Vivir a codazos
El trabajo y la vida. En general.
29 enero 2026
Manolo vs el Premio Nobel
20 enero 2026
Manolo y el Amo
Luis llegó puntual.
Y llegó… llamativo.
Traje de cuero negro. Entero. Pantalón, chaqueta, botas. Todo negro. Todo brillante. Crujía al moverse.
Manolo lo vio entrar, se quedó mirándolo fijamente durante tres segundos y luego escupió un poco de cerveza de la risa.
—Pero onde vas, home —dijo—. ¿Roubaches a moto a un de Village People?
Luis se detuvo. Lo miró por encima de las gafas.
—Este atuendo no es casual. Es parte de mi presencia.
Manolo lo recorrió de arriba abajo con la mirada.
—Presenza tes, si. Pareces un malo de película mala.
Luis se sentó con cuidado. El cuero hizo un ruido raro contra la silla.
—Este traje impone respeto.
Manolo apoyó los codos en la mesa.
—O que impón é calor. Tes que estar cocéndote aí dentro coma un chourizo.
Luis ignoró el comentario.
—Hay estudios que demuestran que la vestimenta adecuada refuerza la autoridad.
Manolo asintió muy serio.
—Claro. Por iso os toureiros visten así.
Silencio.
—No es un disfraz —dijo Luis.
Manolo estiró la mano y le dio dos golpecitos en la manga. Plak plak.
—Pois o tacto di outra cousa.
El camarero se acercó.
—¿Qué vais a tomar?
Manolo habló primero:
—Para min unha cervexa. Para o de Matrix… outra, que se non se me deshidrata dentro do traxe.
Luis cerró los ojos un segundo.
—Manolo, te recuerdo que hemos venido a hablar de dinámicas de control —dijo Luis, serio, sin moverse apenas dentro del traje de cuero.
Manolo lo miró, miró el traje otra vez, le dio un trago a la cerveza y apoyó el vaso con fuerza en la mesa.
—A ver, que eu tamén che digo…—aquí isto funciona fácil..
Luis arqueó una ceja.
—Explícate.
—Eu pido cervexas —dijo Manolo—, ti bébelas. Eu falo alto, ti escóitasme. E se o pantalón fai ruído, pois mala sorte.
El cuero crujió ligeramente cuando Luis se recolocó.
—No funciona así.
Manolo se inclinó hacia delante.
—Pois aquí si.
Le dio una palmada en el hombro con tanta fuerza que el cuero sonó como un sofá nuevo.
—Reláxate, Batman.
—No soy Batman.
—Pois Robin tampouco, tranquilo.
Llegaron las cervezas. Manolo brindó.
—Veña, polo home-bota.
Luis no chocó el vaso.
—Manolo, necesito que me tomes en serio.
Manolo lo miró, miró el traje, volvió a mirarlo a él.
—Mira, eu tomote en serio, pero ese traxe non axuda.
—Este traje simboliza autoridad.
—Ese traxe simboliza que se te sentas cerca do radiador mores.
Luis respiró hondo.
—Estoy acostumbrado a que cuando entro en un sitio, la gente cambie su actitud.
—Aquí cambiou —dijo Manolo—. Agora todos están mirando para ti.
Dos parroquianos del fondo, efectivamente, no le quitaban ojo.
Uno susurró:
—¿Ese vén dunha película ou dun psiquiátrico?
Luis se removió incómodo en la silla. El pantalón crujió otra vez.
Manolo terminó la cerveza, se limpió la boca con la mano y se levantó.
—A ver, que eu tamén che digo… —dijo sin mirar— eu á xente que fai ñic ñic ao moverse non a podo tomar en serio.
Luis intentó decir algo. No pudo. El ñic lo traicionó otra vez.
Manolo levantó un dedo.
—Non, non. Xa falaches bastante.
Dejó unas monedas sobre la mesa y se puso la chaqueta.
—Ti podes ser Amo, Xefe ou o que che apeteza.
Se encaminó a la puerta y, ya desde allí, soltó la última:
—Pero aquí, con ese pantalón, pareces o do carnaval que chegou tarde.
Eructó. Perfecto.
Portazo.
El camarero miró a Luis, miró el traje y preguntó:
—¿Algo más?
Luis bajó la vista.
—Agua.
El pantalón crujió.
FIN
19 enero 2026
Manolo y el Tío Raro
Ojo!!! Antes de leer este texto, tienes que leer el post anterior. Así conocerás al señor Manso que tiene el placer de conectar con Manolo.
https://www.viviracodazos.com/2026/01/manual-de-atencion-un-publico-improbable.html
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Manolo estaba en el bar, su centro de operaciones tácticas. Frente a él, la trinidad sagrada: una cerveza sudando condensación, un bocadillo de panceta con un brillo casi radiactivo y el móvil con la pantalla al 100% de brillo para discutir con desconocidos, que es un deporte que se le daba muy bien.
Acababa de soltar una perla en un grupo de “Cocina moderna”:
"Eso no es esferificación, eso son grumos de toda la vida, pero con marketing. A mí no me la das, que yo sé de química lo que hay que saber: si burbujea, se bebe."
Le dio un mordisco al bocadillo, se limpió la grasa en el pantalón (el servilletero es para los débiles) y soltó un eructo que hizo vibrar las copas de la estantería.
—BUUUURP. —Miró a su alrededor buscando aprobación. Nadie se la dio. Mejor, así no tenía que compartir la sabiduría.
