Y luego está Fernando.
Fernando no llega tarde. Fernando administra su llegada. Es diferente.
Para él, la hora de una reunión no es un momento concreto, sino una ventana de oportunidad: una franja horaria flexible que, con un poco de generosidad, puede desplazarse unos minutos.
—¿A qué hora es la reunión?
—A las nueve.
—Perfecto.
Fernando decía “perfecto” con una tranquilidad que siempre me preocupó. Era capaz de decirlo cuando el edificio estaba ardiendo.
La reunión empezó sin él. No porque nos gustara empezar sin Fernando, sino porque, llegado cierto momento, había que elegir entre esperarlo o empezar. Elegimos empezar.
Apareció unos minutos después, sin prisa, sin disculparse, con un café en la mano y esa expresión de quien acababa de llegar exactamente cuando tenía previsto hacerlo.
—Buenos días.
—Buenos días —contestamos todos.
Se sentó, abrió el portátil y miró la pantalla.
—¿Empezamos?
Lo miré. Él me miró. Nadie dijo nada.
Finalmente, alguien respondió:
—Llevamos cinco minutos esperando.
Fernando sonrió.
—Pues ya estamos todos.
Y ahí empezó la reunión.
El problema de Fernando no era que llegara tarde. El problema era que siempre tenía una razón. Si había tráfico, había tráfico; si había mucho tráfico, había mucho tráfico; si llegaba tarde a una videoconferencia, era culpa de Teams; si Teams funcionaba, era culpa de la conexión. Y si todo funcionaba perfectamente, siempre aparecía alguna “urgencia”.
Las urgencias de Fernando eran curiosas. Nunca eran urgentes para nadie más.
Aquella mañana teníamos que decidir una cosa bastante sencilla. Tan sencilla que alguien había preparado una presentación de treinta y siete diapositivas para explicarla.
Fernando escuchó durante veinte minutos y después levantó una mano.
—Yo creo que deberíamos darle una vuelta.
Aquella frase cayó sobre la mesa como una piedra.
“Darle una vuelta”.
No hay expresión más peligrosa en una oficina. Cuando alguien dice “creo que deberíamos darle una vuelta”, puedes estar seguro de vas a perder una semana.
—¿Qué propones? —pregunté.
Fernando sonrió.
—No lo sé todavía.
Naturalmente. Porque para dar una vuelta no hace falta saber adónde vas.
Basta con caminar.
La reunión terminó una hora después. No habíamos decidido nada, pero habíamos quedado en “darle una vuelta”.
Fernando se levantó satisfecho.
—Bueno, pues avanzamos.
No sabía muy bien hacia dónde, pero avanzábamos.
Salí de la oficina cabreado. Tenía otra reunión a las once y, esta vez, el que llegaba tarde era yo.
Bajé al garaje, arranqué el coche y descubrí que tenía poca gasolina. Muy poca. El indicador había dejado de ser un instrumento de medición para convertirse en una amenaza.
Paré en la gasolinera y después me encontré con un atasco. Un atasco de los buenos. Empecé repasando mentalmente mi agenda y terminé preguntándome si merecía la pena seguir siendo una persona responsable.
Nada ayuda más a una reflexión existencial que permanecer parado detrás de una furgoneta cuyo conductor parece haber decidido morir allí.
Miré el reloj. La reunión había empezado hacía unos minutos.
Llegué a la oficina y Fernando estaba en la puerta.
—Llegas tarde.
—Sí.
—La reunión era a las once.
—Lo sé.
—Llevamos ocho minutos esperando.
—Lo sé.
Sonrió.
—Bueno, por lo menos hoy no he sido yo.
Respiré y entramos.
Veinte minutos después, alguien preguntó:
—Entonces, ¿qué hacemos?
Miré alrededor de la mesa.
Y entonces me escuché decir:
—Yo creo que deberíamos darle una vuelta.
Fernando levantó la mirada. Durante un segundo nos quedamos mirándonos.
Después sonrió.
No dijo nada.
Y fue entonces cuando comprendí lo que estaba pasando.
No era que Fernando llegara tarde. No era que las reuniones fueran largas. No era siquiera que nunca tomáramos decisiones.
El problema era que llevábamos años intentando llegar a alguna parte sin haber decidido previamente dónde coño queríamos ir.
Quizá ese era nuestro verdadero problema.
Habíamos confundido movimiento con avance, una agenda llena con tener un propósito y contestar correos con hacer cosas. Habíamos convertido las reuniones en una especie de ritual mediante el cual conseguíamos sentir que estábamos trabajando sin la incómoda obligación de tener que decidir algo.
Y “darle una vuelta” era perfecto para eso.
Porque decidir implica equivocarse. Y equivocarse implica hacerse responsable.
En cambio, darle una vuelta no te compromete con nada. No cierra ninguna puerta, pero tampoco abre ninguna. Simplemente te permite seguir caminando.
Y quizá por eso nos gusta tanto.
Mientras estás dando vueltas puedes convencerte de que avanzas. Hasta que un día miras hacia atrás y descubres que has recorrido varios kilómetros, pero sigues exactamente en el mismo sitio.
Fernando cerró el portátil.
—Bueno, pues lo vemos.
Todos asentimos y nos levantamos. La reunión había terminado y no habíamos decidido nada, pero, curiosamente, nadie parecía preocupado.
Fernando se acercó a mí mientras salíamos.
—¿Un café?
—Claro.
Bajamos a la cafetería. Mientras caminábamos, me miró de reojo.
—Te estás convirtiendo en uno de los nuestros.
—¿Eso es bueno?
—Depende.
—¿De qué?
—De si algún día quieres llegar a alguna parte.
Sonrió y abrió la puerta de la cafetería.
Nos sentamos.
Fernando miró el reloj.
—¿A qué hora tenemos la siguiente reunión?
Miré el calendario.
—A las doce.
Eran las once y cuarenta y cinco.
Fernando me miró. Yo le miré.
Y esta vez fui yo quien sonrió.
—Tenemos una ventana de oportunidad.
Fernando soltó una carcajada y nos sentamos a tomar café.
Todavía quedaban quince minutos.
Lo suficiente para no hacer nada.
Pero con la tranquilidad de saber que, al menos, avanzábamos.
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