27 agosto 2008

Casualidad o Causalidad

¡¡¡Semana de puente!!! Miércoles festivo, por lo que toca jugar con los primeros o los últimos días de la semana para hacer una Semana Santa invernal. Mi jefa decide primero y se ha quedado con la segunda mitad   de semana para abandonar a sus hijos. Se va unos días a Miami con sus amigas. Cosas del instinto maternal, ¿no? Otro día profundizaré más, pero mi jefa es capaz de hacer complejos encajes de bolillos para no pasar tiempo con sus críos.
Mi festivo no transcurriría tan lejos. El Convenio nos permite irnos a las 15.30 antes de un festivo, por lo que me había asignado algunas tareas para esa tarde. En Madrid, para que quede claro.

Martes. Previo al festivo.

Madrugué para aprovechar el día. Curré un huevo, y cuando ya tocaba la hora de salida con la punta de los dedos, mi jefa preguntó si nos importaba tener una reunión por la tarde. ¿¿¿Qué si me importaba??? ¡¡¡Pues claro que sí!!! ¡¡¡Que me jodes mi tiempo libre!!!
Mis compañeros, empezando por Borja Mari, callaron como putas. Y yo, pringao como siempre, me callé porque en mi situación no puedo ser polémico. Así que mi jefa, encantadísima de conocerse, nos convocó de 5 a 6 de la tarde. Su improvisación me impidió ir a ver una obra que tengo en curso. Como cuando llegase ya se habrían ido los albañiles, no pintaba nada allí.
Pasé la tarde en el curro rezumando mala hostia y acordándome de mi jefa y ancestros. Porque no penséis que la reunión era  importante, no. Era una reunión “de departamento”, una estupidez que se convoca de vez en cuando para contarnos como van las cosas. Y claro, estos temas son mucho más interesantes fuera del horario laboral.

Miércoles

¡¡¡Al fin festivo!!! Duermo feliz y calentito. Algo suena. Parece mi móvil. Abro el ojo y compruebo que es de noche. Joder... cuando llaman a esas horas no es para nada bueno. Me levanto corriendo y cuando llego el teléfono ha dejado de sonar. Número desconocido. Deduzco que se han equivocado, pero por si acaso me llevo el móvil a la habitación. Suena otra vez. Y no, no se han equivocado. Es la vecina de debajo de la obra. Se la está inundando el piso y está sin luz. Caguen tó… Lleno de legañas me visto como puedo y salgo corriendo para allá. En el baño, un grifo chorrea sobre el suelo. Cierro el agua y bajo al piso de abajo. A la luz de las velas veo la chapuza. Y encima tengo que sonreír a la vecina y su hija, que tienen más ganas de lincharme que de abrazarme. Manda huevos.
A base de teléfono y buenas palabras consigo medio arreglarlo, pero he entrado con mal pie en la comunidad. Fijo que ya no voy a ser el vecino del año. Y mientras tanto mi jefa en Miami, tomando cubatas en la playa y mirando el paquete a algún negrazo.

¿Pero esto es casualidad o causalidad? Porque si es por casualidad, igual me toca la Lotería para compensar. No tiene pinta, la verdad. Demasiadas reuniones fuera de hora y pocas loterías. Será, entonces, causalidad. 

Pero, ¿a qué me refiero con causalidad? La causalidad dice que cuando tenemos el suceso A también aparece el suceso B, por lo que podemos llegar a la conclusión de que A causó B. Gráficamente sería así:

[A => B].  En mi caso, la idea es que si tengo la tarde libre, voy a la obra.

Además, el opuesto también debe cumplirse: cuando no hay B, tampoco sucede A. 

[No B => no A]. Si no voy a la obra, es porque no tengo la tarde libre.

Podemos incluso introducir más factores. Empecemos por un factor C.

[A => B =>C]

A) Mi jefa se va de vacaciones al día siguiente => B) Como se va de vacaciones, le importa tres cojones quedarse por la tarde  => C) Convoca una reunión por la tarde que me jode la visita a la obra.

