No hay grandes pensamientos al principio. Solo una
incomodidad constante, una conciencia nueva de que el tiempo ya no es infinito.
Y, casi sin querer, aparece esa imagen que tantas veces había despreciado: el
túnel. La luz al fondo.
Siempre me pareció un consuelo fácil. Algo que uno se cuenta
para no enfrentarse a lo evidente. Pero ahora no puedo apartarlo. No porque
crea en él sin más, sino porque hay algo en esa imagen que empieza a resultarme
extrañamente familiar.
No sabría explicarlo con precisión. No es un recuerdo. Es
más bien una sensación que aparece cuando dejo de pensar y me quedo en
silencio.
Como si ya hubiera estado ahí.
Me doy cuenta de que siempre he imaginado la muerte como una
salida. Un último paso hacia fuera, hacia algo desconocido. Un apagón. Pero hay
algo en esa idea que empieza a no encajarme del todo.
Porque ese mismo esquema —oscuridad, presión, avance sin
control y una luz al fondo— no pertenece solo a la muerte.
Pertenece también al otro lado, al inicio.
Al nacimiento.
Nunca lo había mirado así. Quizá porque el nacimiento
siempre lo vemos desde fuera, como espectadores de algo que ocurre a otro.
Pero, si lo pienso despacio, desde dentro tuvo que ser lo mismo: un espacio
cerrado, un empuje inevitable, una transición que no se entiende… y, al final,
una luz.
La misma secuencia.
El mismo recorrido.
La única diferencia es el sentido que le damos después.
Eso no me quita el miedo. Sigo sintiéndolo. Sigo pensando en
todo lo que dejaría atrás. En todo lo que no quiero perder. Pero hay momentos,
muy breves, en los que algo cambia.
No es tranquilidad. Es otra cosa.
Como si la muerte dejara de parecerme un lugar al que voy y
empezara a parecerse a un sitio del que ya vengo.
Hace unos días me sorprendí diciéndolo en voz baja, sin
pensarlo demasiado:
—No quiero desaparecer.
Y sigue siendo verdad.
Pero cada vez me pregunto más si desaparecer es lo que
ocurre.
Porque si ese túnel es el mismo, si esa luz no es un final
sino otra forma de empezar, entonces quizá no estoy dejando de existir.
Quizá estoy dejando de recordar.
Y esa idea, que al principio me inquietaba, empieza a tener
algo de descanso.
Porque si no recuerdo, no hay despedida.
Si no hay despedida, no hay pérdida como la entiendo ahora.
Solo hay un paso.
A veces cierro los ojos e intento imaginar ese momento sin
dramatismo. Sin grandes escenas. Solo el tránsito.
Oscuridad.
Presión.
Un avance que no controlo.
Y la luz.
No como una promesa, ni como una respuesta.
Solo como algo que ya estuvo ahí una vez.
Al final, vuelvo siempre al mismo punto.
A ese pasillo.
A esa luz.
Y a una pregunta que ya no suena igual que antes:
Si lo más parecido a morir es nacer…
¿y si nunca hemos sabido distinguirlos?
