20 junio 2019

Papá


Mi padre es administrativo, tiene las manos pequeñas y cuando yo era un niño, olía a tabaco negro y al frío de la calle.

Cuando volvía de trabajar traía cara de sueño porque madrugaba mucho, y muchas veces, una sorpresa.

Mi padre ya no vive. Le echo de menos.

Tuvo manos pequeñas, y hasta hace poco, muy poco, siempre me trajo sabios consejos y soluciones cariñosas.

Mi Padre hoy ya no me puede invitar a comer.

Te quiero Papá.

*- Escrito el primer día del padre sin mi padre.

#quesuertehetenido

14 junio 2019

Lógica

Los meteorólogos, cuando coinciden en el ascensor, hablan de cosas profundas.

PD – Hoy he tenido un viaje incómodo en el ascensor y hemos hablado, como no, del tiempo.

12 junio 2019

Proverbios chinos

Siempre he creído en los proverbios chinos. Como hay tantos chinos, entiendo que alguno llevará razón y tomo en serio sus cosas.

Quizá por eso recuerdo una conversación con una amiga con la que después de un rato arreglando el mundo, terminó con una frase lapidaria: "He pensado mucho en estas cosas y la solución estaba en un libro que leí hace años —dijo mientras miraba al suelo pensativa—. En una aldea china, una chica joven e inexperta preguntó a la mujer más anciana si la vida es triste o no, y la anciana le respondió con un escueto sí."

Desconozco el título del libro, pero la frase es cierta. Como a la anciana, la vida te enseña que sufres para tener un respiro y después, volver a bajar. No sé qué me deparará el futuro, pero por si acaso, putos chinos.

Añado un epílogo: creo que el hombre, cuando alcanza la madurez, percibe la realidad de la vida. A veces el viaje no ha merecido la pena. Y lo que queda es aún peor.

10 junio 2019

El miedo de mi amigo

Tengo un amigo grandote con pinta de bruto y una fina inteligencia que habitualmente lo lleva a pisar las alfombras de la lógica y lo razonable. Es de provincias y adorna lo que dice con un aire rústico que le hace muy auténtico. Estas, otras muchas virtudes, y una amistad de años hacen que confíe en él y en su criterio. Por eso es el único en el trabajo que sabe de mis pastillas.

El otro día andaba con él tomando algo junto a la máquina de café y surgió la historia de Melendi, el compañero que se sienta frente a mí.

Melendi es un tío delgado, cuarentón y risueño que una mañana se encontró regular y fue al médico para que le diagnosticaran tensión alta. Un par de días después volvió a suceder, y su tensión todavía más alta la resolvió el médico con una recomendación de que no tomar sal y algo de dieta. Al final, en una de sus demasiado habituales visitas, topó con alguien competente que le dedicó tiempo y resolvió que  a pesar de su aspecto exterior, su corazón estaba seriamente enfermo. Tanto que le han operado de urgencia para implantarle tres bypass. 

Ha tenido suerte. Tiene críos y una esposa a la que adora, de no operarse cualquier mañana habría caído muerto sobre el teclado para convertirse en una simple historia de esas que llenan los pasillos de corros. De momento tiene tiempo extra, por lo que la vida no ha sido mala del todo.

Entre sorbos, mi amigo grandote y yo hablábamos de lo frágiles que somos y de que por mucho que lo ignoremos, colgamos de un hilo tan fino que puede quebrarse en cualquier momento. Pensé que no me da miedo morir, pero quiero ver crecer a mi hija. No hacerlo sería horrible, por lo que deseo febrilmente vivir.

Mi amigo decía que las enfermedades físicas le dan miedo, pero las percibe tangibles y cercanas y le dan menos respeto que las del alma -o la cabeza, por decirlo en claro-. Piensa, con su innata sensatez, que enfermedades como la depresión o la angustia son globos pinchados que vuelan descontrolados y no se sabe donde acabarán. Y es cierto que alguien como Melendi tiene un cuerpo enfermo pero una mente sana que lucha por vivir, y sin embargo la otra enfermedad, la que da miedo a mi amigo, produce cuerpos sanos que quieren morir. Y eso me da miedo. 

Como a mi amigo.

03 junio 2019

Pensadlo


Cuando alguien, hablando de otro, dice "es muy inteligente, pero..." habla de un jodío vago.

Pensadlo.

30 mayo 2019

El descubrimiento

Nunca estudió, pero tampoco le hizo falta. Era despierto y habilidoso con las manos, por lo que no tuvo problemas para ganarse la vida.

Desde pequeño le gustó desmontar cosas para conocer su funcionamiento. Quería entender los pequeños componentes del todo, separándolos en sus piezas básicas para luego volver a unirlas.
Acabó convenciéndose de que los tornillos eran la clave. Pequeños giros en espiral que componían y descomponían cualquier cosa en elementos mas fáciles de comprender. Hombre previsor, siempre llevaba en el bolsillo de su camisa un destornillador y una libreta en la que apuntaba las cosas importantes.

Hace ya tiempo noté que su cuerpo se consumía y su mirada se tornaba vidriosa. Pero era reservado y resultaba difícil preguntarle. Una mañana me llevó a un rincón del bar donde habitualmente desayunábamos. Con voz entrecortada me contó lo que había descubierto.
Sacó su libreta y con dedos temblorosos se puso a señalar las cosas que ya sabía. En tono confidencial me hizo saber que nunca se lo había contado a nadie, pero se acercaba a la clave y necesitaba compartirlo.

La primera vez que lo notó fue una mañana mientras se afeitaba. El giro del agua en el lavabo formaba una espiral. Comprendió que el agua era atornillada por fuerzas que no adivinaba a comprender. Y su mente despertó.

Vio guiños de conocimiento en aspectos más complejos. Descubrió que el 666 que simboliza al Demonio representaba tres pequeñas espirales que sólo los más despiertos percibirían como tres giros de tornillo.

Su contrapeso eran las iglesias. Sus plantas, siempre en forma de cruz, representaban cabezas de tornillos con los que Dios clavaba su presencia a la tierra.

Descubrió los tornados y su destrucción. Percibió con total claridad la espiral que los componía y la energía con que el Demonio azotaba la tierra. También supo que Dios creó galaxias que giraban en espiral, y olas que rompían cuando su espiral terminaba. El misterio funcionaba a todas las escalas.

Su descubrimiento se tornó en asombro cuando en un documental vio que el ADN, la esencia de todos nosotros, se componía de dos espirales, una imbricada en la otra. Una era de Dios y otra del Diablo. Representaban el inestable equilibrio de fuerzas que nos hace a cada uno distinto de los demás.

También vio en el movimiento de los relojes una espiral inmensa que conducía a un final después de muchos giros.

Concluyó que todo era cierto. Un plan de dimensiones cósmicas.

Unos días después de nuestra conversación no acudió a desayunar. Al día siguiente fueron a buscarle y le encontraron sentado en el sofá. Su cuerpo seguía vivo, pero su mente se había ido. Tenía un destornillador fuertemente agarrado y clavado en una radio que reposaba en sus rodillas. El tornillo que intentaba quitar tenía la rosca pasada y giraba sin fin.

Desde entonces he pensado mucho en lo que me contó. Por cierto que la hoja en la que escribo acaba de caer al suelo.

Girando en espiral.

23 mayo 2019

Narcosabiduría

Ya sabemos que toda oficina cuenta con empleados ambiciosos, A.K.A. trepas: todos hemos coincidido con alguno.

Tienen la inexplicable capacidad de escalar posiciones. Y sobre como lo hacen ya he escrito bastante.


En principio no parecen tener más experiencia ni ser más inteligentes que el resto, pero poseen alguno de los rasgos de la personalidad que los psicólogos llaman la “triada oscura”:


  • manipulación o tendencia a influir en otros para beneficio propio
  • narcisismo que denota una gran admiración hacia uno mismo,  
  • personalidad antisocial, asociada a una falta de empatía por los demás.

Pero falta un factor, que no es de personalidad, sino social. Me resulta cuando menos llamativo, tratándose de seres antisociales: también son expertos en forjar alianzas políticas con los demás, pero sobre todo entre ellos. Resulta que estarían dispuestos a matarte por un puesto, pero entre ellos se respetan.

Y el mejor resumen que he escuchado sobre este punto lo escuché el otro día viendo la serie Narcos. Don Berna, uno de los personajes, explica a otro el porqué de una inesperada alianza.

- Usted y yo somos como la serpiente y el gato. Si la serpiente puede, mata al gato. Y si el gato puede, mata a la serpiente. Pero a veces, los dos ven una rata bien grande... y ambos se la quieren comer.

Que no es necesario ser culto para ser sabio, vaya. El amigo Berna me tuvo rascándome la cabeza un buen rato después de escuchar su frase.

