06 septiembre 2026

Avanzamos

Hay personas que llegan tarde.

Y luego está Fernando.

Fernando no llega tarde. Fernando administra su llegada. Es diferente.

Para él, la hora de una reunión no es un momento concreto, sino una ventana de oportunidad: una franja horaria flexible que, con un poco de generosidad, puede desplazarse unos minutos.

—¿A qué hora es la reunión?

—A las nueve.

—Perfecto.

Fernando decía “perfecto” con una tranquilidad que siempre me preocupó. Porqie capaz de decirlo cuando el edificio estaba ardiendo.

La reunión empezó sin él. No porque nos gustara empezar sin Fernando, sino porque, llegado cierto momento, había que elegir entre esperarlo o empezar. Elegimos empezar.

Apareció unos minutos después, sin prisa, sin disculparse, con un café en la mano y esa expresión de quien acababa de llegar exactamente cuando tenía previsto hacerlo.

—Buenos días.

—Buenos días —contestamos todos.

Se sentó, abrió el portátil y miró la pantalla.

—¿Empezamos?

Lo miré. Él me miró. Nadie dijo nada.

Finalmente, alguien respondió:

—Llevamos cinco minutos esperando.

Fernando sonrió.

—Pues ya estamos todos.

Y ahí empezó la reunión.

El problema de Fernando no era que llegara tarde. El problema era que siempre tenía una razón. Si había tráfico, había tráfico; si había mucho tráfico, había mucho tráfico; si llegaba tarde a una videoconferencia, era culpa de Teams; si Teams funcionaba, era culpa de la conexión. Y si todo funcionaba perfectamente, siempre aparecía alguna “urgencia”.

Las urgencias de Fernando eran curiosas. Nunca eran urgentes para nadie más.

Aquella mañana teníamos que decidir una cosa bastante sencilla. Tan sencilla que alguien había preparado una presentación de treinta y siete diapositivas para explicarla.

Fernando escuchó durante veinte minutos y después levantó una mano.

—Yo creo que deberíamos darle una vuelta.

Aquella frase cayó sobre la mesa como una piedra.

“Darle una vuelta”.

No hay expresión más peligrosa en una oficina. Cuando alguien dice “creo que deberíamos darle una vuelta”, puedes estar seguro de vas a perder una semana.

—¿Qué propones? —pregunté.

Fernando sonrió.

—No lo sé todavía.

Naturalmente. Porque para dar una vuelta no hace falta saber adónde vas.

Basta con caminar.

La reunión terminó una hora después. No habíamos decidido nada, pero habíamos quedado en “darle una vuelta”.

Fernando se levantó satisfecho.

—Bueno, pues avanzamos.

No sabía muy bien hacia dónde, pero avanzábamos.

Salí de la oficina cabreado. Tenía otra reunión a las once y, esta vez, el que llegaba tarde era yo.

Bajé al garaje, arranqué el coche y descubrí que tenía poca gasolina. Muy poca. El indicador había dejado de ser un instrumento de medición para convertirse en una amenaza.

Paré en la gasolinera y después me encontré con un atasco. Un atasco de los buenos. Empecé repasando mentalmente mi agenda y terminé preguntándome si merecía la pena seguir siendo una persona responsable.

Pero evidentemente nada ayuda más a una reflexión existencial que permanecer parado detrás de una furgoneta cuyo conductor parece haber decidido morir allí.

Miré el reloj. La reunión había empezado hacía unos minutos.

Llegué a la oficina y Fernando estaba en la puerta.

—Llegas tarde.

—Sí.

—La reunión era a las once.

—Lo sé.

—Llevamos ocho minutos esperando.

—Lo sé.

Sonrió.

—Bueno, por lo menos hoy no he sido yo.

Respiré y entramos.

Veinte minutos después, alguien preguntó:

—Entonces, ¿qué hacemos?

Miré alrededor de la mesa.

Y entonces me escuché decir:

—Yo creo que deberíamos darle una vuelta.

Fernando levantó la mirada. Durante un segundo nos quedamos mirándonos. 

Después sonrió.

No dijo nada.

Y fue entonces cuando comprendí lo que estaba pasando.

No era que Fernando llegara tarde. No era que las reuniones fueran largas. No era siquiera que nunca tomáramos decisiones.

El problema era que llevábamos años intentando llegar a alguna parte sin haber decidido previamente dónde coño queríamos ir.

Quizá ese era nuestro verdadero problema.

Habíamos confundido movimiento con avance, una agenda llena con tener un propósito y contestar correos con hacer cosas. Habíamos convertido las reuniones en una especie de ritual mediante el cual conseguíamos sentir que estábamos trabajando sin la incómoda obligación de tener que decidir algo.

Y “darle una vuelta” era perfecto para eso.

Porque decidir implica equivocarse. Y equivocarse implica hacerse responsable.

En cambio, darle una vuelta no te compromete con nada. No cierra ninguna puerta, pero tampoco abre ninguna. Simplemente te permite seguir caminando.

Y quizá por eso nos gusta tanto.

Mientras estás dando vueltas puedes convencerte de que avanzas. Hasta que un día miras hacia atrás y descubres que has recorrido varios kilómetros, pero sigues exactamente en el mismo sitio.

Fernando cerró el portátil.

—Bueno, pues lo vemos.

Todos asentimos y nos levantamos. La reunión había terminado y no habíamos decidido nada, pero, curiosamente, nadie parecía preocupado.

Fernando se acercó a mí mientras salíamos.

—¿Un café?

—Claro.

Bajamos a la cafetería. Mientras caminábamos, me miró de reojo.

—Te estás convirtiendo en uno de los nuestros.

—¿Eso es bueno?

—Depende.

—¿De qué?

—De si algún día quieres llegar a alguna parte.

Sonrió y abrió la puerta de la cafetería.

Nos sentamos.

Fernando miró el reloj.

—¿A qué hora tenemos la siguiente reunión?

Miré el calendario.

—A las doce.

Eran las once y cuarenta y cinco.

Fernando me miró. Yo le miré.

Y esta vez fui yo quien sonrió.

—Tenemos una ventana de oportunidad.

Fernando soltó una carcajada y nos sentamos a tomar café.

Todavía quedaban quince minutos.

Lo suficiente para no hacer nada.

Pero con la tranquilidad de saber que, al menos, avanzábamos.

El nudo en el pelo

Hay un trayecto concreto que he hecho cientos de veces y que, sin embargo, nunca es el mismo: la carretera que me lleva de vuelta desde el norte, dejando atrás las orillas del Burejo, para devolverme al asfalto y las rutinas de la ciudad. Es un viaje de regreso que siempre tiene algo de fractura.

Aquella tarde, el silencio en el coche fue distinto. En el asiento del copiloto ya no viajaba la niña que se dormía antes de cruzar el primer peaje. Viajaba una adolescente silenciosa, con los auriculares puestos, la melena suelta tapándole media cara y esa distancia que empiezan a construir cuando descubren que tienen un mundo propio.

Durante las tres horas de viaje apenas cruzamos cuatro frases. Hablamos del tráfico, de los exámenes que tenía a la vuelta de la esquina y de si quería que paráramos a comprar agua. Respuestas monosilábicas.

Mirándola de reojo, me descubrí buscando en sus facciones a la cría que se empeñaba en rescatar mariquitas de los charcos. Intentaba descubrir en qué momento exacto el tiempo nos había cambiado el paso de aquella manera tan sutil y demoledora.

Al llegar a la ciudad, el tráfico nos recibió con su prisa habitual. Maniobré de memoria por las calles de siempre, aparqué en el garaje y apagué el motor.

Fue entonces, en la penumbra del coche y justo antes de abrir las puertas para sacar las maletas, cuando se quitó los auriculares, me miró y me dijo, con una timidez que no le conocía:

—Oye, papá... gracias por llevarme.

Fue un segundo.

Al encenderse la luz de cortesía del techo, me fijé en su pelo.

Llevaba todo el fin de semana negándose a peinarse, protestando cada vez que le sugería que se recogiera la melena, defendiendo con uñas y dientes ese aparente descuido que ahora parece formar parte de su manera de estar en el mundo.

Pero en la nuca, medio escondido, le quedaba un nudo de cabellos enredados con briznas de hierba seca y pelusa de chopo.

El rastro exacto de haberse pasado tres horas boca arriba en la orilla, mirando las nubes. Sin hacer nada. Sin prisas. Sin importarle demasiado cómo estaba el pelo, sin la obligación de gustar a nadie en una pantalla

Le había gustado el río simplemente porque el río la había dejado ser invisible.


