28 mayo 2026

El descaro

Hay una especie de deporte urbano que consiste en comprobar cuánto puede retorcer alguien las normas sin sentir la más mínima vergüenza. No hablo de grandes delitos. Hablo de cosas pequeñas. Cotidianas. Miserables. Las peores.

Por ejemplo, la gente que se cuela en el Metro. Es fascinante ver el ritual. Primero deslizan la bolsa o la mochila por debajo del torno con precisión de contrabandista profesional. Luego miran alrededor con esa calma insultante de quien cree que la ciudad le debe algo. Y finalmente saltan. No deprisa, no. Saltan despacio, casi elegante. Como si el problema fuese tuyo por haber pagado.


Y cuidado con decir algo. Porque encima te miran desafiantes. Esa es la parte más moderna de todo esto: ya no hace falta tener razón; basta con actuar como si la tuvieras. El que paga parece un ingenuo. El que respeta la cola, un pringado. El educado siempre da la sensación de haber llegado tarde al reparto.


Luego están las señoras del supermercado. Esa dimensión paralela donde el tiempo se detiene justo al llegar a caja. Han recorrido cuarenta minutos de compra, han llenado un carro equivalente al abastecimiento de un refugio nuclear y, aun así, el momento de buscar la cartera las sorprende completamente. La cajera termina. Silencio. Y entonces empieza la expedición arqueológica dentro del bolso.


Primero aparece un pañuelo. Luego unas gafas. Un paquete de caramelos de 2004. Tickets doblados, una barra de labios, tres monedas inútiles y, finalmente, la pregunta inevitable:

—Ay, ¿la bolsa la cobráis?

Mientras tanto, detrás, los demás asistimos a la escena con esa mezcla de rabia y resignación que solo producen las cosas demasiado pequeñas como para justificar un asesinato.


Y qué decir de la gente de las colas del autobús. Expertos mundiales en el arte de adelantarse sin parecer culpables. Llegan mirando al cielo, al móvil o al sentido de la existencia. Nunca miran la cola. Eso sería admitir que existe. Caminan despacio hacia delante hasta colocarse los primeros, como quien no quiere la cosa, y si protestas incluso ponen cara de sorpresa. Como si hubieran aparecido allí por accidente geográfico.


Y luego está la otra especie del autobús. Los que llevan sentados desde el principio del trayecto, pegados a la ventanilla como si el mundo fuera un documental sin importancia, y de repente, cuando el vehículo se detiene, descubren que esa era su parada. No lo sospechaban. No lo intuyen. Lo descubren. En ese instante exacto en el que ya no hay margen para nada. Y entonces ocurre el pequeño milagro: obligan a medio autobús a reorganizarse para que ellos puedan salir. Con calma. Sin urgencia. Con esa serenidad ofensiva de quien ha decidido que el tiempo de los demás es infinitamente más flexible que el suyo.


Pero supongo que la ciudad funciona así. Una sucesión de pequeñas derrotas diarias donde el más cívico siempre acaba esperando detrás del más listo, del más lento o del más despistado. Porque al final el que paga el Metro tarda más. El que respeta la cola sube el último. El que espera su turno se queda detrás de alguien que “no se había dado cuenta”. Y el que tiene prisa siempre encuentra una razón perfectamente inocente para hacerte perder la tuya.


Quizá por eso cada vez cuesta más distinguir entre educación y estupidez. Y quizá lo peor no sea eso, sino la sospecha cada vez más razonable de que, en esta ciudad, ambas cosas funcionan exactamente igual.


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