No era una metáfora.
Las personas existían únicamente en alto y ancho. Si alguien se colocaba de perfil, desaparecía. Por eso todos caminaban ligeramente inclinados, ofreciendo siempre parte del cuerpo a los demás, como los retratos antiguos que buscan el ángulo más favorable para existir.
Las casas eran fachadas.
Los árboles, siluetas verdes.
Las aves cruzaban el cielo como trazos rápidos de tinta.
Nadie encontraba extraño aquello.
Cuando una madre abrazaba a su hijo, no lo rodeaba: simplemente se superponían durante unos segundos. Cuando dos enamorados se besaban, sus rostros se fundían en una única figura temblorosa. El mundo entero estaba hecho de superficies visibles.
Y bastaba.
Elías trabajaba en el Archivo Cartográfico Nacional, corrigiendo errores geométricos en los planos de la ciudad. Era un empleo respetado; en aquella sociedad, la precisión era una forma de moralidad. Todo debía poder medirse: longitud, altura, ángulo. No existía nada más.
La profundidad era considerada una fantasía absurda, una superstición semejante a creer en fantasmas o en vidas anteriores. Los niños se reían en la escuela cuando algún profesor mencionaba las antiguas teorías sobre “objetos con volumen”.
—¿Cómo podría existir algo que no vemos? —preguntaban.
Y todos asentían tranquilos.
Elías también.
Hasta el día en que conoció a Mara.
Ella llegó al Archivo con una reclamación extraña sobre el plano de una vivienda.
—La habitación está mal dibujada —dijo.
Elías revisó el documento.
—Las medidas son correctas.
—Falta una dimensión.
Él sonrió por costumbre, como quien escucha a alguien hablar de monstruos en el cielo.
—No existen más dimensiones.
—Eso crees porque naciste mirando solo superficies.
La frase lo irritó más de lo esperado. Mara dejó entonces una fotografía sobre la mesa.
Era la imagen de una taza blanca, iluminada desde un lateral. Y algo en ella resultaba imposible. La curvatura insinuaba regiones invisibles, como si parte del objeto continuara existiendo aunque no pudiera verse directamente.
Elías apartó la fotografía. Le dolían los ojos.
Aquella noche no pudo dormir. Se levantó varias veces para observar objetos cotidianos: una lámpara, un vaso, una silla. Y comenzó a percibir anomalías inquietantes. Las líneas ya no parecían completas. Sugerían algo oculto detrás.
Los días siguientes fueron peores. Empezó a notar detalles insoportables: personas que parecían contener más allá de sus contornos, edificios cuya sombra insinuaba una estructura invisible, calles que ya no eran simples líneas sino cortes de algo inmenso.
Y entonces llegaron los sueños. Soñaba con figuras imposibles: cubos que se prolongaban hacia una dirección inexistente, objetos capaces de esconder partes de sí mismos sin desaparecer. Despertaba temblando.
Poco a poco comprendió que el problema no era solo geométrico. Era humano. En un universo bidimensional nadie puede ocultar nada. Todo está expuesto. Las emociones son simples y visibles. Pero ahora sospechaba algo terrible: quizá las personas también tenían profundidad. Quizá detrás de cada gesto existían capas invisibles. Miedo detrás de la ira. Ternura detrás del sarcasmo. Soledad detrás de la cortesía.
Una noche, mientras observaba a Mara dormir, sintió el peso devastador de la idea: aunque podía verla entera, no la conocía. Jamás había conocido realmente a nadie.
Empezó a cambiar. La gente lo notó enseguida.
—Te has vuelto opaco —le decían. Era un insulto. Opaco significaba incomprensible. Peligroso. Humano.
Finalmente, Mara lo llevó a las afueras de la ciudad, donde el mundo terminaba. Literalmente. Allí había un borde fino y absoluto, como el extremo de una hoja de papel suspendida en la oscuridad.
Más allá no había vacío. Había profundidad. Un espacio inmenso que no podía entender. Sintió náuseas.
Por accidente, Elías giró el cuerpo más de lo permitido. Y desapareció.
No murió. Simplemente dejó de ser visible para el mundo plano. Durante unos segundos horribles comprendió la verdad completa: todos habían tenido siempre profundidad. El problema era que vivían atrapados en una percepción incapaz de concebirla.
Y entendió algo aún más profundo: nunca vemos completamente a nadie. Reducimos a los demás a perfiles cómodos: el amable, la cruel, el inteligente, el fracasado. Pero cada ser humano posee dimensiones que jamás cabrán en una sola mirada.
Lloró.
Porque por primera vez sintió, en la carne, lo que era la compasión verdadera.
Entonces oyó la voz de Mara, cercana y serena:
—Ya puedes volver.
Elías abrió los ojos. Estaba sentado frente a una mesa blanca. Sobre ella había una taza.
La sostuvo entre los dedos y la giró lentamente. Justo antes de que desapareciera al ponerse de perfil, creyó percibir en el borde curvo de la porcelana una sombra mínima, una diminuta pero innegable insinuación de profundidad.
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