06 septiembre 2026

El nudo en el pelo

Hay un trayecto concreto que he hecho cientos de veces y que, sin embargo, nunca es el mismo: la carretera que me lleva de vuelta desde el norte, dejando atrás las orillas del Burejo, para devolverme al asfalto y las rutinas de la ciudad. Es un viaje de regreso que siempre tiene algo de fractura.

Aquella tarde, el silencio en el coche fue distinto. En el asiento del copiloto ya no viajaba la niña que se dormía antes de cruzar el primer peaje. Viajaba una adolescente silenciosa, con los auriculares puestos, la melena suelta tapándole media cara y esa distancia que empiezan a construir cuando descubren que tienen un mundo propio.

Durante las tres horas de viaje apenas cruzamos cuatro frases. Hablamos del tráfico, de los exámenes que tenía a la vuelta de la esquina y de si quería que paráramos a comprar agua. Respuestas monosilábicas.

Mirándola de reojo, me descubrí buscando en sus facciones a la cría que se empeñaba en rescatar mariquitas de los charcos. Intentaba descubrir en qué momento exacto el tiempo nos había cambiado el paso de aquella manera tan sutil y demoledora.

Al llegar a la ciudad, el tráfico nos recibió con su prisa habitual. Maniobré de memoria por las calles de siempre, aparqué en el garaje y apagué el motor.

Fue entonces, en la penumbra del coche y justo antes de abrir las puertas para sacar las maletas, cuando se quitó los auriculares, me miró y me dijo, con una timidez que no le conocía:

—Oye, papá... gracias por llevarme.

Fue un segundo.

Al encenderse la luz de cortesía del techo, me fijé en su pelo.

Llevaba todo el fin de semana negándose a peinarse, protestando cada vez que le sugería que se recogiera la melena, defendiendo con uñas y dientes ese aparente descuido que ahora parece formar parte de su manera de estar en el mundo.

Pero en la nuca, medio escondido, le quedaba un nudo de cabellos enredados con briznas de hierba seca y pelusa de chopo.

El rastro exacto de haberse pasado tres horas boca arriba en la orilla, mirando las nubes. Sin hacer nada. Sin prisas. Sin importarle demasiado cómo estaba el pelo, sin la obligación de gustar a nadie en una pantalla

Le había gustado el río simplemente porque el río la había dejado ser invisible.


Subimos el equipaje en el ascensor y entramos en la rutina de la semana que empieza. Mañana volverán las prisas, los correos sin responder y los semáforos en rojo.

Ella cerrará la puerta de su habitación y volverá a ponerse los auriculares. Yo seguiré haciendo las cosas de siempre.

Pero sé que dentro de unos días volveremos al norte. Volveremos a la misma carretera, a las mismas curvas, a las orillas del Burejo quedándose atrás por el retrovisor.

Hay un trayecto concreto que he hecho cientos de veces y que, sin embargo, nunca es el mismo.

Ahora sé por qué.