En ese momento, el móvil vibró. Mensaje privado.
Sumi Manso 1978
Hola… he visto lo que escribes… Y creo que tú eres justo el tipo de hombre que necesito.
Manolo frunció el ceño —ese ceño que parecía una ceja con vida propia— y tecleó de vuelta, masticando aún un trozo de chorizo. —¿Qué queres, home?
Verás… me gustan los hombres con carácter… Los que mandan… Los que no preguntan… Los que ponen firme a los demás…
Manolo torció la boca, como si el mensaje oliera peor que su bocata. —¿E a min que me contas, rapaz? ¿Buscas un capataz de obra ou qué? Porque eu coordínote unha cuadrilla en cinco minutos, xa che digo.
Yo soy más bien… de obedecer… Me gusta sentir que alguien me controla… Que me diga dónde tengo que estar… Qué tengo que hacer…
—Pois compra un GPS, home —masculló Manolo para sí, antes de teclearlo—. Que te veo perdido desde aquí, xa che digo eu.
No… yo prefiero un hombre… Alguien que me hable fuerte… Que me haga sentir pequeño…
Manolo arrugó la cara, soltando un bufido que espantó a una mosca despistada.
—Pero ti eres tonto de fábrica o te caíste varias veces, non xodas. Y si queres sentirte pequeno, vaite a Hacienda sen cita previa.
Cuando me hablan así… Me tiemblan las piernas… Me pongo nervioso… Me gusta…
—A ti o que che gusta é ter o ralentí baixo, paréceme a min. Eso é falta de ferro ou dun lacón con grelos.
Y cuando me dicen que no valgo… Que no destaco en nada… Que soy poca cosa…
—Eso é falar por non calar, home, non fai falta que che cobre eu. Se queres que che baixen os fumes, vete a unha reunión de veciños e propón unha derrama, xa verás como te poñen fino.
…me dan ganas de encogerme… De quedarme quieto… De que sigan…
Manolo miró la cerveza, luego el bocata a medio devorar y volvió al móvil, ya con un brillo de irritación en los ojos.
—A ver, campeón, ¿teu escribes así ou te dieron un golpe de pequeño?
Es que cuando te leo… Cómo machacas a la gente… Cómo los dejas por los suelos…
—Eu non machaco ninguén, carallo, eu paso a ITV da realidade.
Eso… eso es lo que me gusta… Que seas así… tan duro… Tan directo… Tan dominante…
Ahora Manolo tecleaba con mala hostia, sus dedos gordos aporreando la pantalla como si fuera el culpable.
—Mira, rapaz, eu non son dominante nin gaitas. Eu son un cidadán informado. Se a ti che pica a verdade, pois ráscate cun estropallo, que exfolia moi ben.
Cuando me dices eso… Me recorre algo por dentro… Me deja temblando…
—Sí, home. Eso chámase estar mal da cabeza.
A veces releo tus mensajes antes de dormir…
—¿Cómo que os relees? —gruñó Manolo en voz alta, atrayendo la mirada del camarero.
Sí… cuando me siento inseguro… Me ayudan… Me centran… Me hacen sentir cosas…
—A ti te falta un tornillo e media ferretería, xa te lo digo.
Manolo dejó el móvil en la barra con un golpe sordo y miró al camarero, Xosé, que limpiaba vasos con resignación eterna.
—Xosé.
—¿Qué?
—Hai xente que debería vir con libro de instrucións e garantía selada, cagondiola. —Volvió a mirar el chat—. Este necesita un formateo a baixo nivel.
Volvió al chat, ya con la paciencia al límite.
—¿Ti estás ben da cabeza ou vés torcido xa de serie?
Cuando me dices que soy inútil… Que no sirvo para nada…
—Porque non vales, rapaz, non é poesía, é contabilidad básica. Eres un pasivo, pero do balance de situación, oíches?
…me dan ganas de quedarme quieto… De obedecer… De no moverme…
—Ti o que necesitas é un reinicio, a ver se arrancas, ho.
Me gusta cuando eres así conmigo…
Manolo cerró los ojos, respiró hondo y eructó de nuevo, como para exorcizar la conversación.
—BUUUURRRRRPPPPPP.
—Este está para estudo, pero serio —murmuró. Tecleó:
—Mira, imos deixar unha cousa clara: eu non son teu amigo, non son teu pai... e pola gloria da miña nai, non son teu “amo”. E enriba eres un pesado de categoría Champions, neno.
Eso… eso me encanta leerlo así… Dime lo miserable que soy.
—Mira ti, enriba sibarita, o tío.
¿Podrías decirme algo más? ¿Una orden?
Manolo vio una oportunidad. Una oportunidad de gestión de residuos eficiente. Escribió:
—¿Queres unha orde? Pois vas flipar, carallo. Teño a arqueta do patio da casa atrancada. Leva así dende o Prestige. Aquelo é un tapón de toallitas, graxa de chourizo e pelos de toda a familia. Pois vas para alá agora mesmo, levantas a tapa de formigón a pulso, metes o brazo ata o ombro na auga podre e desatascas iso a dedo. ¡A dedo, oíches! E non pares ata que a auga corra coma o río Miño. ¡Y sin guantes, eh, que hai que sentir a avaría!
Pasaron unos segundos. El “escribiendo...” parpadeaba frenéticamente.
