23 octubre 2008

Previo

La siguiente historia puede ser ficción. O no.
Cualquier parecido con la realidad es pura casualidad. O no.

En (casi) ningún momento se ha querido equiparar el ilustre ejercicio de mi trabajo con este texto.
Tras las recomendaciones, disfruta del relato. 
Fue escrito hace años y lo he ordenado cronológicamente para que sea más sencillo de leer.


22 octubre 2008

Introducción

Otro palito horizontal. Con este tacho otros cuatro verticales y van ¡¡¡¡60!!!! Increíble. Ha dicho “yo” 60 veces en menos de una hora. Para alguien así la existencia de otros es anecdótica. Yo, mi, me, conmigo.

Esto que os cuento ha pasado en una reunión con proveedores. Y la cuenta es real. Los pobres han venido a presentar un estudio y al final nuestro protagonista ha monopolizado la conversación babeando tonterías mientras la palabra “yo” se le caía de la boca permanentemente.

Aunque seguro que imagináis de qué hablo, mejor os lo cuento. Hablo de mi trabajo, que por mucho tiempo fue sitio tranquilo, con mucho y muy variado que hacer. Trabajar en equipo siempre fue un requisito aquí.

La cosa se jodió cuando mi jefa -de la que más adelante daré detalles- pensó en ampliar plantilla y al poco apareció el que será nuestro protagonista: Críspulo. No es su nombre real, pero le ajusta.

Intentaré perfilarle antes de entrar en materia.
¿Cómo es? Desagradable, con un matiz sombrío. Tiene un look mezcla de conductor de kundas y de cantante de hotel. Mide metro y medio y se desliza como husmeando el aire. Una alimaña erguida.
Su mirada es desafiante, con un brillo traducible acompañado de una sonrisa torcida y cínica. Un conjunto que lleva a concluir que nunca le comprarías un coche usado.
Lleva traje, pero le sienta regular. No sabría definirlo, pero es como si hubiese dormido en el coche.

Sus manitas son porcinas. Suele utilizarlas para girar compulsivamente un bolígrafo.
Y habla raro. Viene del Sur y tiene dos acentos, uno para todo el mundo que suena tan nítido como el castellano de Valladolid, y otro de andaluz gracioso (pisha, quillo…) que usa cuando le interesa, lo que sucede demasiado a menudo.
Para rematar, está convencido de poseer una infinita sabiduría en todas las artes y ciencias, sin excepción. Un artista del Renacimiento encerrado en una oficina. Y claro, tanto saber en tan escasa anatomía tiene consecuencias: se percibe más listo que los demás y se permite dar opiniones constantemente, sobre todo de aquello que no comprende. Opiniones por supuesto no solicitadas.

A su favor debo decir que aprende deprisa y que tiene cierta simpatía si le tratas fuera del trabajo. El problema es que trabajo con él y no le trato fuera. Es como los leones del circo. Si estás fuera de la jaula entretienen, pero si estás dentro es distinto, apetece guardar distancia.

Aquí empezamos. De eso va esto. De mis penurias junto a Críspulo, que ya intuía que serían unas pocas.

Ponga un trepa en su vida y tendrá algo de que hablar.

21 octubre 2008

Un "No" molesto

¿Existen los trepas? Me ha dado por mirar qué se cuentan en la Real Academia y sí, parece que sí. Uno de los significados de la palabra trepar es “elevarse en la escala social ambiciosamente y sin escrúpulos.” Es curioso que escrúpulo suena un poco como Críspulo, aunque hay una enorme distancia entre sus significados. También, por eso de los segundos diagnósticos, he consultado un diccionario de botánica y he visto que trepador es un término que se aplica a las plantas que "no pudiéndose valer de sí mismas para mantenerse enhiestas, se encaraman a cualquier soporte, como otra planta, un muro, un peñasco, etc."
Que sí, que existen.

Como contaba en el post anterior, Críspulo apareció casi por sorpresa un mes de Marzo de hace unos años. En mi caso había cierta suspicacia previa. Sabía que mi jefa estaba buscando a alguien en el mercado y lo mantenía en secreto. No mola eso de los secretos, sobre todo cuando pueden afectar a más de 8 horas diarias. Nos ocultó hasta el nombre de nuestro nuevo compañero una vez fichado. Algo raro se venía encima.

Y llegó el día de la incorporación. Como casi siempre, la jefa llega tarde. Suena el teléfono y escucho su desagradable voz pidiéndome que vaya a buscar al pieza. Joderrrrrrr, no había otro.

Subo al hall y allí está. Pequeño, enjuto, mirada de ojos entrecerrados. El traje que lleva es el que se pondría tu primo del pueblo en una boda. Lleva los pelos de la coronilla levantados. Así a primera vista me recuerda a Joselito, el niño ese de las películas, pero se intuyen rasgos de tiburón. Malas sensaciones con apariencia humana.

Saludo y pregunto qué tal, si se encuentra nervioso en su primer día. ¿Respuesta? NO. Sin más, sin coletilla de cortesía. Dicho con un pasmoso aire de suficiencia y volviendo la mirada después de decirlo. Me sentí un poco agredido. Un gesto de cortesía se responde con otro, o al menos se adorna con palabras. Pero no era el caso, había venido para demostrarnos algo y empezaba pisando fuerte. Le faltó mear en el hall para marcar su nuevo territorio.

