14 marzo 2026
Ibuprofeno days
30 noviembre 2025
Gramática de un Adiós
Esa era nuestra verdad: cada "siempre" venía con un pero que le daba sabor a mentira. Era la lógica fría e implacable que seguía a cada arrebato de calor.
Aunque mis instintos me gritaran que huyera, me quedé pensando que mi honor estaba en aguantar. Aunque tu amor a veces se sintiera como una celda, yo me creía el guardián, no el prisionero. Aunque todo en mí pidiera rendirme, me enseñaron que los hombres no se rinden, que el aunque es el campo de batalla donde se gana la gloria.
Ahí estábamos. Tú, sembrando peros que yo recogía como desafíos. Yo, respondiendo con aunques que creía que eran pruebas de mi amor, cuando en realidad eran exámenes que nunca aprobaba.
Pensé que mi camino era elegir: ser el insensible que obedece al pero y se marcha, o el necio que se inmola en el altar del aunque por puro orgullo.
Hoy rompo el ciclo. Me voy.
No es el pero quien gana. Ya conozco su veredicto. Y no es que me hayan vencido los aunques. Al contrario, me han hecho más fuerte.
Me voy porque al fin entendí. El pero era la evidencia de tu desconfianza. El aunque era mi terquedad, mi necesidad de demostrar que era un hombre de verdad.
La sorpresa no es que me rinda. La sorpresa es el valor que encontré para rendirme... a mí mismo. El acto más masculino no ha sido aguantar, sino soltar. Y en este silencio, por primera vez, no escucho tus peros ni mis aunques.
Solo escucho mi propia voz, y su primera palabra en años no es para ti, sino para mí: Libertad
22 agosto 2025
Dijo que sí
Julián apretaba su bastón entre las manos huesudas y sonreía, agradecido. Había cumplido ochenta y cinco, y la memoria le jugaba malas pasadas: confundía nombres, olvidaba direcciones, pero recordaba con nitidez lo ocurrido hacía más de sesenta años.
—¿Ves esa farola? —señalaba siempre—. Allí le pedí matrimonio a tu abuela. Ella dijo que sí y me temblaban las rodillas.
Lucía escuchaba, aunque conocía de memoria la anécdota. Nunca se cansaba de verla repetida, porque notaba que cada vez el abuelo la contaba con menos detalles, como si la historia se desgastara en sus labios.
Lucía lo abrió: era una carta escrita a mano, con una caligrafía firme, no la torpe de su abuelo actual.
“Querida Lucía, cuando leas esto quizá ya no recuerde tu nombre. Pero quiero que sepas que tú has sido mi segunda gran alegría en la vida. La primera fue tu abuela. No me tengas pena cuando me veas perderme; sólo guíame, como hice yo contigo cuando dabas tus primeros pasos.”
Esa misma noche, Julián se fue a dormir temprano. No volvió a despertar.
Al día siguiente, Lucía regresó sola al banco de la plaza, con el sobre guardado en el bolsillo. Quería sentirlo cerca. Cuando levantó la vista, lo imposible ocurrió: en la farola frente a ella brillaba un diminuto grabado, como recién hecho. Tres palabras, torpes pero legibles: “Dijo que sí.”
Lucía sonrió entre lágrimas. Entendió que el abuelo había dejado su firma en el mundo, para que ella nunca olvidara que el amor, incluso desvaneciéndose, siempre encuentra la manera de quedarse.
13 julio 2025
Thunderpis
El estadio vibraba, el aire olía a cerveza caliente y a sudor rockero, y Angus Young nos tenía poseídos con sus riffs. Pero, amigo, la vida siempre guarda una sorpresa... y no precisamente un solo de guitarra.
Estábamos ahí, gritando como posesos, cuando noto un chorrito cálido y sospechoso salpicándome la pantorrilla. Miro a Manu, que tiene la cara de quien acaba de ver a su suegra en tanga.
