29 enero 2026

Manolo vs el Premio Nobel

Manolo estaba apoyado en la barra con el codo izquierdo bien plantado. No porque hiciera falta, sino porque así se piensa mejor. Desde ahí, con el cuerpo un poco torcido y la barriga descansando, se podía explicar el mundo entero sin levantarse.

En la tele hablaban del Premio Nobel. Manolo no miraba la pantalla, pero asentía despacio, como si estuvieran confirmando algo que él ya había explicado una vez, después de comer, sin que nadie se lo pidiera.

—Ese premio —dijo— está muy ben… para empezar, quero dicir.

Tocó el codo del de al lado. Toque breve, de aviso.

—Pero comparado comigo, ho… queda xustitiño.

—Hombre…

—No, no, espera —lo cortó Manolo—. Isto non é unha opinión. Isto é unha demostración, que non é o mesmo, xa che digo.

Levantó un dedo, ligeramente húmedo de cerveza.

—Primeiro punto. O Nobel dase unha vez ó ano.

Bajó el dedo.

—Eu opino todos os días, sen faltar. Incluso os domingos, que non son laborables, pero un ten cabeza igual.

Miró alrededor, por si alguien llevaba la cuenta.

—Segundo. O Nobel dánsello a un só.

Levantó otro dedo.

—A min escútame medio bar. E o outro medio fai que non oye, pero oye igual, porque o oído funciona ainda que non queiras.

Nadie se atrevió a negar eso.

—Terceiro. O Nobel dase en Suecia.

Hizo un gesto raro con la boca, como de algo frío que no entra.

—Suecia está lonxe, ho. Moito lonxe. Frío, frío de collóns. Así non se pensa ben. Alí a xente reflexiona, pero sen calor, e iso xa condiciona.

Dio un trago enorme a la cerveza, dejó el vaso con decisión y se inclinó un poco hacia delante.

De repente, se metió la mano diestra por el escote de la camisa, estirando la tela sucia y reacomodándola sobre la barriga con un movimiento brusco y rutinario, como si amasara una pieza de carne. Luego sufrió una especie de espasmo e infló los carrillos como un sapo al tiempo que se le abrían mucho los ojos, como si acabara de recordar algo importantísimo… o como si el cuerpo hubiese tomado una decisión por su cuenta.

Se quedó quieto. Muy quieto.

Luego sopló despacio.

El aire que salió tenía memoria.
A matanza, a grasa vieja y a vino peleón.
No lo lanzó con rabia ni con prisa. Lo dejó ir, seguro de sí mismo, directamente hacia el de al lado.

El hombre dio un paso atrás. Luego otro. Se le cerró el pecho, empezó a toser seco, cambió de color en un orden que no estaba en ningún manual y buscó aire con la boca abierta, como si el bar se hubiese quedado sin oxígeno de repente.

—Joder, Manolo…

Manolo lo miró con calma, ladeando un poco la cabeza.

—Iso é saúde, home… 

Se recolocó en el codo.

El del lado siguió respirando como si estuviera subiendo una cuesta con bolsas.

Manolo asintió, comprensivo.

—Claro… iso hai que saber levalo. E se non se sabe, pois non se sabe. Non pasa nada.

El camarero carraspeó, intentando rescatar la conversación.

—Pero el Nobel cambia el mundo.

Manolo negó con la cabeza despacio, con esa paciencia gallega que avisa de que viene sentencia.

—Non, home. O Nobel explica o mundo cando xa pasou. Eu explícoo antes, que é cando ten mérito.

Tocó otra vez el codo del vecino, ahora con suavidad.

—Cuarto punto. Ó Nobel dánlle cartos.

—Mucho dinero —dijo alguien desde más lejos, por seguridad.

—Claro, claro —asintió Manolo—. Porque sen cartos non fanche ni caso. A min fánmelo caso gratis, que iso ten máis valor, mira ti.

Bebió un trago corto.

—Quinto. O Nobel óbrigate a dar discursos.

Se apoyó con los dos codos en la barra.

—Eu falo cando fai falta. E cando non, tamén, por se acaso, que nunca se sabe.

Desde el fondo alguien intentó, débilmente:

—Pero los Nobel son premios a la excelencia…

Manolo sonrió despacio, como quien oye una palabra muy bonita pero poco práctica.

