****Nota importante****
Para entender este relato, primero debes haber leído este otro.
https://www.viviracodazos.com/2026/03/la-teoria-del-slip-rojo.html
-------------------------------------------------
Cuando me encontré con el del calzoncillo rojo, yo también me estaba haciendo una prueba diagnóstica y encontraron algo malo.
Nada que te haga escribir el testamento en una servilleta del bar de abajo… pero sí lo suficiente para que el médico use esa voz de “vamos a repetir por si acaso” que te deja pensando si deberías empezar a coleccionar sellos o aprender a tocar la guitarra antes de que sea tarde.
Pero lo importante no era eso.
Era él.
El del calzoncillo rojo. Un rojo que apenas destacaba sobre su piel.
En un sitio normal, habría salido corriendo. Pero cuando te acaban de dar un susto médico, pierdes el criterio, la dignidad y la capacidad de asombro. Me quedé mirando a ese señor semidesnudo que caminaba como si le estuvieran poniendo música épica en la cabeza.
Pasó a mi lado con la bata al hombro y una sonrisa de influencer del apocalipsis.
Y entonces vi los tatuajes de cerca.
No eran tribales. Ni anclas. Ni relojes derretidos. Tampoco frases intensas de Paulo Coelho. No.
Eran números.
Entre otros, el precio de la gasolina.
El de ayer.
Con el IVA desglosado, céntimos sospechosamente precisos y una línea debajo que decía:
«Actualización en curso».
Pensé: bueno, cada uno gestiona su cuerpo como puede.
Parpadeé.
Y el número cambió.
Así. Sin aviso. Sin animación. Sin pudor.
De 1,63 a 1,67.
No era un tatuaje. Era una app de carne.
Me quedé mirando.
En el antebrazo tenía una barra de carga, como la de Windows cuando se queda colgado, y al lado, una lista de nombres con una tipografía diminuta.
El último nombre de la lista era el mío.
En ese momento, una señora tosió a mi lado.
Y juraría —no me hagas firmarlo, pero tampoco lo descartes— que uno de sus números se reajustó.
Como si recalculara algo.
Algo que no era gasolina.
Recordé el hospital. Las pruebas. El “vamos a repetir por si acaso”. Ese tono que usan los médicos cuando no quieren asustarte pero ya han empezado a hacerlo.
Entonces entendí. El demonio ya no aparece con azufre y tridentes; eso es marketing de la Edad Media.
Ahora trabaja con Big Data. Está en los hospitales porque es donde el mercado de almas está más activo: allí donde todos venderíamos un trozo de espíritu a cambio de un «todo está bien».
Le miré otra vez.
Uno de los números parpadeó.
No supe qué significaba. Pero supe que no quería preguntarlo.
Me miró. Sonrió. Y un mnontón de números parpadearon como si me hubiera reconocido.
Una enfermera pasó por detrás y dijo en voz baja:
—Lleva aquí toda la mañana, exhibiéndose.
Otra respondió, sin ni siquiera mirarle:
—Normal. Con ese cuerpo, yo también lo enseñaría… pero sin Excel encima.
Uno de los números volvió a cambiar. Siguió caminando, pavoneándose, como si llevar el IPC del averno escrito en el cuerpo fuera lo más normal del mundo. Como si su piel fuera Bloomberg pero con mal gusto y más abdominal.
Más tarde, al salir, me lo encontré en el aparcamiento.
Seguía en calzoncillos.
Ni chaqueta. Ni sudadera. Ni una mala excusa. Nada.
Como si vestirse fuera un concepto opcional.
Discutía con una señora:
—Joven, abríguese, que se va a quedar frío y va a acabar en el infierno —le recriminó ella con autoridad materna.
—Señora, vengo de allí y le aseguro que la calefacción está altísima —respondió él con una sonrisa perfecta.
Me acerqué.
Le miré.
Miré los números. Seguían cambiando.
—Tranquilo —le dije—. No hace falta que me enseñes más.
Me sostuvo la mirada. Un segundo largo.
Como si estuviera a punto de actualizar un último dato.
Pero no.
Se subió a un Fiat Multipla con matrícula «666-DMN» —lo cual ya es bastante castigo— y se fue pegando un acelerón innecesario, como todos los demonios con inseguridades.
Desde la ventanilla tiró un puñado de confeti rojo.
Al caer, brilló un instante como si fueran brasas.
Parpadeé.
Y de nuevo era papel.
Me quedé allí. Tranquilo. Porque al final lo mío no era nada grave.
Pero desde ese día tengo una costumbre nueva:
Cuando veo un tatuaje…
compruebo si cambia.
Y aun así, cada vez que paso por un hospital, miro de reojo.
Por si aparece.
El de rojo.
.jpg)
No hay comentarios:
Publicar un comentario