"¿Qué cojones?", balbucea. Buscamos el origen del diluvio: ¿un cubata traicionero? ¿Una manguera rota? ¡Nada! Manu, más observador, clavó la vista en la chica delante de nosotros. Ella nos lanza una mirada a medias entre el remordimiento y la fuga. Su novio, con pinta de ex boxeador en huelga de higiene, la agarró del brazo y la arrastró hacia la multitud como si acabara de incendiar un orfanato.
—Hermano —susurró Manu—, nos han bautizado en nombre del rock.
¡Nos habían regalado una lluvia dorada! Sí, señores, un bautismo rockero de proporciones bíblicas. No sé si fue el éxtasis del concierto, la cola infinita para los baños o un ataque de rebeldía urinaria, pero aquella desconocida decidió que éramos su lienzo. Manu, entre risas y un escalofrío, suelta: "Tío, esto es más heavy que el solo de Thunderstruck".
Intentamos seguir cantando, pero cada salto era un recordatorio viscoso en las zapatillas. "¡Nos han meado como a dos geranios en un tiesto!", gritó Manu, y nos reímos como si aquello fuera lo más natural del mundo en un concierto de AC/DC.
Al final, brindamos con lo que quedaba de cerveza, empapados de gloria (y algo más). Porque, oye, ¿quién necesita un bis cuando te han dado un chapuzón legendario?
Desde entonces, cada vez que suena “Thunderstruck”, miramos alrededor y nuestras piernas tiemblan por razones que nada tienen que ver con la emoción.
MORALEJA: Si vas a un concierto de AC/DC, lleva chubasquero y botas de agua. Y para ellas, pañales.
PD - La historia es real como la vida misma.
27 mayo 2025
El último tren
Sacó un sobre amarillento del bolsillo. Dentro, la carta que había escrito dos décadas atrás: “María, te espero en la estación. El último tren es a las diez.” La escribió la noche antes de marcharse, convencido de que debían darse una oportunidad. Pero al amanecer, el miedo fue más fuerte. No la envió. No tuvo el valor de quedarse. Subió al tren sin mirar atrás.
El reloj de la estación marcó las diez menos cinco. Carlos se preparaba para marcharse, resignado.
—Siempre llego tarde.
Se giró y allí estaba ella, de pie junto al embarcadero, con el pelo más canoso pero la misma mirada luminosa.
El tiempo pareció detenerse.
—¿Cómo supiste que vendría? —preguntó él, sintiendo el pecho oprimido.
María sonrió y sacó algo de su bolso: otro sobre amarillento.
—Porque hace veinte años también escribí una carta… pero nunca la envié.
Carlos la miró, incrédulo. Durante dos décadas, habían esperado un gesto que nunca llegó. Rió con tristeza y alivio.
Ella extendió la mano.
—Si nos damos prisa, aún podemos alcanzarlo.
Él la tomó, y juntos caminaron hacia la estación. Cuando el último tren partió, lo hizo con ellos a bordo.
El futuro, por fin, les esperaba.
09 enero 2025
El despertar del Flow
Ese lunes a las 6:45, Jorge abrió un ojo y
parpadeó, confundido. No era la hora de levantarse, pero algo lo había
despertado. Y no era el pitido habitual. Era una VOZ. Grave. Autoritaria. Y,
para su horror, muy sarcástica.
—¡Arriba, vago! Hoy es el día en que dejas de ser
un mueble con patas.
Jorge, todavía medio zombi, miró el despertador.
¿Estaba hablando? El aparato, como si leyera sus pensamientos, lo interrumpió:
—Sí, soy yo, tu despertador. Y estoy HARTO de tu
flojera. O te levantas ahora mismo, o activo el “modo infernal”.
—¿Qué es el “modo infernal”? —balbuceó Jorge,
pensando que todo era un mal sueño.
Pero antes de terminar la frase, el despertador
dio un salto. ¡Sí, un salto! Se lanzó de la mesilla al suelo y empezó a
deslizarse por el parqué.
—¡Vamos, campeón! ¡Atrápame si puedes!