—A excelencia cansa, ho. Iso é para xente nova. Eu son constante, que dura máis e non dá traballo.

Miró la tele una última vez.

—Ademais, un Nobel dura o que dura a noticia.

Se señaló el pecho con el pulgar.

—Eu levo aquí anos. E aquí sigo. Iso non telo dá Suecia.

Silencio absoluto.

Manolo remató sin subir la voz, porque no hacía falta.

—Así que non digo que o Nobel sexa malo, ¿eh?

Bebió.

—Digo que a min me queda pequeno.

Apoyó el codo con más fuerza, satisfecho, mientras el del lado seguía intentando respirar como si hubiera pasado por una nube concentrada de chorizo con denominación de origen.

—E non me fales do da Paz —añadió de pronto, limpiándose una comisura de la boca con el dorso de la mano—. Home, a paz, se a queres de verdade, convídas a uns cantos a unha barbacoa e que non falen de fútbol nin de política. Iso sí que é un logro. O resto é fumarada.

20 enero 2026

Manolo y el Amo

Manolo quedó con Luis Discreto 1984 en su bar de siempre. El de las mesas cojas y las croquetas con más pasado que futuro.

Luis llegó puntual.

Y llegó… llamativo.

Traje de cuero negro. Entero. Pantalón, chaqueta, botas. Todo negro. Todo brillante. Crujía al moverse.

Manolo lo vio entrar, se quedó mirándolo fijamente durante tres segundos y luego escupió un poco de cerveza de la risa.

—Pero onde vas, home —dijo—. ¿Roubaches a moto a un de Village People?

Luis se detuvo. Lo miró por encima de las gafas.

—Este atuendo no es casual. Es parte de mi presencia.

Manolo lo recorrió de arriba abajo con la mirada.

—Presenza tes, si. Pareces un malo de película mala.

Luis se sentó con cuidado. El cuero hizo un ruido raro contra la silla.

—Este traje impone respeto.

Manolo apoyó los codos en la mesa.

—O que impón é calor. Tes que estar cocéndote aí dentro coma un chourizo.

Luis ignoró el comentario.

—Hay estudios que demuestran que la vestimenta adecuada refuerza la autoridad.

Manolo asintió muy serio.

—Claro. Por iso os toureiros visten así.

Silencio.

—No es un disfraz —dijo Luis.

Manolo estiró la mano y le dio dos golpecitos en la manga. Plak plak.

—Pois o tacto di outra cousa.

El camarero se acercó.

—¿Qué vais a tomar?

Manolo habló primero:

—Para min unha cervexa. Para o de Matrix… outra, que se non se me deshidrata dentro do traxe.

Luis cerró los ojos un segundo.

—Manolo, te recuerdo que hemos venido a hablar de dinámicas de control —dijo Luis, serio, sin moverse apenas dentro del traje de cuero.

Manolo lo miró, miró el traje otra vez, le dio un trago a la cerveza y apoyó el vaso con fuerza en la mesa.

—A ver, que eu tamén che digo…—aquí isto funciona fácil..

Luis arqueó una ceja.

—Explícate.

—Eu pido cervexas —dijo Manolo—, ti bébelas. Eu falo alto, ti escóitasme. E se o pantalón fai ruído, pois mala sorte.

El cuero crujió ligeramente cuando Luis se recolocó.

—No funciona así.

Manolo se inclinó hacia delante.

—Pois aquí si.

Le dio una palmada en el hombro con tanta fuerza que el cuero sonó como un sofá nuevo.

—Reláxate, Batman.

—No soy Batman.

—Pois Robin tampouco, tranquilo.

Llegaron las cervezas. Manolo brindó.

—Veña, polo home-bota.

Luis no chocó el vaso.

—Manolo, necesito que me tomes en serio.

Manolo lo miró, miró el traje, volvió a mirarlo a él.

—Mira, eu tomote en serio, pero ese traxe non axuda.

—Este traje simboliza autoridad.

—Ese traxe simboliza que se te sentas cerca do radiador mores.

Luis respiró hondo.

—Estoy acostumbrado a que cuando entro en un sitio, la gente cambie su actitud.

—Aquí cambiou —dijo Manolo—. Agora todos están mirando para ti.