10 mayo 2019

Apuestas

Siempre fue brutal. El padre de mi madre, digo. Porque Maximino era brutal. Tuvo un perro al que pegaba a menudo, y años antes un burro al que dio tantos palos que un buen día se rebeló y  le devolvió tal coz que casi le deja en el sitio.

Escarbando en su vida, esa atroz personalidad parece casi normal. Nació en un pueblo donde todos debían ser un poco salvajes. Siendo ya anciano me contó una historia sobre dos paisanos suyos que apostaron para ver quién era capaz de comer más guindillas. Uno de ellos era “Ovejoto” -apodo ganado por ser pastor- y del otro no sé nada, pero sé que llevaron la apuesta tan lejos que uno de ellos falleció en el intento. Quiero pensar que al menos ganó, pero esa parte no la conozco.

Pese a todo, Maximino fue un chico guapo y de buena familia. Además contaban que era inteligente. Un chico con futuro. Esas virtudes le llevaron a comprometerse con Ciriaca, la hija de los ricos del pueblo.

A su vez, en el mismo pueblo, la joven Juliana estaba comprometida con un tal Santiago, el guapo del pueblo. Juliana era conocida como “la niña”, por ser una niña bonita. De su familia sé poco, pero debían tener dinero porque una hija de Juliana, con muchos años ya, recuerda que la casa familiar era grande y tenía cuadros por las paredes. Además, todo el mundo se dirigía a su abuela llamándola “Doña”.

Comprometidos Maximino y Juliana, surgió una apuesta. Otra. Alguien, probablemente ellos mismos, quiso saber si eran capaces de abandonar sus compromisos y casarse con la prometida del otro. Dicho y hecho. Abandonaron los trajes de boda pensados para otro, las promesas matrimoniales, y trataron de casarse con la otra pareja.

De Santiago no sé nada, pero de la pobre Ciriaca sé que siguió soltera para siempre. Su familia, herida en el orgullo, desafió de tal forma a Maximino que tuvo que dejar todo atrás y huir en bicicleta  -casado, eso sí- a otro pueblo.

Mi madre me contó que mi abuela siguió toda la vida mencionando a Santiago de vez en cuando. Pero lo impresionante se da al fallecer Juliana. Maximino, al poco de enviudar, envió a un hijo a buscar a Ciriaca, a la que ya no encontró. Tanto la recordó, que pidió ser enterrado con el traje que tenía para casarse con Ciriaca. Lo guardó toda su vida,  esperando usarlo algún día. Y doy fe que lo consiguió, porque con esa ropa está enterrado. Sesenta años y ocho hijos después, honró a la novia que abandonó y no a la esposa que tuvo. Cuatro vidas destrozadas por un orgullo que les llevó al delirio y al infortunio.

Hasta esto tiene una moraleja. Nuestro tiempo es tan breve que en materia de felicidad siempre es mejor una hora antes que un minuto después. Ciertas cosas hay que resolverlas a tiempo.

* - La historia parece literiaria, pero es cierta como la vida misma.

02 mayo 2019

Preposiciones deshonestas

Al banco que me dió la primera oportunidad llegué para currar en el departamento de Banca Telefónica. Un sitio lleno de gente joven trabajando en una colmena de cabinas alineadas por pasillos. El ambiente mezclaba hormonas, ilusión y bullicio a partes iguales. Pagaban poco, currabas mucho, y prometían promoción si lo hacías bien.

El jefe era una bestia. Conocido como “el Yayo”, o “la gárgola”, era bruto y listo a un tiempo, uno de esos viejos que se hacen notar y destilan mala hostia cada vez que respiran. Decía que su departamento era un cortijo y tenía razón: lo que pasaba detrás de la puerta era muy distinto a lo que pasaba fuera. Allí mandaba él, y punto.

El Yayo gestionaba su cortijo con la actitud de un sargento en un campo de concentración. Cuando se aburría salía del despacho con las manos a la espalda y caminaba lentamente entre los pasillos volviendo la cabeza a  derecha e izquierda. Todos disimulábamos acojonados, porque se estaba cociendo una hostia. Una vez elegía víctima, se detenía tras su silla y escuchaba la conversación. Transcurrían  a veces segundos, a veces minutos, pero al final aparecía el fallo, daba igual si real o imaginario, porque entonces surgía el Aníbal Lecter de Carabanchel. Arreciaba su cólera y gritaba soltando perdigones de babas mientras aleteaba con los brazos para argumentar sus razones. Ahora me hace gracia, pero coño, a primera hora resultaba un pelín brusco.

También resultaba divertido saber que no tenía ni puta idea de lo que se hacía en el departamento. Cuando le surgía una duda, llamaba a  una víctima a su despacho. Si te quedabas fuera te reías viendo los sudores del que entraba. Pero si te tocaba entrar, ya no molaba.
Entrabas, te sentabas y te preguntaba como resolverías la cuestión. Una vez respondías, ya tenía argumento. El tuyo. Y el muy perro te lo agradecía montando un pollo de los suyos (aleteando, babeando…), para acabar diciendo que no tenías ni puta idea -como él, vamos- y que lo correcto era su respuesta, que era la tuya levemente matizada. Menudo cambio... Le dabas una respuesta y te llevabas una hostia. 

Lo bueno de un tío tan obtuso es que cohesionaba el departamento. En su contra, claro. Tengo buenos amigos, y en gran parte creo que se lo debo al Yayo. Todavía me río con sus historias, como cuando llamó a un director para echarle la bulla y después de diez minutazos chillando como un energúmeno se dio cuenta de que se había equivocado de persona, o cuando mis compañeros encontraron una caja de condones en su mesa y los pincharon uno a uno…
Pero como decía al principio, también era listo. Mucho. Enorme en la visión estratégica, era capaz de ver las cosas desde arriba y trocear los problemas en lonchas finitas que manejaba con facilidad. Y lo hacía casi sin pensar. Nunca ha dejado de asombrarme tanta clarividencia.

Como la vida es larga y donde las dan las toman, al final apareció un nuevo jefe alemán, y con la frialdad que le caracterizaba, le quitó la silla y el trabajo. Le jubiló a la fuerza y le cambió  el cortijo por su piso de Carabanchel y el despacho por un sofá frente a la tele.

Ahora el Yayo hace cuentas de que ha tenido más de doscientas personas a su cargo, pero sólo mantenemos el contacto cuatro amigotes que de vez en cuando quedamos con él a cenar. No depender de él ha facilitado las cosas, porque nos permitimos hablar como colegas y le vemos desde un prisma distinto, más de abuelo bonachón que de señor Lecter de barrio. Incluso hablamos de las ganas que tuve de  abandonar ese trabajo. Y como siempre, lo resumió con afilada inteligencia. 
El problema es sólo una cuestión de preposiciones: -nunca te vayas “de” porque te equivocarás y asumirás riesgos innecesarios. Vete “a”, porque será una decisión meditada-.
Así de fácil.

Pero qué feo, qué viejo y qué listo que eres, Yayo. 

* - Yayo, sabes que en el fondo, te aprecio.

28 marzo 2019

El salón blanco

El pasado viernes mi jefa nos invitó a comer. Algún libro de management debe sugerir organizar comidas, porque con su profunda sociopatía, sé que no le apetecía. Estaba fuera de lugar.
Pensé mil excusas para escaquearme, pero no pudo ser. 

Nos llevó a la calle Serrano, a un sitio fino de cojones. Tanto que me costó entender que el señor que nos recibió era un camarero. Parecía un directivo el cabrón. Con inmaculadas maneras nos guió hasta una sala al fondo del local. Una estancia minimalista, decorada en un blanco tan luminoso que hacía daño a la vista. Mesas blancas, sillas blancas, paredes blancas. Sin cuadros ni adornos. Una versión cara del purgatorio. 

En un visto y no visto una horda de camareros –estos sí que lo parecían- colocaron platos y cubiertos, hasta que aquello pareció una mesa normal. Se esfumaron tan deprisa como aparecieron. La carta, enorme y por supuesto, blanca, indicaba platos de ingredientes desconocidos del tipo "deseo marino con crema agria nocturna" y precios astronómicos. 

Acomodado en la mesa miré alrededor. Vi señores pavoneándose graves, importantes, seguros de sí mismos. Pelo largo y amplias sonrisas. Ropa cara, siempre una talla por debajo de la correcta. Relojes grandes que brillaban con estridencia. Apuesto a que la mitad de esos señores se llamaban Borja Mari. Y no pierdo.

Como ruido de fondo sonaban carcajadas ostentosas mientras estos individuos, arrogantes y sobrados, brindaban con sus copas. El camarero-ejecutivo se acercaba por allí y les hablaba bajito, como avergonzado. Ni caso le hacían al pobre. Se comportaban como estrellas del cine con sus deplorables maneras de nuevos ricos.

