19 agosto 2026

El calendario de los dientes

Unos días antes de mi cumpleaños, me desperté y metí la mano debajo de la almohada.

No buscaba dinero.

Buscaba las gafas de presbicia.

A cierta edad, uno ya empieza a levantarse con pequeñas pruebas de que el tiempo pasa.

Mientras buscaba las gafas, pensé en los dientes.

Y descubrí algo que nadie me había explicado de pequeño: los dientes tienen su propio calendario vital.

Cuando eres niño, perder un diente significa que estás creciendo.

Y te pagan por ello.

Cuando eres adulto, perder un diente significa que estás envejeciendo.

Y pagas tú.

Es una simetría bastante cruel.

De pequeño, un diente flojo era una excelente noticia.

—¡Se me ha caído otro!

Lo dejabas debajo de la almohada y, a la mañana siguiente, había dinero.

Cuantos más dientes perdías, más cobrabas.

Podías tener una dentadura en blanco y negro, llena de huecos, y estar encantado.

Era el único momento de la vida en que perder partes del cuerpo resultaba rentable.

Luego llegaba la adolescencia y el calendario cambiaba.

Los dientes definitivos ya no se caían para dejar sitio a otros.

Y durante unos años parecía que el sistema se había quedado congelado.

Hasta que cumplías cierta edad.

Entonces un diente empezaba a moverse y descubrías que el calendario había dado la vuelta.

—Hay que poner un implante.

—¿Cuánto?

El dentista miraba la radiografía.

—Bueno...

Ese «bueno» era la forma adulta de decirte que habías avanzado otra casilla.

Y ahí estaba la simetría perfecta:

De niño, diente fuera, dinero dentro.

De mayor, diente fuera, dinero fuera.

El mismo diente.

La misma almohada.

La misma pérdida.

Pero una economía completamente distinta.

Por eso, ahora que se acercaba mi cumpleaños, entendí que no estaba celebrando solamente que cumplía un año más.

Estaba pasando una página del calendario.

Durante la primera mitad de la vida, cada diente que perdías te acercaba a ser mayor y te daba dinero.

Durante la segunda, cada diente que pierdes te recuerda que ya eres mayor y te quita dinero.

La infancia convierte la pérdida en premio.

La edad adulta convierte el premio en factura.

Aquella noche, antes de acostarme, dejé las gafas de presbicia sobre la mesilla.

Levanté la almohada.

Por un instante pensé en aquellos años en que metía un diente debajo y esperaba encontrar dinero por la mañana.

Sonreí.

Después pensé en el próximo cumpleaños.

Y en el siguiente.

Y en el siguiente.

Volví a dejar la almohada en su sitio.

Entonces comprendí que quizá el Ratoncito Pérez nunca había sido un personaje infantil.

Era el responsable de nuestra contabilidad vital.

De pequeño te pagaba para anunciarte que estabas creciendo.

De mayor te cobraba para recordarte que estabas envejeciendo.

Apagué la luz.

Y, justo antes de dormirme, tuve una última idea:

qué negocio tan extraño.

Durante años te pagan por perder los dientes.

Hasta que un día cumples los suficientes años...

y empiezas a pagar para no perderlos.