Subimos el equipaje en el ascensor y entramos en la rutina de la semana que empieza. Mañana volverán las prisas, los correos sin responder y los semáforos en rojo.

Ella cerrará la puerta de su habitación y volverá a ponerse los auriculares. Yo seguiré haciendo las cosas de siempre.

Pero sé que dentro de unos días volveremos al norte. Volveremos a la misma carretera, a las mismas curvas, a las orillas del Burejo quedándose atrás por el retrovisor.

Hay un trayecto concreto que he hecho cientos de veces y que, sin embargo, nunca es el mismo.

Ahora sé por qué.


02 septiembre 2026

La edad de mis padres

Cumplo años dentro de unos días.

No es una cifra especialmente redonda. No termina en cero ni tiene nada de memorable. Es una edad que, cuando la decía mi padre, me parecía enorme. Una de esas edades en las que yo imaginaba que uno ya sabía cómo funcionaba el mundo, había aprendido a no equivocarse y tenía respuestas para casi todo.

Ahora estoy a punto de llegar a ella y tengo una noticia decepcionante: sigo sin tener ni idea.

Hay mañanas en las que me levanto sintiéndome exactamente igual que cuando era niño. Con las mismas dudas, aunque hayan cambiado las preguntas. Con los mismos miedos, aunque ahora sepan vestirse de cosas más serias.

El otro día encontré una fotografía que llevaba años sin mirar.

Estábamos mi padre y yo en la playa. Yo tendría unos nueve años; él llevaba unas bermudas ridículas y una camiseta blanca. Me sujetaba por los hombros y los dos mirábamos a la cámara.

La me quedé mirando un rato. Y entonces pensé en algo extraño: en algún momento de la vida alcanzas la edad que tenían tus padres en los recuerdos de tu infancia. Y descubres que no te sientes como imaginabas.

Sigues siendo tú. Con tus dudas, tus errores y esa incómoda sensación de que, en cualquier momento, alguien puede descubrir que tampoco sabes lo que estás haciendo.

Cuando eres niño, tu padre parece pertenecer a otra especie. Sabe cuánto cuesta la luz, cuándo hay que llevar el coche al taller, qué hacer cuando tienes fiebre y qué decir cuando las cosas se complican. Tú solo sabes que, si él está allí, todo acabará solucionándose.

Mi padre murió hace diez años. Ahora que estoy a punto de cumplir la edad que él tenía en la foto, hay una pregunta que me gustaría hacerle:

—¿Tú qué habrías hecho?

Una semana antes de mi cumpleaños fui a su casa; bueno, a lo que había sido su casa. Entré en su habitación y me senté en el borde de la cama. Saqué la fotografía del bolsillo.

Por primera vez no vi al hombre que había sido mi padre. Vi a un hombre. Uno que también tendría preocupaciones, miedo, cuentas que pagar y decisiones que tomar sin saber si eran las correctas.

Me acordé de una noche de mi infancia. Tenía nueve años y me desperté por una tormenta. Fui a su habitación:

—Papá.

Abrió un ojo.

—¿Qué pasa?

—¿Qué hora es?

Miró el despertador.

—Las tres y veinte.

—¿Cómo lo sabes?

Se encogió de hombros.

—Porque lo pone ahí.

Y volvió a dormirse.

Sonreí al recordarlo. Durante años había pensado que mi padre sabía qué hacer. Ahora entendía que no. Que también tendría noches en las que no sabría qué decir, decisiones que tomaría con miedo y momentos en los que seguiría adelante simplemente porque alguien tenía que hacerlo.

Aquel hombre al que yo había creído siempre seguro y adulto no era más que otro niño intentando resolver las cosas. Solo que yo era demasiado pequeño para verlo. Y ahora, por fin, tenía su misma edad.

Pensé en todas las veces que mi padre había dicho «no pasa nada» cuando seguramente sí pasaba. Y comprendí algo que hasta entonces no había sabido poner en palabras: hay personas que parecen adultas porque han aprendido a tener miedo sin que se les note.

Mi padre era una de ellas. Yo también.

Miré la fotografía una última vez. Ya no veía a un padre y a un hijo, sino a dos personas que, separadas por el tiempo, habían sentido lo mismo. Y eso, extrañamente, me hizo sentir menos solo.

Dentro de unos días cumpliré años. 

Sigo sin tener ni idea. 

Pero ahora sé que él tampoco la tenía.


31 agosto 2026

La silla de enfrente

Elegí una mesa en una esquina de la terraza y me senté.

La camarera se acercó con una carta en la mano.

—¿Esperas a alguien?

La pregunta fue inocente, casi automática. Pero tardé demasiado en responder.

—No. Una caña, por favor.

Ella asintió y se llevó el segundo mantelito de papel que había dejado preparado sobre la mesa. Ese gesto mínimo me molestó más de lo que debería. Como si acabara de confirmar oficialmente algo que todavía estaba intentando negociar conmigo mismo.

Llevaba seis meses viviendo solo.

Al principio pensé que lo difícil sería dormir. No lo fue.

Luego creí que serían los domingos. Tampoco.

Lo difícil resultaron ser esas pequeñas situaciones para las que uno parece necesitar, por costumbre, una segunda persona: sentarse en una terraza, ir al cine, pedir una mesa, esperar un tren. Estar solo no pesa tanto dentro de casa. Fuera, en cambio, parece que todo el mundo te devuelve una pregunta que nadie ha formulado.

¿Y tú? ¿Dónde has dejado al otro?

Bebí un trago.

A mi alrededor había parejas. Dos hombres discutían mirando sus móviles. Una familia compartía unas bravas. En la mesa de al lado, una mujer hablaba sin parar mientras el hombre que tenía enfrente asentía con la expresión resignada de quien lleva años sin escuchar realmente.

Pensé que, quizá, la soledad no era estar sin gente.

Quizá era no tener a quién contarle que te has dado cuenta de algo.

La camarera volvió.

—¿Te pongo otra?

Miré el vaso. Aún quedaba media caña.

—No, gracias. De momento estoy bien.

Ella sonrió.

—Eso está bien.

—¿El qué?

—Aprender a estar bien de momento.

La miré. No parecía haber dicho nada especial, pero me quedé pensando mientras ella atendía otra mesa.

Aprender a estar bien de momento.

Quizá ése era el problema. Yo había tratado la soledad como una sala de espera. Como algo provisional. Una incomodidad entre lo que había tenido y lo que esperaba volver a tener.

Nunca había pensado que pudiera ser un lugar.

Un lugar incómodo al principio, sí. Con demasiado silencio. Con una silla vacía enfrente. Pero un lugar al que uno puede terminar entrando sin pedir permiso.

Terminé la caña despacio.

Cuando pedí la cuenta, la camarera dejó el ticket sobre la mesa.

—Te invito yo.

—No hace falta.

—No es por pena.

—Menos mal.

Sonrió.

—Es que yo también estoy aprendiendo.

No entendí qué quería decir.

—¿A estar sola?

Negó con la cabeza.

—No. A distinguir entre estar sola y sentirse sola.

Se fue antes de que pudiera responder.

Aquella frase me acompañó mientras terminaba de pagar.

Me levanté, guardé la cartera y caminé unos metros. Entonces escuché una voz.

—¡Oye!

Me giré.

La camarera estaba junto a la mesa que yo acababa de dejar.

—¿Sí?

Señaló la silla que había quedado vacía frente a la mía.

—La próxima vez siéntate ahí.

—¿Dónde?

—Enfrente.

La miré sin entender.

—¿Para qué?

Ella se encogió de hombros.

—Para que dejes de mirar la silla vacía como si te faltara alguien.

Seguí mirando la mesa.

Dos sillas.

Una ocupada hasta hacía un momento. La otra, vacía.

Y por primera vez pensé que quizá llevaba meses confundiendo dos cosas muy distintas.

Echar de menos a alguien y no saber estar conmigo.

No son lo mismo.

Aquella tarde, al llegar a casa, comprendí que no había empezado a aprender a vivir solo el día en que ella se marchó.

Había empezado aquella tarde, cuando por fin dejé de esperar que alguien se sentara enfrente.


19 agosto 2026

El calendario de los dientes

Unos días antes de mi cumpleaños, me desperté y metí la mano debajo de la almohada.

No buscaba dinero.

Buscaba las gafas de presbicia.

A cierta edad, uno ya empieza a levantarse con pequeñas pruebas de que el tiempo pasa.

Mientras buscaba las gafas, pensé en los dientes.

Y descubrí algo que nadie me había explicado de pequeño: los dientes tienen su propio calendario vital.

Cuando eres niño, perder un diente significa que estás creciendo.

