20 enero 2026

Manolo y el Amo

Manolo quedó con Luis Discreto 1984 en su bar de siempre. El de las mesas cojas y las croquetas con más pasado que futuro.

Luis llegó puntual.

Y llegó… llamativo.

Traje de cuero negro. Entero. Pantalón, chaqueta, botas. Todo negro. Todo brillante. Crujía al moverse.

Manolo lo vio entrar, se quedó mirándolo fijamente durante tres segundos y luego escupió un poco de cerveza de la risa.

—Pero onde vas, home —dijo—. ¿Roubaches a moto a un de Village People?

Luis se detuvo. Lo miró por encima de las gafas.

—Este atuendo no es casual. Es parte de mi presencia.

Manolo lo recorrió de arriba abajo con la mirada.

—Presenza tes, si. Pareces un malo de película mala.

Luis se sentó con cuidado. El cuero hizo un ruido raro contra la silla.

—Este traje impone respeto.

Manolo apoyó los codos en la mesa.

—O que impón é calor. Tes que estar cocéndote aí dentro coma un chourizo.

Luis ignoró el comentario.

—Hay estudios que demuestran que la vestimenta adecuada refuerza la autoridad.

Manolo asintió muy serio.

—Claro. Por iso os toureiros visten así.

Silencio.

—No es un disfraz —dijo Luis.

Manolo estiró la mano y le dio dos golpecitos en la manga. Plak plak.

—Pois o tacto di outra cousa.

El camarero se acercó.

—¿Qué vais a tomar?

Manolo habló primero:

—Para min unha cervexa. Para o de Matrix… outra, que se non se me deshidrata dentro do traxe.

Luis cerró los ojos un segundo.

—Manolo, te recuerdo que hemos venido a hablar de dinámicas de control —dijo Luis, serio, sin moverse apenas dentro del traje de cuero.

Manolo lo miró, miró el traje otra vez, le dio un trago a la cerveza y apoyó el vaso con fuerza en la mesa.

—A ver, que eu tamén che digo…—aquí isto funciona fácil..

Luis arqueó una ceja.

—Explícate.

—Eu pido cervexas —dijo Manolo—, ti bébelas. Eu falo alto, ti escóitasme. E se o pantalón fai ruído, pois mala sorte.

El cuero crujió ligeramente cuando Luis se recolocó.

—No funciona así.

Manolo se inclinó hacia delante.

—Pois aquí si.

Le dio una palmada en el hombro con tanta fuerza que el cuero sonó como un sofá nuevo.

—Reláxate, Batman.

—No soy Batman.

—Pois Robin tampouco, tranquilo.

Llegaron las cervezas. Manolo brindó.

—Veña, polo home-bota.

Luis no chocó el vaso.

—Manolo, necesito que me tomes en serio.

Manolo lo miró, miró el traje, volvió a mirarlo a él.

—Mira, eu tomote en serio, pero ese traxe non axuda.

—Este traje simboliza autoridad.

—Ese traxe simboliza que se te sentas cerca do radiador mores.

Luis respiró hondo.

—Estoy acostumbrado a que cuando entro en un sitio, la gente cambie su actitud.

—Aquí cambiou —dijo Manolo—. Agora todos están mirando para ti.

Dos parroquianos del fondo, efectivamente, no le quitaban ojo.

Uno susurró:

—¿Ese vén dunha película ou dun psiquiátrico?

Luis se removió incómodo en la silla. El pantalón crujió otra vez.

Manolo terminó la cerveza, se limpió la boca con la mano y se levantó.

—A ver, que eu tamén che digo… —dijo sin mirar— eu á xente que fai ñic ñic ao moverse non a podo tomar en serio.

Luis intentó decir algo. No pudo. El ñic lo traicionó otra vez.

Manolo levantó un dedo.

—Non, non. Xa falaches bastante.

Dejó unas monedas sobre la mesa y se puso la chaqueta.

—Ti podes ser Amo, Xefe ou o que che apeteza.

Se encaminó a la puerta y, ya desde allí, soltó la última:

—Pero aquí, con ese pantalón, pareces o do carnaval que chegou tarde.

Eructó. Perfecto.

Portazo.

El camarero miró a Luis, miró el traje y preguntó:

—¿Algo más?

Luis bajó la vista.

—Agua.

El pantalón crujió.


FIN