No lo puedo evitar. Me repugnan sus maneras. Ya sea el éxito o su despreciable dinero, algo les hace distintos. Al mundo que conozco, digo. Porque se nota que viven sin miedo a la cola del paro, que no saben lo que es madrugar para ir a trabajar, que no conocen los escrúpulos ni la vergüenza. 
A su lado me siento mal. Percibo mi vida como algo cutre, un poco de otra división. Viéndoles sé que ellos cada mañana se felicitan ante espejo por quienes son y que después dedican el día a celebrar su buena suerte. Como hicieron ayer y como harán mañana. Porque la vida es más bella para algunos.

Al salir del restaurante me crucé con un señor que trasladaba sus escasas pertenencias en un carro de supermercado. Nadie parecía verle. Creo que rompía el paisaje. Me acerqué a darle una moneda y volví a pensar en los señores del restaurante. Sentí un intenso desagrado. Aún hoy noto que ese sentimiento me sale de dentro. Está por encima de mi control.

Mientras paseaba de vuelta a casa tuve una revelación: el restaurante era blanco para que no perdamos de vista la obscena prepotencia de Borja Mari y sus mariachis, para que cada segundo seamos conscientes de la enorme distancia que nos separa. Doy fe que lo han conseguido.

Y ya que hablamos de colores, me cago en tu sangre, Borja Mari. Que, según dices, es azul.

20 febrero 2019

El "eco mental"

"Si cada español hablase de lo que entiende, y nada más, habría un gran silencio que podríamos aprovechar para el estudio".

A. Machado


Es curioso. Borja Mari no tiene idea de casi nada. Habla de casi todo pero sin tener apenas idea. Dice burradas sin pestañear, como los buenos actores, o como los locos de verdad... No es más ignorante porque no amanece antes.

Lo que he verificado es su capacidad de adaptación. Acude a una reunión y la monopoliza con sus rebuznos sin conocer el tema tratado. Cualquiera que coma una sopa de letras puede cagar argumentos más sólidos que los suyos, pero como le gusta oírse y que le oigan, es la penitencia que nos toca.

Hay otra característica curiosa: cuando desconoce la materia de que se habla -cosa que sucede a menudo- surgen términos que le resultan nuevos. Y cuando oye uno de esos términos se produce una reacción física, tangible: entrecierra los ojos como prestando más atención, haciendo perceptible como graba la palabra en su memoria.
Ahí comienza el “eco mental”. El muy zote piensa que si usa las nuevas palabras parecerá más listo y los demás alucinarán. El “eco mental”, consiste en repetir constantemente y por todos los medios posibles el nuevo término.

Va un ejemplo. En una reunión con Marketing surgió el término “lead”. Lo utilizamos para referirnos a la intención de compra de un cliente. Durante los siguientes días parecía que el mundo sólo estaba compuesto de leads. Borja Mari enviaba correos hablando de leads, comentaba con sus queridos jefes lo que teníamos que hacer para conseguir leads...

Pero lo peor del "eco mental", su faceta más nociva, es el efecto acumulativo. Días después aprendió lo que era un “copy”, término que usamos para referirnos a textos comerciales. Ya lo habéis pillado, ¿no? Sí, justo eso. Que desde entonces empezó a usar combinaciones como “copys para los leads”. Los rebuznos pasaron de notas a sinfonías.
Así llevamos tiempo, viendo como Borja Mari une cada vez más palabritas para ir creando un nuevo lenguaje. No me cabe duda que algún día será tan hablado como para alcanzar la categoría de idioma oficial.

Todo esto me lleva a un par de conclusiones:

- Podríamos pensar que nuestro personaje tiene algo de camaleón y se adapta al entorno. Sin embargo lo veo más como una rata que aprende a escapar de laberintos. Usa lo que aprende para llegar al queso, no para adaptarse a los demás.

- La segunda es sobre el “eco mental”. El eco sólo se produce en lugares diáfanos. Si en su cabeza las nuevas palabras rebotan y producen eco, por cojones tiene que haber espacio libre. Mucho. Borja Mari tiene la cabeza muy hueca.

Un día de estos probaré a inventarme algún término y soltarlo delante de él. A ver qué pasa.

05 enero 2019

El cristal

El otro día tuvimos la cena anual del trabajo. Alcohol, palmaditas en la espalda, carcajadas y… Borja Mari.

Los plebeyos quedamos un rato antes en un bar cercano. Borja Mari no vino porque no tiene amigos. Estamos hablando de trabajo y en ese terreno él solo tiene conocidos. Sabe el nombre de casi todos, pero no intima con nadie. Teniendo amigos no se progresa en la escala laboral.

Tomamos unas cuantas -o para ser sinceros, muchas- cervezas. Casi a regañadientes fuimos al restaurante. Nos distribuimos entre las mesas por afinidades: chicos, chicas, compañeros. Llegó Borja Mari y buscó su afinidad con la mirada. Y la encontró junto al jefe. Como bien dijo un amigo mío, también allí estaba trabajando.

Si habéis visto el título de esta entrada, veréis que se llama El cristal. Se me ocurrió que Borja Mari y los de su calaña son transparentes. Puedes ver su interior. Están tan vacíos que sus intenciones se perciben con nitidez. Pero ¿las veo sólo yo o las vemos todos?, porque creo que ciertos jefes sufren ceguera con estas cosas. Respetan, toleran y fomentan la figura del trepa. Si notas el aliento de alguien permanentemente en tu nuca y además a ese alguien le hacen gracia todos tus chistes -malos incluidos-, quizá tengas algo que plantearte. Pero si eres uno de esos jefes hinchados de ego puede que ese algo sea de tu agrado.

Pero volvamos al restaurante. La cena bien, salvo las intervenciones fuera de lugar del enano. Cuando la gente aplaudía o celebraba alguna intervención simpática, siempre la remataba Borja Mari con alguna alusión al protagonista, seguida de un incómodo silencio del resto. Lo hacía como demostrando que tiene coleguitas y que él tiene algo que ver en la gracia. Patético.

Llegamos a las copas y todo siguió igual. Borja Mari revoloteando de grupo en grupo, sin poder posarse en ninguno. Ni caso. El jefe se fue y el enano detrás. La jornada laboral había terminado.

Ser un trepa tiene esas cosas. También pasa con el cristal y los puticlubs. El que jode, paga.
Sé que soy malo, pero también sincero.

QUE SE JODA.

10 diciembre 2018

Retoños escritos


La percepción de encontrarse frente a un gilipollas tiende a ser instantánea. Puede haber casos dudosos, pero sólo sucede con gilipollas dudosos. Ante uno de verdad la percepción no engaña.

El primer día noté cosas y mi opinión fue consolidándose con cada pequeña hazaña de Borja Mari. Recuerdo claramente la primera vez que me sentí mal. Estaba revisando las tareas del día cuando llego a un correo que me llamó la atención. Un amigo me había incluido en un loop de correos sobre un tema en el que yo había trabajado. Vaya. Era sorprendente que no me hubiesen copiado en una cuestión esencialmente mía.

Pronto comprendí. Con un par de vueltas a la rueda del ratón vi que era una conversación creada por nuestro niñato y en la que había “olvidado” copiarme pese a que yo era el dueño del proyecto. Pero lo peor es que en su ya habitual ignorancia usaba textos míos con pequeñas modificaciones para ajustarlas al nuevo contexto.

Esos putos párrafos tenían la misma estructura y transiciones que un informe mío que sólo había circulado en mi departamento. Porque las ideas son como los hijos: una madre siempre tiene un instinto especial para reconocer los suyos. Se pueden cambiar todas las palabras de un texto, pero es muy difícil maquillar las transiciones y la estructura interna de un artículo. Especialmente si es tuyo.

Como gilipollas que soy, me limité a encabronarme y dejé ahí mi mal sentimiento. Pero quizá, sólo quizá, debería haber montado la de Dios. Sin duda mi jefa le habría defendido argumentando cualquier gilipollez, pero quizá, sólo quizá habría mitigado mucho dolor posterior.

18 octubre 2018

Borja Mari y el tamaño.

Borja Mari mide poco más de un metro. Y pesará 32 kilos. Un cagarro de mosca al lado de mi jefa. Porque mi jefa es grande, grande de cojones. Una mezcla entre Madonna y el muñeco de Michelín. Una vikinga suelta por la oficina.

Cuando pienso en el fichaje de Borja Mari, creo que a mi jefa la perdió el instinto maternal. En la entrevista debió dejar volar su imaginación y tuvo una visión de Borja Mari sentado en sus rodillas mientras le daba de comer de sus ingentes berzas. Al volver, tanto rollo maternal la hizo enternecerse y le dio el puesto. Casi seguro que sí.