Y te pagan por ello.

Cuando eres adulto, perder un diente significa que estás envejeciendo.

Y pagas tú.

Es una simetría bastante cruel.

De pequeño, un diente flojo era una excelente noticia.

—¡Se me ha caído otro!

Lo dejabas debajo de la almohada y, a la mañana siguiente, había dinero.

Cuantos más dientes perdías, más cobrabas.

Podías tener una dentadura en blanco y negro, llena de huecos, y estar encantado.

Era el único momento de la vida en que perder partes del cuerpo resultaba rentable.

Luego llegaba la adolescencia y el calendario cambiaba.

Los dientes definitivos ya no se caían para dejar sitio a otros.

Y durante unos años parecía que el sistema se había quedado congelado.

Hasta que cumplías cierta edad.

Entonces un diente empezaba a moverse y descubrías que el calendario había dado la vuelta.

—Hay que poner un implante.

—¿Cuánto?

El dentista miraba la radiografía.

—Bueno...

Ese «bueno» era la forma adulta de decirte que habías avanzado otra casilla.

Y ahí estaba la simetría perfecta:

De niño, diente fuera, dinero dentro.

De mayor, diente fuera, dinero fuera.

El mismo diente.

La misma almohada.

La misma pérdida.

Pero una economía completamente distinta.

Por eso, ahora que se acercaba mi cumpleaños, entendí que no estaba celebrando solamente que cumplía un año más.

Estaba pasando una página del calendario.

Durante la primera mitad de la vida, cada diente que perdías te acercaba a ser mayor y te daba dinero.

Durante la segunda, cada diente que pierdes te recuerda que ya eres mayor y te quita dinero.

La infancia convierte la pérdida en premio.

La edad adulta convierte el premio en factura.

Aquella noche, antes de acostarme, dejé las gafas de presbicia sobre la mesilla.

Levanté la almohada.

Por un instante pensé en aquellos años en que metía un diente debajo y esperaba encontrar dinero por la mañana.

Sonreí.

Después pensé en el próximo cumpleaños.

Y en el siguiente.

Y en el siguiente.

Volví a dejar la almohada en su sitio.

Entonces comprendí que quizá el Ratoncito Pérez nunca había sido un personaje infantil.

Era el responsable de nuestra contabilidad vital.

De pequeño te pagaba para anunciarte que estabas creciendo.

De mayor te cobraba para recordarte que estabas envejeciendo.

Apagué la luz.

Y, justo antes de dormirme, tuve una última idea:

qué negocio tan extraño.

Durante años te pagan por perder los dientes.

Hasta que un día cumples los suficientes años...

y empiezas a pagar por perderlos.


08 agosto 2026

Aunque ya nadie los vea

Durante muchos años fui detrás de mi hija con una mano preparada.

No era una mano cualquiera. Era una mano que llegaba antes que el golpe, antes que el miedo, antes del llanto. Una mano que sujetaba bicicletas demasiado rápidas, que limpiaba rodillas despellejadas como si fueran heridas enormes, que buscaba la suya al cruzar una calle, aunque ella todavía no supiera que había peligro.

Yo pensaba que ser padre consistía en eso.

En caminar siempre un paso por delante.

En conocer las piedras del camino antes de que sus pies las encontraran.

Ella avanzaba con esa confianza absoluta que solo tienen los niños. Creía que el mundo era un lugar amable porque nunca había tenido motivos para pensar lo contrario. Yo sí los tenía. Por eso miraba más lejos. Por eso estaba atento a todo aquello que ella todavía no podía ver.

Los años fueron pasando sin hacer ruido.

No recuerdo el día en que dejó de ser una niña. No hubo un cumpleaños que marcara la frontera ni una conversación que anunciara el cambio. La infancia no se marcha de golpe. Se va retirando despacio, llevándose pequeñas costumbres que uno ni siquiera sabía que iba a echar de menos.

Este verano lo he entendido de verdad.

Hemos pasado mucho tiempo juntos. Más del que solemos compartir durante el resto del año. Paseos cuando el calor empezaba a dar tregua. Desayunos demasiado largos. Conversaciones que nacían de cualquier detalle y terminaban quién sabe dónde. También silencios. De esos que hace unos años me habrían inquietado y que ahora empiezo a comprender.

Ha sido el verano en el que he descubierto que mi hija ya ocupa el mundo de otra manera.

Antes esperaba, casi sin darse cuenta, a que yo abriera una puerta, preguntara o decidiera. Ahora entra ella. Habla. Opina. A veces discrepa. Otras sonríe con esa mezcla de seguridad y pudor que solo tienen los adolescentes cuando empiezan a construir sus propias certezas.

La escucho mantener una conversación y, durante un instante, me cuesta reconocer aquella voz que hace no tanto me llamaba desde la otra punta de la casa porque un monstruo se escondía debajo de la cama o porque un vaso estaba demasiado alto para alcanzarlo.

Sigue siendo la misma.

Pero ya no suena igual.

Hace unos días caminábamos al atardecer.

Ella iba unos pasos por delante.

No muchos.

Los suficientes para que yo pudiera verla sin sentir que la acompañaba. Los suficientes para darme cuenta de que empezaba a caminar con un ritmo que ya era solo suyo.

Llegamos a un paso de peatones.

El semáforo acababa de ponerse en verde y yo hice el gesto de avanzar.

Entonces noté una mano apoyarse suavemente en mi antebrazo.

—Espera, papá.

Una bicicleta pasó delante de nosotros mucho más deprisa de lo que parecía.

Ella retiró la mano con la misma naturalidad con la que la había puesto.

Seguimos caminando.

No volvió a decir nada.

Pero yo sí me quedé pensando.

Durante años había sido yo quien ponía una mano delante de ella antes de cruzar una calle.

Aquella tarde, por primera vez, fue ella quien la puso delante de mí.

Seguimos caminando.

Ella delante.

Yo unos pasos detrás.

Durante un instante tuve la tentación de acelerar para ponerme a su lado.

No lo hice.

Porque ser padre está lleno de despedidas diminutas.

La última vez que la llevas en brazos sin saber que será la última.

La última noche en la que te pide un cuento.

La última vez que busca tu mano para cruzar una calle.

Ninguna de esas despedidas avisa.

Simplemente ocurren.

Pero también entendí otra cosa: quizá nunca dejamos realmente de caminar junto a nuestros hijos.

Y mientras ella avanzaba unos pasos por delante, descubrí que yo seguía llevando aquella mano abierta.

No por si tenía que volver a coger la suya.

Sino porque hay gestos que un padre nunca deja de hacer.

Aunque ya nadie los vea.


08 julio 2026

El contacto

Hay una cosa de ir al dentista de la que nadie habla.

Y me extraña.

Porque hablamos del torno, de la anestesia, del precio... pero no del contacto físico involuntario.

Ayer me atendió una dentista.

Y, de repente, me di cuenta de que llevaba diez minutos sujetándole las tetas con los hombros.

No porque ninguno de los dos quisiera.

Es pura geometría.

Ella necesita acercarse.

Yo estoy tumbado.

Newton hace el resto.

Lo curioso es que ninguno hace el menor gesto. Ni un milímetro. Los dos decidimos, sin hablarlo, que aquello no estaba ocurriendo.

Es un pacto.

Como cuando coincides dos veces con la misma persona en un pasillo y ya no sabes hacia qué lado apartarte.

Hace unos meses me atendió un dentista.

Otro problema.

Aquel hombre trabajaba apoyando el paquete exactamente sobre mi codo izquierdo.

Ni alto.

Ni bajo.

Mi codo.

Toda la sesión.

Y otra vez nadie dijo nada.

Él concentrado en una muela.

Yo intentando averiguar si, legalmente, aquello contaba como contacto laboral.

Llegué a la conclusión de que las facultades de Odontología dedican demasiadas horas a las caries y muy pocas a la coreografía.

Porque hay posturas que exigen más ensayo que un número del Circo del Sol.

Cuando terminó, me dijo:

—Perfecto. Ya está.

Llegué a casa y mi mujer me preguntó:

—¿Qué tal el dentista?

—La muela, bien.

Me miró un momento.

—¿Y por qué llevas todo el rato masajeándote el hombro izquierdo?

Fue entonces cuando comprendí que, en realidad, el que había salido dormido de la consulta no era la mandíbula.

 

03 julio 2026

Antes de cruzar la calle

Hay personas que creen que el amor es una cuestión de destino.

Les tranquiliza pensar que, en algún lugar del universo, existe un hilo invisible que une dos vidas mucho antes de que sus dueños aprendan siquiera a pronunciar sus nombres. Si ese hilo existe, dicen, tarde o temprano acabará tensándose hasta reunirlos.