Añadir más elementos lo hace más descriptivo. Sin salirnos de la exactitud matemática, partimos de que mi jefa pasa de sus hijos, y encadenamos con precisión una cadena de acontecimientos. Llegamos a esta estructura:

[A => B => C => D => E => F => G => H =>I]

La detallo:

A) Mi jefa pasa de sus hijos => B) Como pasa de sus hijos, prefiere estar con sus amigas  => C) Mi jefa se va de vacaciones con sus amigas =>  D) Como se va de vacaciones al día siguiente, a mi jefa le importa tres cojones quedarse por la tarde  => E) Como convoca una reunión por la tarde, mi jefa me jode la visita a la obra  => F) Como no visito la obra el grifo gotea toda la noche  => G) El goteo genera una inundación  => H) La inundación me ha jodido el festivo. A mis vecinos también  => I) Como les he jodido la casa y el festivo, mis vecinos me odian.

Así que mis vecinos me odian (punto I) porque mi jefa pasa de sus hijos (punto A). Aplicando la lógica inversa, si mis vecinos me quieren (inversa de I), mi jefa querrá a sus hijos (inversa de A).

Como padre que soy estoy convencido de que mi acción debe dirigirse a que los niños reciban más cariño. Actuaré. Y lo haré apoyado en la evidencia matemática. He decidido invitar a unas cañas a los vecinos afectados por la obra. La demostración de arriba me dice que cuando brindemos mi jefa dejará de mirar el paquete al negro y empezará a pensar en sus hijos. Y que cuando por mi lado lleguemos a los cubatas, por el suyo notará morriña y echará de menos a sus hijos.

Siguiendo con las matemáticas, me resulta triste comprobar que el cariño no es conmutativo. El orden de los factores sí altera el producto. El amor de los hijos es incondicional y no es afectado por el orden. Siempre tiene el mismo valor. Sin embargo el de los padres puede depender de los planes con los amigos. Si hay plan, el cariño de los hijos suma menos.

23 agosto 2008

Febrero y Orwell



El dinero no da la felicidad pero ayuda a buscarla en lugares más interesantes.



Febrero. Mes de revisiones salariales y bonus. No releo lo que escribo –porque lo borraría-, pero estoy seguro de haber mencionado en algún sitio lo de mi salario. ¿Que no? Pues lo repito. Somos 5 incluyendo a la jefa, y mi sueldo no llega a la mitad que el de cualquiera de mis compañeros. Y me jode. Mucho.

Aquí solo vengo por pasta. Me importan tres cojones las mierdas corporativas, los objetivos estratégicos y las palancas de acción. ¡Ah! y también odio los trepas de escalafón, esos cretinos que tanto daño hacen en cualquier empresa. Por eso y por alguna cosa más que me dejo en el tintero, puedo prometer y prometo que si me toca la primitiva no vuelvo en la puta vida. Hasta entonces, vengo por dinero. Como los demás, pero por menos.

Cuando llegue la reunión de revisión me arderá el estómago mientras sonríen contando que soy muy simpático, y que me aprecian mucho. ¡¡¡Qué cuento más bonito!!! Se me saltarán las lágrimas al visualizar los arco iris y los duendes cogidos de la mano... y luego me acordaré de la verdad. Que mi profesión me gusta, pero oigan, que tengo la mala costumbre de querer pagar mis deudas y tener una vida acorde con la de mis compañeros. Y eso no lo consigo ni con vocación ni con cariño. Y aunque algunos parezcan no saberlo, las tiendas rechazan esos valores como forma de pago. Sólo aceptan dinero. Así que sólo me vale la pasta como retribución. Como a mis compañeros. Como a todos. 

Por eso en Febrero se me infla la vena del cuello. Durante las vacas gordas sólo me subieron el variable -poco, además- y ahora, durante las vacas flacas, ni el fijo ni el variable. El puto trepa enano que repta por el departamento, que no sabe lo que es currar antes de las 10 de la mañana, me dobla con amplitud el salario. También el resto de compañeros. Y cada vez que lo pienso se me pone una mala sangre que pa qué... Va a ser que en el boxeo y en mi oficina, al contrario que en el fútbol, cuanto más malo eres, más cobras.

Que sí, que a lo mejor no merezco ganar lo mismo que ellos, pero la diferencia no puede ser tan grande. Que en los últimos 4 ó 5 años no me he acercado al resto de mis compañeros. Es injusto y me jode que la igualdad en mi departamento sea de tipo orwelliano, con unos son más iguales que otros. 

No me reconcilio con esta realidad. Lucho por cambiarla, pero conociendo los antecedentes, sólo me consuela  saber que Febrero tiene 28 días. 

