Hay algo profundamente incomprensible entre hombres y mujeres, y probablemente ahí esté la gracia del asunto.
Un hombre puede llegar a una ciudad desconocida y considerar que el día ha sido un éxito absoluto si consigue tres cosas:
- caminar sin rumbo,
- encontrar un bar decente,
- sentarse mirando a ninguna parte.
Eso es felicidad premium masculina.
No necesita grandes objetivos. Puede pasar dos horas apoyado en una barandilla viendo cómo un señor descarga cajas de fruta y sentir que está viviendo una experiencia cultural completa.
La mujer, en cambio, suele tener otra relación con el tiempo. Donde él ve una plaza agradable, ella ve una cafetería bonita, un mercado escondido, una calle que merece la pena recorrer o un museo “que ya que estamos aquí…”.
Y ahí aparece el diálogo eterno:
—¿Y ahora qué hacemos?
—Nada.
—¿Nada nada?
—Nada perfecto.
Para muchos hombres, eso tiene todo el sentido del mundo. Existe una felicidad muy concreta en estar quietos sin sentir culpa. Como si el cerebro entrara en modo ahorro de energía pero siguiera disfrutando del paisaje.
Dos hombres pueden compartir banco durante cuarenta minutos sin hablar y marcharse convencidos de que han tenido una tarde estupenda. Las mujeres observan eso con la misma mezcla de desconcierto con la que los hombres escuchan frases como:
—Vamos a entrar solo un momento.
Y, sin embargo, lo divertido es que ninguno de los dos extremos funciona del todo sin el otro.
Porque si los hombres organizaran solos todos los viajes, probablemente descubrirían ciudades enteras desde la misma terraza de un bar diciendo:
—La verdad es que aquí se está increíble.
Y si las mujeres planificaran cada minuto sin oposición alguna, acabarían necesitando vacaciones de las propias vacaciones.
Al final, unos recuerdan que no hace falta convertir cada día en una misión, y otras demuestran que muchas veces las mejores experiencias ocurren precisamente porque alguien insistió en levantarse del banco.
Quizá por eso terminan encajando.
Porque unos enseñan a parar y otras enseñan a mirar alrededor.
Y después de kilómetros caminando, de rutas improvisadas, de decisiones absurdas sobre dónde comer y de fotografías que “eran rapidísimas”, ambos suelen acabar exactamente igual:
Sentados en una plaza.
Con una bebida delante.
Mirando a la gente pasar.
Ella pensando:
—Menos mal que nos hemos sentado un rato.
Y él pensando:
—Menos mal que insististe en salir.
Porque probablemente la felicidad se parezca bastante a eso:
alguien que te empuja a moverte cuando te quedarías quieto para siempre… y alguien que te recuerda que también está bien no hacer absolutamente nada.

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