29 enero 2026

Manolo vs el Premio Nobel

Manolo estaba apoyado en la barra con el codo izquierdo bien plantado. No porque hiciera falta, sino porque así se piensa mejor. Desde ahí, con el cuerpo un poco torcido y la barriga descansando, se podía explicar el mundo entero sin levantarse.

En la tele hablaban del Premio Nobel. Manolo no miraba la pantalla, pero asentía despacio, como si estuvieran confirmando algo que él ya había explicado una vez, después de comer, sin que nadie se lo pidiera.

—Ese premio —dijo— está muy ben… para empezar, quero dicir.

Tocó el codo del de al lado. Toque breve, de aviso.

—Pero comparado comigo, ho… queda xustitiño.

—Hombre…

—No, no, espera —lo cortó Manolo—. Isto non é unha opinión. Isto é unha demostración, que non é o mesmo, xa che digo.

Levantó un dedo, ligeramente húmedo de cerveza.

—Primeiro punto. O Nobel dase unha vez ó ano.

Bajó el dedo.

—Eu opino todos os días, sen faltar. Incluso os domingos, que non son laborables, pero un ten cabeza igual.

Miró alrededor, por si alguien llevaba la cuenta.

—Segundo. O Nobel dánsello a un só.

Levantó otro dedo.

—A min escútame medio bar. E o outro medio fai que non oye, pero oye igual, porque o oído funciona ainda que non queiras.

Nadie se atrevió a negar eso.

—Terceiro. O Nobel dase en Suecia.

Hizo un gesto raro con la boca, como de algo frío que no entra.

—Suecia está lonxe, ho. Moito lonxe. Frío, frío de collóns. Así non se pensa ben. Alí a xente reflexiona, pero sen calor, e iso xa condiciona.

Dio un trago enorme a la cerveza, dejó el vaso con decisión y se inclinó un poco hacia delante.

De repente, se metió la mano diestra por el escote de la camisa, estirando la tela sucia y reacomodándola sobre la barriga con un movimiento brusco y rutinario, como si amasara una pieza de carne. Luego sufrió una especie de espasmo e infló los carrillos como un sapo al tiempo que se le abrían mucho los ojos, como si acabara de recordar algo importantísimo… o como si el cuerpo hubiese tomado una decisión por su cuenta.

Se quedó quieto. Muy quieto.

Luego sopló despacio.

El aire que salió tenía memoria.
A matanza, a grasa vieja y a vino peleón.
No lo lanzó con rabia ni con prisa. Lo dejó ir, seguro de sí mismo, directamente hacia el de al lado.

El hombre dio un paso atrás. Luego otro. Se le cerró el pecho, empezó a toser seco, cambió de color en un orden que no estaba en ningún manual y buscó aire con la boca abierta, como si el bar se hubiese quedado sin oxígeno de repente.

—Joder, Manolo…

Manolo lo miró con calma, ladeando un poco la cabeza.

—Iso é saúde, home… 

Se recolocó en el codo.

El del lado siguió respirando como si estuviera subiendo una cuesta con bolsas.

Manolo asintió, comprensivo.

—Claro… iso hai que saber levalo. E se non se sabe, pois non se sabe. Non pasa nada.

El camarero carraspeó, intentando rescatar la conversación.

—Pero el Nobel cambia el mundo.

Manolo negó con la cabeza despacio, con esa paciencia gallega que avisa de que viene sentencia.

—Non, home. O Nobel explica o mundo cando xa pasou. Eu explícoo antes, que é cando ten mérito.

Tocó otra vez el codo del vecino, ahora con suavidad.

—Cuarto punto. Ó Nobel dánlle cartos.

—Mucho dinero —dijo alguien desde más lejos, por seguridad.

—Claro, claro —asintió Manolo—. Porque sen cartos non fanche ni caso. A min fánmelo caso gratis, que iso ten máis valor, mira ti.

Bebió un trago corto.

—Quinto. O Nobel óbrigate a dar discursos.

Se apoyó con los dos codos en la barra.

—Eu falo cando fai falta. E cando non, tamén, por se acaso, que nunca se sabe.

Desde el fondo alguien intentó, débilmente:

—Pero los Nobel son premios a la excelencia…

Manolo sonrió despacio, como quien oye una palabra muy bonita pero poco práctica.

—A excelencia cansa, ho. Iso é para xente nova. Eu son constante, que dura máis e non dá traballo.

Miró la tele una última vez.

—Ademais, un Nobel dura o que dura a noticia.

Se señaló el pecho con el pulgar.

—Eu levo aquí anos. E aquí sigo. Iso non telo dá Suecia.

Silencio absoluto.

Manolo remató sin subir la voz, porque no hacía falta.

—Así que non digo que o Nobel sexa malo, ¿eh?

Bebió.

—Digo que a min me queda pequeno.

Apoyó el codo con más fuerza, satisfecho, mientras el del lado seguía intentando respirar como si hubiera pasado por una nube concentrada de chorizo con denominación de origen.

—E non me fales do da Paz —añadió de pronto, limpiándose una comisura de la boca con el dorso de la mano—. Home, a paz, se a queres de verdade, convídas a uns cantos a unha barbacoa e que non falen de fútbol nin de política. Iso sí que é un logro. O resto é fumarada.