16 junio 2026

Por qué un ciervo tiene más razón que un Santo

Hay algo de la religión que me fascina: la capacidad de convertir una frase que, en cualquier otro contexto, sería una pésima idea, en un ideal espiritual de primera categoría.

"Pon la otra mejilla".

Dicho así suena a sabiduría ancestral. Analizado con un poco de mala leche suena a consuelo para gente con reflejos justitos y déficit de autoestima.

Vamos a verlo con calma: tenemos dos mejillas. Dos. No cuatro, ni un lote de repuesto en el maletero. Dos. Lo cual ya plantea un problema logístico serio cuando la propuesta espiritual es, básicamente, repartirlas como si fueran folletos del supermercado.

Porque si alguien te da una hostia en una mejilla y tú, con una serenidad digna de estatua de sal, ofreces la otra… perfecto. Muy elevado. Muy iluminación. Muy "he trascendido lo humano y también mis instintos básicos".

Pero la pregunta real, la que nadie se atreve a hacer en misa, es: ¿y después qué?

¿Hay límite? ¿Hay turnos? ¿Es acumulativo? ¿Las hostias se contabilizan en un global o se reinicia el marcador en los números pares? Porque si es una por cada lado, la jugada se acaba rápido. Pero si el agresor es ambidiestro o tiene prisa, el modelo de negocio espiritual se va al garete y acaba enseguida.

Y claro, nadie especificó si el otro tío estaba leyendo el mismo manual de ética o simplemente iba en modo "continuar pegando hasta que el cuerpo aguante".

Ahí es donde la naturaleza humana se estrella contra el sermón: ningún animal en la historia evolutiva ha sobrevivido pensando "si me muerden un lado, ofrezco el otro para equilibrar el karma del bosque".

El perro no pone la otra oreja. El gato no ofrece la otra pata (el gato directamente te pone la suya en la cara). El ciervo no dice "espera, que aún me queda un lado elegante para que me cacen". El ciervo sale corriendo y, si puede, te pega una coz de recuerdo.

Pero el ser humano sí. El ser humano lo convierte en virtud. Y luego encima lo encuaderna en libros sagrados y te da la tabarra los domingos.

Y así vivimos: predicando paz mientras acumulamos guerras internas, hablando de perdón mientras archivamos mentalmente cada pequeña traición para repasarla las 3 de la madrugada, cuando deberíamos estar durmiendo en vez de darle vueltas al pasado.

 Ojo, que perdonar tiene su mérito. Mucho. Pero una cosa es perdonar una hostia puntual de la vida… y otra muy distinta convertirte en la piñata humana de la existencia. En el saco de boxeo del universo.

Y aquí es donde quiero detenerme, porque hay un tío que lo ejemplifica a la perfección. Ilia Topuria.

Topuria vive literalmente en un ecosistema donde la hostia es el idioma oficial. Él entiende la dinámica de las hostias mejor que muchos tratados filosóficos. Recibe hostias, sí. Recibe muchas, y bien dadas, de tíos que pesan lo suyo y tienen mala baba. Pero ahí acaba cualquier parecido con el pobre diablo que sigue el Evangelio al pie de la letra.

Porque Topuria no se queda en modo contemplativo preguntándose por su karma ni calculando cuántas le quedan para empatar el marcador celestial. No. Él aplica una lógica mucho más terrenal y efectiva: las esquiva. ¿Poner la otra mejilla? Por los cojones…

Pero claro, en la vida real no siempre puedes esquivar. A veces el golpe llega, porque la vida es así de puñetera. Y entonces Topuria pasa a la segunda fase, que es donde realmente brilla: devolverlas.

Pero ojo, que no devuelve una, que eso sería de pobres. Topuria, si puede, reparte una montaña de hostias.

Va acumulando facturas sin cobrar en su memoria muscular y, en cuanto ve un resquicio, liquida el contador con intereses abusivos. Una, dos, tres, cuatro, cinco... y si el árbitro no se mete por medio, sigue repartiendo hasta que el otro se pregunta si meterse en ese octógono no fue, quizá, una decisión vocacional muy discutible.