…Dios mío… Meter el brazo en tu inmundicia… Desatascar tu tubería con mis propias manos… Sin guantes… sintiendo tu… bloqueo. Es… es lo más degradante que me han dicho nunca. Voy para allá llorando de emoción.
Manolo negó con la cabeza, decepcionado con la especie humana. —Este goza fozando na merda, está clarísimo. Hai xente pa todo.
Dos días después, el móvil volvió a vibrar.
He vuelto a leer lo que me dijiste… Ya corre el agua… olía fatal… Aún no me he lavado la mano para recordar tu autoridad… …me late el corazón muy fuerte… Me he tenido que sentar… Pero… ha sido increíble…
Manolo negó con la cabeza, como si el mundo entero conspirara contra su paz grasienta.
—Este goza co sufrimento, está clarísimo. Un faro para tarados, eso é o que son.
He vuelto a leer lo que me dijiste… Me ayuda a dormir…
Manolo, ya en modo Terminator cuñao, respondió:
—Pois a ver se un día te durmes de todo e descansamos todos, rapaz.
…me encanta cuando me hablas así…
Manolo lo bloqueó con un dedo triunfal, pidió otra cerveza y suspiró. —Internet é un erro, pero grande, Xosé. Eu creo que sen querer estou activando algo. Como un faro para tarados.
Se bebió la cerveza de un trago, eructando con vocación marítima.
—BUUUURRRRRPPPPPP.
Diez minutos después, otro privado de Luis Discreto 1984.
Hola… he visto cómo escribes en Facebook… Y creo que tú eres justo lo que estoy buscando…
Manolo miró el móvil, luego la cerveza, luego el bocata. Suspiró de nuevo, pero esta vez con un brillo irónico en los ojos, como si el universo le hubiera regalado una saga infinita de absurdos.
—Xosé… eu creo que calquer día vén un e pídeme que lle grite en persoa. E o peor é que igual acepto, solo para ver como se rompen.
Y así, en el bar de las certezas grasientas, Manolo —el Cuñao Eterno— descubrió que su superpoder no era solo opinar, sino atraer a los improbables, en un bucle disparatado.
Manual de atención a un público improbable
“La vida es una tragedia cuando se ve en primer plano, pero una comedia si se mira en plano general.”
Charles Chaplin
Entré en Facebook con una novela y salí con una anécdota que todavía pide terapia.
Iba a vender un libro.
Un libro. Una cosa con páginas. Un objeto bastante inofensivo. Nada que debiera requerir valor, ni abogado, ni un protocolo de emergencia.
No esperaba emociones fuertes. Pero hay días en los que la realidad decide montarte una exposición temporal de rarezas.
Se manifestó en forma de señor. Porque los hombres así no escriben: se manifiestan.
—Hola, soy sumiso.
Y yo pensé: magnífico. Yo soy pelirroja e intolerante al gluten. Parecía una reunión de presentación de síntomas.
Pero no. Él no estaba compartiendo. Estaba abriendo expediente.
A los pocos mensajes ya estaba intentando comprar algo que no estaba a la venta.
—¿Puedo ser tu perrito?
¿¿¿¿Qué???? No. Esto es una librería. No un refugio animal.
—Compro 10 libros.
Lo dijo con el orgullo de quien cree que la vida es una máquina expendedora: introduces libros y cae una fantasía de serie B.
—¿Y si compro 20?
Seguíamos sin estar en un mercado persa.
—¿Qué valoras más, el sometimiento psíquico o el físico?
Valoro mucho que la gente tenga una vida interior que no necesite intermediarios ni presupuesto.
—Eso son 10 libros más.
Ah. De acuerdo. Esto era un videojuego. Yo estaba desbloqueando diálogos secundarios sin querer y sin ganas.
—¿Qué zapatos usarías para ser mi dueña?
Los de correr. Los de huir. Los de desaparecer en una nube de humo como Batman, pero con ansiedad.
—¿Puedo llamarte ama?
No.
—Compro 50 libros.
Ni con la Biblioteca de Alejandría, campeón.
—Soy un sumiso diferente.
Naturalmente. Todos los especímenes lo son. Es lo que pone en la etiqueta, antes de la letra pequeña.
—No busco sexo.
Estupendo. Yo tampoco busco… esto.
—¿Prefieres que me entregue psíquica o físicamente?
Prefiero que te entregues a la lectura. Empieza por algo sencillo. Con dibujos, que te hará falta.
O mejor entrégate a la policía. Empieza por ahí. Es una institución con horarios y vocación de orden.
—Exporto materiales a Europa.
Yo exporto silencio a quien lo merece.
—¿Serías mi ama si compro los libros?
No tengo vocación de ser ama. Vendo libros, no fantasías por encargo.
—Podemos ser amigos.
No.
—Por ser amigos no pasa nada.
Sí pasa. Pasa que no quiero y además me gusta mucho querer cosas normales.
—Soy un hombre diferente.
Sí. Diferente como un electrodoméstico que desarrolla opiniones y exige atención emocional.
Al día siguiente volvió. Con la misma diferencia cuidadosamente rehecha.
—Hola, ¿hablamos? Soy un hombre diferente.
Claro. Diferente. Como una “oferta exclusiva” que llega todos los días.
Moraleja:
Hay gente que cree que todo en esta vida se puede comprar.
Unos compran casas. Otros compran coches.
Y luego están los que creen que pueden comprar una persona, un guion y un universo paralelo pagando en libros.
