Había banderas raras, gente disfrazada de medieval, barbas sospechosas y nadie parecía estar trabajando.
—Xa dicía eu —murmuró—. Festa grande. Isto ten comisión seguro.
Miró alrededor con calma, buscando lo importante.
—O palco estará por aí… e o bar tamén, porque sen bar isto non arranca.
Un grupo de hobbits pasó corriendo delante de él y Manolo asintió, tranquilo.
—Os nenos xa van algo cargados, pero bueno, mentres non rompan nada…
Aragorn se le acercó con toda la solemnidad que dan los años de sufrimiento y una barba bien llevada.
—Eres un viajero de tierras lejanas. El destino de este mundo depende de ti.
Manolo lo miró despacio, de botas a espada, evaluando el disfraz. Iba vestido como para una despedida de soltero medieval.
—¿Y tú quen eres, el de seguridad?
Aragorn parpadeó.
—Necesitamos tu ayuda. El destino del mundo depende de este anillo.
Aragorn respiró hondo, metió la mano bajo la capa y sacó una pequeña cadena.
De ella colgaba un anillo dorado, sencillo, pero con ese brillo que hace que todo el mundo se calle sin saber muy bien por qué.
Lo sostuvo un instante entre los dedos, con respeto.
—Este es el Anillo Único. Sobre él pesa el destino de todos los pueblos libres.
Manolo lo miró un segundo, ladeando la cabeza.
—¿Ese?
Aragorn asintió y se lo tendió con cuidado, como quien entrega algo delicado.
Manolo lo cogió sin ceremonia, lo acercó a los ojos, lo miró a contraluz, se lo intentó meter en el dedo meñique. No entró.
—Esto es bisutería, home. En la feria de Xinzo los venden a puñaos.
Antes de que pudiera reaccionar, apareció Gandalf, apoyado en su bastón, encantado de escucharse.
—Ese anillo que llevas fue forjado por Sauron en tiempos antiguos. Su poder es inconmensurable y puede condenar a todos los pueblos libres.
Gandalf habló largo y tendido. De guerras, de oscuridad, de sacrificios necesarios y de esperanza. Manolo lo dejó hacer, porque cortar al del pregón siempre queda feo.
Cuando Gandalf terminó, satisfecho, se hizo un silencio solemne.
Manolo respiró hondo… y el cuerpo le jugó una mala pasada.
—Brrruuuaaaap…
Se quedó un segundo quieto, como evaluando daños, y luego se limpió la boca con la manga.
—Perdón, eh. Isto escapóuseme sen querer, que teño o bocata dando voltas.
Miró alrededor, conciliador.
—A ver… igual é cousa miña, eh, pero se isto é tan perigoso, igual convén ir ao grano, que logo pecha a cantina.
La Compañía se puso en marcha. Frodo caminaba decidido, Sam cargaba con todo, Legolas miraba al horizonte como si buscara fuegos artificiales y Gimli se quejaba porque también forma parte del folclore.
Manolo iba detrás, sin apuro.
—¿Isto sempre é costa arriba ou é que a procesión vai polo sitio malo?
En las Minas de Moria apareció el Balrog, envuelto en fuego y sombras, rugiendo como una cosa antigua y enfadada que llevaba siglos sin ventilar.
Todos se quedaron quietos.
Manolo ladeó la cabeza, lo observó con atención y frunció un poco el ceño, no por miedo sino como quien recuerda algo importante.
—Ah… vale. Xa sei o que che pasa.
El Balrog avanzó, levantando el látigo, convencido de que aquello iba a ser rápido.
Manolo dio medio paso adelante, se plantó bien, infló el pecho con intención clara y respiró hondo, muy hondo, como quien abre una herramienta conocida.
—Toma nota, que logo non repito.
Le sopló el eructo directamente a la cara.
—Brrrrrrruuuaaaaaap…
El aire se volvió espeso al instante.
Un olor brutal a chorizo curado, ajo, pimentón y fiesta patronal se expandió con orgullo gastronómico.
—Toma, chorixo coma Deus manda. Denominación de orixe —añadió Manolo, tranquilo.
El Balrog se quedó clavado.
Parpadeó.
Intentó rugir, pero solo consiguió un sonido húmedo y decepcionante.
Dio dos pasos atrás, se llevó una garra al pecho y cayó de espaldas, inconsciente, derrotado por algo que no figuraba en ninguna profecía.
Manolo lo miró caer y asintió.
—Había boa materia prima.
Gandalf tardó unos segundos en reaccionar.
—Has derrotado a una criatura primigenia del mal.
Manolo se encogió de hombros.
—Xa… cando o chorixo é coma Deus manda, nótase.
En el Monte del Destino, Frodo temblaba con el anillo en la mano.
—No puedo… es demasiado poderoso…
Manolo lo miró con una paciencia casi pedagógica.
—Mira, rapaz, isto é coma un viño picado: ou o tiras ou che vai sentar mal.
Cogió el anillo, lo lanzó al volcán y observó cómo desaparecía en la lava.
Respiró hondo y dejó escapar un último eructo suave, cansado, de trabajo terminado.
—Brrruaap…
—Bueno, pois xa estaría. Un oruxo caería ben, e logo xa se ve.

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