06 septiembre 2026

Avanzamos

Hay personas que llegan tarde.

Y luego está Fernando.

Fernando no llega tarde. Fernando administra su llegada. Es diferente.

Para él, la hora de una reunión no es un momento concreto, sino una ventana de oportunidad: una franja horaria flexible que, con un poco de generosidad, puede desplazarse unos minutos.

—¿A qué hora es la reunión?

—A las nueve.

—Perfecto.

Fernando decía “perfecto” con una tranquilidad que siempre me preocupó. Porqie capaz de decirlo cuando el edificio estaba ardiendo.

La reunión empezó sin él. No porque nos gustara empezar sin Fernando, sino porque, llegado cierto momento, había que elegir entre esperarlo o empezar. Elegimos empezar.

Apareció unos minutos después, sin prisa, sin disculparse, con un café en la mano y esa expresión de quien acababa de llegar exactamente cuando tenía previsto hacerlo.

—Buenos días.

—Buenos días —contestamos todos.

Se sentó, abrió el portátil y miró la pantalla.

—¿Empezamos?

Lo miré. Él me miró. Nadie dijo nada.

Finalmente, alguien respondió:

—Llevamos cinco minutos esperando.

Fernando sonrió.

—Pues ya estamos todos.

Y ahí empezó la reunión.

El problema de Fernando no era que llegara tarde. El problema era que siempre tenía una razón. Si había tráfico, había tráfico; si había mucho tráfico, había mucho tráfico; si llegaba tarde a una videoconferencia, era culpa de Teams; si Teams funcionaba, era culpa de la conexión. Y si todo funcionaba perfectamente, siempre aparecía alguna “urgencia”.

Las urgencias de Fernando eran curiosas. Nunca eran urgentes para nadie más.

Aquella mañana teníamos que decidir una cosa bastante sencilla. Tan sencilla que alguien había preparado una presentación de treinta y siete diapositivas para explicarla.

Fernando escuchó durante veinte minutos y después levantó una mano.

—Yo creo que deberíamos darle una vuelta.

Aquella frase cayó sobre la mesa como una piedra.

“Darle una vuelta”.

No hay expresión más peligrosa en una oficina. Cuando alguien dice “creo que deberíamos darle una vuelta”, puedes estar seguro de vas a perder una semana.

—¿Qué propones? —pregunté.

Fernando sonrió.

—No lo sé todavía.

Naturalmente. Porque para dar una vuelta no hace falta saber adónde vas.

Basta con caminar.

La reunión terminó una hora después. No habíamos decidido nada, pero habíamos quedado en “darle una vuelta”.

Fernando se levantó satisfecho.

—Bueno, pues avanzamos.

No sabía muy bien hacia dónde, pero avanzábamos.

Salí de la oficina cabreado. Tenía otra reunión a las once y, esta vez, el que llegaba tarde era yo.

Bajé al garaje, arranqué el coche y descubrí que tenía poca gasolina. Muy poca. El indicador había dejado de ser un instrumento de medición para convertirse en una amenaza.

Paré en la gasolinera y después me encontré con un atasco. Un atasco de los buenos. Empecé repasando mentalmente mi agenda y terminé preguntándome si merecía la pena seguir siendo una persona responsable.

Pero evidentemente nada ayuda más a una reflexión existencial que permanecer parado detrás de una furgoneta cuyo conductor parece haber decidido morir allí.

Miré el reloj. La reunión había empezado hacía unos minutos.

Llegué a la oficina y Fernando estaba en la puerta.

—Llegas tarde.

—Sí.

—La reunión era a las once.

—Lo sé.

—Llevamos ocho minutos esperando.

—Lo sé.

Sonrió.

—Bueno, por lo menos hoy no he sido yo.

Respiré y entramos.

Veinte minutos después, alguien preguntó:

—Entonces, ¿qué hacemos?

Miré alrededor de la mesa.

Y entonces me escuché decir:

—Yo creo que deberíamos darle una vuelta.

Fernando levantó la mirada. Durante un segundo nos quedamos mirándonos. 

Después sonrió.

No dijo nada.

Y fue entonces cuando comprendí lo que estaba pasando.

No era que Fernando llegara tarde. No era que las reuniones fueran largas. No era siquiera que nunca tomáramos decisiones.

El problema era que llevábamos años intentando llegar a alguna parte sin haber decidido previamente dónde coño queríamos ir.