Jorge, con el cerebro aún aletargado, se lanzó
detrás del aparato, pero lo único que consiguió fue pisar ropa tirada por el
suelo y tropezar con un cojín. Mientras se reincorporaba, el despertador, que
parecía disfrutar del espectáculo, soltó en tono burlón:
—Inútil.
Cuando finalmente logró acorralarlo contra la
pared, el despertador encendió su pantalla y apareció un mensaje digno de una
película de acción: “NIVEL 2: DEMUESTRA TU FLOW” Acto seguido, empezó a
sonar reguetón a un volumen que hizo vibrar los cristales y activó las alarmas
de un par de coches en la calle.
—¿Qué… qué coño es esto? —gritó Jorge, tratando
de desconectar el enchufe. Pero el enchufe no estaba allí. ¡El maldito
aparato era inalámbrico!
La pantalla volvió a parpadear, esta vez con un
nuevo desafío: “Si quieres que pare… ¡BAILA!”
Jorge miró al despertador con incredulidad, pero
el volumen subió otro nivel. No tuvo elección. Con lágrimas en los ojos y una
dignidad que ya estaba a la altura del suelo, empezó a mover el trasero.
Primero tímidamente, como un burro espantando moscas, pero luego, al ver
que el aparato no cedía, se entregó. Movió las caderas como poseído por algún
demonio caribeño.
—No está mal para ser un novato. Pero mañana
practicamos vallenatos. 6:30 en punto. No me falles, campeón.
Desde aquel día, Jorge nunca volvió a ser el
mismo. Ahora se levanta antes que el sol, lleva una visera al revés, desayuna
con gafas de sol puestas, y cada vez que suenan cumbias, vallenatos o cualquier otro ritmo tropical, sus pies se
mueven solos. En la oficina, ya no es Jorge el aburrido. Ahora es Jorge “El
Flow”, el que organiza coreografías en las reuniones y saluda al jefe con un high
five.
Eso sí, todavía busca la manera de
deshacerse del despertador. Pero cada vez que lo intenta, el aparato tose ligeramente y le lanza
un guiño luminoso desde la mesita de noche, como diciendo:
—Qué va...Tú y yo somos puro flow, my friend.
* - Después de un tiempo escribiendo cosas serias, me preguntaba si podía escribir algo más ligero. Escrito a la vuelta de vacaciones pensando cómo podría ser más jodido lo de madrugar (con perdón por la expresión).
12 diciembre 2024
El banco de la Fuente del Berro
No iba por aburrimiento, sino por costumbre. Le gustaba mirar, encontrar historias en los gestos cotidianos de la gente. Cada tarde llegaba con su termo de café y su libreta, pero casi nunca escribía en ella. "Algún día me pondré a contar algo", se decía, aunque sabía que las historias que más le llenaban eran las que sucedían frente a sus ojos.
Esa tarde, el parque estaba especialmente animado. Era un día cálido de primavera, y los senderos estaban llenos de familias, corredores y paseantes. Miguel se acomodó en su banco, saludó con un leve gesto al jardinero que regaba las flores cercanas y se dedicó a mirar.
Un hombre joven cruzó frente a él con un maletín colgando del hombro y el móvil pegado a la oreja. Llevaba un traje impecable y una expresión de impaciencia. Detrás de él, una niña pequeña trataba de seguirle el paso. "Papá, mira lo que encontré", decía, mostrando una rama torcida que había recogido del suelo. Pero el hombre, absorto en su conversación, ni siquiera se giró. Miguel frunció ligeramente el ceño, más por empatía hacia la niña que por juzgar al padre. Recordaba aquellos años en los que él mismo corría a todas partes, dejando las pequeñas cosas de lado.
Unos minutos después, una pareja de ancianos apareció en el sendero. Los veía casi a diario, siempre tomados del brazo, caminando despacio. Ese día llevaban un ritmo especialmente lento, como si no quisieran que la tarde terminara. Él avanzaba con ayuda de un bastón, y ella le murmuraba algo que él respondía con una leve sonrisa. Miguel los siguió con la mirada hasta que desaparecieron detrás de un seto, preguntándose cuántos años habrían caminado juntos por el mismo parque.