¿Y qué hace él mientras reparte esa montaña? Pues lo contrario de poner la otra mejilla. Él evita ponerla activamente. Su defensa no es recibir, es negar el impacto. Su filosofía se resume en: "te esquivo, te mido, te castigo y, si te descuidas, te borro del mapa".

La antítesis viviente del sermón. Mientras el texto sagrado predica la rendición, él predica la liquidación estratégica.

Y funciona. Le ha funcionado hasta para ser campeón del mundo. Lo cual plantea una pregunta incómoda que debería hacernos reflexionar: ¿y si el que puso la otra mejilla se equivocó de estrategia?

Ahí está la diferencia. Aguantar no es lo mismo que invitar. Resistir no es lo mismo que habilitar una zona de impacto libre. Topuria aguanta lo que tiene que aguantar, pero no invita a que le den. Él invita a que fallen, que es muy distinto. Y las devuelve. 

Quizá la enseñanza nunca fue "deja que te golpeen". Quizá era algo mucho más difícil de digerir, algo que se nos escapó entre traducción y traducción: "no dejes que una hostia te convierta en alguien que cree que se merece la siguiente".

Porque si lo piensas bien, la espiritualidad mal entendida no te hace mejor persona… te convierte en un calendario de agresiones y te proporciona una sonrisa en blanco y negro.

Y, sin embargo, aquí seguimos, intentando interpretar la frase como si fuera sencilla, como si la vida no tuviera matices, como si una mejilla pudiera absorber todo sin que el cuello termine haciendo crack.

Pero vamos a cerrar este tinglado con algo que no te enseñaron en la catequesis:

Sabes cómo empieza la historia. Te lo dijeron en misa.

La pregunta real, la única que importa después de darle tantas vueltas al texto sagrado, no es si pones o no la otra mejilla. La pregunta es: después del primer golpe, ¿qué haces en esa décima de segundo?

Porque ahí, en ese instante, solo hay dos caminos.

Uno: acomodas la otra mejilla. La ofreces. La pones a disposición como si fuera un buzón de sugerencias para agresores. Y te comes la segunda. Y quizá una tercera. Y luego te preguntas por qué el manual no incluía un apartado sobre "cuándo dejar de poner mejillas".

El otro: aprietas el puño. No lo dudas. No lo piensas. No hay tiempo para reflexiones teológicas ni para consultar al Espíritu Santo. Tu mano se cierra, el brazo se tensa, y sueltas una hostia. De esas que no se olvidan. 

Y no es venganza. Es simplemente recordarle al universo que tú también tienes dos manos y que la paciencia, como las mejillas, tiene un límite.

Porque la vida da hostias, sí. Unas las esquivas, otras las aguantas, y unas pocas te cambian la cara para siempre.

Pero el chiste, la jodida gracia de todo esto, es que tú decides si esa hostia te define como víctima, como mártir… o simplemente como alguien que aprendió a parar el siguiente golpe sin necesidad de que le partan las dos mejillas para darse cuenta de que tenía todo el derecho del mundo a no ser un felpudo con alma.

Como Topuria. Que no pone la otra mejilla. La retira, la esconde, y mientras el otro busca dónde pegarle, él ya ha soltado tres hostias de vuelta. Y ahí está él, con el cinturón ese grandote, demostrando que a veces el mejor sermón no se predica. Se esquiva y se devuelve.

Así que ya sabes. Pon la otra si te apetece. Pero asegúrate de que sea porque lo has elegido tú, y no porque el manual te diga que no te queda otra.

Y si ves que el de enfrente viene con malas pulgas, recuerda que mover la cabeza a otro lugar también es una opción muy válida, y si encima devuelves una montaña de “cosas”, pues oye, igual hasta te haces campeón de algo y llevas cinturones estrambóticos.