Quizá ese era nuestro verdadero problema.

Habíamos confundido movimiento con avance, una agenda llena con tener un propósito y contestar correos con hacer cosas. Habíamos convertido las reuniones en una especie de ritual mediante el cual conseguíamos sentir que estábamos trabajando sin la incómoda obligación de tener que decidir algo.

Y “darle una vuelta” era perfecto para eso.

Porque decidir implica equivocarse. Y equivocarse implica hacerse responsable.

En cambio, darle una vuelta no te compromete con nada. No cierra ninguna puerta, pero tampoco abre ninguna. Simplemente te permite seguir caminando.

Y quizá por eso nos gusta tanto.

Mientras estás dando vueltas puedes convencerte de que avanzas. Hasta que un día miras hacia atrás y descubres que has recorrido varios kilómetros, pero sigues exactamente en el mismo sitio.

Fernando cerró el portátil.

—Bueno, pues lo vemos.

Todos asentimos y nos levantamos. La reunión había terminado y no habíamos decidido nada, pero, curiosamente, nadie parecía preocupado.

Fernando se acercó a mí mientras salíamos.

—¿Un café?

—Claro.

Bajamos a la cafetería. Mientras caminábamos, me miró de reojo.

—Te estás convirtiendo en uno de los nuestros.

—¿Eso es bueno?

—Depende.

—¿De qué?

—De si algún día quieres llegar a alguna parte.

Sonrió y abrió la puerta de la cafetería.

Nos sentamos.

Fernando miró el reloj.

—¿A qué hora tenemos la siguiente reunión?

Miré el calendario.

—A las doce.

Eran las once y cuarenta y cinco.

Fernando me miró. Yo le miré.

Y esta vez fui yo quien sonrió.

—Tenemos una ventana de oportunidad.

Fernando soltó una carcajada y nos sentamos a tomar café.

Todavía quedaban quince minutos.

Lo suficiente para no hacer nada.

Pero con la tranquilidad de saber que, al menos, avanzábamos.

El nudo en el pelo

Hay un trayecto concreto que he hecho cientos de veces y que, sin embargo, nunca es el mismo: la carretera que me lleva de vuelta desde el norte, dejando atrás las orillas del Burejo, para devolverme al asfalto y las rutinas de la ciudad. Es un viaje de regreso que siempre tiene algo de fractura.

Aquella tarde, el silencio en el coche fue distinto. En el asiento del copiloto ya no viajaba la niña que se dormía antes de cruzar el primer peaje. Viajaba una adolescente silenciosa, con los auriculares puestos, la melena suelta tapándole media cara y esa distancia que empiezan a construir cuando descubren que tienen un mundo propio.

Durante las tres horas de viaje apenas cruzamos cuatro frases. Hablamos del tráfico, de los exámenes que tenía a la vuelta de la esquina y de si quería que paráramos a comprar agua. Respuestas monosilábicas.

Mirándola de reojo, me descubrí buscando en sus facciones a la cría que se empeñaba en rescatar mariquitas de los charcos. Intentaba descubrir en qué momento exacto el tiempo nos había cambiado el paso de aquella manera tan sutil y demoledora.

Al llegar a la ciudad, el tráfico nos recibió con su prisa habitual. Maniobré de memoria por las calles de siempre, aparqué en el garaje y apagué el motor.

Fue entonces, en la penumbra del coche y justo antes de abrir las puertas para sacar las maletas, cuando se quitó los auriculares, me miró y me dijo, con una timidez que no le conocía:

—Oye, papá... gracias por llevarme.

Fue un segundo.

Al encenderse la luz de cortesía del techo, me fijé en su pelo.

Llevaba todo el fin de semana negándose a peinarse, protestando cada vez que le sugería que se recogiera la melena, defendiendo con uñas y dientes ese aparente descuido que ahora parece formar parte de su manera de estar en el mundo.

Pero en la nuca, medio escondido, le quedaba un nudo de cabellos enredados con briznas de hierba seca y pelusa de chopo.

El rastro exacto de haberse pasado tres horas boca arriba en la orilla, mirando las nubes. Sin hacer nada. Sin prisas. Sin importarle demasiado cómo estaba el pelo, sin la obligación de gustar a nadie en una pantalla

Le había gustado el río simplemente porque el río la había dejado ser invisible.