Un niño pequeño, apenas capaz de mantenerse de pie, tambaleó hasta un grupo de palomas cerca del estanque. La madre lo seguía a una distancia prudente, dejando que el niño tuviera su pequeño momento de independencia. Las palomas, acostumbradas a los humanos, no se movieron demasiado, lo que permitió al niño observarlas con una mezcla de asombro y concentración. Miguel sonrió, recordando a su propio nieto cuando tenía esa edad, lleno de preguntas sobre todo lo que veía.
El sol comenzó a teñir el parque de un dorado suave, reflejándose en el agua del estanque. La niña de la rama reapareció, esta vez de la mano de su padre, que ahora llevaba el teléfono guardado en el bolsillo. Caminaban despacio, deteniéndose de vez en cuando para recoger hojas caídas o señalar algo interesante entre los árboles. Cuando llegaron al estanque, se sentaron juntos en la orilla, y el hombre ayudó a su hija a lanzar pequeños trozos de pan a los patos. Miguel los observó, notando que la niña ahora estaba radiante, riendo y señalando emocionada a los animales mientras su padre la miraba con una sonrisa cálida, como si el peso del mundo hubiera desaparecido por un momento.
Cuando Miguel se levantó para marcharse, el anciano del bastón se cruzó con él en el camino. La mujer que lo acompañaba había tomado asiento en un banco cercano, descansando. El hombre, al pasar junto a Miguel, le dedicó una sonrisa cálida. "Otro día precioso, ¿verdad?", dijo. Miguel asintió. "Lo es. Que lo disfruten."
Al llegar a casa, mientras se servía un vaso de vino con casera, Miguel dejó la libreta sobre la mesa. No había escrito ni una palabra, pero no importaba. Pensó en la niña de la rama, en la pareja caminando despacio, en el niño asombrado por las palomas. Ninguna de esas escenas cambiaría el mundo, pero cada una de ellas contenía algo esencial.
La vida no estaba en los grandes momentos, concluyó Miguel. Estaba en la forma en que un niño perseguía una paloma, en el ritmo pausado de una pareja que había aprendido a caminar juntos, o en el gesto de una niña que solo quería compartir un instante con su padre.
A veces, no hace falta hacer nada extraordinario para que un día sea importante. Solo hay que detenerse lo suficiente para notarlo.
15 octubre 2024
El Silencio
Se detuvo en un cruce, esperando a que el semáforo cambiara. A su alrededor, los rostros de los desconocidos parecían más lejanos que nunca, como si estuvieran atrapados en sus propios pensamientos, moviéndose a través de la rutina sin realmente notar lo que ocurría a su alrededor. Todos juntos, y sin embargo, tan apartados. Era curioso cómo el mundo podía estar tan lleno de ruido, y aun así sentirse tan vacío.
Había algo extraño en esos momentos de tránsito, en los que los edificios gigantes parecían mirarlo desde arriba, indiferentes. Recordó un tiempo en el que las conversaciones fluían, en el que las personas se detenían a hablar con sinceridad, pero ahora todo se sentía filtrado, como si cada palabra fuera un eco, sin peso, sin significado. Se preguntó si siempre había sido así y él simplemente no lo había notado antes.
Esa noche no tenía rumbo. Había salido a caminar buscando respuestas, o tal vez solo buscando algo que rompiera el monótono ciclo de los días que pasaban sin cambio. Cada paso que daba resonaba en su mente como un eco de preguntas sin respuesta. ¿Por qué, en una ciudad tan llena de vida, se sentía tan solo? La conexión humana parecía un concepto distante, un recuerdo borroso de tiempos más simples. Ahora todo era transitorio, superficial.