Dos parroquianos del fondo, efectivamente, no le quitaban ojo.

Uno susurró:

—¿Ese vén dunha película ou dun psiquiátrico?

Luis se removió incómodo en la silla. El pantalón crujió otra vez.

Manolo terminó la cerveza, se limpió la boca con la mano y se levantó.

—A ver, que eu tamén che digo… —dijo sin mirar— eu á xente que fai ñic ñic ao moverse non a podo tomar en serio.

Luis intentó decir algo. No pudo. El ñic lo traicionó otra vez.

Manolo levantó un dedo.

—Non, non. Xa falaches bastante.

Dejó unas monedas sobre la mesa y se puso la chaqueta.

—Ti podes ser Amo, Xefe ou o que che apeteza.

Se encaminó a la puerta y, ya desde allí, soltó la última:

—Pero aquí, con ese pantalón, pareces o do carnaval que chegou tarde.

Eructó. Perfecto.

Portazo.

El camarero miró a Luis, miró el traje y preguntó:

—¿Algo más?

Luis bajó la vista.

—Agua.

El pantalón crujió.


FIN


19 enero 2026

Manolo y el Tío Raro

Ojo!!! Antes de leer este texto, tienes que leer el post anterior. Así conocerás al señor Manso que tiene el placer de conectar con Manolo.

https://www.viviracodazos.com/2026/01/manual-de-atencion-un-publico-improbable.html

-----------------------------


Manolo estaba en el bar, su centro de operaciones tácticas. Frente a él, la trinidad sagrada: una cerveza sudando condensación, un bocadillo de panceta con un brillo casi radiactivo y el móvil con la pantalla al 100% de brillo para discutir con desconocidos, que es un deporte que se le daba muy bien.

Acababa de soltar una perla en un grupo de “Cocina moderna”: 

"Eso no es esferificación, eso son grumos de toda la vida, pero con marketing. A mí no me la das, que yo sé de química lo que hay que saber: si burbujea, se bebe."

Le dio un mordisco al bocadillo, se limpió la grasa en el pantalón (el servilletero es para los débiles) y soltó un eructo que hizo vibrar las copas de la estantería.

—BUUUURP. —Miró a su alrededor buscando aprobación. Nadie se la dio. Mejor, así no tenía que compartir la sabiduría.

En ese momento, el móvil vibró. Mensaje privado.

Sumi Manso 1978

Hola… he visto lo que escribes… Y creo que tú eres justo el tipo de hombre que necesito.

Manolo frunció el ceño —ese ceño que parecía una ceja con vida propia— y tecleó de vuelta, masticando aún un trozo de chorizo. —¿Qué queres, home?

Verás… me gustan los hombres con carácter… Los que mandan… Los que no preguntan… Los que ponen firme a los demás…

Manolo torció la boca, como si el mensaje oliera peor que su bocata. —¿E a min que me contas, rapaz? ¿Buscas un capataz de obra ou qué? Porque eu coordínote unha cuadrilla en cinco minutos, xa che digo.

Yo soy más bien… de obedecer… Me gusta sentir que alguien me controla… Que me diga dónde tengo que estar… Qué tengo que hacer…

—Pois compra un GPS, home —masculló Manolo para sí, antes de teclearlo—. Que te veo perdido desde aquí, xa che digo eu.

No… yo prefiero un hombre… Alguien que me hable fuerte… Que me haga sentir pequeño…

Manolo arrugó la cara, soltando un bufido que espantó a una mosca despistada. 

—Pero ti eres tonto de fábrica o te caíste varias veces, non xodas. Y si queres sentirte pequeno, vaite a Hacienda sen cita previa.

Cuando me hablan así… Me tiemblan las piernas… Me pongo nervioso… Me gusta…

—A ti o que che gusta é ter o ralentí baixo, paréceme a min. Eso é falta de ferro ou dun lacón con grelos.

Y cuando me dicen que no valgo… Que no destaco en nada… Que soy poca cosa…

—Eso é falar por non calar, home, non fai falta que che cobre eu. Se queres que che baixen os fumes, vete a unha reunión de veciños e propón unha derrama, xa verás como te poñen fino.

