Esa era nuestra verdad: cada "siempre" venía con un pero que le daba sabor a mentira. Era la lógica fría e implacable que seguía a cada arrebato de calor.
Aunque mis instintos me gritaran que huyera, me quedé pensando que mi honor estaba en aguantar. Aunque tu amor a veces se sintiera como una celda, yo me creía el guardián, no el prisionero. Aunque todo en mí pidiera rendirme, me enseñaron que los hombres no se rinden, que el aunque es el campo de batalla donde se gana la gloria.
Ahí estábamos. Tú, sembrando peros que yo recogía como desafíos. Yo, respondiendo con aunques que creía que eran pruebas de mi amor, cuando en realidad eran exámenes que nunca aprobaba.
Pensé que mi camino era elegir: ser el insensible que obedece al pero y se marcha, o el necio que se inmola en el altar del aunque por puro orgullo.
Hoy rompo el ciclo. Me voy.
No es el pero quien gana. Ya conozco su veredicto. Y no es que me hayan vencido los aunques. Al contrario, me han hecho más fuerte.
Me voy porque al fin entendí. El pero era la evidencia de tu desconfianza. El aunque era mi terquedad, mi necesidad de demostrar que era un hombre de verdad.
La sorpresa no es que me rinda. La sorpresa es el valor que encontré para rendirme... a mí mismo. El acto más masculino no ha sido aguantar, sino soltar. Y en este silencio, por primera vez, no escucho tus peros ni mis aunques.
Solo escucho mi propia voz, y su primera palabra en años no es para ti, sino para mí: Libertad

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