El parque al que llegó estaba vacío, salvo por la tenue luz de una farola que iluminaba un banco solitario. Se sentó allí, observando cómo las hojas caían suavemente al suelo, arrastradas por un viento leve. En esa quietud, pudo finalmente escuchar sus propios pensamientos, alejados del ruido de la ciudad. Era como si todo lo demás quedara a un lado, dejando espacio para las preguntas que había tratado de evitar. Se dio cuenta de que, a pesar de todo el ruido externo, el verdadero silencio estaba dentro de él.
La tecnología, las prisas, las pantallas, todo parecía diseñado para llenar ese vacío, para distraer de lo que realmente importaba. Pero en ese momento, allí sentado bajo la luz de la farola, supo que esas distracciones solo podían hacer tanto. El silencio estaba ahí, siempre esperando detrás del ruido. Y quizás no era algo de lo que huir. Tal vez, era en ese silencio donde se escondía la verdad, la esencia de lo que realmente estaba buscando.
Se levantó y siguió caminando, sin un destino claro, pero con la certeza de que ese vacío, esa quietud interior, no era su enemigo. Quizás era una oportunidad, un espacio donde redescubrirse, donde reconectar con lo que había perdido en el tumulto de la vida moderna. El mundo a su alrededor seguía girando, el tráfico no paraba, la gente seguía moviéndose sin detenerse. Pero ahora él caminaba más despacio, escuchando un ritmo diferente, más profundo.
Sabía que no podía cambiar el ruido del mundo, pero podía aprender a escuchar su propio silencio.
02 septiembre 2021
Medias verdades
12 febrero 2020
El entrevistador
Tengo la mente distraída. Frente a mí, al otro lado de la mesa, hay un gordo asqueroso. Suda y se intuyen manchas de sudor en los sobacos. Puedo ver saliva reseca en la comisura de sus labios. El traje le queda pequeño. La chaqueta le va a estallar de un momento a otro y debo tener cuidado porque si me atiza un botonazo me arranca la cabeza. Pero lo peor de todo es su boca. Parece el agujero de un culo. Redonda. Pequeña. Arrugada. Qué asco, coño.Lo malo es que estoy en una entrevista de trabajo y hace ya una hora que aguanto sus preguntas incordiantes: que si sé usar una calculadora, que si sé poner un café o hacer una fotocopia. En fin, que se nota que valora mi título de Ingeniería. Le observo y no puedo quitarme de la cabeza que es una de las personas más repugnantes que he visto.
El gordo disfruta abusando de su posición y riéndose de mí. Porque esto parece más un interrogatorio policial que una entrevista. Me ha preguntado lo mismo veinte veces, del derecho y del revés, intentando encontrar contradicciones que sólo existen en su mente oronda.
Me vuelvo evadir. De repente me doy cuenta de qué va todo esto. Resulta que la entrevista es el pequeño momento de gloria del obeso. Es el placer supremo del hombre-porcino, el preciso momento en que su vida reseca se convierte en un oasis. Por unos minutos se siente superior a los demás.
Entonces vuelvo a la entrevista y pienso que los 600 Euros que me ofrece no son para tanto. Mi dignidad vale mucho más que eso. Escucho lejanamente que el gordo dice con voz babeante "en mis 10 años de experiencia..." Aprovecho el momento para levantarme lentamente. Me abotono la chaqueta mientras me giro y salgo sin abrir boca.
Casi ni me doy cuenta pero me voy sonriendo. Soy libre, y mientras me pierdo entre calles abarrotadas me da por pensar que el señor que me ha entrevistado nunca ha tenido 10 años de experiencia.
Tiene media hora de experiencia repetida durante 10 años.
* - Va por los que están en paro o buscan su primer trabajo. Para que nunca se encuentren en situaciones similares.
10 enero 2020
Tiempo
Hace tiempo que mi muñeca izquierda es huérfana. A los 32 años noté que me picaba la muñeca con persistencia, justo debajo del reloj.Intenté resistirme, pero pasaban los días y el picor se incrementaba hasta convertirse en obsesión.
Examiné cuidadosamente la correa del reloj. Estaba en buen estado. Aun así decidí cambiarla por otra, de titanio y antialérgica. Cara, pero según el vendedor, infalible. Ya. Durante tres días exactos. Porque al cuarto me picaba más que antes.
