15 octubre 2008

Las dos orillas

Hace mucho que no escribo. Creo que ya no necesito usar el teclado como arma arrojadiza. Y es que todo ha cambiado. Un buen amigo intervino en la situación, que se había tornado insostenible, y consiguió que mi jefa tomase cartas en el asunto.

Críspulo nunca será mi amigo. Me ratifico en todo lo malo dicho sobre él. Pero afortunadamente ahora él permanece en su orilla y yo en la mía. Reina la paz.

Tan mal lo he pasado que me ha dado por pensar en el porqué de estas cosas. En el fondo todos tenemos algo de Críspulo (espero que sólo un poco) y a veces el entorno competitivo en que nos movemos nos lleva a ser un poco más cafres de lo debido en nuestras relaciones. Todos tenemos algo de psicopatía, aunque esto, como la sal en las comidas, debe tener su cantidad justa para no destrozarlo todo.
Total, que acabé leyendo algunas informaciones sobre el comportamiento. Y ví cosas interesantes.

Recuerdo que cuando estaba pasándolo mal, muchas veces pensaba que era yo el que interpretaba erróneamente lo que sucedía. Llegué a tener un Word en el que apuntaba las cosas que iban sucediendo para evaluarlas después. Pero todo era como pensaba; había juego sucio aunque me negase a creerlo.
Mi duda era saber si hay alguna forma objetiva de valorar el estado de una persona. Porque quizá todo depende de cómo y quién valore la situación. Puede que los mismos hechos y circunstancias se valoren de forma distinta en función de mínimas variaciones del entorno. Un tal David Rosenhan se preguntó lo mismo. Alguien se había ocupado de mirarlo.

David quería saber si valoramos las personas por sus circunstancias. Y tuvo una idea genial. Envió pacientes sanos que simulaban oír voces a diferentes hospitales psiquiátricos. No penséis que fingían nada del más allá, tan sólo indicaban oír tres palabras/sonidos distintos (“vacío", "agujero" y ruidos sordos). No había ningún otro síntoma simulado. Y sin embargo no fue detectado ni uno solo de los impostores. Ninguno.

En vista del curioso resultado dio otra vuelta de tuerca. Rosenhan se puso a trabajar en un centro que ya conocía los resultados de su estudio. De hecho, estaban convencidos de que en ese centro no cometerían errores similares. Rosenhan les avisó de que durante tres meses, uno o más pacientes sanos intentarían ser admitidos. Debían estar alerta para detectar el engaño. De 193 pacientes, 41 fueron considerados impostores y 42 se consideraron sospechosos. En realidad, nunca se enviaron pacientes sanos. Todos los “impostores” eran pacientes genuinos.

Este experimento es, como todos, una muestra que no puede extrapolarse a todas las situaciones. Pero me lleva a pensar que debemos reflexionar sobre cómo juzgamos a los demás. Damos por hecho aspectos que son circunstanciales y “etiquetamos” a las personas por lo que les rodea o lo que suponemos que “deben ser”. Pensemos dos veces en cómo juzgamos a los demás. Pero mantengámoslos en la orilla de enfrente. Por si acaso.

* - El experimento de Rosenhan fue llevado a cabo David Rosenhan en 1972. Fue publicado en la revista Science bajo el título "On being sane in insane places".

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