25 mayo 2026

Hasta aquí



Dedicado a los muchos, que como yo, tiramos el tiempo estudiando una carrera que no nos sirvió para nada.




Mientras otros estudiantes de Derecho descubrían vocaciones prácticas —opositar, facturar o fingir que entendían Derecho Tributario—, Manu cometió el error de enamorarse de una palabra latina: manumissio.

Le fascinaba aquella ceremonia mediante la cual un esclavo dejaba de pertenecer a otro hombre para convertirse, técnicamente, en dueño de sí mismo. Roma había conquistado medio mundo, sí, pero además había tenido la elegancia intelectual de inventar una palabra culta para decir “hasta aquí”.

Eso era clase.

Y Manu empezó a sospechar que su propio nombre escondía un destino filológico. Una especie de mandato secreto.

La Manu-misión.

Liberar.

No esclavos, claro. Hoy eso complica muchísimo el papeleo. Pero sí otras formas contemporáneas de servidumbre.

Porque esclavos había por todas partes: el amigo incapaz de cenar sin fotografiar el plato desde un ángulo cenital para tres primas y un bot ruso; el directivo que pronunciaba “sinergias” con la resignación de quien ya no recuerda cuándo empezó a odiarse; la mujer que hacía yoga para reducir ansiedad y acababa ansiosa por no haber hecho suficiente yoga; el hombre que hablaba de “resiliencia” porque no se atrevía a decir “agotamiento nervioso”.

Todos encadenados. Todos con amo.

Y Manu veía deber moral donde otros veían simple patología contemporánea.

Rescató a un compañero de una relación que se mantenía únicamente por inercia administrativa. Liberó a otro de un podcast de ocho horas sobre masculinidad alfa impartido por un tipo vestido como una tapicería otomana. Hasta consiguió sacar a su tío Félix de un grupo de WhatsApp donde compartían vídeos de supuestos médicos militares rusos que prometían curar el colesterol con bicarbonato y odio fiscal.

—La verdadera manumisión —decía Manu con solemnidad de cónsul ebrio— consiste en recuperar el dominio sobre uno mismo.

La gente asentía porque era más sencillo que discutir.

Pero ocurrió algo inesperado.

Cuanto más empeñado estaba en liberar a los demás, más esclavo parecía él de su propia cruzada. Ya no escuchaba conversaciones: las auditaba. No podía entrar en un restaurante sin detectar quién estaba sometido al gluten, al algoritmo o a una persona llamada Laura.

Vivía atento a las dependencias ajenas con el fervor de un inspector del alma.

Hasta que una noche, bajando la basura, un vecino le preguntó:

—¿Te vienes a tomar una?

Y Manu fue.

Luego vino otro bar. Y otro. Y otro más.

Horas después, mientras desarrollaba una reflexión innecesariamente ambiciosa sobre Roma, la libertad y los calamares a la romana —esos anillos de calamar que los antiguos romanos ya devoraban en sus banquetes, servidos como símbolo de abundancia y placer efímero, y que ahora, dos mil años después, seguían siendo “a la romana”: rebozados, fritos y perfectamente liberados del mar para terminar en la sartén—, notó algo golpeándole la pierna.

Era la bolsa de basura.

La había llevado consigo toda la noche.

Entonces comprendió por fin el verdadero sentido de su Manu-misión.

Nadie consigue atravesar la vida sin cargar con algo. La diferencia entre un hombre libre y un esclavo no está en ir vacío, sino en elegir qué merece la pena seguir llevando hasta el final de la noche.