Los pensamientos de mi jefa deben ser como las vírgenes de las iglesias, todo puro y maternal. Yo, que soy más cruel, imagino el momento más cercano a Mari Carmen y sus muñecos. El enano del Borja Mari enterrado entre las berzas de mi jefa, pataleando para que le suelte.

Lo cierto es que volviendo a esto del tamaño, tiene sus pros y sus contras. En positivo, el ahorro: Borja Mari es tan diminuto que se puede poner la ropa de un Madelman. Todo baratito, y con gran variedad: el explorador, el astronauta, el policía... Todo conjuntado. De hecho me he fijado que los viernes, que nos dejan venir a currar de paisano su ropa está como acartonada. Normal, hace 20 años que no se fabrican los Madelman, y por mucho que laves y planches, la ropa no da más de sí. Con el tiempo tendrá que pasarse a modas más actuales como los Power Rangers o los Teletubbies. Aunque quizá sea demasiado informal para ir a trabajar. No sé, mi jefa dirá. De todas formas tiene que se la leche ir a una reunión vestido de Teletubbie.

Por otro lado, el tamaño reducido tiene en contra aspectos como la seguridad vial. Cuando Borja Mari va en coche tiene que levantar las pezuñas para alcanzar el volante. Los ojos le llegan justo al nivel del salpicadero. Ni distingue los pasos de peatones ni ná. Un peligro. Y en el transporte público también hay problemas. Le tienen que aupar para llegar a la barra. Y claro, si se agarra no le llegan los pies al suelo. Viaja en modo trapecista.

Pero vamos, que esto del tamaño también tiene alicientes para mí. Un día de estos voy a comprar el Campo de Concentración de los Barriguitas y me lo voy a llevar al curro. Cuando mi jefa no me vea voy a meter dentro al enano y lo tendré unos días a base de agua y migas de pan.

El próximo puente lo pasará en mi nuevo juguete. Espero que mi jefa no me pille.

14 julio 2018

Café frío

Otro café frente a la ventana. Llueve y me apetece estar en casa jugando con la niña. De fondo resuena mi jefa envuelta en sus conversaciones políticas. Propone una cena a algún directivo para discutir no se qué tontería. Rodeo la taza con las manos para confirmar que el café está frío mientras me evado de su conversación. No acabo de entender esa lógica de vivir como no te gusta para poder vivir como te gusta.  

Tiro el café en la papelera y dejo de pensar en cosas que no puedo corregir. A veces lo más simple me resulta inexplicable. Porque cuando llueve por dentro no hay paraguas que tape.

07 julio 2018

Robinsón

Me encanta una canción. se llama Robinsón y es de Ana Belén. Habla de alguien que siente que ha perdido el control de su vida y ve como su tiempo e ilusiones se le escapan entre los dedos. Dice la canción que ese alguien sólo piensa en escapar "como un Robinsón de regreso al mar". Frase evocadora, sí señor. Volver al orden, simplificar, reconducir... 

Me dice una amiga que esa canción me gusta porque escucho mi historia. Dice también que así seguiré mientras no me arme de valor y me lance a ciegas a por mi sueño. Que esas decisiones, en las que acabas haciendo y haciéndote daño, son complicadas porque terminas atrapado en tu laberinto interior hasta que reconoces -dolorosamente- que el camino a la salida está ahí dentro, en alguna de las rutas desconocidas que has de recorrer. Y qué coño, que si mi felicidad va por ahí, que debo tener los huevos para tomar las riendas y cambiar el rumbo. Hacia donde rompen las olas.  A hundirme en el mar.

Y así, como dice mi amiga, no volveré a oír la canción con la sensación de que habla de mí. Ni a mirar por la ventana buscando horizontes azules.

Gracias, amiga.

01 julio 2018

La carta

Me siento un poco apagado. Supongo que inconscientemente me he acordado de mi abuelo, que murió tal día como hoy hace años. Lo cierto es que desde por la mañana he ido encadenando pensamientos hasta llegar pensar en la soledad. Normal. Siempre percibí a mi abuelo como un solitario a su pesar. Y un día pude confirmarlo por una de esas extrañas casualidades que la vida nos ofrece. Escribiré sobre este tema de un tirón, porque si repaso seguro que borro cosas necesarias para entender esta historia.

Vayamos al principio. Cuando falleció mi abuelo comenzó el proceso de deshacer su vida en cajas. Con más de ochenta años vividos, me asombra lo poco que pervive de una persona después de su muerte. Aparte de los recuerdos, casi nada.
Sin embargo esta vez había algo distinto. Rebuscando en un cajón encontré una carta escrita por mi abuelo. Estaba terminada pero no fue enviada. Iba dirigida a una mujer murciana de la que tenía apenas información: sabía que mi abuelo la conoció al poco de casarse, que eran los tiempos complicados de la Guerra Civil y que durante un tiempo esta mujer alojó en su casa al joven matrimonio. En la carta mi abuelo escribió que la recordaba y la echaba de menos, e incluso mencionaba la posibilidad –o deseo- de verla en alguna ocasión. Era una discreta carta de amor.

Comprendí que amó a esa mujer y que probablemente todavía la amaba cuando falleció. No tengo dudas de que quiso a mi abuela, pero también creo que si escribió una carta de adolescente a una mujer octogenaria es porque durante sesenta años tuvo el corazón en dos sitios. Si no hubiese implicado hacer daño a mi abuela, probablemente alguna vez habría subido en un tren con dirección a Murcia. Pero los caminos de la vida son obstinadamente tortuosos.

Estos sentimientos se congelaron la mañana en que mi abuelo se lanzó por una ventana. Mi abuela despertó y le preguntó qué quería desayunar. Pidió como otras veces chocolate y cuando mi abuela se dirigía a la cocina, saltó sin dudas y sin despedidas. Un plan perfectamente trazado y ejecutado. Muchas veces he querido saber qué pasó esa noche. Debió ser una noche muy larga y echo de menos un último consejo. ¿Habría cambiado algo de su vida? Después de leer la carta, creo que sí. Por eso me gustaría tener su consejo, porque valoro la experiencia como guía y quiero creer que todavía queda bastante de mi vida por escribir.

Hoy, desde una indeseada madurez comprendo que mi abuelo fue un hombre retraído por una vida interior demasiado compleja. Le bullían unos sentimientos que los demás no podíamos ver. Se le escapaba la vida que no vivió y le condujo a la soledad pese a estar rodeado de gente.

Conociendo este caos de vidas no vividas me sorprende que no haya cambiado la imagen que veo cuando recuerdo a mi abuelo. Siempre es la misma. Está de pie, en su huerto, con mi abuela a su lado. La tiene cogida del hombro y ambos sonríen satisfechos. Supongo que eso debe ser el cielo, una felicidad sin final ni fisuras.
Mi abuela también está feliz, sonríe con la misma intensidad. Y cuando lo pienso, deduzco que ella también debió tener un murciano en el que pensar. Nunca encontré su carta, pero sospecho que existe. Como algún día existirá la mía.

Abuelos,  no os olvido. Un beso para los dos.

15 junio 2018

Zapatos

He dado muchas vueltas últimamente. De un banco a una filial de otro, y finalmente repescado por ese mismo banco para hacer cosas más molonas.

He visto y conocido a mucha gente de la que no tenía referencias y en más de una ocasión me ha tocado calibrarles de un vistazo para no meter la pata.

De tanto hacerlo llegué a una pequeña conclusión: si queréis saber algo de una persona, la primera mirada no la hagáis a la cara: mirad sus zapatos. Con calcular el precio, ver el estilo, color y condición, podemos intuir muchas características personales del propietario.

Porque las cosas por debajo de la cintura siempre son más interesantes.

01 junio 2018

La putada

Una tarde se Septiembre, al poco de llegar al departamento, mi jefa andaba estresada repasando un PowerPoint. De vez en cuando levantaba la vista de la pantalla y me miraba como maquinando algo. 
Un rato más tarde me miró fijamente y se deslizó hasta mi sitio empujando la silla con los pies. Me susurró que “había surgido un imprevisto” y que no podía hacer una presentación que había comprometido para el día siguiente. Para disipar dudas lo remató con un clarificador “así que si no te importa, vas tú”. ¿Me importaba? Claro. Pero recién llegado al departamento si la jefa te hace esa oferta, hay dos vertientes: una que confía en ti –la buena-, y otra que te pide/impone un favor –esa no tan buena-. Pero de negarme, los cojones. Que me miraba a los ojos mientras me endosaba el marrón.

Al minuto, y sin agradecimiento, recibí un mail con un PowerPoint, una dirección y un horario. Nada menos que una hora de presentación. Se me iba a secar la lengua. Leí la presentación en diagonal -era un desastre- y me encomendé al patrón de los asalariados.

Al día siguiente cogí un taxi y me dirigí a la dirección de la convocatoria. 

