"Pon la otra mejilla".
Dicho así suena a sabiduría ancestral. Analizado con un poco
de mala leche suena a consuelo para gente con reflejos justitos y déficit de
autoestima.
Vamos a verlo con calma: tenemos dos mejillas. Dos. No
cuatro, ni un lote de repuesto en el maletero.
Dos. Lo cual ya plantea un problema logístico serio cuando la propuesta
espiritual es, básicamente, repartirlas como si fueran folletos del
supermercado.
Porque si alguien te da una hostia en una mejilla y tú, con
una serenidad digna de estatua de sal, ofreces la otra… perfecto. Muy elevado.
Muy iluminación. Muy "he trascendido lo humano y también mis instintos
básicos".
Pero la pregunta real, la que nadie se atreve a hacer en
misa, es: ¿y después qué?
¿Hay límite? ¿Hay turnos? ¿Es acumulativo? ¿Las hostias se
contabilizan en un global o se reinicia el marcador en los números pares?
Porque si es una por cada lado, la jugada se acaba rápido. Pero si el agresor
es ambidiestro o tiene prisa, el modelo de negocio espiritual se va al garete y
acaba enseguida.
Y claro, nadie especificó si el otro tío estaba leyendo el
mismo manual de ética o simplemente iba en modo "continuar pegando hasta
que el cuerpo aguante".
Ahí es donde la naturaleza humana se estrella contra el
sermón: ningún animal en la historia evolutiva ha sobrevivido pensando "si
me muerden un lado, ofrezco el otro para equilibrar el karma del bosque".
El perro no pone la otra oreja. El gato no ofrece la otra
pata (el gato directamente te pone la suya en la cara). El ciervo no dice
"espera, que aún me queda un lado elegante para que me cacen". El
ciervo sale corriendo y, si puede, te pega una coz de recuerdo.
Pero el ser humano sí. El ser humano lo convierte en virtud.
Y luego encima lo encuaderna en libros sagrados y te da la tabarra los domingos.
Y así vivimos: predicando paz mientras acumulamos guerras
internas, hablando de perdón mientras archivamos mentalmente cada pequeña
traición para repasarla las 3
de la madrugada, cuando deberíamos estar durmiendo en vez de darle vueltas al
pasado.
Y aquí es donde quiero detenerme, porque hay un tío que lo
ejemplifica a la perfección. Ilia Topuria.
Topuria vive literalmente en un ecosistema donde la hostia
es el idioma oficial. Él entiende la dinámica de las hostias mejor que muchos
tratados filosóficos. Recibe hostias, sí. Recibe muchas, y bien dadas, de tíos
que pesan lo suyo y tienen mala baba. Pero ahí acaba cualquier parecido con el
pobre diablo que sigue el Evangelio al pie de la letra.
Porque Topuria no se queda en modo contemplativo
preguntándose por su karma ni calculando cuántas le quedan para empatar el
marcador celestial. No. Él aplica una lógica mucho más terrenal y efectiva: las
esquiva. ¿Poner la otra mejilla? Por los cojones…
Pero claro, en la vida real no siempre puedes esquivar. A
veces el golpe llega, porque la vida es así de puñetera. Y entonces Topuria
pasa a la segunda fase, que es donde realmente brilla: devolverlas.
Pero ojo, que no devuelve una, que eso sería de
pobres. Topuria, si puede, reparte una montaña de hostias.
Va acumulando facturas sin cobrar en su memoria muscular y,
en cuanto ve un resquicio, liquida el contador con intereses abusivos. Una,
dos, tres, cuatro, cinco... y si el árbitro no se mete por medio, sigue
repartiendo hasta que el otro se pregunta si meterse en ese octógono no fue,
quizá, una decisión vocacional muy discutible.
¿Y qué hace él mientras reparte esa montaña? Pues lo
contrario de poner la otra mejilla. Él evita ponerla activamente. Su defensa no
es recibir, es negar el impacto. Su filosofía se resume en: "te esquivo,
te mido, te castigo y, si te descuidas, te borro del mapa".
La antítesis viviente del sermón. Mientras el texto sagrado
predica la rendición, él predica la liquidación estratégica.
Y funciona. Le ha funcionado hasta para ser campeón del
mundo. Lo cual plantea una pregunta incómoda que debería hacernos reflexionar:
¿y si el que puso la otra mejilla se equivocó de estrategia?
Ahí está la diferencia. Aguantar no es lo mismo que invitar.
Resistir no es lo mismo que habilitar una zona de impacto libre. Topuria aguanta lo
que tiene que aguantar, pero no invita a que le den. Él invita a que fallen,
que es muy distinto. Y las devuelve.
Quizá la enseñanza nunca fue "deja que te
golpeen". Quizá era algo mucho más difícil de digerir, algo que se nos
escapó entre traducción y traducción: "no dejes que una hostia te
convierta en alguien que cree que se merece la siguiente".
Porque si lo piensas bien, la espiritualidad mal entendida
no te hace mejor persona… te convierte en un calendario de agresiones y te proporciona una sonrisa en blanco y negro.
Y, sin embargo, aquí seguimos, intentando interpretar la
frase como si fuera sencilla, como si la vida no tuviera matices, como si una
mejilla pudiera absorber todo sin que el cuello termine haciendo crack.
Pero vamos a cerrar este tinglado con algo que no te
enseñaron en la catequesis:
Sabes cómo empieza la historia. Te lo dijeron en misa.
La pregunta real, la única que importa después de darle
tantas vueltas al texto sagrado, no es si pones o no la otra mejilla. La
pregunta es: después del primer golpe, ¿qué haces en esa
décima de segundo?
Porque ahí, en ese instante, solo hay dos caminos.
Uno: acomodas la otra mejilla. La ofreces. La pones a
disposición como si fuera un buzón de sugerencias para agresores. Y te comes la
segunda. Y quizá una tercera. Y luego te preguntas por qué el manual no incluía
un apartado sobre "cuándo dejar de poner mejillas".
El otro: aprietas el puño. No lo dudas. No lo piensas. No hay tiempo para reflexiones teológicas ni para consultar al Espíritu Santo. Tu mano se cierra, el brazo se tensa, y sueltas una hostia. De esas que no se olvidan.
Y no es venganza. Es simplemente recordarle al universo que tú también tienes dos manos y que la paciencia, como las mejillas, tiene un límite.
Porque la vida da hostias, sí. Unas las esquivas, otras las
aguantas, y unas pocas te cambian la cara para siempre.
Pero el chiste, la jodida gracia de todo esto, es que tú
decides si esa hostia te define como víctima, como mártir… o simplemente como
alguien que aprendió a parar el siguiente golpe sin necesidad de que le partan
las dos mejillas para darse cuenta de que tenía todo el derecho del mundo a no
ser un felpudo con alma.
Como Topuria. Que no pone la otra mejilla. La retira, la
esconde, y mientras el otro busca dónde pegarle, él ya ha soltado tres hostias
de vuelta. Y ahí está él, con el cinturón ese grandote, demostrando que a
veces el mejor sermón no se predica. Se esquiva y se devuelve.
Así que ya sabes. Pon la otra si te apetece. Pero asegúrate
de que sea porque lo has elegido tú, y no porque el manual te diga que no te
queda otra.
Y si ves que el de enfrente viene con malas pulgas, recuerda
que mover la cabeza a otro lugar también es una opción muy válida, y si encima devuelves una
montaña de “cosas”, pues oye, igual hasta te haces campeón de algo y llevas cinturones estrambóticos.
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