…me dan ganas de encogerme… De quedarme quieto… De que sigan…

Manolo miró la cerveza, luego el bocata a medio devorar y volvió al móvil, ya con un brillo de irritación en los ojos. 

—A ver, campeón, ¿teu escribes así ou te dieron un golpe de pequeño?

Es que cuando te leo… Cómo machacas a la gente… Cómo los dejas por los suelos…

—Eu non machaco ninguén, carallo, eu paso a ITV da realidade.

Eso… eso es lo que me gusta… Que seas así… tan duro… Tan directo… Tan dominante…

Ahora Manolo tecleaba con mala hostia, sus dedos gordos aporreando la pantalla como si fuera el culpable. 

—Mira, rapaz, eu non son dominante nin gaitas. Eu son un cidadán informado. Se a ti che pica a verdade, pois ráscate cun estropallo, que exfolia moi ben.

Cuando me dices eso… Me recorre algo por dentro… Me deja temblando…

—Sí, home. Eso chámase estar mal da cabeza.

A veces releo tus mensajes antes de dormir…

—¿Cómo que os relees? —gruñó Manolo en voz alta, atrayendo la mirada del camarero.

Sí… cuando me siento inseguro… Me ayudan… Me centran… Me hacen sentir cosas…

—A ti te falta un tornillo e media ferretería, xa te lo digo.

Manolo dejó el móvil en la barra con un golpe sordo y miró al camarero, Xosé, que limpiaba vasos con resignación eterna. 

—Xosé. 

—¿Qué? 

—Hai xente que debería vir con libro de instrucións e garantía selada, cagondiola. —Volvió a mirar el chat—. Este necesita un formateo a baixo nivel.

Volvió al chat, ya con la paciencia al límite. 

—¿Ti estás ben da cabeza ou vés torcido xa de serie?

Cuando me dices que soy inútil… Que no sirvo para nada…

—Porque non vales, rapaz, non é poesía, é contabilidad básica. Eres un pasivo, pero do balance de situación, oíches?

…me dan ganas de quedarme quieto… De obedecer… De no moverme…

—Ti o que necesitas é un reinicio, a ver se arrancas, ho.

Me gusta cuando eres así conmigo…

Manolo cerró los ojos, respiró hondo y eructó de nuevo, como para exorcizar la conversación. 

—BUUUURRRRRPPPPPP. 

—Este está para estudo, pero serio —murmuró. Tecleó: 

—Mira, imos deixar unha cousa clara: eu non son teu amigo, non son teu pai... e pola gloria da miña nai, non son teu “amo”. E enriba eres un pesado de categoría Champions, neno.

Eso… eso me encanta leerlo así… Dime lo miserable que soy.

—Mira ti, enriba sibarita, o tío.

¿Podrías decirme algo más? ¿Una orden?

Manolo vio una oportunidad. Una oportunidad de gestión de residuos eficiente. Escribió: 

—¿Queres unha orde? Pois vas flipar, carallo. Teño a arqueta do patio da casa atrancada. Leva así dende o Prestige. Aquelo é un tapón de toallitas, graxa de chourizo e pelos de toda a familia. Pois vas para alá agora mesmo, levantas a tapa de formigón a pulso, metes o brazo ata o ombro na auga podre e desatascas iso a dedo. ¡A dedo, oíches! E non pares ata que a auga corra coma o río Miño. ¡Y sin guantes, eh, que hai que sentir a avaría!

Pasaron unos segundos. El “escribiendo...” parpadeaba frenéticamente.

…Dios mío… Meter el brazo en tu inmundicia… Desatascar tu tubería con mis propias manos… Sin guantes… sintiendo tu… bloqueo. Es… es lo más degradante que me han dicho nunca. Voy para allá llorando de emoción.

Manolo negó con la cabeza, decepcionado con la especie humana. —Este goza fozando na merda, está clarísimo. Hai xente pa todo.

Dos días después, el móvil volvió a vibrar.

He vuelto a leer lo que me dijiste… Ya corre el agua… olía fatal… Aún no me he lavado la mano para recordar tu autoridad… …me late el corazón muy fuerte… Me he tenido que sentar… Pero… ha sido increíble…

Manolo negó con la cabeza, como si el mundo entero conspirara contra su paz grasienta. 

—Este goza co sufrimento, está clarísimo. Un faro para tarados, eso é o que son.

