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Escribir no siempre nace de algo noble, culto o refinado. A menudo surge de un nudo en el pecho que no se deshace hablando, de conversaciones que nunca ocurrieron, de cosas que ya casi se perdieron o que ni siquiera sabemos nombrar. Es quedarse a solas con eso y sostenerlo un rato más.
Creo que en el fondo escribo porque hay recuerdos que se niegan a borrarse y emociones que no caben en una frase dicha en voz alta. Porque hay pesos que no encuentran dónde quedarse. Y las palabras, entonces, no vienen a arreglarlo todo, sino a darles un sitio. Para que duelan, si tienen que doler, pero no de cualquier manera.
También se escribe por miedo. Miedo a que lo importante se disuelva con el tiempo, a que lo vivido no haya sido suficiente si no queda registrado en algún lugar. Es una forma callada de decir: esto pasó, esto me pasó a mí, y aunque todavía no sepa explicarlo del todo, tuvo un sentido.
Pero escribir es también desfacer entuertos del alma. Enderezar lo que la vida dejó torcido, reparar a escondidas las pequeñas injusticias que nos habitan: una palabra que no se dijo, un silencio que pesó demasiado, una herida que nadie vio y que solo en el papel encuentra su lugar justo. No se escribe para ganar batallas, sino para restituir, en lo posible, un orden íntimo que el mundo desordenó sin pedir permiso. A veces ni siquiera hace falta que el mundo lo sepa. Basta con que quede escrito.
Y al menos, no siempre se escribe para triunfar, ni para llegar lejos. A veces se hace sabiendo que llegas tarde, que quizá ya no serás un gran escritor, que no habrá aplausos ni nombre en letras grandes. Aun así se sigue. Porque la necesidad no entiende de edades ni de oportunidades perdidas. Yo, al menos, no he conseguido dejar de hacerlo.
Sobre la mesa se acumulan las pruebas: hojas arrugadas, frases tachadas, intentos que no llegaron a ninguna parte. Pequeñas derrotas hechas papel. Bolas de papel que aparto casi con vergüenza, como si en ellas quedara expuesta toda la torpeza, todo lo que no supe decir. Y sin embargo, quizá sea ahí, precisamente en ese montón de fracasos, donde uno más se parece a sí mismo.
Porque escribir es también esto: volver a empezar una y otra vez. No solo la frase que brilla, sino todo lo que se rompe antes de encontrar su forma, lo que decides callar porque aún no sabes cómo decirlo. Volver a la página en blanco, a la palabra torpe, al intento que no termina de encajar. No por terquedad ciega, sino porque algo sigue empujando desde dentro, algo que todavía merece ser dicho.
Y al final, sin darte cuenta, regresas siempre al mismo sitio: sentado frente a la hoja, sin tener muy claro por qué, con el peso dentro y una frase que empieza a tientas. La única diferencia es que ahora, alrededor, hay un puñado de bolas de papel que no desaparecen. Son la prueba muda de que, a pesar de todo, no has dejado de intentarlo.
Así que se vuelve a empezar. Se escribe una frase. Probablemente no sea la buena. Es muy posible que acabe también convertida en otra bola. Pero aun así se escribe, porque lo que sale no siempre es bonito ni ordenado… pero es verdad. Tu verdad.
Con el tiempo aprendes que cada bola de papel es también un pequeño aprendizaje esférico: algo que no salió bien, pero que rodó hasta encontrar su sitio en el montón. No se trata de acumular aciertos, sino de reconocer que el error, una vez arrugado, tiene su propia forma.
Y entonces vuelves al principio. Hay días en los que uno se sienta a escribir sin saber muy bien por qué. La diferencia es que ahora, mientras arrugas la siguiente hoja, sonríes. Porque ya lo sabes: no se trata de dar con la frase perfecta. Se trata de seguir aquí, sentado, a tientas, deshaciendo entuertos, sumando bolas de papel al montón.
Y eso, a pesar de todo, y quizá por eso mismo, sigue siendo mucho