La camarera se acercó con una carta en la mano.
—¿Esperas a alguien?
La pregunta fue inocente, casi automática. Pero tardé demasiado en responder.
—No. Una caña, por favor.
Ella asintió y se llevó el segundo mantelito de papel que había dejado preparado sobre la mesa. Ese gesto mínimo me molestó más de lo que debería. Como si acabara de confirmar oficialmente algo que yo todavía estaba intentando negociar conmigo mismo.
Llevaba seis meses viviendo solo.
Al principio pensé que lo difícil sería dormir. No lo fue.
Luego creí que serían los domingos. Tampoco.
Lo difícil resultaron ser esas pequeñas situaciones para las que uno parece necesitar, por costumbre, una segunda persona: sentarse en una terraza, ir al cine, pedir una mesa, esperar un tren. Estar solo no pesa tanto dentro de casa. Fuera, en cambio, parece que todo el mundo te devuelve una pregunta que nadie ha formulado.
¿Y tú? ¿Dónde has dejado al otro?
Bebí un trago.
A mi alrededor había parejas. Dos hombres discutían mirando sus móviles. Una familia compartía unas bravas. En la mesa de al lado, una mujer hablaba sin parar mientras el hombre que tenía enfrente asentía con la expresión resignada de quien lleva años sin escuchar realmente.
Pensé que, quizá, la soledad no era estar sin gente.
Quizá era no tener a quién contarle que te has dado cuenta de algo.
La camarera volvió.
—¿Te pongo otra?
Miré el vaso. Aún quedaba media caña.
—No, gracias. De momento estoy bien.
Ella sonrió.
—Eso está bien.
—¿El qué?
—Aprender a estar bien de momento.
La miré. No parecía haber dicho nada especial, pero me quedé pensando mientras ella atendía otra mesa.
Aprender a estar bien de momento.
Quizá ése era el problema. Yo había tratado la soledad como una sala de espera. Como algo provisional. Una incomodidad entre lo que había tenido y lo que esperaba volver a tener.
Nunca había pensado que pudiera ser un lugar.
Un lugar incómodo al principio, sí. Con demasiado silencio. Con una silla vacía enfrente. Pero un lugar al que uno puede terminar entrando sin pedir permiso.
Terminé la caña despacio.
Cuando pedí la cuenta, la camarera dejó el ticket sobre la mesa.
—Te invito yo.
—No hace falta.
—No es por pena.
—Menos mal.
Sonrió.
—Es que yo también estoy aprendiendo.
No entendí qué quería decir.
—¿A estar sola?
Negó con la cabeza.
—No. A distinguir entre estar sola y sentirse sola.
Se fue antes de que pudiera responder.
Aquella frase me acompañó mientras terminaba de pagar.
Me levanté, guardé la cartera y caminé unos metros. Entonces escuché una voz.
—¡Oye!
Me giré.
La camarera estaba junto a la mesa que yo acababa de dejar.
—¿Sí?
Señaló la silla que había quedado vacía frente a la mía.
—La próxima vez siéntate ahí.
—¿Dónde?
—Enfrente.
La miré sin entender.
—¿Para qué?
Ella se encogió de hombros.
—Para que dejes de mirar la silla vacía como si te faltara alguien.
Seguí mirando la mesa.
Dos sillas.
Una ocupada hasta hacía un momento. La otra, vacía.
Y por primera vez pensé que quizá llevaba meses confundiendo dos cosas muy distintas.
Echar de menos a alguien y no saber estar conmigo.
No son lo mismo.
Aquella tarde, al llegar a casa, comprendí que no había empezado a aprender a vivir solo el día en que ella se marchó.
Había empezado aquella tarde, cuando por fin dejé de esperar que alguien se sentara enfrente.
