19 enero 2026

Manolo y el Tío Raro

Ojo!!! Antes de leer este texto, tienes que leer el post anterior. Así conocerás al señor Manso que tiene el placer de conectar con Manolo.

https://www.viviracodazos.com/2026/01/manual-de-atencion-un-publico-improbable.html

-----------------------------


Manolo estaba en el bar, su centro de operaciones tácticas. Frente a él, la trinidad sagrada: una cerveza sudando condensación, un bocadillo de panceta con un brillo casi radiactivo y el móvil con la pantalla al 100% de brillo para discutir con desconocidos, que es un deporte que se le daba muy bien.

Acababa de soltar una perla en un grupo de “Cocina moderna”: 

"Eso no es esferificación, eso son grumos de toda la vida, pero con marketing. A mí no me la das, que yo sé de química lo que hay que saber: si burbujea, se bebe."

Le dio un mordisco al bocadillo, se limpió la grasa en el pantalón (el servilletero es para los débiles) y soltó un eructo que hizo vibrar las copas de la estantería.

—BUUUURP. —Miró a su alrededor buscando aprobación. Nadie se la dio. Mejor, así no tenía que compartir la sabiduría.

En ese momento, el móvil vibró. Mensaje privado.

Sumi Manso 1978

Hola… he visto lo que escribes… Y creo que tú eres justo el tipo de hombre que necesito.

Manolo frunció el ceño —ese ceño que parecía una ceja con vida propia— y tecleó de vuelta, masticando aún un trozo de chorizo. —¿Qué queres, home?

Verás… me gustan los hombres con carácter… Los que mandan… Los que no preguntan… Los que ponen firme a los demás…

Manolo torció la boca, como si el mensaje oliera peor que su bocata. —¿E a min que me contas, rapaz? ¿Buscas un capataz de obra ou qué? Porque eu coordínote unha cuadrilla en cinco minutos, xa che digo.

Yo soy más bien… de obedecer… Me gusta sentir que alguien me controla… Que me diga dónde tengo que estar… Qué tengo que hacer…

—Pois compra un GPS, home —masculló Manolo para sí, antes de teclearlo—. Que te veo perdido desde aquí, xa che digo eu.

No… yo prefiero un hombre… Alguien que me hable fuerte… Que me haga sentir pequeño…

Manolo arrugó la cara, soltando un bufido que espantó a una mosca despistada. 

—Pero ti eres tonto de fábrica o te caíste varias veces, non xodas. Y si queres sentirte pequeno, vaite a Hacienda sen cita previa.

Cuando me hablan así… Me tiemblan las piernas… Me pongo nervioso… Me gusta…

—A ti o que che gusta é ter o ralentí baixo, paréceme a min. Eso é falta de ferro ou dun lacón con grelos.

Y cuando me dicen que no valgo… Que no destaco en nada… Que soy poca cosa…

—Eso é falar por non calar, home, non fai falta que che cobre eu. Se queres que che baixen os fumes, vete a unha reunión de veciños e propón unha derrama, xa verás como te poñen fino.

…me dan ganas de encogerme… De quedarme quieto… De que sigan…

Manolo miró la cerveza, luego el bocata a medio devorar y volvió al móvil, ya con un brillo de irritación en los ojos. 

—A ver, campeón, ¿teu escribes así ou te dieron un golpe de pequeño?

Es que cuando te leo… Cómo machacas a la gente… Cómo los dejas por los suelos…

—Eu non machaco ninguén, carallo, eu paso a ITV da realidade.

Eso… eso es lo que me gusta… Que seas así… tan duro… Tan directo… Tan dominante…

Ahora Manolo tecleaba con mala hostia, sus dedos gordos aporreando la pantalla como si fuera el culpable. 

—Mira, rapaz, eu non son dominante nin gaitas. Eu son un cidadán informado. Se a ti che pica a verdade, pois ráscate cun estropallo, que exfolia moi ben.

Cuando me dices eso… Me recorre algo por dentro… Me deja temblando…

—Sí, home. Eso chámase estar mal da cabeza.

A veces releo tus mensajes antes de dormir…

—¿Cómo que os relees? —gruñó Manolo en voz alta, atrayendo la mirada del camarero.

Sí… cuando me siento inseguro… Me ayudan… Me centran… Me hacen sentir cosas…

—A ti te falta un tornillo e media ferretería, xa te lo digo.

Manolo dejó el móvil en la barra con un golpe sordo y miró al camarero, Xosé, que limpiaba vasos con resignación eterna. 

