Te juro que intenté olvidarte sin rencor. Lo juro por todo lo que fui contigo. Incluso por lo que dejé de ser.
Durante meses me repetí que esto era lo mejor. Que lo nuestro se había gastado, que simplemente no funcionaba. Lo dije tantas veces que casi llegué a creérmelo. Pero cada noche que no estás, cada silencio que me trago con una cerveza que no sabe a nada, me recuerda que sigo mintiendo.
Y tú ya no estás. No solo físicamente. No estás en mi vida ni en mis planes. Pero sigues aquí, ocupando una parte absurda y ruidosa de mi cabeza. Una parte que no consigo desalojar. Has dejado tu olor en mis rutinas, tus gestos en mis respuestas automáticas. A veces me descubro hablando como tú. O doblando la ropa como tú. Y eso duele más que cualquier recuerdo bonito.
No sé si tú has sufrido. Supongo que sí. Al menos un poco. No me gusta imaginarte mal, aunque a veces me reconforta pensar que algo te dolió. Que no fui tan fácil de soltar. Es egoísta, lo sé, pero joder, ¿quién no lo es cuando ama a destiempo?
A ti ya no te duele. Lo sé. Te has rehecho tan rápido que parece que te hubieras preparado para esto mucho antes de que ocurriera. Como si supieras que yo me rompería y tú solo te quitarías el abrigo antes de salir a un mundo nuevo. Limpia. Impecable.
Yo, en cambio, me sigo despertando, buscándote en el lado izquierdo de la cama. El que sigue frío, como si incluso el colchón supiera que no vas a volver. Hay noches que hablo contigo sin querer. Te cuento cómo fue mi día. Te río un chiste. Te imagino enfadada. Luego me callo y me siento ridículo. Como un niño hablando con una sombra.
No te echo de menos solo a ti. Echo de menos ser el hombre que era cuando me mirabas como si valiera algo. Como si todo fuera posible si lo intentábamos juntos. ¿Te acuerdas cuando no teníamos nada y, sin embargo, sentíamos que teníamos el mundo entero en una tarde de domingo?
Ahora tengo cosas. Logros. Éxitos. Y un vacío que no se llena ni con todo eso junto. He aprendido a vivir sin ti, pero no a vivir conmigo desde que te fuiste.
Lo peor no es que te hayas ido.
Lo verdaderamente insoportable es que te fuiste llevándote a alguien que yo también quería mucho.
A mí.
Y ahora, lo que no sabes —lo que nunca vas a saber porque no pienso decírtelo— es que hace una semana vi tu nombre en mi teléfono. Tres segundos. Una llamada perdida. Porque no borré tu número. Solo le quité la foto donde sonreías.
No te devolví la llamada.
¿Para qué? ¿Para escucharte decir “ay, perdona, fue sin querer”?
No. Esta vez fui yo quien decidió no responder. Esta vez fui yo quien dejó sonar.
Pero lo curioso, lo que no te imaginas, es que después de colgar, me reí.
No por alegría.
Por fin entendí que el error no fue tu llamada.
Fui yo. Desde el principio.
Yo fui el error.
Y aun así… volvería a cometerlo.
Pero no por ti.
Por mí.
Porque aunque salí roto de lo nuestro, fue la única vez en la vida que sentí que estaba vivo de verdad.
Aunque doliese.
Aunque acabara así.
Aunque me estés olvidando mientras escribo esto, sin saber si aún lloras o ya ni me recuerdas.
O si simplemente… estás con él, leyéndome en voz alta.