03 enero 2026

Por si te quedas

Me di cuenta de que no ligo una tarde cualquiera, sin dramatismo. No fue frente a un espejo ni después de una cita fallida. Fue en el silencio cómodo de casa, cuando ya no había a quién echarle la culpa y el eco de mis propias excusas empezó a sonar demasiado claro.

No es que no lo intente. Me acerco. Escucho. Sonrío cuando toca. Hago las preguntas correctas, esas que no incomodan y que permiten seguir conversando sin sobresaltos. Sé estar. Sé no estorbar. Sé no pasarme. Y quizá ahí empieza el problema: sé no pasarme demasiado bien.

Voy por la vida como quien no quiere molestar. Como si el deseo fuera una falta de educación. Como si sentir de verdad fuese algo que hubiera que rebajar, filtrar, suavizar para no asustar a nadie. Entro en las conversaciones con el freno puesto, por si acaso. Por si el entusiasmo se nota. Por si alguien descubre que, en el fondo, yo sí esperaba algo.

No ligo porque llego con la derrota ensayada. No la digo en voz alta, pero la llevo escrita en los hombros. En la manera de no sostener la mirada un segundo más. En cómo hago de la ironía un refugio. En cómo me adelanto al rechazo para que no me pille desprevenido. Si no espero nada, no duele. O eso me cuento.

Tampoco ayuda que yo no sepa jugar. No al menos al juego ligero, ese donde nadie enseña las cartas y todo es medio en broma, medio en serio. A mí se me escapa la verdad por los bordes. Se me nota cuando alguien me interesa. Se me nota cuando una conversación me importa. No sé fingir desinterés sin sentir que me traiciono un poco.

Busco conexión cuando el mundo propone pasatiempos. Busco profundidad cuando toca flotar. Y eso, aunque no debería, a veces pesa.

He confundido muchas veces intensidad con urgencia. No porque quiera a cualquiera, sino porque quiero de verdad. Porque cuando algo se despierta en mí, lo hace con ganas. Con hambre. Con ilusión torpe. Y nadie quiere sentirse responsable de llenar un hueco que no entiende de dónde viene.

Mientras otros se abandonan al momento, yo me observo. Me mido. Me corrijo en directo. ¿Ha sido demasiado? ¿Demasiado poco? ¿Raro? ¿Fuera de lugar? Me miro tanto que a veces me olvido de estar. Y estar, he aprendido tarde, es lo único imprescindible.

Durante mucho tiempo pensé que no ligaba porque no era suficiente. Porque me faltaba algo: más seguridad, más desparpajo, más misterio, más piel dura. Pero no. No era eso.

No ligaba porque, en el fondo, no estaba buscando ligar. Estaba buscando descanso. Un lugar donde bajar la guardia. Un sitio donde no tener que demostrar nada. Estaba buscando que alguien me eligiera para poder, por fin, dejar de dudar de mí.

Y eso no se encuentra fuera.

El día que entendí esto no empecé a ligar de repente. No hubo un antes y un después cinematográfico. Pero algo se recolocó. Dejé de entrar en los encuentros como quien pide permiso y empecé a hacerlo como quien ofrece compañía. Sin urgencia. Sin disculpas.

Sigo sin ligar. Pero ya no me duele igual.

Porque ahora sé que no era rechazo lo que recibía, sino señales. Y que el amor —el bueno, el que llega— no aparece cuando uno se encoge para encajar, sino cuando uno se queda entero y dice, en silencio:

aquí estoy, por si te quedas;

y si no, también estoy.

01 enero 2026

La posibilidad que fue

Nunca he sido bueno ligando. No es falsa modestia: se me da mal de forma estructural. No sé medir silencios, me equivoco con las miradas y siempre llego tarde a lo que otros parecen entender sin esfuerzo. En las fiestas suelo quedarme en segundo plano, como si estuviera mirando un manual que no viene en mi idioma. 

Aquella Nochevieja no prometía nada distinto.

La macrofiesta estaba ya en su tramo final. El reloj debía de andar cerca de las seis, cuando el cansancio vuelve torpe cualquier gesto y la música se convierte en un latido ajeno. Fue entonces cuando la vi. Sola. De verdad sola, sin el típico corrillo a dos metros ni el móvil como coartada. Estaba quieta, como si hubiera llegado tarde a algo importante.

No recuerdo cómo empezó. Tal vez una frase absurda, tal vez ninguna. Lo siguiente fue estar besándonos como si no hubiera alternativa. Sin tanteos, sin risas nerviosas. Nos besamos con una naturalidad que me descolocó. No era mi estilo, ni mi territorio. Y, sin embargo, todo encajaba.

Nos estuvimos dando la paliza durante un tiempo imposible de calcular. Apoyados en una pared, luego sentados. La gente pasaba, volvía, desaparecía. Yo no pensaba en impresionar ni en qué vendría después. No pensaba en nada. Era cómodo, directo, sencillo. Como si ese fuera el lugar exacto donde tenía que estar.

Mis amigos me avisaron cuando ya no quedaba nada que exprimir a la noche. Me separé de ella con una sonrisa estúpida, levanté la mano en una especie de despedida sin promesa y me fui. No intercambiamos nombres. No pregunté nada. Tampoco miré atrás. En el coche, alguien bromeó con mi hazaña tardía. Yo asentí sin explicar que, por primera vez, no tenía nada que contar.

Los días siguientes intenté reconstruirla. Nada. Ni su cara, ni su voz, ni un rasgo concreto. Ni siquiera su altura. Solo conservé la certeza de que había ocurrido algo limpio, sin ruido alrededor. Y entonces apareció la pregunta, inevitable y molesta: ¿y si era la mujer de mi vida?

Durante un tiempo esa idea me persiguió. Luego entendí que quizá estaba mal formulada. Tal vez no se trataba de si lo era o no. Tal vez lo importante fue que, durante un rato, lo fue. Sin pasado ni futuro, sin expectativas, sin miedo a hacerlo mal. Un paréntesis perfecto.

Hoy sigo sin saber ligar. Nada ha cambiado demasiado. Pero cada Fin de Año, cuando el reloj se acerca a las seis y la fiesta empieza a vaciarse, miro alrededor con una calma distinta. Porque sé que, al menos una vez, el destino no me pidió más que estar allí. Y yo, sin darme cuenta, estuve.


Sí, sucedió. Y no, no la recuerdo