08 agosto 2008

Macerando Excel

Girando en el fondo de una batidora. Así estamos. Resulta imposible encontrar orden o dirección mientras mi jefa siga sumida en el caos.

Ayer me llamó a una reunión con un jefazo. Repasamos temas a un nivel alejado de la realidad. Una hora hablando de “maceración de estrategias”, la última gilipollez del vocabulario cool de mi empresa. El lenguaje era tan barroco que no entendía muy bien lo que decían, aunque creo que ellos tampoco. Era como si dos personas mantuviesen una conversación en idiomas distintos sin entender una palabra de lo que dice el otro. Les reconozco el mérito: mantenían el tono de la conversación como si tal cosa.
Cuando me aburrí de tanta palabrería terminé por preguntar ingenuamente qué tenía que hacer yo en todo esto.

- ¿Qué tengo que hacer? 
- Una tonelada de Excel.
- ¿Para cuándo? 
- Para mañana.
- Me cago en vosotros. Y en vuestros ancestros.-Bueno, esto no lo dije, pero lo pensé muy fuerte-.

Me han jodido el día con sus urgencias de mierda. Otra vez 

Ahí tenéis los putos Excel -difuminados por eso de la confidencialidad- para que veáis la dimensión del marrón. No está mal para una tarde.





P.D. - 48 horas después de las putas urgencias el documento sigue encima de su mesa. Sin leer.


04 agosto 2008

Vocabulario ibérico


Urgente, prioritario, acuciante, ineludible, imperioso, importante, impostergable, necesario, perentorio, imprescindible, apremiante, inaplazable, inmediato, para ya, para ahora, cuanto antes.

Palabritas usadas en el mundo ibérico que nos ha tocado vivir. Usadas por mi jefa, claro.

03 agosto 2008

Parpadeos


Sigo con mi rollo experimental. En el curro me engañan, sobre todo mi jefa, por lo que he investigado si hay algo que me permita saber cuando me miente.
Lo hay.

Cuando mentimos parpadeamos menos que cuando decimos la verdad. Está documentado que al mentir se genera una mayor demanda cognitiva, lo que se asocia a una disminución del parpadeo. Y una vez que la mentira se ha contado, se da un aumento del parpadeo. En pocas palabras, que un mentiroso fija la vista sin parpadear hasta que termina de mentir. Y luego se relaja y parpadea.

El método que se siguió para verificarlo fue estudiar el comportamiento de 13 personas que tenían que mentir y de otras 13 que no mentían en un total de tres períodos. El período en el que debían mentir se denominó período crítico, y se grabaron para su análisis los parpadeos durante los tres periodos. 

El patrón de comportamiento en las personas que mentían era notablemente diferente al de quienes decían la verdad: los que mentían mostraban una disminución de parpadeo en el período crítico comparado con los períodos en los que decían la verdad, en los que se observó un aumento considerable de parpadeos. 
El otro grupo, el que decía la verdad, mostraba un aumento de parpadeo durante el período crítico. Parpadeaban al decir la verdad, justo lo contrario que los mentirosos.

El porqué de todo esto hay que hilarlo con otros estudios previos, como el de Holland y Tarlow en 1972, en el que comprobaron que se parpadea menos cuando se memoriza un número de 8 dígitos que cuando se memoriza uno de 4 en el mismo plazo de tiempo. 
Mentir es cognitivamente más exigente que decir la verdad, y lo mismo sucede cuando se memoriza. La mentira daría lugar a una disminución del parpadeo, y una vez que se ha dicho la mentira, se produce un descanso en la demanda cognitiva que desemboca en un aumento de parpadeo. Mentir es complicado porque hay que preparar una historia y controlar que la está creyendo el observador. Además, los mentirosos deben recordar sus declaraciones anteriores para que parezcan consistentes cuando vuelven a contar su historia, sabiendo qué contaron y a quién. 

Si buscamos una conexión con situaciones reales, probablemente la más clara esté en el ámbito policial. Por lógica los entrevistados en estas situaciones tienen una fuerte motivación para hacer creer que su coartada es real. 
Los análisis de entrevistas reales de la policía con sospechosos indican lo mismo, que la mentira exige un esfuerzo mental extra sobre decir la verdad. En los interrogatorios de policía, las mentiras estaban acompañadas por disminución del parpadeo, aumento de pausas, y disminución en los movimientos de manos y dedos, todo ello signos de carga cognitiva. Lo mismo que en los experimentos, vamos.

