14 marzo 2026

Ibuprofeno days


Por ellos y para ellos. Que me hacen pasar los ratos y ratitos más agradables y me devuelven a edades ya pasadas.

El despertador no suena; golpea. Es un martilleo seco que atraviesa la almohada y se instala justo detrás de los ojos. Me quedo quieto, contando las pulsaciones en las sienes, esperando a que el mundo deje de girar antes de poner un pie en el suelo. El primer gesto del día no es un estiramiento, ni un bostezo; es el chasquido del blíster.

La pastilla blanca descansa en la palma de mi mano. Es pequeña, fría, una promesa química de silencio. Me la trago sin agua, sintiendo cómo raspa la garganta, dejando ese rastro amargo que ya es mi sabor natural.

Poco a poco, el martilleo se retira de las sienes y se instala, dócil, en algún lugar manejable de la nuca. La cabeza, en efecto, deja de girar. Apoyo la nuca en el respaldo de la cama y cierro los ojos un segundo. Solo uno. Luego alargo la mano hacia la mesilla, aparto el blíster vacío y cojo el móvil.

Siete mensajes sin leer. Todos del grupo de WhatsApp “Maduritos de farra”.

El primero es del Señor C. Sonrío. Y entonces, como si el ácido de la pastilla hubiera disuelto también la niebla, la memoria empieza su recuperación. Porque sé que toda gran historia, como la de anoche, empieza con un mensaje así de trascendental.

Recuerdo que durante unos segundos nadie contestó. Probablemente todos estábamos haciendo exactamente lo mismo que yo ahora: buscar el móvil sin mover demasiado la cabeza.

El Señor C volvió a escribir después del silencio.

—¿Quién fue el genio que dijo “una más y nos vamos”?

La Señora S escribió:

—Todos.

La Señora M añadió:

—Pero alguien lo dijo cinco veces.

La Señora B sentenció:

—Y alguien bailó Grease.

Silencio.

Entonces el Señor R respondió:

—Eso no está demostrado científicamente.

Y ahí fue cuando todos entendimos algo importante: la noche anterior había sido un éxito.

Pero para entender cómo cinco personas responsables, con más de cincuenta años y cierto respeto reciente por los antiinflamatorios, habíamos llegado a ese punto… recuerdo que había que retroceder unas horas. Concretamente hasta las ocho de la tarde del día anterior.

Porque fue entonces cuando empezó todo.

Quedamos a las ocho. De un viernes. Eso ya debería haber sido una señal. Porque treinta años antes habríamos quedado a las once y media y la noche habría terminado viendo amanecer, convencidos de que dormir era una costumbre exagerada inventada por los adultos responsables.

Ahora todos teníamos más de cincuenta… y, curiosamente, nos habíamos convertido en esos adultos responsables.

El primero en llegar fue el Señor C. Nadie recordaba ya por qué se llamaba así. Las teorías incluían “Señor Cerveza”, “Señor Caos” o “Señor Casualidad Permanente”.

El Señor C llegó puntual, demasiado puntual. Pidió una caña.

—Esto de llegar tan pronto antes no pasaba —murmuró.

Antes no había móviles. Ni colesterol. Ni recordatorios del médico.

El segundo en aparecer fue el Señor R, que llegó caminando con la prudencia de alguien que conoce perfectamente la existencia de los meniscos.

—He tardado quince minutos en aparcar —dijo—. Madrid es imposible.

—Antes veníamos sin pensar dónde dejar el coche —dijo el Señor C.

—Antes tenía rodillas —respondió el Señor R.

Pidieron otra ronda.

A los pocos minutos llegaron la Señora S, la Señora M y la Señora B, hablando entre ellas como si hubieran salido del bar hace cinco minutos en lugar de treinta años.

—¿Habéis empezado sin nosotras? —preguntó la Señora S.

—Solo estamos calentando —dijo el Señor C.

—Pues no calentéis demasiado —dijo la Señora M—, que luego vienen las resacas antológicas.

Nos reímos todos. Porque esa era la magia: bastaban cinco minutos juntos para que el tiempo empezara a comportarse como un reloj barato.

—¿Os acordáis de aquella noche en Malasaña? —dijo el Señor C.

—¿La del karaoke? —preguntó la Señora B.

—No, la del bar de rock.

—Eso fue el mismo día que el karaoke —dijo la Señora S.