—Xosé. 

—¿Qué? 

—Hai xente que debería vir con libro de instrucións e garantía selada, cagondiola. —Volvió a mirar el chat—. Este necesita un formateo a baixo nivel.

Volvió al chat, ya con la paciencia al límite. 

—¿Ti estás ben da cabeza ou vés torcido xa de serie?

Cuando me dices que soy inútil… Que no sirvo para nada…

—Porque non vales, rapaz, non é poesía, é contabilidad básica. Eres un pasivo, pero do balance de situación, oíches?

…me dan ganas de quedarme quieto… De obedecer… De no moverme…

—Ti o que necesitas é un reinicio, a ver se arrancas, ho.

Me gusta cuando eres así conmigo…

Manolo cerró los ojos, respiró hondo y eructó de nuevo, como para exorcizar la conversación. 

—BUUUURRRRRPPPPPP. 

—Este está para estudo, pero serio —murmuró. Tecleó: 

—Mira, imos deixar unha cousa clara: eu non son teu amigo, non son teu pai... e pola gloria da miña nai, non son teu “amo”. E enriba eres un pesado de categoría Champions, neno.

Eso… eso me encanta leerlo así… Dime lo miserable que soy.

—Mira ti, enriba sibarita, o tío.

¿Podrías decirme algo más? ¿Una orden?

Manolo vio una oportunidad. Una oportunidad de gestión de residuos eficiente. Escribió: 

—¿Queres unha orde? Pois vas flipar, carallo. Teño a arqueta do patio da casa atrancada. Leva así dende o Prestige. Aquelo é un tapón de toallitas, graxa de chourizo e pelos de toda a familia. Pois vas para alá agora mesmo, levantas a tapa de formigón a pulso, metes o brazo ata o ombro na auga podre e desatascas iso a dedo. ¡A dedo, oíches! E non pares ata que a auga corra coma o río Miño. ¡Y sin guantes, eh, que hai que sentir a avaría!

Pasaron unos segundos. El “escribiendo...” parpadeaba frenéticamente.

…Dios mío… Meter el brazo en tu inmundicia… Desatascar tu tubería con mis propias manos… Sin guantes… sintiendo tu… bloqueo. Es… es lo más degradante que me han dicho nunca. Voy para allá llorando de emoción.

Manolo negó con la cabeza, decepcionado con la especie humana. —Este goza fozando na merda, está clarísimo. Hai xente pa todo.

Dos días después, el móvil volvió a vibrar.

He vuelto a leer lo que me dijiste… Ya corre el agua… olía fatal… Aún no me he lavado la mano para recordar tu autoridad… …me late el corazón muy fuerte… Me he tenido que sentar… Pero… ha sido increíble…

Manolo negó con la cabeza, como si el mundo entero conspirara contra su paz grasienta. 

—Este goza co sufrimento, está clarísimo. Un faro para tarados, eso é o que son.

He vuelto a leer lo que me dijiste… Me ayuda a dormir…

Manolo, ya en modo Terminator cuñao, respondió: 

—Pois a ver se un día te durmes de todo e descansamos todos, rapaz.

…me encanta cuando me hablas así…

Manolo lo bloqueó con un dedo triunfal, pidió otra cerveza y suspiró. —Internet é un erro, pero grande, Xosé. Eu creo que sen querer estou activando algo. Como un faro para tarados.

Se bebió la cerveza de un trago, eructando con vocación marítima.

 —BUUUURRRRRPPPPPP.

Diez minutos después, otro privado de Luis Discreto 1984.

Hola… he visto cómo escribes en Facebook… Y creo que tú eres justo lo que estoy buscando…

Manolo miró el móvil, luego la cerveza, luego el bocata. Suspiró de nuevo, pero esta vez con un brillo irónico en los ojos, como si el universo le hubiera regalado una saga infinita de absurdos.

—Xosé… eu creo que calquer día vén un e pídeme que lle grite en persoa. E o peor é que igual acepto, solo para ver como se rompen.

Y así, en el bar de las certezas grasientas, Manolo —el Cuñao Eterno— descubrió que su superpoder no era solo opinar, sino atraer a los improbables, en un bucle disparatado.


Manual de atención a un público improbable


“La vida es una tragedia cuando se ve en primer plano, pero una comedia si se mira en plano general.”

Charles Chaplin



Entré en Facebook con una novela y salí con una anécdota que todavía pide terapia.

Iba a vender un libro.