Pero, ¿y los que dicen la verdad? ¿Parpadean? Pues resulta que los que decían la verdad también mostraron un aumento de parpadeo, pero durante el periodo crítico y no en los otros dos períodos. Este aumento no estaba previsto, pero puede explicarse en términos de ansiedad. 

Flipé con la idea. Podía leer la mente de mi jefa. Me planté delante de ella y hablamos. La miré fijamente a los ojos para percibir cuando me mentía. 

Ya tengo conclusiones. Me cago en sus gafas de sol.

* - Para más información, se trata de una investigación realizada por Sharon Leal y Aldert Vrij en la Universidad de Porstmouth

26 julio 2008

Me lío

¿Como era lo de Críspulo? Hijo de... a ver... Gran... No, Bretaña no, lo otro. ¡¡¡Ah ya!!!

09 julio 2008

Los macacos y el apego

Harry Harlow (1905-1981) llevó a cabo experimentos con macacos para demostrar que los bebés desarrollan amor por sus madres porque estas les alimentan. 

Para probarlo, elaboró dos "madres": una de alambre y otra de trapo con una bombilla que daba calor. La primera proporcionaba alimento a la cría, mientras que la segunda proporcionaba calidez. Sorprendentemente, los macacos preferían a la madre de felpa, acudiendo a la de alambre solo para comer. 

Harlow se había equivocado. La motivación no era la alimentación, sino que esto era algo secundario que reforzaba el vínculo. Ante una situación de miedo, los macacos también acudían a las "madres" de felpa. Así, se concluyó que prevalecía el apego sobre la alimentación. Nos puede el cariño.

Ahora, ¿cómo se relaciona esto con el amor adulto? La respuesta es sorprendentemente similar. Aunque no nos guste admitirlo, los adultos también buscamos calidez y consuelo en nuestras relaciones, mucho más allá de la mera supervivencia o conveniencia. En el mundo de las citas modernas, donde las aplicaciones nos permiten "navegar" entre posibles parejas como si el amor fuera un supermercado, seguimos buscando algo más profundo y significativo.

Imaginemos una cita en un restaurante elegante. Friamente podríamos pensar que el exclusivo menú es lo que realmente importa, que el hecho diferencial para ganar el corazón del otro está en impresionar con la comida o el poder. Porque en cierto modo todos queremos impresionar de una u otra forma. Tengo la sensación de que los descapotables y la ropa juvenil cara están intimamente relacionados con esas idea. Sin embargo, igual que a los monos de Harlow, no es la exclusividad de la cena lo que nos atrae. Es la risa compartida, la sensación de seguridad al tomar la mano del otro, y la calidez de una mirada comprensiva lo que realmente nos conquista.

Consideremos ahora a la misma pareja que se conoció en la exclusiva cita. Tras una década juntos, se encuentran en medio de una discusión sobre qué cenar. Ella sugiere sushi, él quiere pizza. Tras una bronca que podría haber sido moderada por la OTAN, acuerdan pedir ambos platos. 

Al final de la noche, mientras saborean su mezcla culinaria, se dan cuenta de que no es la comida lo que los une, sino el hecho de que se preocupan lo bastante el uno por el otro como para intentar hacer las paces y permitir que el otro sea feliz. Y así, entre bocados de sushi y mordiscos de pizza, recuerdan que el verdadero sabor del amor es la compañía y la comprensión mutua.

En resumen, que igual que los macacos de Harlow, los adultos valoramos la conexión emocional y la calidez humana por encima de las meras necesidades básicas. Nos molan los coches, las mansiones, loa yates... pero el amor adulto, al final del día, se basa en el cariño, el apoyo y la presencia constante, mucho más que en los lujos o las comodidades materiales. 

Porque, como bien demostró Harlow, nos puede el cariño.

Bajarse en el arcén


Ya contaré lo que ha pasado este tiempo, porque cosas han pasado. Ahora estoy nervioso porque tengo dos días para decidir si lo mando todo a tomar por culo y me hago taxista.