—No —dijo el Señor R—, eso fue la noche que el Señor C intentó ligar hablando de Nietzsche.

—Funcionó —protestó el Señor C.

—Era la camarera y quería que te fueras. Llamó a Seguridad —dijo la Señora M.

Pedimos la tercera ronda.

—He avisado en casa que volveré tarde —dijo la Señora B.

—¿Cuánto es tarde? —preguntó el Señor R.

—Once y media.

Hubo un segundo de silencio. Luego estallamos todos en carcajadas.

A las nueve decidimos movernos a otro bar, porque las grandes noches siempre incluyen caminar sin saber muy bien por qué.

Caminamos tres calles. En la segunda empezó el debate gastronómico.

—No hemos salido a cenar —dijo el Señor C—. Hemos salido de copas.

—Sin cenar luego te da reflujo —dijo la Señora M.

—Eso antes no pasaba —dijo el Señor R.

—Antes fumábamos dentro de los bares y nadie esperaba llegar a viejo —añadió la Señora S.

Llegamos a un bar con música de los noventa. Entramos. Y aquello fue como abrir una cápsula del tiempo.

Nada más entrar vi al disc-jockey, un señor que debía de rondar los noventa años y que manejaba la mesa de mezclas con la serenidad de alguien que probablemente había pinchado ya en la inauguración de Atapuerca.

—Mira —susurró el Señor C—. Ese hombre ha visto nacer esta música.

—Y probablemente también jubilarse —añadió la Señora S.

En una pared había un póster de Grease, algo descolorido: Travolta y Olivia Newton-John en mitad del baile final.

La Señora B lo señaló.

—Ese póster estaba en todos los bares cuando éramos jóvenes.

El Señor R lo miró.

—Si intentamos ese baile ahora…

—…mañana salimos en ambulancia —terminó la Señora M.

—Hablad por vosotros —dijo el Señor C.

Se levantó. Intentó un paso de baile que duró exactamente cuatro segundos, justo hasta que se llevó las manos a los riñones y se detuvo. Los otros cuatro lo aplaudimos como si hubiera ganado Eurovisión.

En ese momento el disc-jockey puso Smells Like Teen Spirit. Y algo pasó. Algo maravilloso.

Durante unos minutos, mientras los veía, nadie tenía cincuenta años. Solo éramos cinco amigos riéndonos, bailando mal, brindando demasiado y sintiéndonos exactamente igual que antes.

—¡Por la juventud! —gritó el Señor C.

—¡Por seguir saliendo! —dijo la Señora S.

—¡Por seguir riéndonos! —añadió la Señora M.

—¡Y por no saber parar! —remató la Señora B.

A las diez y media alguien dijo:

—¿Vamos a otro?

Se hizo un silencio. Pero era un silencio travieso.

El Señor C miró el reloj.

—Mañana madrugo.

El Señor R dijo:

—Yo conduzco.

La Señora B sonrió.

—Pero lo bien que lo estamos pasando…

Pagamos. Salimos riendo. Caminamos hasta el coche contando anécdotas absurdas, discutiendo sobre quién bailaba peor y prometiendo que la próxima ronda sería “la última” (como siempre).

El Señor C dijo:

—Tenemos que repetirlo.

—Claro —dijo el Señor R.

—Como antes —dijo la Señora S.

—Sí —dijo la Señora M.

La Señora B miró el reloj.

—La próxima vez salimos más tarde.

El Señor R arrancó el coche. Miramos la hora: las once menos cuarto. Nos miramos. Miramos el bar. Volvimos a mirarnos.

El Señor R apagó el motor.

—Bueno —dijo el Señor C—… ahora sí que es buena hora para empezar.

Bajamos del coche. Entramos otra vez en el bar. El disc-jockey levantó la cabeza, sonrió y subió el volumen. El póster de Grease seguía bailando en la pared.

Y entonces todos entendimos algo maravilloso: la juventud no era tener veinte años. Era tener amigos con los que volver a empezar la fiesta.

La luz de la mañana ya se cuela por la persiana a medio bajar. El sabor amargo ya se ha ido, pero en la mesilla de noche, junto al blíster vacío, el móvil vibra con un nuevo mensaje del grupo.

Dice simplemente: "¿Repetimos el viernes que viene?".

Y sé, con la misma certeza con la que sé que hoy me dolerán las rodillas, que la respuesta será que sí.

Sonrío otra vez.