Durante años yo también lo creí.

Era una idea cómoda. Explicaba demasiadas cosas: por qué conocí a Elena precisamente aquel otoño, por qué ninguno de los dos canceló aquella cena a la que ambos estuvimos a punto de faltar, por qué una conversación que debía durar diez minutos acabó ocupando el resto de nuestras vidas.

Contábamos nuestra historia como si hubiera sido inevitable.

Era más romántico que reconocer la verdad.

Porque la verdad es que aquel día estuve a punto de no ir. Había tenido una mala semana, me dolía la cabeza y cualquier excusa parecía suficiente para volver a casa. Elena tampoco quería salir. Había discutido con una amiga y pensó en enviar un mensaje de última hora para cancelar.

Ninguno de los dos lo hizo.

Durante mucho tiempo confundimos aquella coincidencia con el destino.

Hasta que descubrimos que el encuentro apenas había sido el prólogo.

Lo difícil vino después.

Aprender a pedir perdón sin esperar tener razón. Permanecer cuando el entusiasmo inicial dejó paso a la rutina. Entender que amar a alguien también consiste en aceptar sus silencios, sus miedos y las versiones de sí mismo que ni siquiera esa persona soporta.

Entonces comprendí que el amor no se parece a un milagro.

Se parece más a un oficio.

Nadie construye una casa colocando un solo ladrillo. Nadie conserva un jardín regándolo una única primavera. Sin embargo, esperamos que el amor sobreviva solo porque un día dos caminos se cruzaron.

Qué ingenuidad.

Los años pasaron con la discreción con la que pasan las cosas importantes. Llegaron las pérdidas, los cambios de trabajo, las enfermedades de los padres, las noches de insomnio, las alegrías pequeñas que nunca aparecen en las fotografías y las discusiones absurdas que, vistas con el tiempo, parecen inventadas por dos desconocidos.

Más de una vez pensamos que aquello se rompía.

Más de una vez decidimos repararlo.

Una tarde caminábamos por una avenida cualquiera. Hablábamos de la compra, de las vacaciones, de nada importante. El semáforo cambió a verde y Elena dio un paso para cruzar.

La sujeté suavemente del brazo.

Un coche apareció demasiado rápido por la esquina. Frenó con brusquedad antes de seguir su camino.

Ella me miró y sonrió.

—Siempre miras dos veces.

No supe qué responder.

Aquella noche recordé una reflexión de Stephen Hawking que había leído años atrás y que entonces me pareció ingeniosa, pero que solo comprendí de verdad después de vivir.

«Me he dado cuenta de que incluso las personas que dicen que todo está predestinado y que no podemos hacer nada para cambiar nuestro destino miran antes de cruzar la calle.»

Sonreí al cerrar el libro.

De pronto entendí que esa frase no hablaba del destino.

Hablaba de la responsabilidad.

Porque incluso quien cree que todo está escrito protege aquello que no quiere perder.

Quizá el destino exista. Quizá haya encuentros que el azar lleva siglos preparando. Quizá Elena y yo estábamos destinados a coincidir aquella noche en la que ninguno de los dos canceló la cena.

No lo sé.

Lo que sí sé es que el destino nunca ha preparado un desayuno, nunca ha pedido perdón después de una palabra injusta, nunca ha esperado despierto hasta oír unas llaves en la cerradura ni ha tomado una mano envejecida para recordarle que sigue siendo hermosa.

Eso siempre nos ha correspondido a nosotros.

Desde entonces, cuando alguien me pregunta si creo en el destino, respondo que sí, pero con una condición.

El destino puede decidir quién se cruza en tu camino.

El amor decide quién sigue caminando a tu lado.

Y, por si acaso, antes de cruzar la calle sigo mirando a ambos lados.


20 junio 2026

Instante Previo

En la mitología griega, Sísifo fue un hombre que desafió a los dioses y engañó a la muerte varias veces. Como castigo, Zeus le condenó a empujar eternamente una enorme roca montaña arriba. Pero cuando estaba a punto de alcanzar la cima, la piedra siempre volvía a caer, obligándole a empezar otra vez.

Quizá lo más cruel del castigo de Sísifo no era la roca. Era la repetición. Y, sobre todo, la esperanza de que esta vez sí.

Y a veces la vida tiene una forma extraña de reproducir esa lógica.

Durante una baja por enfermedad, llegó el verano y apareció una idea sencilla: aprovechar unos días para llevar a mi hija a la playa, que pudiera disfrutar, compensar de algún modo el tiempo difícil.

Pero antes había un requisito básico: saber si podía viajar estando de baja. Pedí una cita telefónica con la doctora. Y ahí empezó una forma muy contemporánea del castigo de Sísifo: pasar la tarde entera mirando el teléfono, esperando una llamada que nunca llegó. No había piedra aún, solo espera. Pero la sensación era la misma: estar en un punto de transición que no se resuelve, un movimiento que no ocurre. Al día siguiente tuve que repetir el ascenso, ir en persona a la consulta para obtener una respuesta que debía haber llegado en su momento. Finalmente me confirmaron que sí podía viajar. Por un instante, la cima parecía real.

La piedra estaba arriba.

Pero volvió a caer.

Al intentar organizar el viaje con mi hija, apareció otro muro. Su madre prefirió que la niña se quedase en casa mientras ella trabajaba antes que permitir que disfrutase esos días con su padre.

Lo que para mí era una oportunidad de hacerla feliz se convirtió en una negativa que devolvía todo al inicio, como si la piedra hubiera rodado sola hasta el fondo. Y ahí apareció una sensación difícil de ignorar: ganas de llorar, no tanto por el hecho concreto, sino por la acumulación de pequeñas derrotas que se encadenan sin dejar espacio para respirar.

Después llegó otra caída. Mi madre, con una semana de tensión, discusiones e incluso insultándome en ocasiones, me llevó a evitar una comida familiar para no escalar el conflicto. Aun así, llamé para felicitar el cumpleaños de mi cuñada, que casualmente era el mismo día. Y fue en esa llamada donde descubrí que estaban todos reunidos, de camino a pasar el día en una casa de campo, en un plan privado del que no había sido informado ni invitado. Otra vez la sensación de quedar fuera en el último momento, como si la piedra rodara justo cuando creías haberla alcanzado. No lloré esta vez, pero el nudo en la garganta era el mismo; solo que ahora, además, estaba el silencio de los demás como prueba de que, efectivamente, nunca había estado en esa cima.

Y todavía quedaba un último intento de cima: una invitación a una chica que me atrae para ver un partido con amigos. Al comentarle el plan, primero me dijo que por la mañana ya tenía algo previsto, y cuando se dio cuenta de que ni siquiera sabía la hora del partido, añadió que por la tarde también tenía un plan. Ese ajuste sobre la marcha hizo que el último hilo de posibilidad se deshiciera igual que los anteriores.

Piedra abajo otra vez. Y esta vez ni siquiera vinieron aquellas ganas de llorar. Solo un vacío seco, como si la emoción se hubiera quedado sin combustible en la penúltima caída.

Lo que hace insoportable el mito de Sísifo no es solo el esfuerzo, sino ese instante previo en el que todo parece posible. Ese segundo en el que la realidad se comporta como si por fin fuera a tener sentido.

Pero la montaña no cambia.

Y quizá por eso la historia sigue siendo reconocible: porque a veces la vida no se vive como una tragedia continua, sino como una sucesión de intentos que se interrumpen justo antes de consolidarse.

Sin embargo, incluso en esa repetición hay algo que persiste. Sísifo no deja de empujar la roca.

Aunque hay momentos en los que ya no sabes si debes seguir empujando la piedra… o dejar qie la piedra te pase por encima. Momentos en los que aparece la idea incómoda de que quizá la vida te queda grande, de que no puedes más, de que el esfuerzo ya no se traduce en avance sino en desgaste.

Y entonces la pregunta deja de ser si Sísifo sube la montaña. La pregunta es cuánto puedo aguantar antes de dejar de intentar subirla. O incluso antes de decidir que ya no quiero seguir empujando, que quizá la única forma de terminar con el peso es rendirme y dejar que la piedra pase sobre mí.

Mientras escribo esto, caigo en una coincidencia absurda. Todo ocurrió el mismo día: 20 de junio de 2026. Probablemente no signifique nada. Pero hay fechas que, por alguna razón, se quedan observándote desde la esquina de la página. Después de una jornada así, resulta difícil resistirse a la tentación de mirar dos veces ciertos números. Ver relato previo.