Acabé desistiendo y me quité el reloj. Empecé a llegar tarde a las reuniones. Comía en horarios irregulares y empleaba más tiempo del debido en algunas tareas. Pero también me di cuenta de que todo era más elástico. La tensión de los plazos que me aprisionaban se difuminaba. Mi agenda no era tan intensa. Me avisaban de las reuniones justo cuando comenzaban. Y duraban hasta que los temas se cerraban, no hasta una hora planificada.
Y en mi tiempo libre empecé a comer cuando tenía hambre y a dormir cuando tenía sueño. Me levantaba cuando estaba descansado. Mi vida empezó a llenarse de ratos y ratitos mientras se vaciaba de horarios y agendas.
Años después reflexioné y se me ocurrió ponerme una pulsera en la mano izquierda. De cuero, como la del reloj. No pasó nada. Luego una de acero, y después una de titanio. Tampoco pasó nada. Al final me las quité todas.
Mi piel no era alérgica al reloj. Lo era mi alma.
No sé para qué llevaba reloj si nunca tenía tiempo para nada.
10 diciembre 2019
La corbata
Además de tener una foto, estoy haciendo un curso. El curso tiene asignaturas online en las que trabajas con gente que no conoces personalmente. Para suavizar un poco el anonimato nos han pedido que pongamos una foto en nuestra ficha. He puesto la de la corbata.
No sé muy bien porqué, pero que cada vez que alguien menciona mi foto hace alusión a la corbata, a la seriedad que representa llevarla, o directamente suelta una risita. A la gente le resulta divertido que lleve corbata. Por eso me he puesto a pensar en porqué la llevo.
Curro en un banco, y debo reconocer que en cierto tipo de trabajos el mayor o menor uso de la corbata va ligado al imaginario respeto que se asocia a esa profesión. ¿Qué esperamos de un banco al que le confiamos nuestro dinero? Pues un señor respetable, lleno de telarañas, quien sin duda cuidará diligentemente de nuestro dinero. Un banquero en chándal resultaría sospechoso.
Por otro lado, en el mundo de Internet se prescinde de la corbata como parte del atuendo. Desde el comienzo de la actividad de este sector ha habido un rechazo generalizado a esta prenda. Creo que está relacionado con valorar el mundo de las ideas por encima de la apariencia.
Pues bien, trabajo en un banco, en el área de Internet. Agua y aceite. Mala mezcla. ¿Qué hago? Llevarla, como me mandan, que al final son ellos los que pagan las rondas.
Pero además, como soy despistado, uso la corbata de recordatorio. Es una pequeña soga alrededor del cuello que me pongo todas las mañanas para no olvidar que soy como un condenado al patíbulo. El suelo se puede abrir debajo de mis pies en cualquier momento y tener consecuencias "incómodas". La tensión laboral es perpetua y no conviene olvidar donde estamos. Por eso la llevo.
De todas formas, mejor que no existan corbatas en Internet. Dejémoslas en los bancos, los ministerios y otras empresas que aún no se han enterado de que estamos en el siglo XXI.
18 octubre 2019
Estúpidos tecnológicos

Os preguntaréis a qué viene esto. El otro día estuve en una conferencia en una consultora muy importante: planta alta de un rascacielos, trajes impecables, señores enérgicos con aspecto ejecutivo. Después de una ronda de cafés para soltar el ambiente, comenzó la charla. Y vino mi abuelo a la memoria.
Los ponentes empezaron a hablar en una lengua desconocida, en la que mezclaban palabras comunes con otras que no venían en el diccionario. Cosas como "el benchmarking es un KPI para rolar" o "el feed del RSS". Incluso a veces llegaban a lo exótico con términos como VPN, API, RSS o XML. Menuda pasada. Por un rato pensé que me había colado en una reunión de masones, como en los libros de Dan Brown. ¡Lo que iba a presumir cuando lo contase!
