09 abril 2026

Fecha cosida

Esta historia es una versión literaria y amplificada de un hecho real que le ocurrió a una amiga mía. Ella se encontró de verdad, por pura casualidad, con un conocido en un tanatorio… ambos vestidos con la misma sudadera.


Se compraron la misma sudadera de Madrid sin saberlo.

La habían comprado por casualidad, en momentos distintos, sin pensarlo demasiado. Y aquel día, con prisa, no tuvieron elección: fue lo único que encontraron para ir al tanatorio.

Gris, con “MADRID” en rojo. Nada especial.

Coincidieron en el pasillo, bajo una luz demasiado blanca. Se miraron y, casi al mismo tiempo, señalaron el pecho del otro.

—Qué puntería —dijo ella.

—O falta de imaginación —respondió él.

Se rieron, lo justo.

Mientras hablaban, él se llevó la mano al costado, apenas un roce, como quien intenta acomodar una etiqueta que molesta. Ella hizo lo mismo. No lo comentaron.

Luego vino el café. Y otro. Y otro más. Sin darse cuenta, empezaron a encontrarse sin excusa. Y aquel gesto —leve, siempre en el mismo punto— reaparecía de vez en cuando: al levantarse, al caminar, en mitad de una frase. Breve. Mecánico. Siempre en los dos. Nunca lo suficiente como para detenerse en él.

Alguna vez, sin motivo, ese roce se alargó un segundo más de la cuenta. Como si buscaran algo sin saber qué. Como si hubieran llegado a verlo… y lo hubieran dejado pasar.

Meses después volvieron al mismo tanatorio. Esta vez juntos, vestidos de negro.

Se detuvieron ante el féretro.

Y entonces ocurrió otra vez: él rozó el costado; ella también, en el mismo punto y en el mismo instante. Se miraron.

No dijeron nada.

Casi al mismo tiempo miraron alrededor.

Una pareja al fondo repitió el gesto. Otra, sentada, lo hizo igual. Y otra más. Siempre de dos en dos.

El murmullo siguió igual, pero algo ya no encajaba.

—La etiqueta… —dijo ella.

Él tardó un segundo en responder, como si acabara de abrir una puerta que llevaba tiempo cerrada.

—No era un número —dijo.

Ella negó, muy despacio.

—No.

Y entonces lo dijeron a la vez.

—Era una fecha.

No hacía falta comprobarla. La recordaban, sin saber desde cuándo.

Giraron la cabeza. El cartel en la puerta.

La fecha del fallecimiento.

La misma.

Durante un segundo, nadie se movió.

Luego ocurrió alrededor: otras miradas que también se alzaban hacia el cartel, otras pausas idénticas, otros silencios que encajaban demasiado bien.

Siempre de dos en dos.

Dentro, el hombre que diseñaba aquellas sudaderas de Madrid. El que repetía fechas.

Ella le buscó la mano. Él la encontró.

Y entonces lo entendieron.

No fue la sudadera. Ni la prisa.

Fue el gesto.

Ese roce mínimo, repetido durante meses, como si alguien hubiera dejado una señal latiendo bajo la piel. No para recordarlo, sino para que llegara el momento en que ambos lo sintieran a la vez.

Él inspiró hondo.

Y, como obedeciendo a algo más antiguo que la memoria, dejó de buscar el costado.

Subió la mano.

La apoyó sobre el pecho.

Sobre el corazón.

Ella lo miró.

Y, sin pensarlo, hizo lo mismo.

Él sonrió apenas. Ella también.

—Qué puntería —dijo él.

—O mala memoria —dijo ella.

Él negó con la cabeza, suave.

—No. Memoria no. Esto es más viejo.

Se quedaron en silencio, las manos sobre el corazón. Y alrededor, sin estrépito, otras parejas comenzaban a hacer lo mismo. Como si aquel gesto —el verdadero, el que siempre había estado esperando debajo del otro— acabara de contagiarse.

Y entonces, sin saber por qué, ambos tuvieron la certeza de que aquel gesto no era nuevo.

Ninguno de los dos recordaba haberlo aprendido.


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