Porque también existe esa posibilidad: que llegue un día en el que la piedra siga ahí, la montaña siga ahí, y sea yo quien ya no esté seguro de querer mirar hacia arriba.

No porque haya aceptado la derrota.

Sino porque hay un límite para las veces que una persona puede convencerse de que esta vez sí.

Y quizá lo inquietante no sea la caída.

Quizá lo inquietante sea empezar a sospechar que se acerca el día en que deje de creer que esta vez será diferente.

17 junio 2026

Donde el Burejo guarda las cosas

Al Burejo siempre se vuelve.
Y a Pidi también.

Este texto es una deuda que no pesa, un regalo que le debía a la persona que supo mirarme despacio.

No escribo para que ella lo lea. Escribo porque ella me enseñó que el amor no se guarda en cajas, se cuenta. Y yo, que tantas veces me quedé callado junto al río, hoy quiero pagar con palabras lo que ella me dio sin pedir nada a cambio.

Este es mi intento.

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En Herrera de Pisuerga las tardes tenían una forma especial de quedarse. La luz caía despacio sobre las casas y el pueblo parecía alargar unos minutos más el día, como si nadie quisiera ser el primero en despedirse.

Manuel seguía pasando por el mismo camino. Bajaba hasta donde el Burejo seguía su curso tranquilo, ese río pequeño que había visto pasar estaciones, secretos y promesas que nadie más conocía, y que tantas veces los había visto caminar juntos, a él y a Pidi.

Ella era Piedad para el mundo, pero para Manuel siempre había sido Pidi. Un nombre pequeño para algo inmenso. Una palabra que le cabía en la boca y le llenaba el pecho.

Habían pasado muchos años, pero había cosas que no envejecían.

Como la forma en que ella se reía cuando intentaba aparentar ser seria. O la manera en que apartaba las hojas del camino con la punta del zapato. Tampoco aquella costumbre suya de mirar el agua como si el Burejo le estuviera contando algo importante.

Pero, sobre todas esas cosas, había un rito que solo ellos conocían. Cuando se sentaban juntos en la orilla, con el Burejo pasando ante ellos como el único cómplice, Manuel se inclinaba hacia ella y, con la mezcla exacta de miedo y osadía que solo tienen los primeros amores, le susurraba:

—Pidi, enséñame los pechos.

Ella fingía un escándalo que se deshacía en una sonrisa, y con una parsimonia que parecía alargar el momento a propósito, se desabrochaba los botones de la camisa. Un botón. Otro. Y entonces levantaba la mirada y le sonreía. 

Manuel le devolvía la sonrisa, tembloroso, porque en ese gesto de ella —lento, cómplice, inevitable— cabía todo lo que aún no sabían nombrar. Para él, aquel segundo guardaba más eternidad que todo el tiempo que habían compartido juntos. No era solo deseo; era el asombro de estar descubriendo la inmensidad del mundo en la piel de la persona que más quería. 

Aquella petición, dicha con voz temblorosa, se convirtió en el puente más sólido que construyeron; en ella cabían la vergüenza, la risa y el vértigo de saberse cómplices de algo que nadie más llegaría a conocer.

Pidi decía que un río nunca llevaba la misma agua, pero que seguía siendo el mismo río.

Manuel tardó años en comprender que hablaba de ellos.

Habían guardado una vida entera en cosas pequeñas: una fotografía doblada en un cajón, una nota escrita deprisa, una piedra lisa recogida junto al agua, una tarde cualquiera convertida en recuerdo para siempre.

Porque ellos nunca necesitaron grandes gestos. Les bastaba estar cerca.

Ahora Manuel abría la caja de madera algunas noches. No para buscar lo perdido, sino para volver a encontrarlo. Porque Pidi no era un recuerdo encerrado en una caja. Era una parte de él que seguía respirando.

Una mañana encontró una nota suya, escondida entre papeles:

"Cuando vuelvas al río, acuérdate de mirar despacio."

Manuel sonrió.

Incluso después de tantos años, Pidi seguía sabiendo dónde encontrarlo.

Aquella tarde caminó hasta el Burejo. Herrera parecía dormido en la calma de siempre: las mismas calles, los mismos rincones, las mismas voces mezclándose a lo lejos.

Pero dentro de Manuel todo seguía lleno.

No era tristeza.

Era amor.

Un amor que no se había gastado con el tiempo, que no había aprendido a hacerse pequeño. Seguía allí, desbordándolo por dentro, como si todos los años que habían pasado no fueran una distancia, sino otra forma de estar juntos.

Se apoyó en la barandilla del puente y miró el agua.

—Aquí estoy, Pidi.

El viento movió las ramas de los árboles y durante un instante Manuel creyó escuchar aquella risa suya, la de siempre, la que llegaba antes que sus palabras. Se giró hacia la orilla, hacia el lugar exacto donde solían sentarse. La hierba estaba igual, el agua sonaba igual, y por un instante, en la curva del río, le pareció ver el borde de una camisa blanca desabrochándose lentamente, unas manos que se detenían en un botón para alargar el momento.

—Todavía te cuesta mirar despacio —pareció decirle ella, con esa voz que recordaba mejor que la suya propia.

Manuel cerró los ojos y sonrió. Con la certeza de quien ya no necesita pruebas, metió la mano en el bolsillo y sacó la fotografía. Dos jóvenes junto al Burejo. Dos personas que aún no sabían que iban a quererse durante toda una vida, pero que ya estaban aprendiendo, sentados en la orilla, susurrando secretos que solo el río guardaría.

La guardó otra vez y comenzó a caminar.

Al llegar a la curva del sendero que ya ocultaba el pueblo, Manuel se detuvo un momento y miró atrás por última vez. El Burejo seguía pasando. Y ella seguía allí, en la orilla, detenida para recoger una piedra lisa o quizá sentada con la mirada perdida en el agua y esa sonrisa suya de "esto es para nosotros".

No hacía falta que dijera nada más. Él sabía que ella sabía. Y eso era suficiente.

Mientras retomaba el paso, Manuel ya no iba solo. Pidi caminaba con él, a su lado. 

Como siempre.

16 junio 2026

Por qué Topuria tiene más razón que un Santo

Hay algo de la religión que me fascina: la capacidad de convertir una frase que, en cualquier otro contexto, sería una pésima idea, en un ideal espiritual de primera categoría.

"Pon la otra mejilla".

Dicho así suena a sabiduría ancestral. Analizado con un poco de mala leche suena a consuelo para gente con reflejos justitos y déficit de autoestima.

Vamos a verlo con calma: tenemos dos mejillas. Dos. No cuatro, ni un lote de repuesto en el maletero. Dos. Lo cual ya plantea un problema logístico serio cuando la propuesta espiritual es, básicamente, repartirlas como si fueran folletos del supermercado.

Porque si alguien te da una hostia en una mejilla y tú, con una serenidad digna de estatua de sal, ofreces la otra… perfecto. Muy elevado. Muy iluminación. Muy "he trascendido lo humano y también mis instintos básicos".

Pero la pregunta real, la que nadie se atreve a hacer en misa, es: ¿y después qué?

¿Hay límite? ¿Hay turnos? ¿Es acumulativo? ¿Las hostias se contabilizan en un global o se reinicia el marcador en los números pares? Porque si es una por cada lado, la jugada se acaba rápido. Pero si el agresor es ambidiestro o tiene prisa, el modelo de negocio espiritual se va al garete y acaba enseguida.

Y claro, nadie especificó si el otro tío estaba leyendo el mismo manual de ética o simplemente iba en modo "continuar pegando hasta que el cuerpo aguante".

Ahí es donde la naturaleza humana se estrella contra el sermón: ningún animal en la historia evolutiva ha sobrevivido pensando "si me muerden un lado, ofrezco el otro para equilibrar el karma del bosque".

El perro no pone la otra oreja. El gato no ofrece la otra pata (el gato directamente te pone la suya en la cara). El ciervo no dice "espera, que aún me queda un lado elegante para que me cacen". El ciervo sale corriendo y, si puede, te pega una coz de recuerdo.

Pero el ser humano sí. El ser humano lo convierte en virtud. Y luego encima lo encuaderna en libros sagrados y te da la tabarra los domingos.

Y así vivimos: predicando paz mientras acumulamos guerras internas, hablando de perdón mientras archivamos mentalmente cada pequeña traición para repasarla las 3 de la madrugada, cuando deberíamos estar durmiendo en vez de darle vueltas al pasado.

 Ojo, que perdonar tiene su mérito. Mucho. Pero una cosa es perdonar una hostia puntual de la vida… y otra muy distinta convertirte en la piñata humana de la existencia. En el saco de boxeo del universo.