He vuelto a leer lo que me dijiste… Me ayuda a dormir…

Manolo, ya en modo Terminator cuñao, respondió: 

—Pois a ver se un día te durmes de todo e descansamos todos, rapaz.

…me encanta cuando me hablas así…

Manolo lo bloqueó con un dedo triunfal, pidió otra cerveza y suspiró. —Internet é un erro, pero grande, Xosé. Eu creo que sen querer estou activando algo. Como un faro para tarados.

Se bebió la cerveza de un trago, eructando con vocación marítima.

 —BUUUURRRRRPPPPPP.

Diez minutos después, otro privado de Luis Discreto 1984.

Hola… he visto cómo escribes en Facebook… Y creo que tú eres justo lo que estoy buscando…

Manolo miró el móvil, luego la cerveza, luego el bocata. Suspiró de nuevo, pero esta vez con un brillo irónico en los ojos, como si el universo le hubiera regalado una saga infinita de absurdos.

—Xosé… eu creo que calquer día vén un e pídeme que lle grite en persoa. E o peor é que igual acepto, solo para ver como se rompen.

Y así, en el bar de las certezas grasientas, Manolo —el Cuñao Eterno— descubrió que su superpoder no era solo opinar, sino atraer a los improbables, en un bucle disparatado.


Manual de atención a un público improbable


“La vida es una tragedia cuando se ve en primer plano, pero una comedia si se mira en plano general.”

Charles Chaplin



Entré en Facebook con una novela y salí con una anécdota que todavía pide terapia.

Iba a vender un libro.

Un libro. Una cosa con páginas. Un objeto bastante inofensivo. Nada que debiera requerir valor, ni abogado, ni un protocolo de emergencia.

No esperaba emociones fuertes. Pero hay días en los que la realidad decide montarte una exposición temporal de rarezas.

Se manifestó en forma de señor. Porque los hombres así no escriben: se manifiestan.

—Hola, soy sumiso.

Y yo pensé: magnífico. Yo soy pelirroja e intolerante al gluten. Parecía una reunión de presentación de síntomas.

Pero no. Él no estaba compartiendo. Estaba abriendo expediente.

A los pocos mensajes ya estaba intentando comprar algo que no estaba a la venta.

—¿Puedo ser tu perrito?

¿¿¿¿Qué???? No. Esto es una librería. No un refugio animal.

—Compro 10 libros.

Lo dijo con el orgullo de quien cree que la vida es una máquina expendedora: introduces libros y cae una fantasía de serie B.

—¿Y si compro 20?

Seguíamos sin estar en un mercado persa.

—¿Qué valoras más, el sometimiento psíquico o el físico?

Valoro mucho que la gente tenga una vida interior que no necesite intermediarios ni presupuesto.

—Eso son 10 libros más.

Ah. De acuerdo. Esto era un videojuego. Yo estaba desbloqueando diálogos secundarios sin querer y sin ganas.

—¿Qué zapatos usarías para ser mi dueña?

Los de correr. Los de huir. Los de desaparecer en una nube de humo como Batman, pero con ansiedad.

—¿Puedo llamarte ama?

No.

—Compro 50 libros.

Ni con la Biblioteca de Alejandría, campeón.

—Soy un sumiso diferente.

Naturalmente. Todos los especímenes lo son. Es lo que pone en la etiqueta, antes de la letra pequeña.

—No busco sexo.

Estupendo. Yo tampoco busco… esto.

—¿Prefieres que me entregue psíquica o físicamente?

Prefiero que te entregues a la lectura. Empieza por algo sencillo. Con dibujos, que te hará falta.

O mejor entrégate a la policía. Empieza por ahí. Es una institución con horarios y vocación de orden.

—Exporto materiales a Europa.

Yo exporto silencio a quien lo merece.

—¿Serías mi ama si compro los libros?

No tengo vocación de ser ama. Vendo libros, no fantasías por encargo.

—Podemos ser amigos.

No.

—Por ser amigos no pasa nada.

Sí pasa. Pasa que no quiero y además me gusta mucho querer cosas normales.

—Soy un hombre diferente.

Sí. Diferente como un electrodoméstico que desarrolla opiniones y exige atención emocional.

Al día siguiente volvió. Con la misma diferencia cuidadosamente rehecha.