Yo no.
Yo solo vendía una novela.
Y acabé descubriendo que internet es ese lugar donde tú pones un escaparate…
y alguien intenta empadronarse dentro.
* Dedicado a mi buena amiga Belén, a la que esto le ha sucedido realmente. He visto las conversaciones, los pantallazos... y es verdad de la buena. Tela.
El Señor de los Anillos: La Comunidad del Cuñao y el chorixo
Había banderas raras, gente disfrazada de medieval, barbas sospechosas y nadie parecía estar trabajando.
—Xa dicía eu —murmuró—. Festa grande. Isto ten comisión seguro.
Miró alrededor con calma, buscando lo importante.
—O palco estará por aí… e o bar tamén, porque sen bar isto non arranca.
Un grupo de hobbits pasó corriendo delante de él y Manolo asintió, tranquilo.
—Os nenos xa van algo cargados, pero bueno, mentres non rompan nada…
Aragorn se le acercó con toda la solemnidad que dan los años de sufrimiento y una barba bien llevada.
—Eres un viajero de tierras lejanas. El destino de este mundo depende de ti.
Manolo lo miró despacio, de botas a espada, evaluando el disfraz. Iba vestido como para una despedida de soltero medieval.
—¿Y tú quen eres, el de seguridad?
Aragorn parpadeó.
—Necesitamos tu ayuda. El destino del mundo depende de este anillo.
Aragorn respiró hondo, metió la mano bajo la capa y sacó una pequeña cadena.
De ella colgaba un anillo dorado, sencillo, pero con ese brillo que hace que todo el mundo se calle sin saber muy bien por qué.
Lo sostuvo un instante entre los dedos, con respeto.
—Este es el Anillo Único. Sobre él pesa el destino de todos los pueblos libres.
Manolo lo miró un segundo, ladeando la cabeza.
—¿Ese?
Aragorn asintió y se lo tendió con cuidado, como quien entrega algo delicado.
Manolo lo cogió sin ceremonia, lo acercó a los ojos, lo miró a contraluz, se lo intentó meter en el dedo meñique. No entró.
—Esto es bisutería, home. En la feria de Xinzo los venden a puñaos.
Antes de que pudiera reaccionar, apareció Gandalf, apoyado en su bastón, encantado de escucharse.
—Ese anillo que llevas fue forjado por Sauron en tiempos antiguos. Su poder es inconmensurable y puede condenar a todos los pueblos libres.
Gandalf habló largo y tendido. De guerras, de oscuridad, de sacrificios necesarios y de esperanza. Manolo lo dejó hacer, porque cortar al del pregón siempre queda feo.
Cuando Gandalf terminó, satisfecho, se hizo un silencio solemne.
Manolo respiró hondo… y el cuerpo le jugó una mala pasada.
—Brrruuuaaaap…
Se quedó un segundo quieto, como evaluando daños, y luego se limpió la boca con la manga.
—Perdón, eh. Isto escapóuseme sen querer, que teño o bocata dando voltas.
Miró alrededor, conciliador.
—A ver… igual é cousa miña, eh, pero se isto é tan perigoso, igual convén ir ao grano, que logo pecha a cantina.
La Compañía se puso en marcha. Frodo caminaba decidido, Sam cargaba con todo, Legolas miraba al horizonte como si buscara fuegos artificiales y Gimli se quejaba porque también forma parte del folclore.
Manolo iba detrás, sin apuro.
—¿Isto sempre é costa arriba ou é que a procesión vai polo sitio malo?
En las Minas de Moria apareció el Balrog, envuelto en fuego y sombras, rugiendo como una cosa antigua y enfadada que llevaba siglos sin ventilar.
Todos se quedaron quietos.
Manolo ladeó la cabeza, lo observó con atención y frunció un poco el ceño, no por miedo sino como quien recuerda algo importante.
—Ah… vale. Xa sei o que che pasa.
El Balrog avanzó, levantando el látigo, convencido de que aquello iba a ser rápido.
Manolo dio medio paso adelante, se plantó bien, infló el pecho con intención clara y respiró hondo, muy hondo, como quien abre una herramienta conocida.
—Toma nota, que logo non repito.
Le sopló el eructo directamente a la cara.
—Brrrrrrruuuaaaaaap…
El aire se volvió espeso al instante.
Un olor brutal a chorizo curado, ajo, pimentón y fiesta patronal se expandió con orgullo gastronómico.
—Toma, chorixo coma Deus manda. Denominación de orixe —añadió Manolo, tranquilo.
El Balrog se quedó clavado.
Parpadeó.
Intentó rugir, pero solo consiguió un sonido húmedo y decepcionante.
Dio dos pasos atrás, se llevó una garra al pecho y cayó de espaldas, inconsciente, derrotado por algo que no figuraba en ninguna profecía.
Manolo lo miró caer y asintió.
—Había boa materia prima.
Gandalf tardó unos segundos en reaccionar.
—Has derrotado a una criatura primigenia del mal.
Manolo se encogió de hombros.
—Xa… cando o chorixo é coma Deus manda, nótase.
En el Monte del Destino, Frodo temblaba con el anillo en la mano.
—No puedo… es demasiado poderoso…
Manolo lo miró con una paciencia casi pedagógica.
—Mira, rapaz, isto é coma un viño picado: ou o tiras ou che vai sentar mal.
Cogió el anillo, lo lanzó al volcán y observó cómo desaparecía en la lava.
