Luna encajando sin molestar.

—Gracias —dice.

—Le ha dado por agradecer —comento.

—Es su manera de reconocer que no está solo —responde Luna.

—Y no lo está —digo yo—. No mientras se quede.

Miro a Manuel, que ahora parece más ligero, como si hubiera dejado algo importante sobre la página. Mañana volverá. Y pasado. Y al otro. Es su manera de seguir.

—Y nosotros estaremos —dice Luna.

—Siempre.

Asiento, pensando en voz alta:

—Qué curioso. Cree que escribe historias, cuando en realidad está aprendiendo a quedarse dentro de ellas.

Luna cierra los ojos, satisfecha. La luz se apaga. Manuel se tumba. Nosotros ocupamos nuestro sitio de siempre.

Porque al final todo vuelve aquí: yo, grande, blanco y supuestamente bruto, vigilando; Luna, pequeña y cariñosa, acompañando; y Manuel, sin darse cuenta, empezando otra vez justo donde creía que no podía.

Y así, palabra a palabra, noche tras noche, los tres seguimos quedándonos. 

Juntos.

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