Por fuera soy la versión actualizada: más ligero, más ágil, con ese barniz moderno que dice “he invertido en mí mismo”.
Por dentro sigue viviendo el mismo señor de siempre, sin reformar.
Un señor que lleva la riñonera cruzada por seguridad, se echa Varón Dandy como si fuera napalm y opina con la autoridad inquebrantable de quien ha visto de todo. El contraste es brutal: por fuera parezco un hombre que ha leído un libro de mindfulness; por dentro sigo siendo ese que cree que las croquetas son alta cocina.
Quedé contigo una noche.
—He preparado algo distinto —dijiste, ilusionada—. A ver qué te parece.
—Seguro que está increíble —respondí yo, con la sonrisa del hombre nuevo perfectamente ensayada.
Llegué. Dos besos. Olor a cocina seria. Todo iba según el guion.
Hasta el primer plato.
Tataki de atún con reducción de cítricos y espuma de no sé qué.
El señor interior se removió, asqueado.
—Esto está crudo, hostia puta —gruñó en mi cabeza—. ¿Ahora pagamos por comer pescado medio muerto? ¡Si quería sushi me voy al chino de abajo!
Probé. Realmente estaba bueno.
—Está muy rico —dije, intentando mantener el tipo.
—Está crudo y caro —corrigió él—. En casa con una plancha de las de siempre te comes tres raciones y te sobra dinero pa’ una cerveza.
Seguiste explicando el origen del atún y la técnica especial. Yo asentía… hasta que se me escapó:
—Con una sartén buena en casa sale lo mismo, te lo digo yo.
Tú levantaste una ceja, entre divertida y sorprendida.
Segundo plato. Risotto de setas con trufa.
—Arroz con hierbajos —diagnosticó el señor interior—. Lo han puesto en italiano para cobrarte como si fuera caviar.
Y salió solo:
—Hay que dejar reposar el arroz, coño. Si no queda una mierda pegajosa.
Tú empezaste a sonreír con esa cara de quien ya ve la película completa.
Para el postre ya no había salvación.
—Mousse de chocolate con sal y aceite de oliva —anunciaste con orgullo.
El señor interior casi explota.
—¿Sal en el chocolate? ¿Y aceite? ¡Me cago en la puta! ¿Pero tú qué coño le has hecho al pobre chocolate? ¡Eso es un sacrilegio! El chocolate se come solo, como Dios y las madres lo trajeron al mundo. Esto es cosa de modernos de mierda que no saben lo que es un Flanby.
Probé. Estaba espectacular.
—Está increíble —dije.
—Está raro de cojones —insistió él—. Yo esto lo tiro por el retrete y me hago un Cola Cao con galletas María, como la gente de bien.
Se hizo un silencio denso.
Y entonces tú te echaste a reír. De verdad. Con los ojos brillantes y lágrimas.
—Me encanta —dijiste.
—¿El postre? —pregunté, ya resignado.
—No. Tu señor —respondiste señalándome la cabeza—. Ese de ahí dentro.
Me miraste con pura diversión.
—Estás ahí todo moderno y delgado… y de repente sale el cuñado con riñonera cruzada por seguridad y apestando a Varón Dandy defendiendo el chocolate como si le hubieran violado a la bandera. Me parto de risa.
El señor interior se hinchó de orgullo dentro de mí.
Yo ya no lo negué.
—Lleva toda la vida conmigo. Pensé que adelgazando lo mataba. Pero el cabrón solo se hizo más fuerte.
Tú sonreíste.
—Pues dile que me cae bien. Muy bien.
En la puerta, antes de despedirnos, lanzaste:
—La próxima vez cocinas tú.
—Hecho.
—Pero sin modernadas.
—Tranquila.
El señor interior, desde el fondo, ya estaba organizando el menú:
—Croquetas de jamón. Tortilla de patatas con cebolla, bien jugosa. Y nada de espumitas ni mamoneos de esos. Vino tinto y punto. En tetra brik.
—Nada de espumitas —repetí yo.
Te reíste.
—Oye… ¿este señor viene siempre?
Él contestó antes que yo, con voz de bar de barrio a las tres de la mañana:
—Siempre, guapa. Y si no te gusta, peor pa’ ti.
Bajé las escaleras ligero por fuera, pero completo por dentro.
En la calle, bajo la luz naranja de una farola, el señor interior se recolocó la riñonera cruzada por seguridad, soltó un eructo imaginario y sentenció con orgullo:
—Mira, chaval… hemos adelgazado, nos hemos puesto camisas ajustadas y hemos fingido que nos gustan las espumitas de mierda… pero al final el de dentro siempre manda. Y esta vez, joder, hemos ganado los dos.
Se ajustó la riñonera una vez más, me dio una palmada mental en la espalda y remató:
—Croquetas para dos… y que traiga también un táper, que igual repetimos mañana.
Sonreí como un gilipollas en mitad de la acera.
Esta sí… esta entiende de qué va la cosa.

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