Me tocaba prueba médica. De esas que empiezan con una frase inquietante: “Desnúdate de cintura para abajo y ponte esta batita”. La batita. Esa prenda diseñada por alguien que odia profundamente la dignidad humana. Tela fina. Abertura estratégica por detrás. Talla única universal (traducción: no le queda bien a nadie). Una prenda que no tapa: delata.
Yo, que normalmente tiro de “algodón funcional sin glamour”, hoy había tenido la razonable idea de ponerme un calzoncillo presentable. Nada extremo. Nada rojo Ferrari. Simplemente uno que no gritara “me visto en packs de 12”.
En la sala de espera íbamos desfilando los pacientes convertidos en miembros de una secta extraña: caminando con pasos cortos de geisha, sujetando la tela por detrás, con la dignidad sostenida a pulso. Miradas al suelo. Silencio incómodo. Corrientes de aire traicioneras.
Entro yo, sujetándome la bata por detrás y me recibe una enfermera con esa sonrisa profesional que dice “Tranquilo. He visto cosas que vosotros no creeríais.”
Y entonces se abre la puerta de la sala de pruebas y emerge él.
No, realmente no emerge: irrumpe.
Un Tarzán de polígono industrial. Bata en la mano. En la mano. Como quien lleva una bolsa del supermercado que ya no necesita. Slip rojo marcapaquete, de esos que exigen un contexto festivo y un físico colaborador. Sin pack que justificara semejante despliegue, pero con una seguridad que cotiza en bolsa. Tatuajes hasta en el DNI. Pelo cuidadosamente engominado en modo “he venido a que me miren”. Parecía patrocinado por una discoteca de extrarradio.
Pero lo verdaderamente inquietante no era el slip. Era su actitud.
Caminaba despacio. Muy despacio. Como si las baldosas del hospital fueran su alfombra roja particular. Miraba alrededor con una mezcla de desafío olímpico y satisfacción mística. Como si estuviera ofreciendo al mundo una revelación espiritual en forma de algodón elástico. Se detenía. e recolocaba el paquete con un gesto innecesariamente teatral, como quien ajusta una corbata antes de una reunión importante. Se pasaba la mano por el torso tatuado como quien pule una obra de arte contemporáneo.
La enfermera, pobre criatura, sufrió un microsegundo de cortocircuito facial. Esa expresión que mezcla “esto no está pasando” con “no me pagan suficiente”. Intentó mantener la compostura mirando a un punto indeterminado del techo, quizá rezando a la patrona de la sanidad.
Nadie sabía dónde mirar. Al suelo, mal (¿y si ves un reflejo?). A la pared, sospechoso. Mirarlo a él era quedar ciego por radiación de ego.
Y él seguía. Paseándose. Girando sobre sí mismo agitando la bata como si estuviera cerrando un desfile. Se la puso sobre el hombro. Sobre el hombro. Como una capa. Como un superhéroe de la exhibición gratuita.
Finalmente decidió que el vestuario era un concepto interesante y se marchó con la serenidad de quien cree sinceramente haber mejorado el día de todos los presentes.
Yo entré a mi prueba abrazado a mi batita, sintiéndome de repente la persona más recatada del edificio.
Y ahí llegó la epifanía.
Siempre se dice lo de arriba, que cuanto más bonita es la ropa interior de una chica, más probable es que alguien acabe viéndola. Como si el encaje fuera una estrategia diplomática. Como si hubiera una correlación entre puntilla y exhibicionismo.
Pero después de ver a Tarzán de los Polígonos, creo que la teoría necesita revisión urgente.
Porque la ropa interior bonita no significa “quiero que la veas”.
Significa “me gusta a mí”.
En cambio, el slip rojo reflectante, en un pasillo de hospital, con bata opcional y giro escénico incluido… eso no es ropa interior.
Era un grito de auxilio narcisista. Una solicitud formal de atención con acuse de recibo y sello de urgencia.
Así que no, la diferencia nunca estuvo en lo que se lleva debajo.
Está en la intención.
Hay quien se pone algo bonito por autoestima.
Y hay quien se pone algo rojo alarma antiaérea porque, si no lo miran, siente que deja de existir.
Conclusión científica del día:
La lencería femenina puede sugerir misterio.
El slip rojo en un hospital solo sugiere que alguien necesita un abrazo… o medicación.
Probablemente ambas.

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