Sufro porque dudo. Y dudo porque ahora parece que tengo un trabajo normal. Nos han cambiado de sitio y Críspulo se sienta lejos. Nadie le habla, y para rematar mi felicidad la jefa se ha encerrado en una especie de corral hecho de estanterías. Así no la molestan. Ni molesta, qué cojones. A mí me han puesto en una cruceta -una mesa gigante con cuatro sillas- y me siento con Luisito, Laura y Javier, viejos compañeros de viaje con los que gasto bromas y ocasionalmente hasta nos reímos. También tengo una ventana desde la que veo un edificio lleno de terrazas interesantes con señores que entran y salen. En diagonal a mi izquierda se sienta el puto enano, que recoge lo sembrado. No sé si en sus cosechas hay semillas, pero estiércol hay en abundancia. Todos los días come solo, y al haberle separado del trato humano, puedo confirmar que nadie tiene ni ganas ni necesidad de tratar con él. El muy gilipollas nos mira de reojo cuando nos reímos. Sólo gira los ojos, sin ladear la cabeza por si le pillamos. Espero que al menos tenga arrestos para recoger lo que siembra. Sin duda habrá montañas de nabos y rábanos, que sé que le van, y estiércol, mucho estiércol.

Entretanto doy vueltas a mis decisiones. El tema del taxi ni me mola ni me deja de molar, pero me da autonomía. Lo veo como un negocio en el que voy, vengo, y paro cuando quiero. Me permitirá olvidar esos trabajos urgentes haciendo previsiones insensatas y los PowerPoints que acaban polvorientos encima de una mesa. La simplicidad de conducir por dinero pinta bien. Me da flow, como dice una amiga.

Porque hoy sin ir más lejos, he llegado al curro a las 7.40h. Acababa de amanecer y casi me da un pasmo cuando me han saludado con un gruñido desde el fondo del departamento. Mi jefa estaba oculta tras su pantalla preparando una presentación para alguien importante. Así que encima de madrugar,  me ha tocado cancelar todo y prepararle la información para que se luzca.
Mientras la tengo echándome el aliento en la nuca para meterme prisa pienso que si viajase en mi puto taxi podría dar un frenazo en el arcén y sin hablar, señalar el exterior para que se baje. Y que ande, que buena falta le hace. Pero no puedo. Toca joderse y apretar los puños. 

Como reflexión, pienso que estoy aquí porque todo el mundo me dice que moverse por el escalafón de un banco es más digno que sentarse detrás de un volante. Y que como pesetón (=taxista) se hacen muchas horas. Pero creo que no sería ambicioso con el dinero. Contrataría un empleado para conducir menos horas. Al final la libertad de acción y el tiempo libre tienen un valor intrínseco. Los directivos, yuppies y demás fauna empresarial emplean su escaso tiempo libre en mierdas estresantes que no reportan satisfacción personal, como ir de compras o cenar con socios, mientras trabajan largas jornadas para mantener su codiciado estatus. Creo que es justo al revés. La sensación de tener tiempo es lo que marca la diferencia. Los que corren por el parque o juegan con sus hijos sienten que tienen tiempo libre y que lo pueden dedicar a sus cosas. Son más libres. Y más felices. 

Y qué coño, que mi mujer me ha dicho que prefiere un taxista pobre y digno a un directivo rico y con mala hostia perenne. Mi pensamiento, en consecuencia, ahora va de ruedas, consumos y asociaciones gremiales.

Ya me veo en un Starbucks con un palillo en la boca pidiendo un carajillo mientras golpeo insistentemente el mostrador con el canto de un euro. Prometo sacarme el palillo de la boca para hablar. 

27 junio 2008

Cerrando el círculo

Me voy. Tengo fecha de incorporación al nuevo departamento y si Dios quiere ese mismo día dejaré de escribir sobre este tema que tanta vida me ha robado. Desde que perdí las ganas de luchar he tenido otra perspectiva, pero siempre he llegado a las mismas conclusiones: lo que sucede es inadmisible, demoledor. En lo personal y lo profesional. Tengo que irme.

El día a día es una prueba de paciencia que cada vez llevo peor. Ayer, por ejemplo, sufrimos otro espectáculo lamentable patrocinado por la jefa, que nos convocó a la enésima reunión para dar brillo a su enano. Las monta periódicamente para él, creando ejercicios de exhibicionismo laboral que rozan el esperpento. El resto somos público obligado mientras Crispulo se regodea en explicaciones mesiánicas. Esas gilipolleces deleitan a la jefa al tiempo le suben el ego al enano. Ayer tocó escuchar memeces sobre el iPad, y Críspulo se excedió tanto paseándose y gesticulando con el cacharro que parecía Moisés bajando del Sinaí. Son gotas añadidas para  mi vaso.