Fuimos hasta el departamento sin cruzar palabra. El paseo es corto, pero se me hizo largo mientras observaba al nuevo inquilino. Hasta sus andares son porcinos. Anda con los cuartos traseros rígidos, patita delante, patita atrás, separando mucho las pezuñas a cada paso, como si estuviese escocido. Cuando te mira levanta las napias en un ángulo de 45 grados, queriendo ser más alto que tú con la punta de la nariz. Pero da igual, aunque salte seguirá siendo de reducido tamaño, una talla S. El brazo derecho lo lleva doblado en ángulo recto como si llevase una chaqueta colgada. Críspulo desprende un cierto aire marcial, aunque no llega a la estatura mínima para el ejército.

Llegamos al departamento y le presento a mi compañero. Saluda y se va. Recorre el departamento husmeando rastros. Como buen depredador descubre el olor de los jefes y se acerca a ellos. Se une a la manada e inmediatamente comienza a cruzar conversaciones sin presentarse a los plebeyos que trabajan en el departamento. Parece que los jefes son los únicos con nivel suficiente para relacionarse con Su Alteza. Los demás, los que no tienen poder, no valen una mirada.

No recuerdo más de ese primer día. Creo que su “NO” rotundo y su aire sobrado fueron suficientes. Sólo recuerdo fogonazos del individuo arriba y abajo mientras mi instinto se alarmaba ante lo que parecía un niñato pelota y sin escrúpulos.

Os iré contando, pero mi teoría de los cinco minutos se enuncia así: cinco minutos son suficientes para saber si un libro nos gusta, una película nos interesa o una persona merece la pena. Conforme pasa el tiempo más científica me parece por las veces que la verifico. Y esta parece una ocasión más que adecuada para confirmarla.

Moraleja - Como decía Oscar Wilde, no hay una segunda oportunidad para una buena impresión.

15 octubre 2008

Las dos orillas

Hace mucho que no escribo. Creo que ya no necesito usar el teclado como arma arrojadiza. Y es que todo ha cambiado. Un buen amigo intervino en la situación, que se había tornado insostenible, y consiguió que mi jefa tomase cartas en el asunto.

Críspulo nunca será mi amigo. Me ratifico en todo lo malo dicho sobre él. Pero afortunadamente ahora él permanece en su orilla y yo en la mía. Reina la paz.

Tan mal lo he pasado que me ha dado por pensar en el porqué de estas cosas. En el fondo todos tenemos algo de Críspulo (espero que sólo un poco) y a veces el entorno competitivo en que nos movemos nos lleva a ser un poco más cafres de lo debido en nuestras relaciones. Todos tenemos algo de psicopatía, aunque esto, como la sal en las comidas, debe tener su cantidad justa para no destrozarlo todo.
Total, que acabé leyendo algunas informaciones sobre el comportamiento. Y ví cosas interesantes.

Recuerdo que cuando estaba pasándolo mal, muchas veces pensaba que era yo el que interpretaba erróneamente lo que sucedía. Llegué a tener un Word en el que apuntaba las cosas que iban sucediendo para evaluarlas después. Pero todo era como pensaba; había juego sucio aunque me negase a creerlo.
Mi duda era saber si hay alguna forma objetiva de valorar el estado de una persona. Porque quizá todo depende de cómo y quién valore la situación. Puede que los mismos hechos y circunstancias se valoren de forma distinta en función de mínimas variaciones del entorno. Un tal David Rosenhan se preguntó lo mismo. Alguien se había ocupado de mirarlo.

David quería saber si valoramos las personas por sus circunstancias. Y tuvo una idea genial. Envió pacientes sanos que simulaban oír voces a diferentes hospitales psiquiátricos. No penséis que fingían nada del más allá, tan sólo indicaban oír tres palabras/sonidos distintos (“vacío", "agujero" y ruidos sordos). No había ningún otro síntoma simulado. Y sin embargo no fue detectado ni uno solo de los impostores. Ninguno.

En vista del curioso resultado dio otra vuelta de tuerca. Rosenhan se puso a trabajar en un centro que ya conocía los resultados de su estudio. De hecho, estaban convencidos de que en ese centro no cometerían errores similares. Rosenhan les avisó de que durante tres meses, uno o más pacientes sanos intentarían ser admitidos. Debían estar alerta para detectar el engaño. De 193 pacientes, 41 fueron considerados impostores y 42 se consideraron sospechosos. En realidad, nunca se enviaron pacientes sanos. Todos los “impostores” eran pacientes genuinos.

Este experimento es, como todos, una muestra que no puede extrapolarse a todas las situaciones. Pero me lleva a pensar que debemos reflexionar sobre cómo juzgamos a los demás. Damos por hecho aspectos que son circunstanciales y “etiquetamos” a las personas por lo que les rodea o lo que suponemos que “deben ser”. Pensemos dos veces en cómo juzgamos a los demás. Pero mantengámoslos en la orilla de enfrente. Por si acaso.

* - El experimento de Rosenhan fue llevado a cabo David Rosenhan en 1972. Fue publicado en la revista Science bajo el título "On being sane in insane places".