Un libro. Una cosa con páginas. Un objeto bastante inofensivo. Nada que debiera requerir valor, ni abogado, ni un protocolo de emergencia.

No esperaba emociones fuertes. Pero hay días en los que la realidad decide montarte una exposición temporal de rarezas.

Se manifestó en forma de señor. Porque los hombres así no escriben: se manifiestan.

—Hola, soy sumiso.

Y yo pensé: magnífico. Yo soy pelirroja e intolerante al gluten. Parecía una reunión de presentación de síntomas.

Pero no. Él no estaba compartiendo. Estaba abriendo expediente.

A los pocos mensajes ya estaba intentando comprar algo que no estaba a la venta.

—¿Puedo ser tu perrito?

¿¿¿¿Qué???? No. Esto es una librería. No un refugio animal.

—Compro 10 libros.

Lo dijo con el orgullo de quien cree que la vida es una máquina expendedora: introduces libros y cae una fantasía de serie B.

—¿Y si compro 20?

Seguíamos sin estar en un mercado persa.

—¿Qué valoras más, el sometimiento psíquico o el físico?

Valoro mucho que la gente tenga una vida interior que no necesite intermediarios ni presupuesto.

—Eso son 10 libros más.

Ah. De acuerdo. Esto era un videojuego. Yo estaba desbloqueando diálogos secundarios sin querer y sin ganas.

—¿Qué zapatos usarías para ser mi dueña?

Los de correr. Los de huir. Los de desaparecer en una nube de humo como Batman, pero con ansiedad.

—¿Puedo llamarte ama?

No.

—Compro 50 libros.

Ni con la Biblioteca de Alejandría, campeón.

—Soy un sumiso diferente.

Naturalmente. Todos los especímenes lo son. Es lo que pone en la etiqueta, antes de la letra pequeña.

—No busco sexo.

Estupendo. Yo tampoco busco… esto.

—¿Prefieres que me entregue psíquica o físicamente?

Prefiero que te entregues a la lectura. Empieza por algo sencillo. Con dibujos, que te hará falta.

O mejor entrégate a la policía. Empieza por ahí. Es una institución con horarios y vocación de orden.

—Exporto materiales a Europa.

Yo exporto silencio a quien lo merece.

—¿Serías mi ama si compro los libros?

No tengo vocación de ser ama. Vendo libros, no fantasías por encargo.

—Podemos ser amigos.

No.

—Por ser amigos no pasa nada.

Sí pasa. Pasa que no quiero y además me gusta mucho querer cosas normales.

—Soy un hombre diferente.

Sí. Diferente como un electrodoméstico que desarrolla opiniones y exige atención emocional.

Al día siguiente volvió. Con la misma diferencia cuidadosamente rehecha.

—Hola, ¿hablamos? Soy un hombre diferente.

Claro. Diferente. Como una “oferta exclusiva” que llega todos los días.

Moraleja:

Hay gente que cree que todo en esta vida se puede comprar.

Unos compran casas. Otros compran coches.

Y luego están los que creen que pueden comprar una persona, un guion y un universo paralelo pagando en libros.

Yo no.

Yo solo vendía una novela.

Y acabé descubriendo que internet es ese lugar donde tú pones un escaparate…

y alguien intenta empadronarse dentro.


* Dedicado a mi buena amiga Belén, a la que esto le ha sucedido realmente. He visto las conversaciones, los pantallazos... y es verdad de la buena. Tela.


El Señor de los Anillos: La Comunidad del Cuñao y el chorixo

Nadie supo cómo pasó, pero Manolo apareció en mitad de la Tierra Media y, nada más ver el ambiente, dio por hecho que había llegado a las fiestas de algún pueblo.

—Mecagoenros… —dijo mirando alrededor—. Esto parece Ourense, pero subvencionado.

Había banderas raras, gente disfrazada de medieval, barbas sospechosas y nadie parecía estar trabajando.

—Xa dicía eu —murmuró—. Festa grande. Isto ten comisión seguro.

Miró alrededor con calma, buscando lo importante.

—O palco estará por aí… e o bar tamén, porque sen bar isto non arranca.

Un grupo de hobbits pasó corriendo delante de él y Manolo asintió, tranquilo.

—Os nenos xa van algo cargados, pero bueno, mentres non rompan nada…

Aragorn se le acercó con toda la solemnidad que dan los años de sufrimiento y una barba bien llevada.

—Eres un viajero de tierras lejanas. El destino de este mundo depende de ti.