Pero que va. Era una charla profesional de señores que se hacían los interesantes diciendo cosas raras. Era su patio de colegio: en lugar de ser el abusón de la clase, allí ganaba el que más sandeces enlazase en la misma frase. Y joder, los había con talento.
Después de varias horas me dejaron irme. Volví a un mundo en el que las cosas tenían nombres conocidos.
Y pensé que cuando era pequeño a la gente así se les llamaba estúpidos. Ahora se les llama casi igual. Estúpi-2.0
03 octubre 2019
La eficiencia

En mi trabajo es una palabra temible. Se nos eriza el cabello al oírla. Con "eficiencia" se refieren a la cantidad de dinero que hace falta invertir para ganar un Euro. Por poner un ejemplo, si nuestra eficiencia es del 100%, gastamos un Euro para ganar otro.
Una tontería, no? La cosa está en gastar muy poco para ingresar ese Euro.
Para conseguirlo fichan a gurús de la estupidez, indigentes intelectuales que desconocen de qué hablan, pero se llenan la boca de tontadas que recitan con mucha seguridad. Ahí empiezan los problemas, con los nuevos iluminados del PowerPoint. Mentes calenturientas que desconocen el negocio en el que trabajan pero ven gastos que recortar por todas partes.
Juro que nos han bajado la temperatura de la calefacción, y no es para mantenernos jóvenes...
Reflexionando, pensaba en qué sucedería si buscasen la eficiencia en las personas. Imaginad una presentación. Una pantalla con una lámina llena de flechas y cajas de texto y uno de éstos vendemotos con un puntero láser señalando la imagen de unas piernas. La reflexión podría ser algo como:
- En la parte inferior del cuerpo existen dos apéndices (las piernas) que pueden ser sustituidos con facilidad por opciones estratégicas más rentables.
- No tienen apenas utilidad. Los empleados no se desplazan mucho de sus mesas, o no deberían hacerlo. Con nuestra propuesta se mejora la productividad, evitando distracciones innecesarias.
- El mercado nos proporciona una alternativa económica llamada silla de ruedas. Permite la misma funcionalidad y tiene bajo mantenimiento.
- La implantación de las sillas de ruedas permitirá un considerable ahorro en instalaciones, dado que sólo tendríamos que pagar las mesas. La silla se la trae puesta el trabajador.
- Existen importantes subvenciones para la compra de sillas de ruedas.
- Los ayuntamientos están haciendo grandes inversiones en adaptar las ciudades a la movilidad en silla de ruedas, por lo que existe una sinergia que aprovechar.
- Existe un movimiento social muy favorable a los lisiados, que sin duda generará un marketing viral de alto ROI.
- Nuestra conclusión es que la empresa debe proceder a amputar las piernas de sus trabajadores con el fin de maximizar resultados sin afectar al rendimiento.
No os quepa duda.
01 octubre 2019
Pensamiento lateral
El otro día nos explicaron en un curso una técnica curiosa: el pensamiento lateral. Se trata de producir ideas que estén fuera del patrón de pensamiento habitual, que podríamos llamar vertical.
En mi caso, el pensamiento (al menos en el curro) es netamente vertical. Se plantea un objetivo y lo sitúo arriba del todo. Voy poniendo etapas por debajo hasta alcanzar la conclusión. Todo muy secuencial, comprensible, desagregado.
Como suele suceder cuando me explican algo nuevo, pensé en aplicarlo. ¿Sería fácil? Imaginemos que mi jefa me encarga un proyecto. Tal y como lo hago ahora, pienso en lo que me han pedido, y voy añadiendo etapas y pasitos que me conducen a ejecutarlo. De arriba a abajo.
Ahora apliquemos el pensamiento lateral. Eso de ideas extrañas aplicadas al proyecto. Para simplificar lo haremos por partes.
1) Aplico el pensamiento lateral izquierdo. A la izquierda de mi mesa está la puerta del departamento. Esa puerta me sugiere café, calle, libertad, ocio. Demasiadas cosas para aguantarlas en el curro. Lo más probable es que si incido en esa línea de pensamiento me levante y me vaya. A lo mejor si lo pienso mucho ni vuelvo.
