08 julio 2026

El contacto

Hay una cosa de ir al dentista de la que nadie habla.

Y me extraña.

Porque hablamos del torno, de la anestesia, del precio... pero no del contacto físico involuntario.

Ayer me atendió una dentista.

Y, de repente, me di cuenta de que llevaba diez minutos sujetándole las tetas con los hombros.

No porque ninguno de los dos quisiera.

Es pura geometría.

Ella necesita acercarse.

Yo estoy tumbado.

Newton hace el resto.

Lo curioso es que ninguno hace el menor gesto. Ni un milímetro. Los dos decidimos, sin hablarlo, que aquello no estaba ocurriendo.

Es un pacto.

Como cuando coincides dos veces con la misma persona en un pasillo y ya no sabes hacia qué lado apartarte.

Hace unos meses me atendió un dentista.

Otro problema.

Aquel hombre trabajaba apoyando el paquete exactamente sobre mi codo izquierdo.

Ni alto.

Ni bajo.

Mi codo.

Toda la sesión.

Y otra vez nadie dijo nada.

Él concentrado en una muela.

Yo intentando averiguar si, legalmente, aquello contaba como contacto laboral.

Llegué a la conclusión de que las facultades de Odontología dedican demasiadas horas a las caries y muy pocas a la coreografía.

Porque hay posturas que exigen más ensayo que un número del Circo del Sol.

Cuando terminó, me dijo:

—Perfecto. Ya está.

Llegué a casa y mi mujer me preguntó:

—¿Qué tal el dentista?

—La muela, bien.

Me miró un momento.

—¿Y por qué llevas todo el rato masajeándote el hombro izquierdo?

Fue entonces cuando comprendí que, en realidad, el que había salido dormido de la consulta no era la mandíbula.

 

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