Respiró hondo y dejó escapar un último eructo suave, cansado, de trabajo terminado.
—Brrruaap…
—Bueno, pois xa estaría. Un oruxo caería ben, e logo xa se ve.
03 enero 2026
Por si te quedas
01 enero 2026
La posibilidad que fue
La macrofiesta estaba ya en su tramo final. El reloj debía de andar cerca de las seis, cuando el cansancio vuelve torpe cualquier gesto y la música se convierte en un latido ajeno. Fue entonces cuando la vi. Sola. De verdad sola, sin el típico corrillo a dos metros ni el móvil como coartada. Estaba quieta, como si hubiera llegado tarde a algo importante.
No recuerdo cómo empezó. Tal vez una frase absurda, tal vez ninguna. Lo siguiente fue estar besándonos como si no hubiera alternativa. Sin tanteos, sin risas nerviosas. Nos besamos con una naturalidad que me descolocó. No era mi estilo, ni mi territorio. Y, sin embargo, todo encajaba.
Nos estuvimos dando la paliza durante un tiempo imposible de calcular. Apoyados en una pared, luego sentados. La gente pasaba, volvía, desaparecía. Yo no pensaba en impresionar ni en qué vendría después. No pensaba en nada. Era cómodo, directo, sencillo. Como si ese fuera el lugar exacto donde tenía que estar.
Mis amigos me avisaron cuando ya no quedaba nada que exprimir a la noche. Me separé de ella con una sonrisa estúpida, levanté la mano en una especie de despedida sin promesa y me fui. No intercambiamos nombres. No pregunté nada. Tampoco miré atrás. En el coche, alguien bromeó con mi hazaña tardía. Yo asentí sin explicar que, por primera vez, no tenía nada que contar.
Los días siguientes intenté reconstruirla. Nada. Ni su cara, ni su voz, ni un rasgo concreto. Ni siquiera su altura. Solo conservé la certeza de que había ocurrido algo limpio, sin ruido alrededor. Y entonces apareció la pregunta, inevitable y molesta: ¿y si era la mujer de mi vida?
Durante un tiempo esa idea me persiguió. Luego entendí que quizá estaba mal formulada. Tal vez no se trataba de si lo era o no. Tal vez lo importante fue que, durante un rato, lo fue. Sin pasado ni futuro, sin expectativas, sin miedo a hacerlo mal. Un paréntesis perfecto.
Hoy sigo sin saber ligar. Nada ha cambiado demasiado. Pero cada Fin de Año, cuando el reloj se acerca a las seis y la fiesta empieza a vaciarse, miro alrededor con una calma distinta. Porque sé que, al menos una vez, el destino no me pidió más que estar allí. Y yo, sin darme cuenta, estuve.
Sí, sucedió. Y no, no la recuerdo
31 diciembre 2025
BILLY vs. El Cuñado Omega
Manolo, el cuñado Omega, y su colega Roberto se adentraron en el templo del diseño sueco como dos gladiadores entrando en la arena. Pero en lugar de espadas, llevaban el carnet de la biblioteca (para medir los tornillos) y la app de la tienda de bricolaje rival (para comprar precios).
—Oye, Roberto, mira esto, home —dijo Manolo, deteniéndose frente a un expositor de un sofá llamado «LÖSKED»—. Un sofá «LÖSKED».¿en qué lingua está, meu rei? ¿En sueco o en el de la factura de la luz? Porque parece la onomatopeya que hace mi espalda cuando me levanto.
—Es que no tienen nombres de personas, Manolo. Esto debería llamarse «Sofá Antonio». O «Sillón de dos plazas y media Concepción». Así sabes lo que compras.
El objetivo era una estantería modelo «BILLY», pero de color blanco hueso. Un clásico. Pero Manolo no quería una «BILLY» cualquiera. Quería optimizarla.
—Mira, Roberto, a «BILLY» estándar esa ten unha capacidade de carga de 25 quilos por balda, pon aí —explicó Manolo, señalando una etiqueta con el dedo mientras Roberto asentía, tomando notas mentales—. Pero si refuerzas los laterales con una lámina de contrachapado de 5 milímetros, y usas tacos de nylon en lugar de los de madera que trae, fácil le subes a 40. Lo leí en un foro de modelistas ferroviarios.
—Esos suecos nos toman el pelo —gruñó Roberto—. Venden el mueble y los tornillos por separado en la caja. Eso es como venderte un coche sin ruedas y las ruedas en otra provincia. Y encima tú mismo tienes que montarlo. ¿Dónde está el IVA que pagamos en eso? ¿En el sudor?
Tras una hora de debate en la sección de iluminación sobre si las bombillas LED «RYET» producían o no migraña a largo plazo («Es el parpadeo, Robertiño, es imperceptible pero el cerebro lo capta, te lo juro»), llegaron a la zona de cajas planas.
Y ahí, como un monstruo mitológico, estaba. La caja de la «BILLY» extendida. Medía más que Roberto tumbado.
—Esto no cabe en el coche —anunció Roberto, con la certeza de un físico nuclear.
—¿Que non cabe? ¡Hombre, por Deus! —Manolo se frotó las manos—. Iso é porque estás a pensar en modo «usuario», home. Tú pensa en modo «logística». Sacamos la caja del cartón, deslizamos los tableros sueltos en el maletero entre el kit de emergencia y el paraguas, y el cartón lo dejamos aquí mismo, reciclado. Hemos ahorrado espacio, peso, y le hemos hecho un favor al planeta. Los suecos, con su ecología de postal, no llegan a esto.