Subimos el equipaje en el ascensor y entramos en la rutina de la semana que empieza. Mañana volverán las prisas, los correos sin responder y los semáforos en rojo.

Ella cerrará la puerta de su habitación y volverá a ponerse los auriculares. Yo seguiré haciendo las cosas de siempre.

Pero sé que dentro de unos días volveremos al norte. Volveremos a la misma carretera, a las mismas curvas, a las orillas del Burejo quedándose atrás por el retrovisor.

Hay un trayecto concreto que he hecho cientos de veces y que, sin embargo, nunca es el mismo.

Ahora sé por qué.


02 septiembre 2026

La edad de mis padres

Cumplo años dentro de unos días.

No es una cifra especialmente redonda. No termina en cero ni tiene nada de memorable. Es una edad que, cuando la decía mi padre, me parecía enorme. Una de esas edades en las que yo imaginaba que uno ya sabía cómo funcionaba el mundo, había aprendido a no equivocarse y tenía respuestas para casi todo.

Ahora estoy a punto de llegar a ella y tengo una noticia decepcionante: sigo sin tener ni idea.

Hay mañanas en las que me levanto sintiéndome exactamente igual que cuando era niño. Con las mismas dudas, aunque hayan cambiado las preguntas. Con los mismos miedos, aunque ahora sepan vestirse de cosas más serias.

El otro día encontré una fotografía que llevaba años sin mirar.

Estábamos mi padre y yo en la playa. Yo tendría unos nueve años; él llevaba unas bermudas ridículas y una camiseta blanca. Me sujetaba por los hombros y los dos mirábamos a la cámara.

La me quedé mirando un rato. Y entonces pensé en algo extraño: en algún momento de la vida alcanzas la edad que tenían tus padres en los recuerdos de tu infancia. Y descubres que no te sientes como imaginabas.

Sigues siendo tú. Con tus dudas, tus errores y esa incómoda sensación de que, en cualquier momento, alguien puede descubrir que tampoco sabes lo que estás haciendo.

Cuando eres niño, tu padre parece pertenecer a otra especie. Sabe cuánto cuesta la luz, cuándo hay que llevar el coche al taller, qué hacer cuando tienes fiebre y qué decir cuando las cosas se complican. Tú solo sabes que, si él está allí, todo acabará solucionándose.

Mi padre murió hace diez años. Ahora que estoy a punto de cumplir la edad que él tenía en la foto, hay una pregunta que me gustaría hacerle:

—¿Tú qué habrías hecho?

Una semana antes de mi cumpleaños fui a su casa; bueno, a lo que había sido su casa. Entré en su habitación y me senté en el borde de la cama. Saqué la fotografía del bolsillo.

Por primera vez no vi al hombre que había sido mi padre. Vi a un hombre. Uno que también tendría preocupaciones, miedo, cuentas que pagar y decisiones que tomar sin saber si eran las correctas.

Me acordé de una noche de mi infancia. Tenía nueve años y me desperté por una tormenta. Fui a su habitación:

—Papá.

Abrió un ojo.

—¿Qué pasa?

—¿Qué hora es?

Miró el despertador.

—Las tres y veinte.

—¿Cómo lo sabes?

Se encogió de hombros.

—Porque lo pone ahí.

Y volvió a dormirse.

Sonreí al recordarlo. Durante años había pensado que mi padre sabía qué hacer. Ahora entendía que no. Que también tendría noches en las que no sabría qué decir, decisiones que tomaría con miedo y momentos en los que seguiría adelante simplemente porque alguien tenía que hacerlo.

Aquel hombre al que yo había creído siempre seguro y adulto no era más que otro niño intentando resolver las cosas. Solo que yo era demasiado pequeño para verlo. Y ahora, por fin, tenía su misma edad.

Pensé en todas las veces que mi padre había dicho «no pasa nada» cuando seguramente sí pasaba. Y comprendí algo que hasta entonces no había sabido poner en palabras: hay personas que parecen adultas porque han aprendido a tener miedo sin que se les note.

Mi padre era una de ellas. Yo también.

Miré la fotografía una última vez. Ya no veía a un padre y a un hijo, sino a dos personas que, separadas por el tiempo, habían sentido lo mismo. Y eso, extrañamente, me hizo sentir menos solo.

Dentro de unos días cumpliré años. 

Sigo sin tener ni idea. 

Pero ahora sé que él tampoco la tenía.