Entretanto mi jefa, tan correcta y entregada a la política de pasillo, olvidó felicitar a los compañeros que habían conseguido un premio por ser los mejores de su sector. ¿Habría olvidado felicitar a Críspulo en la misma situación? Por los cojones. Cuando lo pienso me asaltan tantas certezas que me cuesta hasta respirar. De pura ansiedad, de impotencia, por no poder hacer nada para remediarlo.

Que me da miedo irme, sí, pero necesito tirar de la cadena para ver como Críspulo desaparece. Soportaré el miedo al cambio -que lo tengo, y mucho-, pero me consuelo pensando que en el nuevo departamento habrá mierda, pero nunca tanta como aquí. Saldré ganando.

A veces recapitulo las reflexiones vertidas en este blog y me doy cuenta de que he aprendido cosas, pero sobre que los trepas tienen como objetivo destacar sobre los demás. Se entregan de forma compulsiva, inevitable, en una carrera cuyo objetivo es el protagonismo. En su camino utilizarán todas las estrategias y recursos a su alcance, despedazando a quien se interponga.
Tener cerca a alguien así resulta avasallador. No repara en medios ni consideraciones, todo está subordinado a su fin y por definición es mal compañero de viaje. En ocasiones puede parecer que tiene afinidades, pero son simples alianzas estratégicas en las que se unen a quien pueda servirles para alcanzar sus objetivos. Una vez alcanzados, con frialdad inhumana, deja tirados a los que eran sus aliados. Desgraciadamente, hoy en día, la falta de curro hace que aumenten este tipo de perfiles. 

Como dicen los chinos, amigo Críspulo, que los dioses te devuelvan, multiplicado por diez, lo que estés haciendo a otros; lo bueno y… lo malo.

15 junio 2008

El templo de Delfos

En alguna parte del templo de Delfos se hallaba la inscripción "conócete a ti mismo". Esta advertencia tenía por objeto incitar al hombre a reconocer los límites de su propia naturaleza y a no aspirar a lo que es propio de los dioses.

No soy un Dios ni tengo ni idea de casi nada, por lo que mis certezas se difuminan. Dudo, como siempre. No acabo de asumir mi celebrada normalidad laboral y ya tiene un final cercano. Puto cierre del Banco. Cada mañana me levanto y voy a trabajar donde siempre, a la hora de siempre, a hacer lo de siempre. Pero se acaba, sin matices ni expectativas.

De lunes a viernes vivo en la tranquilidad que produce la monotonía, pero los fines de semana empiezo a madurar la idea de que uno de estos lunes no voy a tener donde ir y me sube un molesto calor a la cabeza.

La duda es hacia donde orientar mi futuro. Tengo la certeza de que un banco no puede tapiar la puerta y largarse. Lo normal es que sea absorbido por otro que se quede con el negocio y como mínimo con una parte de la plantilla. Por otro lado existen los EREs, y según te pille puedes salir bien o bastante trasquilado. Lógicamente estoy empezando a mandar curriculums a ver que pasa -aunque sólo sea por rodarme en entrevistas- pero nadie me ha llamado, por lo que todas las opciones siguen abiertas. Resumiendo, hablamos de:

a) Aguantar hasta el final y ver si nos compran y puedo jubilarme en un banco. Es una Ruleta rusa, pero hay más disparos que balas, por lo que tendría opciones de superviviencia. Tengo curro, y a las malas, si no me cogen, podría seleccionar el siguiente punto.

b) Aceptar un posible ERE -si es bueno- y buscar curro estando en paro. Me pone dinero en la buchaca, pero pierdo la opción de jubilarme en un banco. Aquí, una bala. Un disparo.

c) Aceptar alguna oferta de trabajo en la que probablemente perderé un alto porcentaje de sueldo. Pierdo además la posibilidad de jubilarme en un banco y el dinero del ERE. Y tendría que empezar de cero. Complicado.

Nunca he pasado bajo la puerta del templo de Delfos, pero de tanto estar conmigo me conozco. Sé que el calor en la cabeza lo sentiré cada vez más a menudo. También que soy cobarde. No me mola la incertidumbre y me cuesta salir de entornos conocidos. Por eso sé que mi decisión será la primera: esperar. Con la pistola en la sien.