El proceso de carga fue un ballet de maldiciones sordas y golpes en el paragolpes del Renault Scenic. Pero lo consiguieron. Llegaron a la chabola de Manolo, y fue cuando comenzó el verdadero Apocalipsis.
Desplegaron las instrucciones. Un folleto sin palabras, solo dibujos de personajes sonrientes montando la estantería con una facilidad insultante.
—Isto é un xeroglífico, oiga —declaró Manolo—. No hay números. No hay texto. E como si te dixeran «ensambla un reactor nuclear con emoticonos». Unha falta de respecto ao consumidor.
—Yo creo que el tipo de la primera página —señaló Roberto— se parece a mi cuñado Luis. Y ya es mala señal.
Manolo decidió ignorar las instrucciones. Él tenía un criterio superior.
—O paso un, que nunca o poñen, é separar todas as pezas e clasificalas por tamaño e número de buratos, ¿ves? Iso non o poñen. Porque si lo pusieran, la gente lo haría bien y non compraría otra cuando la primera se le tuerza.
Una hora después, el salón era un campo de batalla. Tableros, tacos, tornillos, la llave allen (que Manolo ya había despreciado por «poco ergonómica») y una nube de polvo de tablero aglomerado que olía a conflicto.
—Este tornillo Dübel 104 no va aquí —anunció Roberto, sosteniendo una pieza como si fuera un diamante—. Este es claramente para la parte trasera. Mira el agujero ciego.
—¡Error garrafal, Roberto! —rugió Manolo—. El Dübel 104 es para el refuerzo horizontal superior. El de la parte trasera es el FIXA 105, que es 3 milímetros más corto. Si usas el 104 ahí, perforas el tablero y te queda la punta sobresaliendo como un diente de ajo. Y luego vas a querer pintarlo y no se va a adherir la pintura. Es una cadena de errores, Roberto.
Roberto miró el tornillo. Miró a Manolo. Miró el dibujo del sueco sonriente.
—Pues el sueco este calvo de la página 3 lo está clavando en el lateral.
—¡Porque el ten a versión do 2018, home! —tronó Manolo, triunfal—. En 2019 cambiaron o sistema de sujeción por una sentencia de la UE. Lo leí. ¿Tú non? Vaia, que é información pública.
Tras tres horas, dos cervezas y una llamada a un amigo fontanero para consultar una duda sobre apriete de tuercas, la «BILLY» estaba en pie. Se tambaleaba ligeramente, como si recordara con nostalgia los bosques de Suecia.
—Le falta algo —dijo Roberto, observando su obra.
—Le falta el alma —sentenció Manolo—. Pero ya se la vamos a poner.
Sacó una taladradora, cuatro escuadras metálicas compradas en el chino y un tubo de silicona profesional.
—Isto, á parede. Con tacos Fischer de 8 milímetros, en tapón de pladur con alma de acero. La dejo anclada para un terremoto de grado 7. Y le pongo esta moldura de poliuretano expandido aquí, en el canto, para que no se vea el feo de los cantos. Queda de lujo. Parece de customización profesional.
Al final, la estantería «BILLY» original había desaparecido. En su lugar había un armazón reforzado, anclado a la pared, con moldura y con un sistema de iluminación LED por USB que Manolo había reciclado de una antigua lámpara.
—¿Ves?, ¿Ves? —dijo Manolo, limpiándose las manos en un trapo—. O problema non é o moble, home. O problema é a falta de visión. Tú non compras un mueble. Compras un proyecto. Y un proyecto sin un director de obra con criterio es un accidente laboral esperando a ocurrir.
Roberto asintió, admirando la estructura que ahora parecía capaz de soportar la enciclopedia Británica entera.
—Tienes razón. Y además, nos ha salido un 30% más barata que la «BILLY» de alta gama que vimos. Y la nuestra es a prueba de bomba. Se lo deberíamos proponer a Ikea. Como línea «Cuñado Edition».
—Non, non, non —dijo Manolo, con un brillo de superioridad en los ojos—. Que se espabilen. Nós temos o know-how. Que nos paguen por él. Mañana llamo a un abogado para patentar o sistema de refuerzo con escuadra y silicona. Lo llamaré… Sistema M.
Y así, entre el serrín y los tornillos sobrantes, nacía una nueva leyenda cuñada. Porque para un hombre con una llave allen, una opinión y acceso a foros de internet, no hay mueble indomable. Solo proyectos mal explicados.
Dedicated to Roberto. The new IKEA King.
21 diciembre 2025
Manolo al Servicio de su Majestad
Dislexia Intergaláctica
20 diciembre 2025
Manolo y verdiño
En Pantallazul del Generalísimo, la rutina postapocalíptica seguía su curso. Manolo, ajeno a todo, disfrutaba de su descanso vespertino cuando... un meteorito verde de trescientos kilos impactó a un par de manzanas, en lo que antes era un descampado de chatarra.
Manolo, que estaba adormilado frente a su chabola en una silla de playa reparada con bridas, ni se inmutó. Se estiró un poco y siguió a lo suyo: un bocadillo de panceta que chorreaba grasa sobre su camiseta de tirantes sucia y una lata de cerveza bien fría. De pronto, el suelo tembló. Unos pasos pesados se acercaron a su parcela.
