Reconocí tu letra antes de querer hacerlo. La forma de la “M”, ese leve temblor en las curvas, como si cada palabra dudara un instante antes de quedarse. Aun así, lo dejé sobre la mesa. Me serví café. Encendí la radio. Intenté que el día siguiera.
No siguió.
Lo abrí cuando el café ya se había rendido.
Dentro había una fotografía.
Nosotros.
El borde gastado, la esquina doblada —esa que siempre intentabas alisar con el pulgar—, la luz de aquel verano que parecía no tener final. Tú reías mirando fuera de cámara, como si el mundo fuera algo ligero, como si nada pudiera romperse. Yo te miraba a ti, sin saber que ese gesto iba a convertirse en un lugar al que volver durante años.
Apoyados en aquel coche que nunca arrancaba bien. El calor del metal subiéndonos por los brazos. Tu hombro rozando el mío. La certeza, entonces invisible, de que todo estaba exactamente donde debía estar.
Me senté.
La casa se quedó en silencio, pero no era un silencio limpio. Era denso, casi físico, como si cada objeto contuviera algo que no me atrevía a nombrar. Pasé los dedos por la imagen, despacio, como si pudiera despertar el calor de aquel día.
Y entonces la giré.
Tu letra, tenue, casi borrada:
“A veces siento que una parte de mí se quedó a vivir en esta foto.”
Algo cedió dentro de mí.
No fue un golpe. Fue más bien una grieta que ya existía y que, de pronto, se abrió lo suficiente como para dejar pasar la luz… o el dolor.
El tiempo no retrocedió. Se dobló.
Me devolvió exactamente allí.
Me quedé con la fotografía entre las manos, sin saber muy bien qué hacer con todo lo que regresaba. Porque no era solo un recuerdo. Era una vida que no habíamos terminado de cerrar.
Me levanté sin pensarlo demasiado.
Fui al dormitorio. A la mesilla.
Abrí el cajón.
Allí estaba.
Un sobre.
Amarillento en los bordes, ligeramente vencido por los años, como si también él hubiera esperado más de la cuenta. En el anverso, tu nombre y tu dirección, escritos con una versión de mí que ya no existe del todo. Le di la vuelta.
Y en la solapa trasera, aún estaba mi remite.
Nunca lo envié.
No recordaba cuándo lo escribí.
Pero sí el momento en que decidí no enviarlo.
Fue justo después de releerlo. Cuando entendí que, si lo mandaba, ya no habría vuelta atrás. Que todo dependería de una respuesta. O de su ausencia.
Y no supe qué me daba más miedo: perderte… o confirmar que ya te había perdido.
Ese instante en el que uno cree que aún hay tiempo. Ese segundo de más que, sin saberlo, lo cambia todo.
Lo sostuve entre los dedos. Apenas pesaba. Y, sin embargo, costaba levantarlo, como si dentro llevara todos estos años
Lo abrí.
Dentro había una fotografía.
La misma.
El mismo segundo robado al verano. La misma risa tuya que parecía no pertenecer a este mundo. El mismo yo, mirándote como si lo hubiera entendido todo sin entender nada.
La giré.
Mi letra.
“No he sabido encontrar el camino de vuelta desde aquel día.”
Tuve que sentarme.
Porque de pronto todo encajaba de una forma que dolía. Como entender algo demasiado tarde… y no poder dejar de entenderlo.
Habíamos hecho lo mismo.
Guardar el mismo instante.
Quedarnos a vivir en él.
Escribir, sin saberlo, la misma forma de ausencia.
Años enteros.
Dos sobres.
Dos silencios distintos diciendo exactamente lo mismo.
Dejé ambas fotografías sobre la mesa. Las miré como quien mira una prueba irrefutable. No de lo que fuimos, sino de lo que, de algún modo, no dejamos de ser.
Respiré hondo.
Cogí tu fotografía. La que había llegado. La que sí cruzó la distancia.
Busqué un bolígrafo.
La mano me tembló, pero no era duda.
Debajo de tu frase, escribí:
“Yo tampoco he sabido salir de aquí.”
Me detuve.
Y añadí, despacio, como quien por fin se permite no fallar otra vez:
“Pero todavía sé cómo volver.”
La tinta tardó un segundo en asentarse.
Después, con cuidado, guardé tu fotografía dentro del sobre antiguo. El mío. El que nunca salió.
Como si, al fin, ese camino que no supe recorrer entonces encontrara ahora su dirección.
Lo cerré despacio.
Y antes de salir, casi por impulso, le di la vuelta.
En la solapa trasera, repasé mi remite.
Esta vez, para no quedarnos otra vez sin decirlo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario