28 mayo 2026

Coleccionistas de posesivos

Hay gente que no tiene personalidad. Tiene suscripciones.

No conversan: presentan un catálogo de servicios premium.

—Mañana tengo cita con mi alergólogo.

—Eso ya me lo explicó mi sensei.

—Uf, voy fatal de las lumbares. Lo hablaré con mi osteópata.

Y uno ya no sabe si está tomando un café con una persona o leyendo la contraportada de un suplemento de revista de aeropuerto.

Porque el “mi” ahí no cumple ninguna función gramatical. Es ornamental. Como el perejil en los restaurantes caros. Tú no necesitas saber que es tu alergólogo. Bastaba con “el alergólogo”. Pero no. Hay que añadir el posesivo para que todos entendamos que no se trata de un médico cualquiera. Es SU hombre. Su chamán del polen. El único ser humano capaz de interpretar correctamente un estornudo suyo.

Lo fascinante es que esto solo ocurre con profesiones que permiten aparentar profundidad espiritual o cierto nivel adquisitivo. Nadie dice jamás:

—Voy a llevar el coche a mi mecánico cuántico.

—Mi señor de la fotocopiadora me recomienda usar menos grapas.

—He tenido una charla durísima con mi técnico del gas.

No. Ahí desaparece la épica.

Porque la gente no quiere comunicar información. Quiere proyectar un personaje. El del adulto sofisticado que vive rodeado de especialistas privados, como un faraón emocional con acceso VIP a seres iluminados.

Con los “senseis”, además, se pierde ya todo contacto con la realidad. El auténtico maestro japonés lleva cuarenta años perfeccionando una disciplina ancestral para acabar en un polideportivo de Fuenlabrada escuchando:

—Mi sensei me ha enseñado que el combate verdadero está en el interior.

Y el sensei, detrás, pensando:

“Antonio, llevas tres meses viniendo y aún te atas el cinturón al revés”.

Pero Antonio ya no practica karate. Antonio ha integrado el bushido en su marca personal. Antonio sube fotos mirando al horizonte con frases tipo: “La katana más afilada es la mente”. Luego lo ves discutir con una señora en Mercadona porque había dos cajas abiertas y eligió la lenta.

Y cuanto más vacía está una persona por dentro, más larga es la lista de posesivos. Mi coach. Mi terapeuta. Mi nutricionista. Mi mentor financiero. Mi astróloga. Algunos parecen un villano de Batman rodeado de asesores.

Tú les preguntas qué tal el fin de semana y te responden como si presentaran un organigrama:

—Pues el sábado estuve con mi osteópata liberando emociones, luego comida con mi nutricionista integrativa y el domingo videollamada con mi mentor.

Señora, usted no tiene rutina. Tiene comité de dirección.

Lo más gracioso es que la gente realmente importante suele hablar normal. Dice “fui al médico”, “me apunté a artes marciales”, “me recomendaron esto”. Sin trailer cinematográfico. Sin merchandising humano. Porque cuando alguien está cómodo consigo mismo no necesita convertir cada contacto en una medalla social.

Pero hay otros que sí. Y los reconoces enseguida. Son los que dicen “mi alergólogo” con el mismo orgullo con el que un duque medieval decía “mis tierras”. Los que pronuncian “mi sensei” como si entrenaran con un monje ciego en las montañas de Kioto… aunque en realidad el hombre se llame Paco y dé clase encima de una academia de uñas.

Y quizá ahí esté la clave. Que antes la gente presumía de tener castillos, caballos o apellidos ilustres. Ahora presume de tener especialistas. Hemos cambiado los escudos heráldicos por contactos guardados en el móvil.

Porque en el fondo el ser humano sigue siendo igual de ridículo. Solo que antes decía “mi señor feudal” y ahora dice “mi osteópata”.

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