—Hola, ¿hablamos? Soy un hombre diferente.

Claro. Diferente. Como una “oferta exclusiva” que llega todos los días.

Moraleja:

Hay gente que cree que todo en esta vida se puede comprar.

Unos compran casas. Otros compran coches.

Y luego están los que creen que pueden comprar una persona, un guion y un universo paralelo pagando en libros.

Yo no.

Yo solo vendía una novela.

Y acabé descubriendo que internet es ese lugar donde tú pones un escaparate…

y alguien intenta empadronarse dentro.


* Dedicado a mi buena amiga Belén, a la que esto le ha sucedido realmente. He visto las conversaciones, los pantallazos... y es verdad de la buena. Tela.


El Señor de los Anillos: La Comunidad del Cuñao y el chorixo

Nadie supo cómo pasó, pero Manolo apareció en mitad de la Tierra Media y, nada más ver el ambiente, dio por hecho que había llegado a las fiestas de algún pueblo.

—Mecagoenros… —dijo mirando alrededor—. Esto parece Ourense, pero subvencionado.

Había banderas raras, gente disfrazada de medieval, barbas sospechosas y nadie parecía estar trabajando.

—Xa dicía eu —murmuró—. Festa grande. Isto ten comisión seguro.

Miró alrededor con calma, buscando lo importante.

—O palco estará por aí… e o bar tamén, porque sen bar isto non arranca.

Un grupo de hobbits pasó corriendo delante de él y Manolo asintió, tranquilo.

—Os nenos xa van algo cargados, pero bueno, mentres non rompan nada…

Aragorn se le acercó con toda la solemnidad que dan los años de sufrimiento y una barba bien llevada.

—Eres un viajero de tierras lejanas. El destino de este mundo depende de ti.

Manolo lo miró despacio, de botas a espada, evaluando el disfraz. Iba vestido como para una despedida de soltero medieval.

—¿Y tú quen eres, el de seguridad?

Aragorn parpadeó.

—Necesitamos tu ayuda. El destino del mundo depende de este anillo.

Aragorn respiró hondo, metió la mano bajo la capa y sacó una pequeña cadena.

De ella colgaba un anillo dorado, sencillo, pero con ese brillo que hace que todo el mundo se calle sin saber muy bien por qué.

Lo sostuvo un instante entre los dedos, con respeto.

—Este es el Anillo Único. Sobre él pesa el destino de todos los pueblos libres.

Manolo lo miró un segundo, ladeando la cabeza.

—¿Ese?

Aragorn asintió y se lo tendió con cuidado, como quien entrega algo delicado.

Manolo lo cogió sin ceremonia, lo acercó a los ojos, lo miró a contraluz, se lo intentó meter en el dedo meñique. No entró.

—Esto es bisutería, home. En la feria de Xinzo los venden a puñaos.

Antes de que pudiera reaccionar, apareció Gandalf, apoyado en su bastón, encantado de escucharse.

—Ese anillo que llevas fue forjado por Sauron en tiempos antiguos. Su poder es inconmensurable y puede condenar a todos los pueblos libres.

Gandalf habló largo y tendido. De guerras, de oscuridad, de sacrificios necesarios y de esperanza. Manolo lo dejó hacer, porque cortar al del pregón siempre queda feo.

Cuando Gandalf terminó, satisfecho, se hizo un silencio solemne.

Manolo respiró hondo… y el cuerpo le jugó una mala pasada.

—Brrruuuaaaap…

Se quedó un segundo quieto, como evaluando daños, y luego se limpió la boca con la manga.

—Perdón, eh. Isto escapóuseme sen querer, que teño o bocata dando voltas.

Miró alrededor, conciliador.

—A ver… igual é cousa miña, eh, pero se isto é tan perigoso, igual convén ir ao grano, que logo pecha a cantina.

La Compañía se puso en marcha. Frodo caminaba decidido, Sam cargaba con todo, Legolas miraba al horizonte como si buscara fuegos artificiales y Gimli se quejaba porque también forma parte del folclore.

Manolo iba detrás, sin apuro.

—¿Isto sempre é costa arriba ou é que a procesión vai polo sitio malo?