Primera sorpresa: aquello estaba en La Moraleja. En un Palacio de Convenciones lujoso y casi infinito.

Segunda sorpresa: fui atendido por dos chatis que parecían modelos de alta costura. Huy, que eso no era lo que parecía… Me llevaron hasta una puerta doble y me indicaron que entrase por allí, avisándome de que el ponente anterior estaba a punto de terminar.

Y la tercera, que casi me muero al abrir la puerta. Aquello era como un cine: una sala enorme, oscura, con cientos de cabezas y un pasillo central. Al fondo había una pantalla gigante llena de gráficos que explicaba un señor desde un púlpito.

No me cagué encima porque no tenía la necesidad, pero podría haber pasado. Me senté temblando en un asiento del fondo, y tres minutos después se encendió la luz. Se acercó al púlpito un individuo con pinta de lacayo que portaba un micrófono y dijo: “Así que despidamos con un fuerte aplauso a D. XXXX, Consejero del Banco Mundial, y recibamos igualmente al próximo ponente, D. XXXXX (-> yo)“. 

Aprovecho para confirmar que la tierra no puede tragarte por mucho que lo desees. Creedme. 
Dado que el suelo seguía firme, se volvieron los cientos de cabezas y tuve que andar desde el final de la sala y escalar hasta el púlpito. El lacayo, con movimientos entrenados, me levantó el faldón de la chaqueta, me colgó una petaca en el cinturón y un micrófono en la solapa. Me dejó en la mano una especie de boli con botones, y desapareció. Se apagó la luz y me alumbró un foco. Silencio absoluto. Cabezas que me miraban. Alguna tos. Y mi miedo. Un miedo primario que me atenazaba.


No soy yo, pero casi

Prefiero no pensar esos sesenta minutos que transcurrieron segundo a segundo, pero fue como pasar por un túnel sin luces. No soy muy consciente de lo que dije, pero hablé. Hablé hasta que llegó la última lámina y volvió el lacayo a recuperar la petaca y su boli con botones.

Cuando pienso en ese día, recuerdo todo como visto desde arriba, y soy consciente de haber vuelto odiando a mi jefa y con la conciencia anestesiada. 

¿Sabéis lo que pasó cuando llegué a la oficina? Que mi jefa me preguntó con indiferencia como había ido y me dijo que “había surgido otro imprevisto” para el día siguiente. ¿Quieres caldo? Pues eso.

Si alguien de buena conciencia piensa que mi jefa me dio una oportunidad, clarifico que fue de esas en las que te llevas cornadas. Y me las llevé. Dos veces.



P.D. - Pasado el tiempo sigue sin hacerme gracia. Tampoco pienso que lo hice bien. Esa presentación sigue archivada en la caja de las putadas y me recuerda la absoluta falta de ética de mi jefa, quien para cubrir sus miedos, me mandó al matadero sin miramientos. 


15 mayo 2018

Hare Krishna

Siempre he pensado que las mujeres son más complicadas que los hombres. Dos tíos cabreados se revientan a hostias y al final se matan o se van de cañas, pero las mujeres pueden sonreírse durante años mientras se ponen veneno en el café.

El curro me ha permitido verificar mi teoría a través de tres individuas del departamento que se llevan a matar. Una parece un Hare Krishna de esos pesaos: todo buen rollo, paz interior y una vocecita infantil que no casa con su mala hostia. Otra es la versión femenina de Julio Iglesias, con un moreno perenne y un acento arrastrado que apunta al barrio de Salamanca. Y la tercera es una oveja descarriada que va a su bola y no comparte información. Disimulan lo que pueden, pero se odian. 

Su relación nos afecta porque el Alemán de Valladolid nos ha metido en el lío de cerrar oficinas (para eso de hacernos más fuertes, más compactos y no se qué más chorradas) y tenemos que ayudar a los compañeros de las sucursales resolviendo sus dudas. Y por decirlo claramente, no tenemos ni puta idea. Dependemos 100% de la información que nos proporcionen estas señoras.

Y el alemán, tan avispado para algunas cosas, no ha pillado esto. Por algún extraño motivo piensa que son amigas y trabajan en equipo, pero la realidad es que las tres aspiran a ser la única cabeza visible, y eso no puede ser. Así que pasa lo que pasa: en función de a quién preguntes, la respuesta es distinta. Se me ocurrió que preguntarlas a la vez podría ser la solución, pero tampoco. Automáticamente empiezan a discutir como gallinas locas y se olvidan de ti. No responden. 

Como podéis imaginar, las reuniones con el alemán son un circo. Como cree que se llevan bien y ellas están interesadas en mantenerle engañado, priman las sonrisas y el amor universal.  Hasta que una interviene. Justo entonces se acaba el amor. Si las otras pueden contradecirla y argumentar en contra, lo hacen. Aplican una compleja política de alianzas que varía en función de su conveniencia, pero siempre suma dos contra uno. De modo que no hay decisiones unánimes y siempre alguna se lleva una mano de hostias. Y mientras tanto en las sucursales flipan con nosotros porque según el día contamos cosas distintas. 

El caso es que este tema tiene un punto dramático. Porque cuando el alemán no las ve lo pasan mal, con llantos y mucho llevarse la mano al corazón. Incluso la Hare Krishna ha estado al borde del desmayo en una ocasión. Pedazo de arpías. Menos soponcios y más profesionalidad, please.

Doy por confirmada mi teoría de que las mujeres pueden ser perversas de cojones. Además puntualizo que no me gustan los rebaños, porque peor que el propio rebaño es tener varios perros pastores empujando cada uno hacia un lado. Al final te quedas en medio y te llevas la hostia del pastor.

Y para el alemán: tres estrellas en el mismo cielo pesan demasiado. Que lo sepas.

01 mayo 2018

Fermentación estomacal


Se ha hecho la luz. Casi sin darme cuenta he pillao la táctica para ligar. Consiste en ir a discotecas con el jersey en los hombros, el cubata firmemente sujeto y entrar a las tías contando lo importante que eres.  ¿Que cómo me he enterado? Pues como va a ser… a través de Borja Mari, el despreciable trepa que se sienta a mi derecha.
Aunque no estoy seguro de si lo he mencionado antes, quiero aclarar que el enano es soltero y sin compromiso. Además creo que le mola todo lo que se sostenga sobre dos patas, sea carne o pescado. De hecho a veces parece que pierde más aceite que la furgoneta de los Locomía.
Y coño, que en el fondo no me extraña lo que he visto hoy, cuando el cielo me ha regalado la oportunidad de ver un patético intento de ligar. Para los que tenéis la suerte de no conocerle, os aporto una ayuda para entender su personalidad.

He publicado este post casi en tiempo real. He radiado lo que sucedía a mi lado, todo en presente salvo la necesaria revisión de errores. 
Estaba en mi mundo cuando ha bajado una compañera para tratar un tema con el individuo que medra a mi derecha. He abierto el blog y me he puesto a escribir. No quería perder la oportunidad de plasmar mis sensaciones. Lo que más me ha llamado la atención ha sido que mi despreciable vecino ha sufrido una rápida mutación y le ha cambiado la voz. Hablaba bajito poniendo voz ronca y gesticulaba con las manos como si abanicase el aire. Muy expansivo en los gestos. Y joder, menuda sarta de tontadas que se ha soltado. Algunas perlas:

- He decidido que España esté en este Workstream.
- No pienso gastarme el presupuesto en esas cosas.
- Ya le he dicho a XXXX -la directora mundial del área- que me dé personal y yo se lo hago.
- He encontrado una empresa en Suiza que me puede servir. Estoy gestionando la compra, pero no está bien integrada en redes sociales.
- En el próximo Roundtable le diré a la gente de Western Europe como hacerlo.

Así que ya sé como se liga. La pobre mujer ladeaba la cabeza como si no supiese si creerle o no. Supongo que incluso ya le habrá pasado a la impresionada compañera su teléfono en un papelito, porque no es para menos. Se acaba de enterar de que las decisiones relevantes para Europa Occidental las toma un enano con chepa que trabaja en un sótano. Soltero de toda la puta vida y permanentemente escaso de talla e intelecto, pero importante de cojones. Si le escucha la jefa le suelta una hostia que le hacer átomos. Porque ni tiene atribuciones ni permiso para gestionar esas cosas, pero aprovecha que la jefa está de baja para contar soplapolleces.

Y si dejamos a un lado lo de ligar, lo que mola es leer entre líneas la parte estratégica de lo que ha hecho el enano, eso de ir de amo del universo. Mañana vuelve mi jefa de su baja por maternidad y querrá sus galones de vuelta. A lo mejor todavía no lo sabe, pero ahora los lleva el enano y no le va a resultar fácil recuperarlos. Si no me echan antes disfrutaré desde la barrera de los empujones por ocupar el trono del departamento. Será una guerra envuelta en sonrisas, pero se sacarán los ojos por figurar delante del alemán.

