27 junio 2008

Cerrando el círculo

Me voy. Tengo fecha de incorporación al nuevo departamento y si Dios quiere ese mismo día dejaré de escribir sobre este tema que tanta vida me ha robado. Desde que perdí las ganas de luchar he tenido otra perspectiva, pero siempre he llegado a las mismas conclusiones: lo que sucede es inadmisible, demoledor. En lo personal y lo profesional. Tengo que irme.

El día a día es una prueba de paciencia que cada vez llevo peor. Ayer, por ejemplo, sufrimos otro espectáculo lamentable patrocinado por la jefa, que nos convocó a la enésima reunión para dar brillo a su enano. Las monta periódicamente para él, creando ejercicios de exhibicionismo laboral que rozan el esperpento. El resto somos público obligado mientras Crispulo se regodea en explicaciones mesiánicas. Esas gilipolleces deleitan a la jefa al tiempo le suben el ego al enano. Ayer tocó escuchar memeces sobre el iPad, y Críspulo se excedió tanto paseándose y gesticulando con el cacharro que parecía Moisés bajando del Sinaí. Son gotas añadidas para  mi vaso.


Entretanto mi jefa, tan correcta y entregada a la política de pasillo, olvidó felicitar a los compañeros que habían conseguido un premio por ser los mejores de su sector. ¿Habría olvidado felicitar a Críspulo en la misma situación? Por los cojones. Cuando lo pienso me asaltan tantas certezas que me cuesta hasta respirar. De pura ansiedad, de impotencia, por no poder hacer nada para remediarlo.

Que me da miedo irme, sí, pero necesito tirar de la cadena para ver como Críspulo desaparece. Soportaré el miedo al cambio -que lo tengo, y mucho-, pero me consuelo pensando que en el nuevo departamento habrá mierda, pero nunca tanta como aquí. Saldré ganando.

A veces recapitulo las reflexiones vertidas en este blog y me doy cuenta de que he aprendido cosas, pero sobre que los trepas tienen como objetivo destacar sobre los demás. Se entregan de forma compulsiva, inevitable, en una carrera cuyo objetivo es el protagonismo. En su camino utilizarán todas las estrategias y recursos a su alcance, despedazando a quien se interponga.
Tener cerca a alguien así resulta avasallador. No repara en medios ni consideraciones, todo está subordinado a su fin y por definición es mal compañero de viaje. En ocasiones puede parecer que tiene afinidades, pero son simples alianzas estratégicas en las que se unen a quien pueda servirles para alcanzar sus objetivos. Una vez alcanzados, con frialdad inhumana, deja tirados a los que eran sus aliados. Desgraciadamente, hoy en día, la falta de curro hace que aumenten este tipo de perfiles. 

Como dicen los chinos, amigo Críspulo, que los dioses te devuelvan, multiplicado por diez, lo que estés haciendo a otros; lo bueno y… lo malo.

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