En las Minas de Moria apareció el Balrog, envuelto en fuego y sombras, rugiendo como una cosa antigua y enfadada que llevaba siglos sin ventilar.

Todos se quedaron quietos.

Manolo ladeó la cabeza, lo observó con atención y frunció un poco el ceño, no por miedo sino como quien recuerda algo importante.

—Ah… vale. Xa sei o que che pasa.

El Balrog avanzó, levantando el látigo, convencido de que aquello iba a ser rápido.

Manolo dio medio paso adelante, se plantó bien, infló el pecho con intención clara y respiró hondo, muy hondo, como quien abre una herramienta conocida.

—Toma nota, que logo non repito.

Le sopló el eructo directamente a la cara.

—Brrrrrrruuuaaaaaap…

El aire se volvió espeso al instante.

Un olor brutal a chorizo curado, ajo, pimentón y fiesta patronal se expandió con orgullo gastronómico.

—Toma, chorixo coma Deus manda. Denominación de orixe —añadió Manolo, tranquilo.

El Balrog se quedó clavado.

Parpadeó.

Intentó rugir, pero solo consiguió un sonido húmedo y decepcionante.

Dio dos pasos atrás, se llevó una garra al pecho y cayó de espaldas, inconsciente, derrotado por algo que no figuraba en ninguna profecía.

Manolo lo miró caer y asintió.

—Había boa materia prima.

Gandalf tardó unos segundos en reaccionar.

—Has derrotado a una criatura primigenia del mal.

Manolo se encogió de hombros.

—Xa… cando o chorixo é coma Deus manda, nótase.

En el Monte del Destino, Frodo temblaba con el anillo en la mano.

—No puedo… es demasiado poderoso…

Manolo lo miró con una paciencia casi pedagógica.

—Mira, rapaz, isto é coma un viño picado: ou o tiras ou che vai sentar mal.

Cogió el anillo, lo lanzó al volcán y observó cómo desaparecía en la lava.

Respiró hondo y dejó escapar un último eructo suave, cansado, de trabajo terminado.

—Brrruaap…

—Bueno, pois xa estaría. Un oruxo caería ben, e logo xa se ve.


03 enero 2026

Por si te quedas

Me di cuenta de que no ligo una tarde cualquiera, sin dramatismo. No fue frente a un espejo ni después de una cita fallida. Fue en el silencio cómodo de casa, cuando ya no había a quién echarle la culpa y el eco de mis propias excusas empezó a sonar demasiado claro.

No es que no lo intente. Me acerco. Escucho. Sonrío cuando toca. Hago las preguntas correctas, esas que no incomodan y que permiten seguir conversando sin sobresaltos. Sé estar. Sé no estorbar. Sé no pasarme. Y quizá ahí empieza el problema: sé no pasarme demasiado bien.

Voy por la vida como quien no quiere molestar. Como si el deseo fuera una falta de educación. Como si sentir de verdad fuese algo que hubiera que rebajar, filtrar, suavizar para no asustar a nadie. Entro en las conversaciones con el freno puesto, por si acaso. Por si el entusiasmo se nota. Por si alguien descubre que, en el fondo, yo sí esperaba algo.

No ligo porque llego con la derrota ensayada. No la digo en voz alta, pero la llevo escrita en los hombros. En la manera de no sostener la mirada un segundo más. En cómo hago de la ironía un refugio. En cómo me adelanto al rechazo para que no me pille desprevenido. Si no espero nada, no duele. O eso me cuento.

Tampoco ayuda que yo no sepa jugar. No al menos al juego ligero, ese donde nadie enseña las cartas y todo es medio en broma, medio en serio. A mí se me escapa la verdad por los bordes. Se me nota cuando alguien me interesa. Se me nota cuando una conversación me importa. No sé fingir desinterés sin sentir que me traiciono un poco.

Busco conexión cuando el mundo propone pasatiempos. Busco profundidad cuando toca flotar. Y eso, aunque no debería, a veces pesa.

He confundido muchas veces intensidad con urgencia. No porque quiera a cualquiera, sino porque quiero de verdad. Porque cuando algo se despierta en mí, lo hace con ganas. Con hambre. Con ilusión torpe. Y nadie quiere sentirse responsable de llenar un hueco que no entiende de dónde viene.