En conclusión, que con esto de la reconversión del banco a lo mejor me echan a tomar por culo, y sin embargo no estoy muy preocupado. Tanto MBA y tanta leche, he llegado a la conclusión de que si me echan me compro un taxi y me pongo a conducir por ahí. Lo bueno de estudiar es que te permite conocer lo que quieres hacer y lo que no, y a estas alturas tengo muy claro lo que NO quiero hacer. Sé que no está el horno para bollos, pero salir de aquí tampoco es tan grave. Aquí, el de mi derecha, el del botijo, el intelectual de cercanías, sigue haciendo que me fermente el estómago cuando le miro. Y qué coño, también cuando no le miro.

Que vivan los taxis.

15 abril 2018

Ginguay

Un día cualquiera a las 9 de la mañana. Reunión con un departamento llamado “Customer Insight”. Por nuestra parte estamos convocados Luisito, Borja Mari y yo. Por la otra, una compañera y su jefe. Este último no ha llegado aún porque el horario le coincide con otra reunión. 

 A las 9.20, la reunión está en marcha, pero Borja Mari aún no ha llegado. Sigue en su puta casa pese a vivir a 300 metros del curro. Luisito, avergonzado, le llama al móvil y el enano nos honra con su presencia a eso de las 9.35. 

Llega despacio, con desgana. Se sienta junto a Luisito, saca el móvil y se pone a hurgar en Twitter. No hace ni caso a la compañera. Ni siquiera disimula. Con un par.

Diez minutos más tarde Luisito y yo seguimos escuchando a la compañera mientras el enano juega con el móvil sin levantar la vista. Pero ¡¡¡milagro!!! todo cambia cuando aparece el jefe, un ciudadano del Este con un acento que recuerda al de Michael Robinson. La compañera se calla para dejarle la voz cantante, el puto enano se endereza, guarda el móvil y entrecierra los ojos escuchando al señor importante.

Se produce este diálogo:

- Hemos determinado que existen dos perfiles de cliente: los menores de treinta años con perfil técnico y los mayores de esta edad, que funcionan de otra forma – dice el jefazo con su acento soviético.

- Es curioso. Eres la segunda persona que me habla de “Ginguay” –dice el enano mientras pone morritos y asiente con la cabeza de medio lado.

Luisito y yo nos miramos. El jefazo sigue con su discurso como si lo hubiese entendido, pero se ha quedado como nosotros.

¿Sabéis qué es “Ginguay”? Es “Gen. Y” pronunciado en inglés. En castellano y sin abreviaturas “Generación Y”, o en sencillo, los señores que tienen entre veinte y treinta años. ¿Se puede ser más gilipollas? Es de una estupidez tan sublime, tan superlativa, que llego al éxtasis cuando oigo estas cosas.

Un rato después del éxtasis, llaman al señor del Este y se tiene que ir sin terminar la reunión. El enano se reclina en la silla, vuelve a sacar el móvil y a distraerse con sus memeces. Cinco minutos después se levanta y dice que se tiene que ir a preparar otra reunión. Nos volvemos a quedar Luisito, la compañera y yo.

El episodio final tiene lugar a última hora de la mañana. Mi jefa vuelve por aquí y nos comenta -a Luisito y a mí- que Borja Mari ya le ha contado lo que se ha tratado en la reunión…
Manda huevos. Otra vez.

Conclusión - Es un imbécil superlativo. Miente como un bellaco al tiempo que intenta sorber la baba que derrama y que no es capaz de sostener. La estupidez, su carta de presentación. Su hijoputez, con la que se viste a diario. La jefa, su capa de invisibilidad.

11 abril 2018

Viva mi padre

Dedicado a un jefe alemán que tuve hace años. Una biografía paralela. Sin más.

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Todo el mundo piensa que soy alemán, pero qué va, soy de Valladolid, de un pueblo de cien habitantes tirando por lo alto. Mi vida actual es una labor de años y mucha concentración, pero he logrado mi objetivo. Lo que tengo me lo he ganado, aunque  en una vida como la mía te enredas tanto en tus mentiras que no puedes ni volver al pueblo.

Hasta los ocho años me dediqué a correr por el pueblo y pegarme con otros niños. Pero mi padre tenía un proyecto para mí: quería que triunfase y diseñó un plan para conseguirlo.

Tengo recuerdos difusos de esa etapa, pero aún veo a mi padre hojeando mapamundis y tomando notas. Por eso, cuando un buen día me dijo: “Hijo mío, tengo un plan para ti” no me extrañé demasiado. Me explicó que a los extranjeros les iba mejor que a los de aquí, y en consecuencia a partir de ese momento me convertía en ciudadano alemán. Así, por sus cojones, y por los de su amigo funcionario que consiguió un nuevo pasaporte con mi nombre en la primera página.

Según mi padre me hizo alemán porque no conocía a nadie que hablase ese idioma, pero creo que  podría haberme convertido en nacional de cualquier país que le hubiese venido a la cabeza. Una noticia en un momento inadecuado me podría haber convertido en afgano o mongol, pero hubo suerte y salió la bolita buena.

En definitiva, de un día para otro pasé de ser Tobias el Zote (así me llamaban en el pueblo), a Tobias Zotik, que según mi padre, tenía más empaque. Ese nombre se grabó en mi flamante pasaporte y desde entonces, en todos mis documentos. Mi nuevo yo.

Todo fue muy deprisa. Después de unas pocas charlas aleccionadoras, mi padre puso en marcha su plan: me hizo la maleta, puso dentro un diccionario hispano-alemán, unos folios con instrucciones de comportamiento y fechas concretas para cada cosa, y me matriculó en el internado de una ciudad lejana. Me convertí en un alemán que venía a estudiar a España.

Mi nueva personalidad me obligó a cortarme el pelo, teñirme de rubio y llevar gafas sin cristales, básicamente porque no las necesitaba. Pero lo más difícil de esos primeros meses  fue no hablar con nadie. Se supone que no hablaba castellano y no podía permitirme excepciones, solo podía gesticular y gruñir, costumbre que tengo grabada desde entonces. Aún hoy se me escapan gruñidos en algunas reuniones.

Reconozco que en el colegio no me fue tan mal. Los niños me respetaban porque era distinto a ellos, un poco exótico. Ellos eran morenos de piel oscura y yo rubio de piel clara. Me costaba un huevo que no me diese el sol, pero supe mantenerme blanco. Fui metódico: lo del sol venía en los papeles de mi padre, y como buen alemán, lo seguía a rajatabla.
Además, chapurreaba historias de mi pueblo en Alemania. No tenía la más mínima idea del nombre de ningún pueblo alemán, así que miré en el diccionario y elegí uno de los términos para la palabra mentira: “Unwahrheit”. Mi nuevo pueblo. Yo era de allí.

Los niños hacían corro cuando contaba historias de Unwahrheit. Resulta que en ese pueblo pasó su infancia Hitler, y acabó haciéndose íntimo amigo de mi padre. De hecho, era mi padrino. Aunque no le veía mucho, tenía entendido que mi padrino prosperó en la vida. Cuando se lo contaba a mis profesores me miraban ojipláticos, se daban codazos y cuchicheaban, pero nunca dijeron nada, supongo que por si acaso. 

Los años fueron pasando y aprendí inglés. Sólo inglés. Nunca he tenido ni idea de alemán, pero nadie lo ha notado. Aún hoy, no tengo ni puta idea. De vez en cuando compro una revista en alemán y hago que leo en voz baja. Emito sonidos guturales mientras paso el dedo por las líneas y todo el mundo parece muy satisfecho. No sé que pone, pero ellos tampoco. Estamos en tablas.

En los últimos años mi progresión laboral ha ido como un cohete. Enviaba un currículo, y en cuanto veían que era de Unwahrheit (estado de Baviera), me llamaban a la entrevista. Un hombre viajado y adaptado a una vida internacional tiene cabida en todas partes.
Manda huevos que nunca me entrevistaron en alemán. Bendita ignorancia española. Me he limitado a hablar un poco en inglés, que a priori es mi tercer idioma, y a cambiar las “r” por “g” cuando hablo castellano. Así que cuando digo “cuggiculum” quedo muy bien. Me pagan mucho dinego, y me guío mogollón cuando pienso en la panda de imbéciles para la que tgabajo.

Y aquí sigo. El provinciano de Valladolid que ocupa puestos de responsabilidad. Si les digo donde nací y quien es mi padre, no sería ni bedel. Pero soy germano, de Unwahrheit para más señas, y me tienen en cuenta. Y me pagan de cojones, aunque el que se merece la pasta es mi padre, más listo que toda esta panda de consultores ignorantes.

¡¡¡Que viva mi padge!!!

* - El señor Zotik fue mi jefe. Y es alemán. O eso dice.