Casi que descarto el pensamiento izquierdo.
2) Ahora veamos el pensamiento lateral derecho. A mi derecha tengo un compañero que es un trepa. Un trepa como no lo había visto nunca. Es tan trepa que debería donar su cuerpo a la ciencia para que lo examinen. Cuando pienso en él me pongo de una mala leche que no puedo. Se me eriza el vello de los brazos y me cargo de adrenalina. Si sigo pensando en él, me levanto y le suelto una hostia. Y luego le cogería del cuello hasta que se ponga rojo.
Mejor descarto también la derecha.
En fin, que soy de la vieja escuela. Si empiezo a pensar de lado me pierdo. Acabo despedido o en la cárcel.
Por mi salud y la de mi compañero, pensamiento vertical.
19 septiembre 2019
Las aristas del destino
Imaginad por un momento que su segundo apellido fuese Playa. Ahora leed deprisa su nombre y los dos apellidos.
Creéis que alguien con ese nombre llegaría a dirigir un banco? Seguro que no.
28 julio 2019
Talento
22 julio 2019
Magos y Brujos
Ampliación con un poco de culturilla
Para demostrar el efecto del humo y de las frases deslumbrantes (y vacías) el físico Alan Sokal ideó hace unos años un experimento bastante aclaratorio.
Escribió un artículo para una revista norteamericana con un título memorable: Transgrediendo los límites: hacia una hermenéutica transformativa de la gravitación cuántica. En él, hablaba con un lenguaje incomprensible, de todo lo que se le iba ocurriendo: psicología, sociología, antropología...
El artículo pasó la criba del Comité de Selección y recibió críticas muy elogiosas de los lectores, que alababan, entre otras cosas, su “claridad de expresión”.
Un mes después, el autor del engendro confesó que era una broma, nada de lo que decía en el artículo tenía pies ni cabeza. Había creado el texto usando las palabras más enrevesadas que conocía y, en muchas ocasiones, había copiado y pegado de artículos que hablaban de temas diferentes. Pero de fondo no había absolutamente nada, solo humo: ni una teoría, ni un dato, ni un ápice de información real. Cuando se trató de averiguar cómo había podido tener éxito, la respuesta más habitual de los que cayeron en la trampa es que se habían dejado engañar por la mezcla entre frases y humo que no podían rebatir, y el prestigio académico del autor.
Como nosotros.
02 julio 2019
Ideas
Entiendo que nuestro amigo griego habla de tener la mente abierta a las novedades o la experiencia de otros, y por eso me pregunto si las ideas son un destino o un punto de partida.
Mantener una opinión cuando tienes nuevos datos es poco inteligente. La coherencia consiste en mantener una lógica, no una afirmación.
Aunque tengamos que agachar la cabeza.
12 junio 2019
Proverbios chinos
Quizá por eso recuerdo una conversación con una amiga con la que después de un rato arreglando el mundo, terminó con una frase lapidaria: "He pensado mucho en estas cosas y la solución estaba en un libro que leí hace años —dijo mientras miraba al suelo pensativa—. En una aldea china, una chica joven e inexperta preguntó a la mujer más anciana si la vida es triste o no, y la anciana le respondió con un escueto sí."
Añado un epílogo: creo que el hombre, cuando alcanza la madurez, percibe la realidad de la vida. A veces el viaje no ha merecido la pena. Y lo que queda es aún peor.
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En el Madrid de las prisas, donde los días corren como si alguien les pisara los talones, vivía Belén, una pelirroja de melena siempre un po...
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Ahora lo sé: el dolor no se va, se transforma. Se amansa. Hoy, con la distancia de quien revisa una cicatriz ya cerrada, puedo escribir sin ...
-
Yo subía con una caja de libros, sudando a mares. No había ascensor en ese viejo edificio, solo peldaños interminables. Ella bajaba con paso...


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