Y aquí es donde quiero detenerme, porque hay un tío que lo ejemplifica a la perfección. Ilia Topuria.

Topuria vive literalmente en un ecosistema donde la hostia es el idioma oficial. Él entiende la dinámica de las hostias mejor que muchos tratados filosóficos. Recibe hostias, sí. Recibe muchas, y bien dadas, de tíos que pesan lo suyo y tienen mala baba. Pero ahí acaba cualquier parecido con el pobre diablo que sigue el Evangelio al pie de la letra.

Porque Topuria no se queda en modo contemplativo preguntándose por su karma ni calculando cuántas le quedan para empatar el marcador celestial. No. Él aplica una lógica mucho más terrenal y efectiva: las esquiva. ¿Poner la otra mejilla? Por los cojones…

Pero claro, en la vida real no siempre puedes esquivar. A veces el golpe llega, porque la vida es así de puñetera. Y entonces Topuria pasa a la segunda fase, que es donde realmente brilla: devolverlas.

Pero ojo, que no devuelve una, que eso sería de pobres. Topuria, si puede, reparte una montaña de hostias.

Va acumulando facturas sin cobrar en su memoria muscular y, en cuanto ve un resquicio, liquida el contador con intereses abusivos. Una, dos, tres, cuatro, cinco... y si el árbitro no se mete por medio, sigue repartiendo hasta que el otro se pregunta si meterse en ese octógono no fue, quizá, una decisión vocacional muy discutible.

¿Y qué hace él mientras reparte esa montaña? Pues lo contrario de poner la otra mejilla. Él evita ponerla activamente. Su defensa no es recibir, es negar el impacto. Su filosofía se resume en: "te esquivo, te mido, te castigo y, si te descuidas, te borro del mapa".

La antítesis viviente del sermón. Mientras el texto sagrado predica la rendición, él predica la liquidación estratégica.

Y funciona. Le ha funcionado hasta para ser campeón del mundo. Lo cual plantea una pregunta incómoda que debería hacernos reflexionar: ¿y si el que puso la otra mejilla se equivocó de estrategia?

Ahí está la diferencia. Aguantar no es lo mismo que invitar. Resistir no es lo mismo que habilitar una zona de impacto libre. Topuria aguanta lo que tiene que aguantar, pero no invita a que le den. Él invita a que fallen, que es muy distinto. Y las devuelve. 

Quizá la enseñanza nunca fue "deja que te golpeen". Quizá era algo mucho más difícil de digerir, algo que se nos escapó entre traducción y traducción: "no dejes que una hostia te convierta en alguien que cree que se merece la siguiente".

Porque si lo piensas bien, la espiritualidad mal entendida no te hace mejor persona… te convierte en un calendario de agresiones y te proporciona una sonrisa en blanco y negro.

Y, sin embargo, aquí seguimos, intentando interpretar la frase como si fuera sencilla, como si la vida no tuviera matices, como si una mejilla pudiera absorber todo sin que el cuello termine haciendo crack.

Pero vamos a cerrar este tinglado con algo que no te enseñaron en la catequesis:

Sabes cómo empieza la historia. Te lo dijeron en misa.

La pregunta real, la única que importa después de darle tantas vueltas al texto sagrado, no es si pones o no la otra mejilla. La pregunta es: después del primer golpe, ¿qué haces en esa décima de segundo?

Porque ahí, en ese instante, solo hay dos caminos.

Uno: acomodas la otra mejilla. La ofreces. La pones a disposición como si fuera un buzón de sugerencias para agresores. Y te comes la segunda. Y quizá una tercera. Y luego te preguntas por qué el manual no incluía un apartado sobre "cuándo dejar de poner mejillas".

El otro: aprietas el puño. No lo dudas. No lo piensas. No hay tiempo para reflexiones teológicas ni para consultar al Espíritu Santo. Tu mano se cierra, el brazo se tensa, y sueltas una hostia. De esas que no se olvidan. 

Y no es venganza. Es simplemente recordarle al universo que tú también tienes dos manos y que la paciencia, como las mejillas, tiene un límite.

Porque la vida da hostias, sí. Unas las esquivas, otras las aguantas, y unas pocas te cambian la cara para siempre.

Pero el chiste, la jodida gracia de todo esto, es que tú decides si esa hostia te define como víctima, como mártir… o simplemente como alguien que aprendió a parar el siguiente golpe sin necesidad de que le partan las dos mejillas para darse cuenta de que tenía todo el derecho del mundo a no ser un felpudo con alma.

Como Topuria. Que no pone la otra mejilla. La retira, la esconde, y mientras el otro busca dónde pegarle, él ya ha soltado tres hostias de vuelta. Y ahí está él, con el cinturón ese grandote, demostrando que a veces el mejor sermón no se predica. Se esquiva y se devuelve.

Así que ya sabes. Pon la otra si te apetece. Pero asegúrate de que sea porque lo has elegido tú, y no porque el manual te diga que no te queda otra.

Y si ves que el de enfrente viene con malas pulgas, recuerda que mover la cabeza a otro lugar también es una opción muy válida, y si encima devuelves una montaña de “cosas”, pues oye, igual hasta te haces campeón de algo y llevas cinturones estrambóticos.

15 junio 2026

FaceBook y el factor P-K

Todo empezó de la forma más sospechosa y normal: vi en Facebook una foto de un antiguo amigo. De esas fotos que aparecen sin avisar, cuando uno solo quiere mirar otra cosa.

Ahí estaba él: sonrisa tranquila, melena abundante, aspecto de alguien que todavía no ha descubierto que el cansancio es para siempre. Nada raro… salvo que algo en la imagen me hizo pensar: “este tío no existe así en la vida real”. Lo dejé pasar.

Hasta que, como si el universo tuviera sentido del humor, me lo encontré en persona unos días después. Y ahí llegó el batacazo.

No era la misma persona. O sí, pero en versión transformada: menos pelo del que recordaba, más barriga de la que había derecho. Había cambiado de forma, como si su cuerpo hubiera rehecho el diseño original con nuevas instrucciones. Me saludó con toda normalidad. Yo también. Pero por dentro algo chirriaba. Era como comparar la foto de un producto con el mismo artículo después de diez años de uso intensivo. No era vejez. Era reorganización de materia.

Ese momento se me quedó clavado. No por lo evidente, sino por lo raro: el cambio era muy coherente para ser casualidad, pero demasiado absurdo para ser normal. Y fue entonces cuando empecé a construir la teoría.

La llamé el factor P-K (Pelo-Kilo). Tenía que sonar a ciencia para que nadie se atreviera a discutirla en voz alta.

La explicación es sencilla: el pelo no desaparece. El pelo cambia de fase.

Al principio, cada cabello es ligero, flexible, casi elegante. Pero con los años se vuelve más grueso, más pesado, más tozudo. Lo que antes era una melena que ondeaba con el viento acaba pareciendo una estructura de fibra y cemento. Hay cabelleras que ya no se peinan: se gestionan. Cuando alguien mueve la cabeza, no hace un gesto; desplaza una masa capilar con retraso propio. El pelo tiene tanta presencia que parece llevar su propia gravedad.

Hasta que el cráneo se rinde.

La superficie de la cabeza, después de años soportando toneladas de queratina, decide que aquello ya no es un peinado, sino una carga de obra. Entonces empieza la fase migratoria del factor P-K.

El pelo no se cae. Escapa.

Baja despacio hacia el interior del cuerpo, como si siguiera una ruta biológica secreta, hasta llegar al gran almacén de reserva: las lorzas. Allí crece feliz, sin límites. Se acumula, se compacta y se convierte en esa masa corporal que aparece de forma misteriosa con los años. Por eso algunos conocidos pasan de tener melena de músico y cuerpo de atleta a lucir menos pelo y más volumen. No han perdido nada: han redistribuido el material. Es economía circular aplicada al organismo.

Pero el ciclo tiene una segunda fase.

Cuando las lorzas ya no pueden contener tanto pelo reciclado, el organismo busca una vía de escape. Y aquí es donde la teoría alcanza su momento más inquietante.

El cabello, después de años almacenado y sometido a enormes presiones internas, vuelve a emerger. Pero no por donde entró. Sale por los agujeros de la nariz y por los conductos auditivos, como si el cuerpo hubiera abierto dos nuevas chimeneas de evacuación capilar.

Y ya no regresa como una melena fina, dócil y fotogénica.

Vuelve endurecido por la experiencia.

