No es una cifra especialmente redonda. No termina en cero ni tiene nada de memorable. Es una edad que, cuando la decía mi padre, me parecía enorme. Una de esas edades en las que yo imaginaba que uno ya sabía cómo funcionaba el mundo, había aprendido a no equivocarse y tenía respuestas para casi todo.
Ahora estoy a punto de llegar a ella y tengo una noticia decepcionante: sigo sin tener ni idea.
Hay mañanas en las que me levanto sintiéndome exactamente igual que cuando era niño. Con las mismas dudas, aunque hayan cambiado las preguntas. Con los mismos miedos, aunque ahora sepan vestirse de cosas más serias.
El otro día encontré una fotografía que llevaba años sin mirar.
Estábamos mi padre y yo en la playa. Yo tendría unos nueve años; él llevaba unas bermudas ridículas y una camiseta blanca. Me sujetaba por los hombros y los dos mirábamos a la cámara.
La me quedé mirando un rato. Y entonces pensé en algo extraño: en algún momento de la vida alcanzas la edad que tenían tus padres en los recuerdos de tu infancia. Y descubres que no te sientes como imaginabas.
Sigues siendo tú. Con tus dudas, tus errores y esa incómoda sensación de que, en cualquier momento, alguien puede descubrir que tampoco sabes lo que estás haciendo.
Cuando eres niño, tu padre parece pertenecer a otra especie. Sabe cuánto cuesta la luz, cuándo hay que llevar el coche al taller, qué hacer cuando tienes fiebre y qué decir cuando las cosas se complican. Tú solo sabes que, si él está allí, todo acabará solucionándose.
Mi padre murió hace diez años. Ahora que estoy a punto de cumplir la edad que él tenía entonces, hay una pregunta que me gustaría hacerle:
—¿Tú qué habrías hecho?
Una semana antes de mi cumpleaños fui a su casa; bueno, a lo que había sido su casa. Entré en su habitación y me senté en el borde de la cama. Saqué la fotografía del bolsillo.
Por primera vez no vi al hombre que había sido mi padre. Vi a un hombre. Uno que también tendría preocupaciones, miedo, cuentas que pagar y decisiones que tomar sin saber si eran las correctas.
Me acordé de una noche de mi infancia. Tenía nueve años y me desperté por una tormenta. Fui a su habitación:
—Papá.
Abrió un ojo.
—¿Qué pasa?
—¿Qué hora es?
Miró el despertador.
—Las tres y veinte.
—¿Cómo lo sabes?
Se encogió de hombros.
—Porque lo pone ahí.
Y volvió a dormirse.
Sonreí al recordarlo. Durante años había pensado que mi padre sabía qué hacer. Ahora entendía que no. Que también tendría noches en las que no sabría qué decir, decisiones que tomaría con miedo y momentos en los que seguiría adelante simplemente porque alguien tenía que hacerlo.
Aquel hombre al que yo había creído siempre seguro y adulto no era más que otro niño intentando resolver las cosas. Solo que yo era demasiado pequeño para verlo. Y ahora, por fin, tenía su misma edad.
Pensé en todas las veces que mi padre había dicho «no pasa nada» cuando seguramente sí pasaba. Y comprendí algo que hasta entonces no había sabido poner en palabras: hay personas que parecen adultas porque han aprendido a tener miedo sin que se les note.
Mi padre era una de ellas. Y quizá yo también.
Miré la fotografía una última vez. Ya no veía a un padre y a un hijo, sino a dos personas que, separadas por el tiempo, habían sentido exactamente lo mismo. Y eso, extrañamente, me hizo sentir menos solo.
Dentro de unos días cumpliré años.
Sigo sin tener ni idea.
Pero ahora sé que él tampoco la tenía.