Un gigante verde, envuelto en vapores tóxicos y furia ciega, apareció doblando la esquina. Al ver la infravivienda de Manolo, y sin mediar palabra, el gigante soltó un mamporro seco que mandó la puerta de chapa a volar por encima de los cables de alta tensión.
En el fondo de la chabola, una figura oscura con capa y máscara, que parecía estar intentando hacer levitar una estantería con la mano extendida, dejó caer de golpe los tornillos al oír el estruendo.
—¡APLASTA! ¡DESTRUYE! —rugió la bestia.
Manolo se quedó mirando el hueco donde antes estaba su puerta. Suspiró con esa paciencia infinita de quien solo busca que no le molesten; a estas alturas, que un bicho verde le destrozara la puerta era casi normal. Suspiró, se sacó un trozo de panceta de entre las muelas y se levantó de la silla de playa. Se acercó al gigante y, con la calma de quien no teme nada le agarró un codo con firmeza mientras le hablaba de cerca.
—Pero vamos a ver, Verdiño, viche… —le dijo dándole un par de toquecitos en el codo para que el gigante centrara la vista—. ¿Tú de qué vas por la vida con esas trazas? ¿Qué te has tomao, meu rei? Que me tienes un color... ¡Pero si pareces un botellín de Heineken que ha pasao tres meses al sol en la terraza del bar del Paco! Solo te falta la etiqueta y la chapa en la coronilla, carallo.
El gigante se quedó de piedra. Nadie le hablaba con esa calma, y menos un tipo que ni se levantaba de la silla. Se acercó a Manolo, exhalando un aliento que olía a laboratorio quemado.
—¡... MUCHO... DOLOR! —rugió el gigante, señalándose el pecho, que parecía un saco de patatas mal puestas.
—¡Dolor el que te va a dar a ti cuando te pille la Charo —contestó Manolo, dejando el bocadillo sobre un palé—. Escucha lo que te digo, Mazacote: tú no estás enfadado, tú lo que tienes es un aire atravesado. ¡Claro, hombre! ¡Tanto batido de polvos y tanto levantar hierros te tiene el cuerpo engrumado!
Que tienes los rayos esos raros haciendo nudos en el duodeno y eso hay que sacarlo, que si no, fermenta y se te sube a la cabeza, criatura. ¡Estás empanado del todo, que tienes unos bultos en la espalda que pareces un centollo! ¿A quién quieres asustar tú con esas trazas, eh, Pistacho?
Manolo sacó una botella de plástico sin etiqueta de debajo de la silla y se la tendió al gigante. —Toma un trago de este orujo de hierbas. Esto te reinicia el sistema operativo mejor que darle a Control, Alt y Suprimir, ¡ya verás! Pero cuidado, ¿eh?, que rasca, que no es para señoritos finos.
El gigante cogió la botella con dos dedos, bebió un sorbo y, de repente, sus ojos se pusieron en blanco. Una onda de choque le recorrió el espinazo, desinflando un poco aquel exceso de carne radiactiva.
—¡Quieto ahí, no me seas bruto, hombre! —ordenó Manolo—. Ahora viene la ciencia de la abuela. El secreto no está en el yoga ni en ponerse como un gocho cebado, está en el diafragma, ¿entiendes? No lo fuerces, deja que salga de las entrañas, como un saludo a los vecinos. Pon la mano en la cintura, saca pecho y... ¡venga, sin miedo, que aquí no pasa nada!
El gigante inspiró aire contaminado y soltó un eructo que despejó la niebla tóxica en tres kilómetros a la redonda. Fue un estruendo que hizo vibrar las ruinas como si fuera un terremoto de orujo. ¡¡¡BRRRRUUUUPPPPP!!!
Bueno... —sentenció Manolo limpiándose la cara con el dorso de la mano—. Para ser el primero, no estuvo mal el detalle. Pero te falta sentidiño, criatura. Tiene que ser un sonido seco, que se note la autoridad pero sin asustar a los pájaros. ¿Ves como ya no quieres romper nada, Lechuguino? Eso es que has soltado la presión del turbo, hombre. ¡Te dije yo que era por el gas!
El gigante, que empezaba a encogerse y a recuperar el color de una persona normal, miró a Manolo con un respeto casi religioso.
—¿Ves tú, hijo?... Si es que la ciencia de allá lejos no tiene ni puta idea de la vida real, rapaz. Ni rayos, ni gaitas, ni hostias en vinagre. Tú lo que necesitabas era una purga de las de antes, de las que te dejan el cuerpo como nuevo, ¿sabes cómo te digo?
Manolo miró la montaña de escombros que bloqueaba la calle y luego miró los bíceps del gigante, que ahora estaba más tranquilo. Se le encendió la bombilla del emprendimiento. Le dio un último toque en el codo con aire de mánager profesional y le soltó el contrato:
—Escucha, Verdiño, fíjate lo que te digo: estás aquí perdiendo el tiempo haciendo el indio. Te voy a fichar como especialista jefe de desescombro. ¿Ves ese montón de vigas y cascotes? Me los vas moviendo de ahí para que yo pueda buscar el cobre de las tuberías. A cambio, le pedimos a la Charo que nos haga un cocido de los que resucitan a un muerto. ¡Y no me mires con esa cara de hinojo, que el trabajo dignifica, carallo! ¡Que para que se te baje la tontería esa del gimnasio hay que doblar el lomo y sudar el orujo, hombre! ¡Malo será!
