03 enero 2026
Por si te quedas
01 enero 2026
La posibilidad que fue
La macrofiesta estaba ya en su tramo final. El reloj debía de andar cerca de las seis, cuando el cansancio vuelve torpe cualquier gesto y la música se convierte en un latido ajeno. Fue entonces cuando la vi. Sola. De verdad sola, sin el típico corrillo a dos metros ni el móvil como coartada. Estaba quieta, como si hubiera llegado tarde a algo importante.
No recuerdo cómo empezó. Tal vez una frase absurda, tal vez ninguna. Lo siguiente fue estar besándonos como si no hubiera alternativa. Sin tanteos, sin risas nerviosas. Nos besamos con una naturalidad que me descolocó. No era mi estilo, ni mi territorio. Y, sin embargo, todo encajaba.
Nos estuvimos dando la paliza durante un tiempo imposible de calcular. Apoyados en una pared, luego sentados. La gente pasaba, volvía, desaparecía. Yo no pensaba en impresionar ni en qué vendría después. No pensaba en nada. Era cómodo, directo, sencillo. Como si ese fuera el lugar exacto donde tenía que estar.
Mis amigos me avisaron cuando ya no quedaba nada que exprimir a la noche. Me separé de ella con una sonrisa estúpida, levanté la mano en una especie de despedida sin promesa y me fui. No intercambiamos nombres. No pregunté nada. Tampoco miré atrás. En el coche, alguien bromeó con mi hazaña tardía. Yo asentí sin explicar que, por primera vez, no tenía nada que contar.
Los días siguientes intenté reconstruirla. Nada. Ni su cara, ni su voz, ni un rasgo concreto. Ni siquiera su altura. Solo conservé la certeza de que había ocurrido algo limpio, sin ruido alrededor. Y entonces apareció la pregunta, inevitable y molesta: ¿y si era la mujer de mi vida?
Durante un tiempo esa idea me persiguió. Luego entendí que quizá estaba mal formulada. Tal vez no se trataba de si lo era o no. Tal vez lo importante fue que, durante un rato, lo fue. Sin pasado ni futuro, sin expectativas, sin miedo a hacerlo mal. Un paréntesis perfecto.
Hoy sigo sin saber ligar. Nada ha cambiado demasiado. Pero cada Fin de Año, cuando el reloj se acerca a las seis y la fiesta empieza a vaciarse, miro alrededor con una calma distinta. Porque sé que, al menos una vez, el destino no me pidió más que estar allí. Y yo, sin darme cuenta, estuve.
Sí, sucedió. Y no, no la recuerdo
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