No sé si este texto es por culpa o gracias a ellas, pero mis amigas siempre encuentran un argumento adicional a cualquier conversación....
Rubén descubrió que obtener una licencia para una pistola era un calvario burocrático mientras que una escopeta te la daban casi con un «toma, macho» el mismo día que un guardia civil le soltó, con cara de juez de instrucción:
—¿Y usted para qué quiere exactamente un arma corta?
La pregunta le sentó como una patada en los huevos. Porque a nadie se le ocurría preguntarle a un tío por qué quería una escopeta. Cuanto más grande y ridícula, mejor. Era como si el Estado dijera: «Si la tienes enorme y aparatosa, seguro que no la usas para compensar nada».
Rubén empezó a elaborar su tesis doctoral no solicitada mientras esperaba sellos y certificados psicológicos.
Las cosas enormes impresionaban. Las pequeñas preocupaban.
Nadie teme a un culturista de ciento cuarenta kilos que bebe proteínas de un cubo industrial y llama “máquina” a desconocidos en el gimnasio. Ése es una escopeta. Mucho ruido. Mucho volumen. Cero misterio.
El verdadero peligro era el hombre aparentemente normal que decía:
—Yo no necesito demostrar nada.
Ese era una pistola: compacta, precisa, cara de mantener y, encima, te hacía rellenar formularios como si fueras a asaltar un banco.
—Tú lo que tienes es un problema de tamaño —le soltó Sonia una noche, mientras cenaban.
—Gracias, doctora. Muy fino.
—No, en serio. Llevas meses convirtiendo tu complejo de polla mediana en una metáfora sociológica. Es patético y brillante a la vez.
Rubén sonrió con esa mezcla de orgullo herido y mala leche.
—Mira, Sonia. La humanidad lleva siglos obsesionada con el tamaño porque somos idiotas. Un cañón gigantesco dice «tranquilos, solo quiero impresionar». Una pistolita bien hecha dice «puedo joderte la vida desde cerca y sin avisar». Exactamente igual que las pollas. La grande tranquiliza visualmente, pero la mediana bien llevada es la que te deja marcado.
Sonia se rió con ganas.
—Dios, qué triste. Y qué razón tienes.
Tres semanas después llegó la licencia junto con el arma. Rubén abrió el paquete delante de ella con solemnidad de cirujano. La pistola era negra, discreta, casi tímida. Después de tanto papeleo parecía una broma de mal gusto.
Sonia la miró, arqueó una ceja y sentenció:
—Pues sinceramente… esperaba algo más grande.
El silencio que siguió fue tan denso que se podría haber cortado con la propia pistola. Rubén sintió que el tiempo retrocedía doce años de golpe. La misma frase. El mismo tono compasivo. Exactamente lo que le había dicho Laura la noche que decidió que ya no aguantaba más.
Y ahí lo vio claro, como una revelación divina con retintín: no había estado pidiendo una licencia de armas. Había estado intentando ganar, doce años después, la discusión de pollas que nunca llegó a tener con su exmujer. Todo ese esfuerzo, toda esa humillación burocrática, solo para demostrar que lo pequeño también podía ser legal, homologado y letal.
Se quedó mirando el arma con una mezcla de ternura y asco hacia sí mismo.
Sonia le puso la mano en el hombro, ya sin risa.
—Rubén… Lo importante no es el tamaño. De verdad. Es cómo lo usas. Y sobre todo, con quién.
Él levantó la vista. Por primera vez no había defensa, ni ironía, ni escopeta verbal. Solo un cansancio antiguo que empezaba a soltarse.
Al día siguiente devolvió la pistola. No la quería ya. Había entendido la lección.
Meses más tarde, en la misma comisaría, otro guardia civil le preguntó por qué ahora quería una escopeta.
Rubén lo miró a los ojos, sereno, y respondió:
—Porque ya no necesito demostrar nada.
El guardia sonrió, satisfecho. Grande, ruidosa, sin misterio. Perfecta.
Rubén salió a la calle sintiéndose extrañamente ligero. Había cerrado el círculo. Y lo más gracioso de todo es que, después de tanto esfuerzo, lo que de verdad lo curó no fue ni la pistola ni la escopeta.
Fue aceptar que su polla, como su vida, nunca había necesitado licencia para ser suficiente.

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