Algunas cuelgan junto a puertas de entrada. Otras descansan sobre una estantería. Algunas habrán acabado en una caja, olvidadas entre recuerdos que sólo recuperamos durante una mudanza.
Casi todos me hicieron la misma pregunta al recibirla.
—¿Y por qué una herradura?
Nunca daba la misma respuesta.
A veces hablaba de tradición. Otras veces bromeaba con la suerte. Era más sencillo que explicar toda la verdad.
Porque la verdad es que al principio sí, las regalaba también un poco por eso. Como quien echa una moneda a una fuente, sin darle más vueltas. Pero los años pasaron, y con ellos se fue desgastando mi fe en la suerte. Me di cuenta de que nunca había visto a la fortuna inclinarse por nadie solo por llevar un trozo de hierro colgado.
Y sin embargo, seguí regalando herraduras.
Porque con el tiempo empecé a ver algo más hermoso.
Durante siglos protegieron a los caballos de los caminos duros. No evitaban las tormentas. No acortaban las distancias. No hacían desaparecer las piedras ni las pendientes.
El viaje seguía siendo el mismo.
Simplemente conseguían que el suelo resultara un poco menos cruel.
Y con los años he llegado a pensar que el cariño se parece bastante a eso.
No podemos evitar los golpes que la vida reserva a quienes queremos. No podemos impedir una pérdida, una decepción, una enfermedad, un miedo o una despedida. Ni siquiera podemos caminar por ellos: cada uno debe recorrer su propio camino.
Pero sí podemos dejar algo de nosotros junto a quienes amamos. Un gesto, una palabra, una presencia o un recuerdo que les acompañe cuando lleguen los tramos difíciles.
Por eso regalaba herraduras.
Porque eran una forma sencilla de decir algo que nunca he sabido expresar del todo bien:
“Ojalá el camino te trate con amabilidad.” Cosas de ítaca y demás.
Y si no lo hace, “ojalá recuerdes que no atraviesas el mundo sin haber sido querido.”
Los años fueron pasando. Las herraduras se repartieron entre amigos, familiares y personas que dejaron una huella en mi vida. Y, como ocurre con casi todo lo importante, acabé olvidándome de ellas. No de las personas. De los objetos.
Hasta que un día, al visitar a un amigo, vi una de aquellas herraduras colgada junto a su puerta. Tiempo después, otra descansaba sobre una biblioteca, rodeada de libros y fotografías familiares. En otra casa, una más, un poco oxidada, ocupaba un lugar discreto pero presente.
Ninguna de ellas seguía allí por superstición. Nadie las conservaba esperando que les trajeran fortuna. Las conservaban porque, en algún momento de sus vidas, alguien había pensado en ellos con afecto suficiente como para querer acompañarles incluso en su ausencia.
Entonces entendí que el objeto en sí nunca fue lo importante. Lo que quedaba en esas paredes y estanterías no era el hierro. Era el recuerdo de que alguien se había tomado la molestia de pensar en ellos, de desearles un camino más amable, de estar presentes incluso sin estar.
Ahora, cuando alguien vuelve a preguntarme por qué regalo herraduras, sigo sonriendo antes de responder.
Y pienso en aquello para lo que fueron creadas hace siglos. No para cambiar el destino. No para atraer la suerte. Ni siquiera para señalar el camino correcto.
Sólo para amortiguar la dureza del suelo.
Y quizá querer a alguien consista precisamente en eso: no en evitarle la vida, no en resolverle el futuro, sino en intentar que la realidad le duela un poco menos cuando tenga que caminar sobre ella.
Por eso sigo regalando herraduras. Porque sigo creyendo que hay gestos pequeños capaces de acompañar durante muchos años. Y porque, al final, cuando todo lo demás se olvida, solemos recordar precisamente eso: a las personas que, sin poder apartar las piedras del camino, tuvieron el detalle de pensar en nuestros pasos.
.jpg)