Son pelos más oscuros, más gruesos y mucho más decididos. Asoman desde las profundidades de los oídos como raíces que estuvieran perforando la superficie en busca de luz. En la nariz aparecen en grupos organizados, formando entramados que desafían la aerodinámica facial y que, observados de cerca, parecen estar planificando algo.

Ya no son cabellos.

Son veteranos.

Han recorrido la cabeza, han atravesado las lorzas, han sobrevivido años de almacenamiento estratégico y ahora regresan convertidos en fuerzas especiales de la queratina.

Por eso, cuando vuelves a mirar esa foto antigua de alguien con una melena espectacular, no estás viendo el pasado: estás viendo el pelo antes de completar su ciclo vital. Años después, ese mismo pelo puede estar repartido entre la cabeza, el perímetro abdominal y una pequeña guarnición apostada en los agujeros de la nariz y los oídos.

El factor P-K no hace que perdamos pelo. Hace que el pelo cambie de estrategia. Primero construye una mansión en la cabeza. Luego se compra un apartamento en las lorzas. Y al final, cuando ya creías haber ganado la batalla, reaparece por la nariz y los oídos para recordarte que nunca se fue.

Porque el pelo no muere.

Se reagrupa.

Y todo empezó con una foto en Facebook de un antiguo amigo. 

Qué cosas tiene la ciencia.

01 junio 2026

Herraduras

He regalado herraduras a muchos amigos a lo largo de mi vida.

Algunas cuelgan junto a puertas de entrada. Otras descansan sobre una estantería. Algunas habrán acabado en una caja, olvidadas entre recuerdos que sólo recuperamos durante una mudanza.

Casi todos me hicieron la misma pregunta al recibirla.

—¿Y por qué una herradura?

Nunca daba la misma respuesta.

A veces hablaba de tradición. Otras veces bromeaba con la suerte. Era más sencillo que explicar toda la verdad.

Porque la verdad es que al principio sí, las regalaba también un poco por eso. Como quien echa una moneda a una fuente, sin darle más vueltas. Pero los años pasaron, y con ellos se fue desgastando mi fe en la suerte. Me di cuenta de que nunca había visto a la fortuna inclinarse por nadie solo por llevar un trozo de hierro colgado.

Y sin embargo, seguí regalando herraduras.

Porque con el tiempo empecé a ver algo más hermoso.

Durante siglos protegieron a los caballos de los caminos duros. No evitaban las tormentas. No acortaban las distancias. No hacían desaparecer las piedras ni las pendientes.

El viaje seguía siendo el mismo.

Simplemente conseguían que el suelo resultara un poco menos cruel.

Y con los años he llegado a pensar que el cariño se parece bastante a eso.

No podemos evitar los golpes que la vida reserva a quienes queremos. No podemos impedir una pérdida, una decepción, una enfermedad, un miedo o una despedida. Ni siquiera podemos caminar por ellos: cada uno debe recorrer su propio camino.

Pero sí podemos dejar algo de nosotros junto a quienes amamos. Un gesto, una palabra, una presencia o un recuerdo que les acompañe cuando lleguen los tramos difíciles.

Por eso regalaba herraduras.

Porque eran una forma sencilla de decir algo que nunca he sabido expresar del todo bien:

“Ojalá el camino te trate con amabilidad.” Cosas de ítaca y demás. 

Y si no lo hace, “ojalá recuerdes que no atraviesas el mundo sin haber sido querido.”

Los años fueron pasando. Las herraduras se repartieron entre amigos, familiares y personas que dejaron una huella en mi vida. Y, como ocurre con casi todo lo importante, acabé olvidándome de ellas. No de las personas. De los objetos.

Hasta que un día, al visitar a un amigo, vi una de aquellas herraduras colgada junto a su puerta. Tiempo después, otra descansaba sobre una biblioteca, rodeada de libros y fotografías familiares. En otra casa, una más, un poco oxidada, ocupaba un lugar discreto pero presente.

Ninguna de ellas seguía allí por superstición. Nadie las conservaba esperando que les trajeran fortuna. Las conservaban porque, en algún momento de sus vidas, alguien había pensado en ellos con afecto suficiente como para querer acompañarles incluso en su ausencia.

Entonces entendí que el objeto en sí nunca fue lo importante. Lo que quedaba en esas paredes y estanterías no era el hierro. Era el recuerdo de que alguien se había tomado la molestia de pensar en ellos, de desearles un camino más amable, de estar presentes incluso sin estar.

Ahora, cuando alguien vuelve a preguntarme por qué regalo herraduras, sigo sonriendo antes de responder.

Y pienso en aquello para lo que fueron creadas hace siglos. No para cambiar el destino. No para atraer la suerte. Ni siquiera para señalar el camino correcto.

Sólo para amortiguar la dureza del suelo.

Y quizá querer a alguien consista precisamente en eso: no en evitarle la vida, no en resolverle el futuro, sino en intentar que la realidad le duela un poco menos cuando tenga que caminar sobre ella.

Por eso sigo regalando herraduras. Porque sigo creyendo que hay gestos pequeños capaces de acompañar durante muchos años. Y porque, al final, cuando todo lo demás se olvida, solemos recordar precisamente eso: a las personas que, sin poder apartar las piedras del camino, tuvieron el detalle de pensar en nuestros pasos.

28 mayo 2026

El descaro

Hay una especie de deporte urbano que consiste en comprobar cuánto puede retorcer alguien las normas sin sentir la más mínima vergüenza. No hablo de grandes delitos. Hablo de cosas pequeñas. Cotidianas. Miserables. Las peores.

Primero aparece un pañuelo. Luego unas gafas. Un paquete de caramelos de 2004. Tickets doblados, una barra de labios, tres monedas inútiles y, finalmente, la pregunta inevitable:

—Ay, ¿la bolsa la cobráis?

Por ejemplo, la gente que se cuela en el Metro. Es fascinante ver el ritual. Primero deslizan la bolsa o la mochila por debajo del torno con precisión de contrabandista profesional. Luego miran alrededor con esa calma insultante de quien cree que la ciudad le debe algo. Y finalmente saltan. No deprisa, no. Saltan despacio, casi elegante. Como si el problema fuese tuyo por haber pagado.

Y cuidado con decir algo. Porque encima te miran desafiantes. Esa es la parte más moderna de todo esto: ya no hace falta tener razón; basta con actuar como si la tuvieras. El que paga parece un ingenuo. El que respeta la cola, un pringado. El educado siempre da la sensación de haber llegado tarde al reparto.

Luego están las señoras del supermercado. Esa dimensión paralela donde el tiempo se detiene justo al llegar a caja. Han recorrido cuarenta minutos de compra, han llenado un carro equivalente al abastecimiento de un refugio nuclear y, aun así, el momento de buscar la cartera las sorprende completamente. La cajera termina. Silencio. Y entonces empieza la expedición arqueológica dentro del bolso.

Mientras tanto, detrás, los demás asistimos a la escena con esa mezcla de rabia y resignación que solo producen las cosas demasiado pequeñas como para justificar un asesinato.

Y qué decir de la gente de las colas del autobús. Expertos mundiales en el arte de adelantarse sin parecer culpables. Llegan mirando al cielo, al móvil o al sentido de la existencia. Nunca miran la cola. 
Eso sería admitir que existe. Caminan despacio hacia delante hasta colocarse los primeros, como quien no quiere la cosa, y si protestas incluso ponen cara de sorpresa. Como si hubieran aparecido allí por accidente geográfico.

Y luego está la otra especie del autobús. Los que llevan sentados desde el principio del trayecto, pegados a la ventanilla como si el mundo fuera un documental sin importancia, y de repente, cuando el vehículo se detiene, descubren que esa era su parada. No lo sospechaban. No lo intuyen. Lo descubren. En ese instante exacto en el que ya no hay margen para nada. Y entonces ocurre el pequeño milagro: obligan a medio autobús a reorganizarse para que ellos puedan salir. Con calma. Sin urgencia. Con esa serenidad ofensiva de quien ha decidido que el tiempo de los demás es infinitamente más flexible que el suyo.

Aunque si existe un monumento definitivo al descaro cotidiano, probablemente sea el final de una escalera mecánica. Ese lugar donde cualquier persona razonable entiende que debe seguir avanzando porque detrás vienen más personas impulsadas por una máquina y que, literalmente, no pueden detenerse. Pues bien, siempre aparece alguien dispuesto a demostrar lo contrario. Llega arriba y decide que ése es el momento perfecto para pararse. A pensar. A orientarse. A leer un mensaje. A debatir con su acompañante qué hacer con el resto de su existencia. Justo ahí. En el único punto donde detenerse convierte una simple duda existencial en un problema de ingeniería.

