Siempre he creído que la religión es el bálsamo más tierno para lo que nos desgarra por dentro: un mapa dibujado para navegar el caos que nos ahoga, una estructura frágil donde encajar los pedazos rotos de lo inexplicable.
Pero el alma humana es insaciable en su búsqueda de sentido, y no todos nos arrodillamos ante altares. Algunos alzan la vista a las estrellas, buscando consuelo en su fuego distante.
Yo... yo me refugio en los números. En su frialdad aparente, que a veces se quiebra y deja salir un latido.
Un día, sin saber por qué, giré el papel.
El versículo 13:18 del Apocalipsis dice:
¿Y ahora qué?
Porque durante años, creí que el nueve era un faro. Ahora dudo.
Mi nacimiento, mi padre y su muerte, ella, mi futuro... todos los hilos de mi vida convergen en esta fecha, pero no para unirme a un destino, sino para inmovilizarme ante lo que siempre temí: que no hay un designio, solo patrones que inventamos para no enloquecer.
Y que el mayor de los engaños no es que el universo nos hable, sino que nosotros estemos tan desesperados por escuchar su silencio que le inventemos una voz.
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Y entonces pasó otra cosa, de las que no quieres que pasen.
Noticia de salud. Mala. Mala de cojones.
Y ahí, de repente, todo esto de los números dejó de tener bastante sentido. Porque cuando te dicen algo así no piensas en patrones ni en coincidencias ni en historias que encajan; piensas en otra cosa muy distinta.
Pasé miedo. Mucho. Del de verdad, del que te desordena la cabeza y te coloca en un sitio en el que no quieres estar.
Me programaron una cirugía urgente. Primero para el 15/04/2026. Luego la cambiaron al 18/04. Y después, otra vez, al 22/04.
Cada cambio era peor que el anterior: más espera, más vueltas, más tiempo para pensar lo que no quieres pensar. Y ahí ya no había magia, ni números, ni nada que se pareciera a una historia curiosa. Solo incertidumbre.
O eso parecía.
Porque al final fue el 22/04/2026. Y claro, haces la suma casi sin querer: 2 + 2 + 0 + 4 + 2 + 0 + 2 + 6 son 18, y 1 + 8 vuelve a ser 9.
Otra vez.
El mismo número que aparece cuando algo se cierra, o cuando al menos tienes la sensación de que algo ha llegado a su sitio, aunque no entiendas muy bien por qué.
La operación salió bien.
Y aquí es donde ya no sé muy bien qué pensar.
Quiero decir: puedo seguir diciendo que son casualidades, que estoy viendo patrones donde no los hay, que el cerebro hace estas cosas cuando le da por ahí.
Pero claro, también podría empezar a asumir que, si el número va a seguir apareciendo, al menos podría avisar con un poco más de antelación la próxima vez.
Por ir organizándome, más que nada.


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