Mientras otros se abandonan al momento, yo me observo. Me mido. Me corrijo en directo. ¿Ha sido demasiado? ¿Demasiado poco? ¿Raro? ¿Fuera de lugar? Me miro tanto que a veces me olvido de estar. Y estar, he aprendido tarde, es lo único imprescindible.

Durante mucho tiempo pensé que no ligaba porque no era suficiente. Porque me faltaba algo: más seguridad, más desparpajo, más misterio, más piel dura. Pero no. No era eso.

No ligaba porque, en el fondo, no estaba buscando ligar. Estaba buscando descanso. Un lugar donde bajar la guardia. Un sitio donde no tener que demostrar nada. Estaba buscando que alguien me eligiera para poder, por fin, dejar de dudar de mí.

Y eso no se encuentra fuera.

El día que entendí esto no empecé a ligar de repente. No hubo un antes y un después cinematográfico. Pero algo se recolocó. Dejé de entrar en los encuentros como quien pide permiso y empecé a hacerlo como quien ofrece compañía. Sin urgencia. Sin disculpas.

Sigo sin ligar. Pero ya no me duele igual.

Porque ahora sé que no era rechazo lo que recibía, sino señales. Y que el amor —el bueno, el que llega— no aparece cuando uno se encoge para encajar, sino cuando uno se queda entero y dice, en silencio:

aquí estoy, por si te quedas;

y si no, también estoy.

01 enero 2026

La posibilidad que fue

Nunca he sido bueno ligando. No es falsa modestia: se me da mal de forma estructural. No sé medir silencios, me equivoco con las miradas y siempre llego tarde a lo que otros parecen entender sin esfuerzo. En las fiestas suelo quedarme en segundo plano, como si estuviera mirando un manual que no viene en mi idioma. 

Aquella Nochevieja no prometía nada distinto.

La macrofiesta estaba ya en su tramo final. El reloj debía de andar cerca de las seis, cuando el cansancio vuelve torpe cualquier gesto y la música se convierte en un latido ajeno. Fue entonces cuando la vi. Sola. De verdad sola, sin el típico corrillo a dos metros ni el móvil como coartada. Estaba quieta, como si hubiera llegado tarde a algo importante.

No recuerdo cómo empezó. Tal vez una frase absurda, tal vez ninguna. Lo siguiente fue estar besándonos como si no hubiera alternativa. Sin tanteos, sin risas nerviosas. Nos besamos con una naturalidad que me descolocó. No era mi estilo, ni mi territorio. Y, sin embargo, todo encajaba.

Nos estuvimos dando la paliza durante un tiempo imposible de calcular. Apoyados en una pared, luego sentados. La gente pasaba, volvía, desaparecía. Yo no pensaba en impresionar ni en qué vendría después. No pensaba en nada. Era cómodo, directo, sencillo. Como si ese fuera el lugar exacto donde tenía que estar.

Mis amigos me avisaron cuando ya no quedaba nada que exprimir a la noche. Me separé de ella con una sonrisa estúpida, levanté la mano en una especie de despedida sin promesa y me fui. No intercambiamos nombres. No pregunté nada. Tampoco miré atrás. En el coche, alguien bromeó con mi hazaña tardía. Yo asentí sin explicar que, por primera vez, no tenía nada que contar.

Los días siguientes intenté reconstruirla. Nada. Ni su cara, ni su voz, ni un rasgo concreto. Ni siquiera su altura. Solo conservé la certeza de que había ocurrido algo limpio, sin ruido alrededor. Y entonces apareció la pregunta, inevitable y molesta: ¿y si era la mujer de mi vida?

Durante un tiempo esa idea me persiguió. Luego entendí que quizá estaba mal formulada. Tal vez no se trataba de si lo era o no. Tal vez lo importante fue que, durante un rato, lo fue. Sin pasado ni futuro, sin expectativas, sin miedo a hacerlo mal. Un paréntesis perfecto.

Hoy sigo sin saber ligar. Nada ha cambiado demasiado. Pero cada Fin de Año, cuando el reloj se acerca a las seis y la fiesta empieza a vaciarse, miro alrededor con una calma distinta. Porque sé que, al menos una vez, el destino no me pidió más que estar allí. Y yo, sin darme cuenta, estuve.


Sí, sucedió. Y no, no la recuerdo