Manolo lo miró despacio, de botas a espada, evaluando el disfraz. Iba vestido como para una despedida de soltero medieval.

—¿Y tú quen eres, el de seguridad?

Aragorn parpadeó.

—Necesitamos tu ayuda. El destino del mundo depende de este anillo.

Aragorn respiró hondo, metió la mano bajo la capa y sacó una pequeña cadena.

De ella colgaba un anillo dorado, sencillo, pero con ese brillo que hace que todo el mundo se calle sin saber muy bien por qué.

Lo sostuvo un instante entre los dedos, con respeto.

—Este es el Anillo Único. Sobre él pesa el destino de todos los pueblos libres.

Manolo lo miró un segundo, ladeando la cabeza.

—¿Ese?

Aragorn asintió y se lo tendió con cuidado, como quien entrega algo delicado.

Manolo lo cogió sin ceremonia, lo acercó a los ojos, lo miró a contraluz, se lo intentó meter en el dedo meñique. No entró.

—Esto es bisutería, home. En la feria de Xinzo los venden a puñaos.

Antes de que pudiera reaccionar, apareció Gandalf, apoyado en su bastón, encantado de escucharse.

—Ese anillo que llevas fue forjado por Sauron en tiempos antiguos. Su poder es inconmensurable y puede condenar a todos los pueblos libres.

Gandalf habló largo y tendido. De guerras, de oscuridad, de sacrificios necesarios y de esperanza. Manolo lo dejó hacer, porque cortar al del pregón siempre queda feo.

Cuando Gandalf terminó, satisfecho, se hizo un silencio solemne.

Manolo respiró hondo… y el cuerpo le jugó una mala pasada.

—Brrruuuaaaap…

Se quedó un segundo quieto, como evaluando daños, y luego se limpió la boca con la manga.

—Perdón, eh. Isto escapóuseme sen querer, que teño o bocata dando voltas.

Miró alrededor, conciliador.

—A ver… igual é cousa miña, eh, pero se isto é tan perigoso, igual convén ir ao grano, que logo pecha a cantina.

La Compañía se puso en marcha. Frodo caminaba decidido, Sam cargaba con todo, Legolas miraba al horizonte como si buscara fuegos artificiales y Gimli se quejaba porque también forma parte del folclore.

Manolo iba detrás, sin apuro.

—¿Isto sempre é costa arriba ou é que a procesión vai polo sitio malo?

En las Minas de Moria apareció el Balrog, envuelto en fuego y sombras, rugiendo como una cosa antigua y enfadada que llevaba siglos sin ventilar.

Todos se quedaron quietos.

Manolo ladeó la cabeza, lo observó con atención y frunció un poco el ceño, no por miedo sino como quien recuerda algo importante.

—Ah… vale. Xa sei o que che pasa.

El Balrog avanzó, levantando el látigo, convencido de que aquello iba a ser rápido.

Manolo dio medio paso adelante, se plantó bien, infló el pecho con intención clara y respiró hondo, muy hondo, como quien abre una herramienta conocida.

—Toma nota, que logo non repito.

Le sopló el eructo directamente a la cara.

—Brrrrrrruuuaaaaaap…

El aire se volvió espeso al instante.

Un olor brutal a chorizo curado, ajo, pimentón y fiesta patronal se expandió con orgullo gastronómico.

—Toma, chorixo coma Deus manda. Denominación de orixe —añadió Manolo, tranquilo.

El Balrog se quedó clavado.

Parpadeó.

Intentó rugir, pero solo consiguió un sonido húmedo y decepcionante.

Dio dos pasos atrás, se llevó una garra al pecho y cayó de espaldas, inconsciente, derrotado por algo que no figuraba en ninguna profecía.

Manolo lo miró caer y asintió.

—Había boa materia prima.

Gandalf tardó unos segundos en reaccionar.

—Has derrotado a una criatura primigenia del mal.

Manolo se encogió de hombros.

—Xa… cando o chorixo é coma Deus manda, nótase.

En el Monte del Destino, Frodo temblaba con el anillo en la mano.

—No puedo… es demasiado poderoso…

Manolo lo miró con una paciencia casi pedagógica.

—Mira, rapaz, isto é coma un viño picado: ou o tiras ou che vai sentar mal.

Cogió el anillo, lo lanzó al volcán y observó cómo desaparecía en la lava.

Respiró hondo y dejó escapar un último eructo suave, cansado, de trabajo terminado.

—Brrruaap…

—Bueno, pois xa estaría. Un oruxo caería ben, e logo xa se ve.