Y así, al final del día, en Pantallazul del Generalísimo, el gigante verde se estrenó como ayudante oficial de desescombro, trabajando bajo la vigilancia implacable de Manolo, el Cuñado Omega.
No muy lejos, ya formando parte de la cuadrilla, Darth Vader —ese tipo con máscara que había llegado días antes refunfuñando sobre "la Fuerza"— por fin lograba colocar una estantería en su sitio levitándola con un gesto de la mano, aunque Manolo solo lo veía como un manitas torpe que necesitaba más orujo para aflojar los nervios.
¡Que la fuerza del orujo os acompañe, rapaces!
19 diciembre 2025
Apocalipsis Cuñao: Expediente Área 51
Jungla de Cristal: Manolo en el Edificio Nakatomi
Cuando las Charos conocen a Batman
Nada más entrar, dejó el Bat-Coche en doble fila. Con las luces puestas. Sin mirar atrás.
Ahí lo vieron.
No se acercaron de golpe.
Las Charos nunca se acercan de golpe. Primero miran. Y mientras miran, ya han decidido.
— Mira tú, si no es el muchacho ese de las pelis…
— Sí, el de negro. Siempre tan serio.
— Mucha oscuridad para un pueblo tan soleado.
Batman se giró al oírse señalado.
— Yo solo intento mantener la ciudad a salvo.
— Ya, claro —dijo una, sin levantar la voz—. Siempre es eso. Salvar. Pero desde la violencia y el machismo...
— ...Y desde el silencio —añadió otra, como completando la frase—. Ni un "buenos días".
Batman bajó del Bat-Coche, todavía confiado.
— Es una emergencia.
— Todo es una emergencia cuando eres tú el que decide —dijo una.
— Y cuando te permites aparcar así —remató otra, señalando la doble fila.
— Además —continuó una tercera—, esa cara… eso es tensión acumulada.
— Mira, cariño —le dijo, ya más cerca—, si vas a salir por ahí a proteger, ponte al menos crema hidratante. Esa piel está pidiendo auxilio.
— Con ese antifaz —apuntó otra con tono de experta— solo te proteges la identidad, no el contorno de ojos.
Batman parpadeó.
— Yo trabajo de noche.
— Ya —respondieron casi a la vez—. Eso no ayuda.
— Ni al descanso.
— Ni a gestionar emociones.
— Ni a la convivencia. ¿Quién hace la compra? ¿Quién lleva la ropa a lavar? ¿O es que en la Batcueva hay un sistema patriarcal de sirvientes?
Desde el fondo de la calle se oyó un eructo largo y orgulloso.
— Buaaaaarp.
— ¿Ese no es Manolo? —preguntó una, sin girarse.
— Sí —respondió otra—. El de siempre. Pero fíjate: no molesta, no ocupa, no impone.
Batman, por primera vez, desvió por una fracción de segundo su mirada de las Charos hacia el origen del sonido. No vio una amenaza. Vio a un hombre en paz con su digestión. La confusión fue más profunda que cualquier enigma del Acertijo.
Intentó reconducir.
— Vengo de Gotham. Allí lucho contra criminales.
— Importando métodos.
— Sin preguntar.
— Convencido de que aquí no sabemos organizarnos.
Charo Sororidad se cruzó de brazos.
— Mucha misión individual y cero red. Eso no es heroicidad. Es machismo con presupuesto.
Batman respiró hondo.
— Yo no discrimino.
— Claro que no. Solo decides solo.
— Ocupas espacio.
— Y bloqueas el autobús.
Otro eructo, más corto, como de apoyo.
— Burp.
Silencio.
Charo Gamma sacó el móvil.
— Mira, te voy a pasar el contacto de una amiga coach.
— Te va a venir muy bien para trabajar la culpa.
— Y el ego.
— Y esa necesidad de cargar con todo.
Batman dio un paso atrás.
— Yo voy solo.
— Eso no es fortaleza.
— Eso es no saber pedir ayuda.
— Y otra cosa —añadió una, ya casi con cariño—: ir solo por la noche no es seguro.
— ¿Has pensado en avisar cuando llegues a casa?
Batman apretó la mandíbula. No había Bati-argumento que valiera aquí. Su mano se desplazó al cinturón y activó el gancho con un chasquido de frustración.
— Huir es una respuesta típica del conflicto no resuelto. Y huir sin cerrar el diálogo también es muy masculino —le soltaron mientras se elevaba, balanceándose de forma poco elegante.
Antes de desaparecer, una última frase, dicha con calma:
— ¡Y quita el Bat-Coche de la doble fila!
Batman arrancó y se fue.
Las Charos se quedaron quietas un segundo.
— Se ha ido pensativo por nuestras indicaciones. Mucha masculinidad tóxica.
— Algo aprenderá.
Desde lejos, Manolo volvió a eructar. Esta vez satisfecho.
— Brrruuupppp.
— ¿Ves? —dijo una Charo—. Al final, el problema no era Gotham.
— Era venir sin escuchar.
Conclusión
Batman protege ciudades enteras desde las sombras.
Las Charos, en cambio, detectan fallos, señalan culpables y hacen pedagogía sin capa, sin gadgets y sin pedir perdón.
Y en Pantallazul, donde el autobús de las 8:30 no puede pasar porque hay un artilugio en forma de murciélago en doble fila, eso suele ser más que suficiente.
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