Ya he contado que hace unos años trabajé en los servicios centrales de una entidad bancaria. Allí, entre balances y reuniones eternas, descubrí que el verdadero reto no estaba en los números, sino en sobrevivir a Cruella, nuestra jefa.
Era una mujer grande, fea de cojones e imponente en general, con un carácter tan oscuro que cualquiera diría que su currículum lo había firmado el mismísimo Lucifer.
Cruella no necesitaba despacho. Su maldad era lo suficientemente expansiva como para no necesitar paredes. Abarcaba cualquier espacio en el que estuviera.
Llegaba cada mañana con su bolso gigante y una expresión que parecía decir:
—Hoy os vais a acordar de mí.
Bastaba con oír sus pasos para que la oficina bajara el volumen. Las conversaciones se apagaban, las risas desaparecían y cada uno volvía la mirada hacia su pantalla con una concentración repentina y sospechosa.
Acercarse a ella para proponer algo era una actividad de riesgo. Y cuando respondía, lo hacía con una sonrisa tan cínica que uno no sabía si irse a llorar al baño o felicitarla por la precisión con la que acababa de destrozarte la mañana.
Pero lo peor no era su tono ni su mirada. Era su absoluta incapacidad para mostrar el menor rastro de humanidad.
En el departamento circulaba una frase que acabó convirtiéndose en nuestro mantra:
—Cruella no es mala. Es peor. Si alguna vez quieres conocerla de verdad, tendrás que invocarla con un pentagrama y dos velas negras.
Nadie sabía quién la había inventado. Tampoco nos importaba. La repetíamos con el fervor de un rezo desesperado.
A veces el humor negro era lo único que nos quedaba.
Un día, precisamente ese humor nos jugó una mala pasada.
Habíamos conseguido arrancar unos segundos de alivio riéndonos de lo surrealista que era nuestro día a día. Éramos varios alrededor de una mesa, intentando contener la risa, cuando ocurrió algo extraño.
El aire de la oficina pareció enfriarse.
Una de las luces parpadeó.
Un ordenador se apagó sin motivo.
Dejamos de reír.
Algunos levantaron la cabeza.
Y entonces apareció.
Cruella avanzó entre las mesas con paso lento. No tenía ninguna prisa. Nunca la tenía. Cuando llegó al centro de la sala, dejó caer su bolso sobre una mesa.
Pum.
Nos miró.
No dijo nada.
No hacía falta.
Fue recorriendo nuestras caras una por una, como si estuviera intentando identificar al responsable de algún delito especialmente desagradable.
Nadie respiraba.
Finalmente, levantó una ceja.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Nada —respondió alguien.
Cruella siguió mirándonos.
—Ya.
Y se marchó.
Eso fue todo.
No hubo gritos. No hubo amenazas. Ni siquiera una bronca.
Pero durante los siguientes diez minutos nadie volvió a reírse.
Cruella tenía ese don.
Convertía cualquier situación en una derrota.
Si algo salía bien, el mérito era suyo. Si salía mal, la culpa era tuya. Siempre había una explicación que la dejaba a salvo.
Una vez conseguimos terminar un trabajo especialmente complicado antes de la fecha prevista.
—Era lo que había que hacer —dijo.
Otra vez cometimos un error que, sinceramente, no tenía demasiada importancia.
—Esto demuestra una falta de criterio preocupante.
Entre una cosa y otra, fuimos aprendiendo.
No había que esperar reconocimiento.
No había que buscar justicia.
Y, sobre todo, no había que hacer bromas cuando Cruella estaba cerca.
Aunque, según algunos compañeros, ni siquiera hacía falta que estuviera cerca.
Decían que las impresoras se atascaban cuando pasaba junto a ellas.
Yo no creía en esas cosas.
Hasta que me ocurrió.
Al final sobreviví a aquella etapa. Salí de allí con un máster en paciencia y una colección considerable de anécdotas sobre aquella mujer que había conseguido convertir un departamento bancario en una especie de sucursal del infierno.
Con los años he conocido jefes malos, jefes insoportables y jefes que confundían dirigir con hacer sufrir.
Pero ninguno como Cruella.
Quizá porque, en el fondo, Cruella no era solamente una mala jefa.
Era una categoría profesional.
Y, por lo que sé, todavía existe.
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