Les tranquiliza pensar que, en algún lugar del universo, existe un hilo invisible que une dos vidas mucho antes de que sus dueños aprendan siquiera a pronunciar sus nombres. Si ese hilo existe, dicen, tarde o temprano acabará tensándose hasta reunirlos.
Durante años yo también lo creí.
Era una idea cómoda. Explicaba demasiadas cosas: por qué conocí a Elena precisamente aquel otoño, por qué ninguno de los dos canceló aquella cena a la que ambos estuvimos a punto de faltar, por qué una conversación que debía durar diez minutos acabó ocupando el resto de nuestras vidas.
Contábamos nuestra historia como si hubiera sido inevitable.
Era más romántico que reconocer la verdad.
Porque la verdad es que aquel día estuve a punto de no ir. Había tenido una mala semana, me dolía la cabeza y cualquier excusa parecía suficiente para volver a casa. Elena tampoco quería salir. Había discutido con una amiga y pensó en enviar un mensaje de última hora para cancelar.
Ninguno de los dos lo hizo.
Durante mucho tiempo confundimos aquella coincidencia con el destino.
Hasta que descubrimos que el encuentro apenas había sido el prólogo.
Lo difícil vino después.
Aprender a pedir perdón sin esperar tener razón. Permanecer cuando el entusiasmo inicial dejó paso a la rutina. Entender que amar a alguien también consiste en aceptar sus silencios, sus miedos y las versiones de sí mismo que ni siquiera esa persona soporta.
Entonces comprendí que el amor no se parece a un milagro.
Se parece más a un oficio.
Nadie construye una casa colocando un solo ladrillo. Nadie conserva un jardín regándolo una única primavera. Sin embargo, esperamos que el amor sobreviva solo porque un día dos caminos se cruzaron.
Qué ingenuidad.
Los años pasaron con la discreción con la que pasan las cosas importantes. Llegaron las pérdidas, los cambios de trabajo, las enfermedades de los padres, las noches de insomnio, las alegrías pequeñas que nunca aparecen en las fotografías y las discusiones absurdas que, vistas con el tiempo, parecen inventadas por dos desconocidos.
Más de una vez pensamos que aquello se rompía.
Más de una vez decidimos repararlo.
Una tarde caminábamos por una avenida cualquiera. Hablábamos de la compra, de las vacaciones, de nada importante. El semáforo cambió a verde y Elena dio un paso para cruzar.
La sujeté suavemente del brazo.
Un coche apareció demasiado rápido por la esquina. Frenó con brusquedad antes de seguir su camino.
Ella me miró y sonrió.
—Siempre miras dos veces.
No supe qué responder.
Aquella noche recordé una reflexión de Stephen Hawking que había leído años atrás y que entonces me pareció ingeniosa, pero que solo comprendí de verdad después de vivir.
«Me he dado cuenta de que incluso las personas que dicen que todo está predestinado y que no podemos hacer nada para cambiar nuestro destino miran antes de cruzar la calle.»
Sonreí al cerrar el libro.
De pronto entendí que esa frase no hablaba del destino.
Hablaba de la responsabilidad.
Porque incluso quien cree que todo está escrito protege aquello que no quiere perder.
Quizá el destino exista. Quizá haya encuentros que el azar lleva siglos preparando. Quizá Elena y yo estábamos destinados a coincidir aquella noche en la que ninguno de los dos canceló la cena.
No lo sé.
Lo que sí sé es que el destino nunca ha preparado un desayuno, nunca ha pedido perdón después de una palabra injusta, nunca ha esperado despierto hasta oír unas llaves en la cerradura ni ha tomado una mano envejecida para recordarle que sigue siendo hermosa.
Eso siempre nos ha correspondido a nosotros.
Desde entonces, cuando alguien me pregunta si creo en el destino, respondo que sí, pero con una condición.
El destino puede decidir quién se cruza en tu camino.
El amor decide quién sigue caminando a tu lado.
Y, por si acaso, antes de cruzar la calle sigo mirando a ambos lados.

No hay comentarios:
Publicar un comentario