08 marzo 2018

Cisnes de colores

Estoy dándole vueltas al caos de mi empresa. Debería ir viento en popa, pero se cae a trozos. Me jode porque en un banco hay poco que inventar y todo se ha hundido por una generación de incompetentes cuya ignorancia sólo es superada por su presunción. 

Gestionar este negocio es sencillo. No hay que modificar sistemas que funcionan para incorporar vuestras brillantes ideas, basta con dejar las cosas como están. Los procesos simples como la respiración o la digestión funcionan mucho mejor que vuestros sistemas revolucionarios. Vuestra incompetencia nos ha traído hasta aquí, pero creedme, un hormiguero no necesita listos como vosotros para encontrar el camino. La colaboración basta para encontrar la mejor ruta.

Lo peor es que estáis convencidos de que sois la solución y no el problema. Dice Nassim Taleb en El Cisne Negro que los humanos somos víctimas de una asimetría en la percepción de los sucesos aleatorios: atribuimos los éxitos a nuestras destrezas y los fracasos a sucesos externos que somos incapaces de controlar. Estoy de acuerdo en lo esencial con el amigo Taleb, pero en vuestro caso la asimetría es mayor. No sólo apuntáis los éxitos propios a vuestras destrezas. También los ajenos. Si algo en lo que participáis sale bien, es gracias a vosotros. Y si no intervenís y sale bien, también es gracias a vosotros. Qué habéis aportado es lo de menos, ya se os ocurrirá algo. Mientras tanto os subiréis al carro para contar que vosotros, y sólo vosotros, habéis llevado las riendas que conducen al éxito.

Sin embargo, los fracasos tienen algo en común: nunca estáis implicados. Si una iniciativa es un desastre, es culpa de otros, cosa de plebeyos ignorantes en los que se proyectan todo tipo de vicios laborales. No han sabido entenderos, no han comprendido vuestra genialidad. Los consultores y ejecutivos agresivos sois almas piadosas encargadas de señalar el camino recto a trabajadores descarriados.

Tenéis un extraño concepto de la empresa. El éxito es sólo vuestro, pero socializáis el fracaso. Los errores son de todos, por no decir exclusivamente ajenos. Y mientras vosotros os dais palmaditas en la espalda celebrando tanto éxito, nuestro trabajo pende de un hilo. Me jode que juguéis a la ruleta rusa con mi cabeza y mis balas. Porque si me pegáis un tiro, la culpa no será vuestra por apretar el gatillo, sino mía por estar delante del cañón, ¿verdad?.

31 diciembre 2016

Enfermo de amor

Dice Gabriel García Márquez que “cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño, por primera vez, el dedo de su padre, lo tiene atrapado para siempre.”

Mira que lloré al nacer mi hija, pero cada día la quiero más, la necesito más.

Estoy enfermo de amor.

Bendita enfermedad.

17 octubre 2012

Pregunta

Nunca os habéis preguntado si sois el "DIOS, DIOS, ME HA HABLADO" de alguien?
Yo sí, y tengo respuesta.

NO.

23 octubre 2008

Previo

La siguiente historia puede ser ficción. O no.
Cualquier parecido con la realidad es pura casualidad. O no.

En (casi) ningún momento se ha querido equiparar el ilustre ejercicio de mi trabajo con este texto.
Tras las recomendaciones, disfruta del relato. 
Fue escrito hace años y lo he ordenado cronológicamente para que sea más sencillo de leer.


22 octubre 2008

Introducción

Otro palito horizontal. Con este tacho otros cuatro verticales y van ¡¡¡¡60!!!! Increíble. Ha dicho “yo” 60 veces en menos de una hora. Para alguien así la existencia de otros es anecdótica. Yo, mi, me, conmigo.

Esto que os cuento ha pasado en una reunión con proveedores. Y la cuenta es real. Los pobres han venido a presentar un estudio y al final nuestro protagonista ha monopolizado la conversación babeando tonterías mientras la palabra “yo” se le caía de la boca permanentemente.

Aunque seguro que imagináis de qué hablo, mejor os lo cuento. Hablo de mi trabajo, que por mucho tiempo fue sitio tranquilo, con mucho y muy variado que hacer. Trabajar en equipo siempre fue un requisito aquí.

La cosa se jodió cuando mi jefa -de la que más adelante daré detalles- pensó en ampliar plantilla y al poco apareció el que será nuestro protagonista: Críspulo. No es su nombre real, pero le ajusta.

Intentaré perfilarle antes de entrar en materia.
¿Cómo es? Desagradable, con un matiz sombrío. Tiene un look mezcla de conductor de kundas y de cantante de hotel. Mide metro y medio y se desliza como husmeando el aire. Una alimaña erguida.
Su mirada es desafiante, con un brillo traducible acompañado de una sonrisa torcida y cínica. Un conjunto que lleva a concluir que nunca le comprarías un coche usado.
Lleva traje, pero le sienta regular. No sabría definirlo, pero es como si hubiese dormido en el coche.

Sus manitas son porcinas. Suele utilizarlas para girar compulsivamente un bolígrafo.
Y habla raro. Viene del Sur y tiene dos acentos, uno para todo el mundo que suena tan nítido como el castellano de Valladolid, y otro de andaluz gracioso (pisha, quillo…) que usa cuando le interesa, lo que sucede demasiado a menudo.
Para rematar, está convencido de poseer una infinita sabiduría en todas las artes y ciencias, sin excepción. Un artista del Renacimiento encerrado en una oficina. Y claro, tanto saber en tan escasa anatomía tiene consecuencias: se percibe más listo que los demás y se permite dar opiniones constantemente, sobre todo de aquello que no comprende. Opiniones por supuesto no solicitadas.

A su favor debo decir que aprende deprisa y que tiene cierta simpatía si le tratas fuera del trabajo. El problema es que trabajo con él y no le trato fuera. Es como los leones del circo. Si estás fuera de la jaula entretienen, pero si estás dentro es distinto, apetece guardar distancia.

Aquí empezamos. De eso va esto. De mis penurias junto a Críspulo, que ya intuía que serían unas pocas.

Ponga un trepa en su vida y tendrá algo de que hablar.

21 octubre 2008

Un "No" molesto

¿Existen los trepas? Me ha dado por mirar qué se cuentan en la Real Academia y sí, parece que sí. Uno de los significados de la palabra trepar es “elevarse en la escala social ambiciosamente y sin escrúpulos.” Es curioso que escrúpulo suena un poco como Críspulo, aunque hay una enorme distancia entre sus significados. También, por eso de los segundos diagnósticos, he consultado un diccionario de botánica y he visto que trepador es un término que se aplica a las plantas que "no pudiéndose valer de sí mismas para mantenerse enhiestas, se encaraman a cualquier soporte, como otra planta, un muro, un peñasco, etc."
Que sí, que existen.

Como contaba en el post anterior, Críspulo apareció casi por sorpresa un mes de Marzo de hace unos años. En mi caso había cierta suspicacia previa. Sabía que mi jefa estaba buscando a alguien en el mercado y lo mantenía en secreto. No mola eso de los secretos, sobre todo cuando pueden afectar a más de 8 horas diarias. Nos ocultó hasta el nombre de nuestro nuevo compañero una vez fichado. Algo raro se venía encima.

Y llegó el día de la incorporación. Como casi siempre, la jefa llega tarde. Suena el teléfono y escucho su desagradable voz pidiéndome que vaya a buscar al pieza. Joderrrrrrr, no había otro.

Subo al hall y allí está. Pequeño, enjuto, mirada de ojos entrecerrados. El traje que lleva es el que se pondría tu primo del pueblo en una boda. Lleva los pelos de la coronilla levantados. Así a primera vista me recuerda a Joselito, el niño ese de las películas, pero se intuyen rasgos de tiburón. Malas sensaciones con apariencia humana.

Saludo y pregunto qué tal, si se encuentra nervioso en su primer día. ¿Respuesta? NO. Sin más, sin coletilla de cortesía. Dicho con un pasmoso aire de suficiencia y volviendo la mirada después de decirlo. Me sentí un poco agredido. Un gesto de cortesía se responde con otro, o al menos se adorna con palabras. Pero no era el caso, había venido para demostrarnos algo y empezaba pisando fuerte. Le faltó mear en el hall para marcar su nuevo territorio.

Fuimos hasta el departamento sin cruzar palabra. El paseo es corto, pero se me hizo largo mientras observaba al nuevo inquilino. Hasta sus andares son porcinos. Anda con los cuartos traseros rígidos, patita delante, patita atrás, separando mucho las pezuñas a cada paso, como si estuviese escocido. Cuando te mira levanta las napias en un ángulo de 45 grados, queriendo ser más alto que tú con la punta de la nariz. Pero da igual, aunque salte seguirá siendo de reducido tamaño, una talla S. El brazo derecho lo lleva doblado en ángulo recto como si llevase una chaqueta colgada. Críspulo desprende un cierto aire marcial, aunque no llega a la estatura mínima para el ejército.