Lo admirable es la naturalidad. Nunca parecen conscientes de estar bloqueando el paso. Al contrario. Son los demás quienes parecen exagerados por intentar evitar una colisión en cadena. En cuestión de segundos se forma detrás una compacta representación de la sociedad moderna: gente frenando en seco, esquivando cuerpos, girando sobre sí misma y preguntándose cómo es posible que alguien haya encontrado el único sitio objetivamente prohibido para quedarse quieto. Hay que reconocer cierto mérito en ello. La humanidad ha construido rascacielos, ha llegado al espacio, ha creado inteligencias artificiales capaces de escribir artículos, aprobar exámenes y generar imágenes imposibles. Y, sin embargo, seguimos produciendo individuos convencidos de que el mejor lugar para detenerse es exactamente donde nadie puede parar.

Pero supongo que la ciudad funciona así. Una sucesión de pequeñas derrotas diarias donde el más cívico siempre acaba esperando detrás del más listo, del más lento o del más despistado. Porque al final el que paga el Metro tarda más. El que respeta la cola sube el último. El que espera su turno se queda detrás de alguien que “no se había dado cuenta”. Y el que tiene prisa siempre encuentra una razón perfectamente inocente para hacer que pierdas tu tiempo antes que el suyo.

Quizá por eso cada vez cuesta más distinguir entre educación y estupidez. Y quizá lo peor no sea eso, sino la sospecha cada vez más razonable de que, en esta ciudad, ambas cosas funcionan exactamente igual.


Coleccionistas de posesivos

Hay gente que no tiene personalidad. Tiene suscripciones.

No conversan: presentan un catálogo de servicios premium.

—Mañana tengo cita con mi alergólogo.

—Eso ya me lo explicó mi sensei.

—Uf, voy fatal de las lumbares. Lo hablaré con mi osteópata.

Y uno ya no sabe si está tomando un café con una persona o leyendo la contraportada de un suplemento de revista de aeropuerto.

Porque el “mi” ahí no cumple ninguna función gramatical. Es ornamental. Como el perejil en los restaurantes caros. Tú no necesitas saber que es tu alergólogo. Bastaba con “el alergólogo”. Pero no. Hay que añadir el posesivo para que todos entendamos que no se trata de un médico cualquiera. Es SU hombre. Su chamán del polen. El único ser humano capaz de interpretar correctamente un estornudo suyo.

Lo fascinante es que esto solo ocurre con profesiones que permiten aparentar profundidad espiritual o cierto nivel adquisitivo. Nadie dice jamás:

—Voy a llevar el coche a mi mecánico cuántico.

—Mi señor de la fotocopiadora me recomienda usar menos grapas.

—He tenido una charla durísima con mi técnico del gas.

No. Ahí desaparece la épica.

Porque la gente no quiere comunicar información. Quiere proyectar un personaje. El del adulto sofisticado que vive rodeado de especialistas privados, como un faraón emocional con acceso VIP a seres iluminados.

Con los “senseis”, además, se pierde ya todo contacto con la realidad. El auténtico maestro japonés lleva cuarenta años perfeccionando una disciplina ancestral para acabar en un polideportivo de Fuenlabrada escuchando:

—Mi sensei me ha enseñado que el combate verdadero está en el interior.

Y el sensei, detrás, pensando:

“Antonio, llevas tres meses viniendo y aún te atas el cinturón al revés”.

Pero Antonio ya no practica karate. Antonio ha integrado el bushido en su marca personal. Antonio sube fotos mirando al horizonte con frases tipo: “La katana más afilada es la mente”. Luego lo ves discutir con una señora en Mercadona porque había dos cajas abiertas y eligió la lenta.

Y cuanto más vacía está una persona por dentro, más larga es la lista de posesivos. Mi coach. Mi terapeuta. Mi nutricionista. Mi mentor financiero. Mi astróloga. Algunos parecen un villano de Batman rodeado de asesores.

Tú les preguntas qué tal el fin de semana y te responden como si presentaran un organigrama:

—Pues el sábado estuve con mi osteópata liberando emociones, luego comida con mi nutricionista integrativa y el domingo videollamada con mi mentor.

Señora, usted no tiene rutina. Tiene comité de dirección.

Lo más gracioso es que la gente realmente importante suele hablar normal. Dice “fui al médico”, “me apunté a artes marciales”, “me recomendaron esto”. Sin trailer cinematográfico. Sin merchandising humano. Porque cuando alguien está cómodo consigo mismo no necesita convertir cada contacto en una medalla social.

Pero hay otros que sí. Y los reconoces enseguida. Son los que dicen “mi alergólogo” con el mismo orgullo con el que un duque medieval decía “mis tierras”. Los que pronuncian “mi sensei” como si entrenaran con un monje ciego en las montañas de Kioto… aunque en realidad el hombre se llame Paco y dé clase encima de una academia de uñas.

Y quizá ahí esté la clave. Que antes la gente presumía de tener castillos, caballos o apellidos ilustres. Ahora presume de tener especialistas. Hemos cambiado los escudos heráldicos por contactos guardados en el móvil.

Porque en el fondo el ser humano sigue siendo igual de ridículo. Solo que antes decía “mi señor feudal” y ahora dice “mi osteópata”.

25 mayo 2026

Hasta aquí



Dedicado a los muchos que, como yo, tiramos el tiempo estudiando una carrera que no nos sirvió para nada.




Mientras otros estudiantes de Derecho descubrían vocaciones prácticas —opositar, facturar o fingir que entendían Derecho Tributario—, Manu cometió el error de enamorarse de una palabra latina: manumissio.

Le fascinaba aquella ceremonia mediante la cual un esclavo dejaba de pertenecer a otro hombre para convertirse, técnicamente, en dueño de sí mismo. Roma había conquistado medio mundo, sí, pero además había tenido la elegancia intelectual de inventar una palabra culta para decir “hasta aquí”.

Eso era clase.

Y Manu empezó a sospechar que su propio nombre escondía un destino filológico. Una especie de mandato secreto.

La Manu-misión.

Liberar.

No esclavos, claro. Hoy eso complica muchísimo el papeleo. Pero sí otras formas contemporáneas de servidumbre.

Porque esclavos había por todas partes: el amigo incapaz de cenar sin fotografiar el plato desde un ángulo cenital para tres primas y un bot ruso; el directivo que pronunciaba “sinergias” con la resignación de quien ya no recuerda cuándo empezó a odiarse; la mujer que hacía yoga para reducir ansiedad y acababa ansiosa por no haber hecho suficiente yoga; el hombre que hablaba de “resiliencia” porque no se atrevía a decir “agotamiento nervioso”.

Todos encadenados. Todos con amo.

Y Manu veía deber moral donde otros veían simple patología contemporánea.

Rescató a un compañero de una relación que se mantenía únicamente por inercia administrativa. Liberó a otro de un podcast de ocho horas sobre masculinidad alfa impartido por un tipo vestido como una tapicería otomana. Hasta consiguió sacar a su tío Félix de un grupo de WhatsApp donde compartían vídeos de supuestos médicos militares rusos que prometían curar el colesterol con bicarbonato y odio fiscal.

—La verdadera manumisión —decía Manu con solemnidad de cónsul ebrio— consiste en recuperar el dominio sobre uno mismo.

La gente asentía porque era más sencillo que discutir.

Pero ocurrió algo inesperado.

Cuanto más empeñado estaba en liberar a los demás, más esclavo parecía él de su propia cruzada. Ya no escuchaba conversaciones: las auditaba. No podía entrar en un restaurante sin detectar quién estaba sometido al gluten, al algoritmo o a una persona llamada Laura.

Vivía atento a las dependencias ajenas con el fervor de un inspector del alma.

Hasta que una noche, bajando la basura, un vecino le preguntó:

—¿Te vienes a tomar una?

Y Manu fue.

Luego vino otro bar. Y otro. Y otro más.

Horas después, mientras desarrollaba una reflexión innecesariamente ambiciosa sobre Roma, la libertad y los calamares a la romana —esos anillos de calamar que los antiguos romanos ya devoraban en sus banquetes, servidos como símbolo de abundancia y placer efímero, y que ahora, dos mil años después, seguían siendo “a la romana”: rebozados, fritos y perfectamente liberados del mar para terminar en la sartén—, notó algo golpeándole la pierna.

Era la bolsa de basura.

La había llevado consigo toda la noche.

Entonces comprendió por fin el verdadero sentido de su Manu-misión.

Nadie consigue atravesar la vida sin cargar con algo. La diferencia entre un hombre libre y un esclavo no está en ir vacío, sino en elegir qué merece la pena seguir llevando hasta el final de la noche.