Llegamos al departamento y le presento a mi compañero. Saluda y se va. Recorre el departamento husmeando rastros. Como buen depredador descubre el olor de los jefes y se acerca a ellos. Se une a la manada e inmediatamente comienza a cruzar conversaciones sin presentarse a los plebeyos que trabajan en el departamento. Parece que los jefes son los únicos con nivel suficiente para relacionarse con Su Alteza. Los demás, los que no tienen poder, no valen una mirada.

No recuerdo más de ese primer día. Creo que su “NO” rotundo y su aire sobrado fueron suficientes. Sólo recuerdo fogonazos del individuo arriba y abajo mientras mi instinto se alarmaba ante lo que parecía un niñato pelota y sin escrúpulos.

Os iré contando, pero mi teoría de los cinco minutos se enuncia así: cinco minutos son suficientes para saber si un libro nos gusta, una película nos interesa o una persona merece la pena. Conforme pasa el tiempo más científica me parece por las veces que la verifico. Y esta parece una ocasión más que adecuada para confirmarla.

Moraleja - Como decía Oscar Wilde, no hay una segunda oportunidad para una buena impresión.

18 septiembre 2008

Causas efectivas

Conozco dos formas de estar colocado. Una, con cosas que se beben o fuman, y otra referida al ámbito laboral. Por no entrar en terrenos pantanosos, hablaremos de la segunda. Mi abuela me enseñó que uno de los objetivos primarios de la vida era “colocarse" en una empresa. Y por como lo decía, implicaba mucho más que empezar a trabajar. Se trataba conseguir un trabajo para toda la vida, en el que pudieses empezar de bedel y jubilarte como director.

Aunque mi abuela ya no estaba para verlo, seguí su consejo y hace años conseguí colocarme en un banco. Tenía razón. Salvando algunas compañías despreciables –ya sabéis de qué/quién hablo-, una empresa de este tipo ofrece una solidez que ayuda a vivir tranquilo. Por eso he comprado un sitio donde vivir y tengo una hija preciosa.

Pero hoy estoy acojonado. Lo peor es que se veía venir: los Críspulos han pasado de ser la excepción para convertirse en la regla. Hay tanta preocupación por ponerse medallas que alguno parece un general ruso.

Y claro, tanto va el cántaro a la fuente, que al final se rompe. La causa-efecto ha llegado: mi adorada empresa quiere poner en la calle al 20% de la plantilla. Y me he acojonado.

Vivimos tiempos líquidos, en los que no hay certezas sólidas a las que agarrarse.
Esto se ha convertido en un campo de minas en el que si escuchas el rin rin del teléfono, puede sonar como el detonador de una bomba. Así que sigo agachado y sin moverme, esperando que sieguen por encima de mi cabeza.

27 agosto 2008

Casualidad o Causalidad

¡¡¡Semana de puente!!! Miércoles festivo, por lo que toca jugar con los primeros o los últimos días de la semana para hacer una Semana Santa invernal. Mi jefa decide primero y se ha quedado con la segunda mitad   de semana para abandonar a sus hijos. Se va unos días a Miami con sus amigas. Cosas del instinto maternal, ¿no? Otro día profundizaré más, pero mi jefa es capaz de hacer complejos encajes de bolillos para no pasar tiempo con sus críos.
Mi festivo no transcurriría tan lejos. El Convenio nos permite irnos a las 15.30 antes de un festivo, por lo que me había asignado algunas tareas para esa tarde. En Madrid, para que quede claro.

Martes. Previo al festivo.

Madrugué para aprovechar el día. Curré un huevo, y cuando ya tocaba la hora de salida con la punta de los dedos, mi jefa preguntó si nos importaba tener una reunión por la tarde. ¿¿¿Qué si me importaba??? ¡¡¡Pues claro que sí!!! ¡¡¡Que me jodes mi tiempo libre!!!
Mis compañeros, empezando por Borja Mari, callaron como putas. Y yo, pringao como siempre, me callé porque en mi situación no puedo ser polémico. Así que mi jefa, encantadísima de conocerse, nos convocó de 5 a 6 de la tarde. Su improvisación me impidió ir a ver una obra que tengo en curso. Como cuando llegase ya se habrían ido los albañiles, no pintaba nada allí.
Pasé la tarde en el curro rezumando mala hostia y acordándome de mi jefa y ancestros. Porque no penséis que la reunión era  importante, no. Era una reunión “de departamento”, una estupidez que se convoca de vez en cuando para contarnos como van las cosas. Y claro, estos temas son mucho más interesantes fuera del horario laboral.

Miércoles

¡¡¡Al fin festivo!!! Duermo feliz y calentito. Algo suena. Parece mi móvil. Abro el ojo y compruebo que es de noche. Joder... cuando llaman a esas horas no es para nada bueno. Me levanto corriendo y cuando llego el teléfono ha dejado de sonar. Número desconocido. Deduzco que se han equivocado, pero por si acaso me llevo el móvil a la habitación. Suena otra vez. Y no, no se han equivocado. Es la vecina de debajo de la obra. Se la está inundando el piso y está sin luz. Caguen tó… Lleno de legañas me visto como puedo y salgo corriendo para allá. En el baño, un grifo chorrea sobre el suelo. Cierro el agua y bajo al piso de abajo. A la luz de las velas veo la chapuza. Y encima tengo que sonreír a la vecina y su hija, que tienen más ganas de lincharme que de abrazarme. Manda huevos.
A base de teléfono y buenas palabras consigo medio arreglarlo, pero he entrado con mal pie en la comunidad. Fijo que ya no voy a ser el vecino del año. Y mientras tanto mi jefa en Miami, tomando cubatas en la playa y mirando el paquete a algún negrazo.

¿Pero esto es casualidad o causalidad? Porque si es por casualidad, igual me toca la Lotería para compensar. No tiene pinta, la verdad. Demasiadas reuniones fuera de hora y pocas loterías. Será, entonces, causalidad. 

Pero, ¿a qué me refiero con causalidad? La causalidad dice que cuando tenemos el suceso A también aparece el suceso B, por lo que podemos llegar a la conclusión de que A causó B. Gráficamente sería así:

[A => B].  En mi caso, la idea es que si tengo la tarde libre, voy a la obra.

Además, el opuesto también debe cumplirse: cuando no hay B, tampoco sucede A. 

[No B => no A]. Si no voy a la obra, es porque no tengo la tarde libre.

Podemos incluso introducir más factores. Empecemos por un factor C.

[A => B =>C]

A) Mi jefa se va de vacaciones al día siguiente => B) Como se va de vacaciones, le importa tres cojones quedarse por la tarde  => C) Convoca una reunión por la tarde que me jode la visita a la obra.

Añadir más elementos lo hace más descriptivo. Sin salirnos de la exactitud matemática, partimos de que mi jefa pasa de sus hijos, y encadenamos con precisión una cadena de acontecimientos. Llegamos a esta estructura:

[A => B => C => D => E => F => G => H =>I]

La detallo:

A) Mi jefa pasa de sus hijos => B) Como pasa de sus hijos, prefiere estar con sus amigas  => C) Mi jefa se va de vacaciones con sus amigas =>  D) Como se va de vacaciones al día siguiente, a mi jefa le importa tres cojones quedarse por la tarde  => E) Como convoca una reunión por la tarde, mi jefa me jode la visita a la obra  => F) Como no visito la obra el grifo gotea toda la noche  => G) El goteo genera una inundación  => H) La inundación me ha jodido el festivo. A mis vecinos también  => I) Como les he jodido la casa y el festivo, mis vecinos me odian.

Así que mis vecinos me odian (punto I) porque mi jefa pasa de sus hijos (punto A). Aplicando la lógica inversa, si mis vecinos me quieren (inversa de I), mi jefa querrá a sus hijos (inversa de A).

Como padre que soy estoy convencido de que mi acción debe dirigirse a que los niños reciban más cariño. Actuaré. Y lo haré apoyado en la evidencia matemática. He decidido invitar a unas cañas a los vecinos afectados por la obra. La demostración de arriba me dice que cuando brindemos mi jefa dejará de mirar el paquete al negro y empezará a pensar en sus hijos. Y que cuando por mi lado lleguemos a los cubatas, por el suyo notará morriña y echará de menos a sus hijos.

Siguiendo con las matemáticas, me resulta triste comprobar que el cariño no es conmutativo. El orden de los factores sí altera el producto. El amor de los hijos es incondicional y no es afectado por el orden. Siempre tiene el mismo valor. Sin embargo el de los padres puede depender de los planes con los amigos. Si hay plan, el cariño de los hijos suma menos.